He tomado la frase del título que me precede de una muy oportuna aseveración de Mary Claire Kendall en su libro: Hemingway’s Faith.
La lectura de este revelador volumen de la acuciosa investigadora norteamericana, columnista y escritora basada en Washington, DC., me ha abierto a un mundo plural, del que ya creía tener algunos atisbos, pero que en verdad se me ha diversificado en innumerables coordenadas de una riqueza casi infinita, al abordar la fe católica de Ernest Hemingway.
Kendall insiste en su libro en un detalle muy circunstancial sobre la conversión al catolicismo de un muy joven y mal herido Hemingway en el frente italiano, que, aunque manejada por algunos de sus biógrafos, como es el caso de Baker, o Meyers, insinúan, en el primer caso citado, que es solo algo “nominal”, y peor aun en el segundo: que se trata de algo no muy genuino, o acaso ficticio, si nos atenemos al adjetivo “bogus” con que lo define en inglés el ya citado Meyers.
Sin embargo, otros estudiosos sí han tenido a bien reconocerlo con claridad. Kendall nos recuerda a algunos casos puntuales como el de Stoneback, al comentar las observaciones de Reynolds Price, profesor de la Universidad de Duke al afirmar que:
El tema primordial de toda la vida de Hemingway fue la santidad, aunque no estuviera totalmente consciente de ella.(1)
Stoneback, citado por Kendall puntualiza el aserto al afirmar:
Hemingway sabía más que la mitad de la lección de los padres del desierto… El asunto en Hemingway, como lo veo, fue la santidad, de la que era consciente, pero que seguía siendo un secreto para sus lectores, este fue su más privado secreto que mantuvo sólo para él y que solo se revela en su ficción.(2)
Kendall quiere participarle al lector en su libro esas certezas incontestables, que nos hacen meditar en los atisbos de la catolicidad hemingwayana, cito y traduzco en extenso para el curioso lector sus puntos mas sustanciales, tal y como los cita en la Introducción de su magistral libro:
Fue un hombre complejo con una fe sencilla-los crucifijos ocultos, visitas sin anunciar a las catedrales, y las celebraciones privadas de las fiestas de guardar a la misma altura que sus prácticas de la caza, la pesca, el boxeo y las corridas de toros y la escritura también- de las que manifestó su entusiasmo en conversaciones con Ralph Withington Church, un filósofo y escritor, y amigo de Sherwood Anderson, en el París de los años veinte, y que le generaron “una gracia actual”(3). Así, en aquello que amaba Hemingway asaltaba el Cielo, agarrando cubos de gracia que más tarde derrochaba en momentos en que mostraba una gran generosidad de espíritu -a veces incluso heroísmo-, o cuando su debilidad amenazaba con abrumarlo… Muy opuesto a la imagen hedonista que Hemingway se deleitó en proyectar… es la imagen del escritor disciplinado, lleno de pecado y necesitado de redención, quien impregnó la escritura con un anhelo de la espiritualidad misma que buscó, pero que con frecuencia no logró alcanzar debido a las limitaciones humanas que incluso retaron a los grande santos.(4)
La perspectiva de esta mirada escrutadora nos hace colegir ese sentimiento indiviso de fe que en Hemingway pide la intercesión de la Virgen, y según la propia autora: “está presente en su accionar, aunque sin ser consciente del hecho, pero sintiéndolo profundamente”(5), un hecho que a nuestro ver recorre muchos de los minutos mas raigales de la obra de Papa.
Uno entre tantos es aquel que alude a ese pasaje de El Viejo y el Mar, cuando Santiago en la angustia de perder a su ansiada presa, promete a la Virgen del Cobre, rezar cien Ave Marias y Padre Nuestros, y peregrinar a su Santuario.
Dejamos otra vez, y como cierre para el lector la referencia de la propia Mary Kendall en su alusión valorativa al hecho:
En esta historia de la persecución del marlin que acabara devorado por los tiburones, Santiago, aunque no hombre religioso, dice: ‘Diré diez Padre Nuestros y diez Ave Marias, para que pueda obtener el pez, y prometo hacer una peregrinación al Cobre, si lo consigo. Es una promesa’ Entonces empieza a rezarlos, una tras otro, intercalando la frase: ‘Santa Madre, permite la muerte de este pez, aunque es hermoso’. Luego sintiéndose desfallecer, pide otra vez sufrir con paciencia, ‘prometiendo decir cien Padre Nuestros, y cien Ave Marías’, justo como Hemingway había hecho en el verano de 1933, en las mismas faenas de pesca de un marlin.(6)
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- En Harold Bloom, ed, Ernest Hemingway(New York: Chelsea House), 1985
- Ibid.p. 137-160
- Scafella, ed.,and Stoneback, Hemingway: Essays of Reassesment, p.135-136
- Kendall, Mary. Hemingway’s Faith. Introduction, p.3
- Ibid.
- Ibid, p.164.













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