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Monday, February 2, 2026

Un soneto de Francisco González del Hoyo a su esposa Aurelia del Castillo en 1874. (por Carlos A. Peón-Casas)


Siempre hemos sabido por las tradiciones del inolvidable solar camagüeyanensis, de aquella relación matrimonial de la excelsa poetisa Aurelia del Castillo y del Castillo, su nombre de soltera, con un pudonoroso oficial español, de quien solo y de pasada se mentaba su apellido: González, añadido al nombre de la poetisa luego de sus nupcias.

En mis manos hoy gracias la generosa disposición de un amigo en aquella nuestra ciudad, tengo una antigua edición digitalizada de una compilación de escritos de Aurelia del Castillo, pero igual, del que fuera su esposo, que a no dudarlo era igualmente un hombre de letras y cultura singulares

Pero dejemos que sea la propia poetisa quien nos dé los motivos para la perdurabilidad de estos escritos suyos y de su esposo Francisco, compilados en 1913.
Para algo además puede prestar alguna utilidad. He vivido mucho y esa vida se ha desarrollado precisamente en las épocas revolucionria y constituyente de mi país. Tenía muy pocos años cuando lloré (porque veía llorar a mi madre) la muerte de Narciso López. Lo he presenciado todo; he sufrido no poco, y en mis escritos se ha de ver inevitablemente algún reflejo del inmenso incendio de las guerras y de las gloriosas luminarias de la victoria; y se han de encontrar a cada paso nombres históricos que traigan a la mente ya grandes, ya dulces recuerdos de héroes, de mártires, de proscriptos, de literatos, de científicos, de artistas, de políticos. Y a tanto honor he tenido siempre mis vínculos de amistad con esas personas, que, sin vacilar, he incluído aquí verdaderas futilezas, únicamente por conservar el grato y honroso recuerdo.

Conocido el carácter, íntimo en gran parte, de estas páginas, no sorprenderá que al frente de ellas haya puesto escritos que no son de mi pluma, escritos de mi marido. De esta manera he querido asociarlo a una obra que en no pequen̈a parte le pertenece. Nuestras ideas se habían identificado de tal modo, que bien puedo decir que se elaboraban en los dos que bien puedo decir que se elaboraban en los dos cerebros a la vez, y además, si él no me hubiese alentado constantemente a escribir; si no hubiese puesto en mis manos libros instructivos; si no me hubiese llevado a viajar por Europa y por América, sin lo que me transmitía de sus lecturas, es bien seguro que y o no habría osado jamás tomar la pluma para dirigirme al público. Si de esto se ha derivado algún bien, algún agrado, por lo menos, téngasele en cuenta; si únicamente hastío produce la lectura de mis escritos, perdónese a la ceguedad de su afecto la parte que en esto le cupo. Y conózcase su alma generosa y noble, su amor e interés profundos por Cuba, leyendo esos pocos escritos suyos que inserto.
Aurelia quiso que estos textos de su esposo no pasaran desapercibidos, muchos de ellos tienen un carácter reflexivo abordando desde la claridad de sus ideas, aproximaciones a la realidad que le tocó vivir en Cuba cuando con solo 17 años se sumará como joven cadete a la vida militar.

Así no los presenta en el exurdio de este interesante libro del que poco se ha podido mirar, y que ahora tengo el gusto de compartir:

Dos de ellos son artículos que se hallan en un “Breve tratado de algunas verdades científicas y morales destinado a instruir y moralizar las clases populares"; y no he intentado la publicación íntegra de ese librito, porque años después de haberle escrito, me decía él que si hubiese d e imprimirlo, tendría que escribirlo d e nuevo, por lo mucho que habían ido modificándose sus ideas, hasta haber cambiado algunas radicalmente.

Lo mismo que sucedió con las mías, y cuya evolución puede apreciarse fácilmente en estos escritos, y a que cada grupo d e ellos, o sea cada uno de los libros en que he dividido el conjunto, está ordenado cronológicamente.

Hay un soneto entre aquellos escritos de González. No era él poeta, como tampoco se tenía por escritor; pero en un instante dado vertió su alma entera en esos versos. Yo la recojo y la traigo aquí para que siga acompañando a la mía en su triste peregrinación por la vida. A mi alma, sí; porque ella está sin velo alguno.”

No le queda más a este escribidor que compartir con el amable lector este soneto que un amante dejará a su amada como prueba del afecto más tierno y solicito.

Aunque escrito sin mayores pretensiones como ya nos los avisará Aurelia. El verso inicial nos recuerda otro de la Avellaneda: “Feliz quién junto a ti por ti suspira…” de Oda a Safo (1842), que incluso si que fuera en tiempo glosa, nos muestra la cultura del Poeta que leyó sin dudas a esa nuestra otra musa raigal.


A la Srita. Da. Aurelia del Castillo y Castillo

¡Dichoso, Aurelia, quien por ti suspira,
quien te siente latir dentro del pecho,
quien, viviendo en ti, por ti respira,
en llanto y gozo el corazón deshecho!

¡Quien, sin miedo al dolor, con noble anhelo
del hado esquivo los rigores mira!
¡Quien con tu imagen se levanta al cielo,
y en intensa pasión por ti delira!

¡Quien desprecia por ti del mundo necio,
el oro y gloria y el poder y fama,
de mortales villanos digno precio,

y ardiendo en pura, inextinguible llama,
no le importa la vida ni l a muerte,
habiendo Eternidad para quererte.




(Escrito el 12 de abril de 1874 e n una finca nombrada «La Horqueta cerca de «Caridad de Arteaga» y «Los Peralejos», donde se detuvo un momento)

Wednesday, January 14, 2026

Julián del Casal y Aurelia Castillo en dos sonetos inspirados: “Una Maja”e “Imitaciones a Una Maja” (por Carlos A. Peón Casas)



La gran voz modernista del poeta habanero, encuentra ecos en otra composición de la no menos vibrante poetisa del Camagüey. Julián del Casal habría escrito aquel bellísimo soneto que Aurelia Castillo no tardaría en replicar. Uno y otro datan del año 1892, cuando la camagüeyana se apacentaba en su casa de Guanabacoa, quizás el sitio más singularmente parecido a su ancestral Puerto Príncipe.

El motivo de la réplica no parece vincularse con alguna respuesta tácita de la poetisa, pues no obra evidencia que Casal se lo hubiera dedicado: pero este cronista quizás pueda barruntar alguna posibilidad en el asunto primario de la composición, y en las descripciones más o menos físicas del sujeto que Casal parece retrotraer de alguna escena Goyesca.

El lector pudiera apuntarse a una u otra posibilidad. Una indagación más o menos somera no arroja hasta donde conoce este escribidor ninguna dedicatoria plausible.

La muy eficiente ChatGpt, herramienta muy al uso hoy para dilucidar alguna posible hipótesis, nos dice y lo transcribo que acaso se pudiera tomar el referente desde:
La amistad cercana entre Casal y Aurelia del Castillo podría sugerir una lectura biografista que intentara vincular poemas de ideal femenino, delicadeza y distancia con figuras reales del entorno del poeta. Algunas alusiones elogiosas en prosa o correspondencia (no en dedicatorias poéticas), pudieran confirmar el aprecio personal pero no trasladan esa relación a un poema dedicado.
Por tanto y en sentido estricto:
no se conserva ningún poema de Julián del Casal dedicado explícitamente a Aurelia del Castillo (con dedicatoria nominal en el título o encabezamiento).
De cierre, para el ya curioso lector, dejo la evidencia poética de ambos textos. Sin duda constituyen un muy distinguido referente a la incuestionable pericia de estos dos inspirados rimadores, que son gloria para nuestras mejores letras.

Una maja


Muerden su pelo negro, sedoso y rizo,
los dientes nacarados de alta peineta,
y surge de sus dedos la castañeta
cual mariposa negra de entre el granizo.

Pañolón de Manila, fondo pajizo,
que a su talle ondulante firme sujeta,
echa reflejos de ámbar, rosa y violeta
moldeando de sus carnes todo hechizo.

Cual tímidas palomas por el follaje,
asoman sus chapines bajo su traje
hecho de blondas negras y verde raso,

y al choque de las copas de manzanilla
riman con los tacones la seguidilla,
perfumes enervantes dejando al paso.

Julián del Casal (1892)



A “La maja” de Casal.

Si fuera rey te diera por sólo un rizo,
De perlas y diamantes, rica peineta;
Y arrullara mis sueños tu castañeta
Que trocar sabe en fuego, nieve y granizo.

Un título creara para quien hizo
Tu donaire que á todos rinde y sujeta.
Eres por la fragancia dulce violeta
Y alejandrina rosa por el hechizo.

Orlara tu figura de áureo follaje
Con perlas recamara todo tu traje,
Y al tocar tu moreno cutis de raso

Cual si beodo estuviera de manzanilla
Entonara contigo la seguidilla
Y mi cetro y corona te echara al paso.

Aurelia Castillo (1892)

Wednesday, December 20, 2023

El centenario de Aurelia Castillo en el Camagüey de 1942. (por Carlos A. Peón-Casas)


La distancia de un siglo no hacía mella en la visibilidad de una poetisa de valía singular para el terruño y el solar del antiguo Puerto Príncipe.

Aurelia Castillo de González había sido ya una voz recordada por el lirismo impecable de sus versos, y la inspiración que los recorrió habló muy alto de su dignidad creativa.

Al convite de aquel año de su centenario se sumaron las voces de otros émulos y conocedores de su arte. La ciudad agramontina ofreció sus mejores galas y el arte de la poetisa fue recordado con profusión.


Un Comité Ad hoc organizó los festejos. Lo presidían tres ilustres nombres de las letras y la cultura de la ciudad agramontina: el Dr Luis Martínez catedrático y autor de excelsa prosapia, la Dra Angela Pérez Lama profesora y promotora de la memoria y la cultura de la ciudad, y la Sra Dolores Salvador de la Fuente, igual de dedicada en alma y cuerpo a la promoción humana y a la educación de la otrora villa del Príncipe.

Lo primero fue preparar un Programa Académico de grandes realizaciones literarias y culturales donde desde el sábado 24 de Enero hasta el Martes 27 de aquel año 1942, se resaltó la memoria de aquella hija del Camagüey al que alguna clamará vez en inspirados versos:
“Apenas respiré tus puras brisas/devolviste a mi sangre los ardores/y en mi pecho anidaron los amores/volvieron a mis labios las sonrisas”
Se sucedieron conferencias magistrales a cargo de intelectuales de prestigio y sapiencia monumentales de la literatura y el arte de la Cuba de entonces.

Así discurrieron Rosario Novoa y Raimundo Lazo venidos desde la capital; junto a ellos, el talento de otros hijos ilustres de la ciudad: la poetisa Emilia Bernal y los Dres Luis Martínez, Lilia Fuentes y Ángela Pérez Lama.


Igualmente sumaron su talento los niños de la entonces escuela primaria bautizada con el nombre de la poetisa, los alumnos del Instituto de Segunda Enseñanza, y hasta los aportes radiales de la reconocida emisora CMJK la Voz del Camagüeyano, en una impresionante velada cultural a cargo de talentosos y entusiastas radialistas.

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Foto actual
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Una tarja develada en la misma casa natal de Aurelia del Castillo en la calle Cristo y el callejón del Templador, marcaría hasta hoy las señales inequívocas del talento de aquella voz de nuestra mejor memoria poemática.

La develaba otro nombre poético de la ciudad camagueyana de entonces: Isabel Esperanza Betancourt, y la apología de ocasión estaba a cargo del reconocido periodista Felipe Correoso y del Risco.


Un Concurso poético honró la memoria de Aurelia. Un riguroso jurado que presidía el catedrático Raimundo Lazo premió tres composiciones resguardadas por el anonimato de sus autores. Los primeros dos lugares correspondieron a poemas del también rimador local Felipe Pichardo Moya; y el tercer puesto para otro conocido poeta de la que se reconocería luego como la generación de Origen: el sacerdote Angel Gaztelu.


De aquel suceso nos quedaría la evidencia escrita de aquellas memoriosas conferencias y de los poemas premiados en esta Memoria que hoy reseño.




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Ver en el blog:


Thursday, December 7, 2023

Al " Lugareño" en su despedida final. (un soneto de Aurelia Castillo de González)



Baja el sabio la frente con quebranto;
El ciudadano de dolor se viste;
Alza el obrero su plegaria triste;
Y el campo riega del esclavo el llanto.

Con tierno amor y con respeto santo,
El Camagüey entristecido asiste
A estrechar el hermano que no existe,
Alzando al Cielo religioso canto.

Se abate el sabio por el sabio augusto;
Al patriota deplora el ciudadano;
Ruega el obrero por su amigo justo;


Llora el esclavo por su buen hermano;
Y corre, el Camagüey con paso incierto
A recibir al “Lugareño” muerto...


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Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño. Camagüey. Abril 29, 1803 - Diciembre 7, 1866.

Wednesday, September 27, 2023

"Ignacio Agramonte en la vida privada". Detalles y recuerdos personales del Mayor en un libro de Aurelia Castillo. (por Carlos A Peón-Casas)


Con gusto siempre renovado repasamos las páginas menos conocidas y divulgadas de la vida de nuestro héroe epónimo. Esta vez por intermedio de este opúsculo que Aurelia Castillo, le dedicara a su memoria en el año de 1911.

Reveladores son algunos de estos apuntes que ahora comparto al siempre animado lector de estas páginas, y que buscan resaltar la memoria ancestral del terruño puertoprincipeño en sus facetas más reveladoras.

Principian estas memorias de Aurelia Castillo, que indagan por la trayectoria vital de Agramonte, remontándonos al tiempo de su primera cercanía con el joven patricio, en aquel Puerto Príncipe donde fueran coterráneos y compartieran sincera amistad:
Le conocí siendo estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana. Ya antes lo había sido en el Colegio de Don José de la Luz... Iba el estudiante a pasar sus vacaciones en la ciudad de Puerto Príncipe (Camagüey hoy), donde residían sus padres, y en bailes y reuniones nos encontrábamos y nos hicimos buenos amigos.
Sus primeras impresiones del joven y gallardo Agramonte vienen de seguido en un retrato muy sugestivo:
Me parece verle. Era alto, delgado, muy pálido, no con palidez enfermiza… sino con palidez de fuertes energías reconcentradas; su cabeza era apolínea, sus cabellos castaños, finos y lacios; sus pardos ojos velados como los de Washington; su boca pequeña y llena, como la que se ve en las representaciones de Marte, y sombreada apenas por fino bigote; su voz firme.(...) Distinguíase además… por su educación esmeradísima, por su trato respetuoso por su seriedad, por su intachable conducta. Estaba exento de vicios y lleno de virtudes…
La autora, nos sigue relatando aquellas facetas de amistad que con el que el tiempo y las circunstancias del que con el tiempo se convertiría en el héroe inolvidable y hacedor de nuestra historia patria:
Yo fui -perdónenme la jactancia- una de sus amigas predilectas. Cuando en bailes nos encontrábamos, jamás dejó de bailar conmigo; cuando en reuniones siempre se acercaba a saludarme.
Un recuerdo particular de aquella entrañable cercanía de indudable y sincera amistad nos llega en las palabras de Aurelia, la anécdota que nos habla de la enorme sensibilidad del héroe por las bellas letras, pasión que compartía con la que sería celebrada rimadora.
Estábamos en una de aquellas ferias de la Caridad, delicias de los camagüeyanos, y muchachas y muchachos jugábamos a las prendas en la casa de una tía mía. Ignacio había perdido: tenía que sacar su prenda, y como se le sabía grande aficionado a las letras, y un cultivador de aquellas a ratos, se le mandó a recitar, y él recitó de una manera que yo no he podido olvidar, algunas estrofas del Canto del Cosaco, de Espronceda. Cada palabra fuertemente acentuada, parecía un golpe de maza descargado sobre los opresores de pueblos, sobre los opresores de Cuba especialmente…
En otro minuto de sus rememoraciones sobre el Mayor, Aurelia nos regala una fina estampa de aquella entrañable cercanía. Alude otra vez a la exquisita sensibilidad de aquel Agramonte, hombre de acción y valentía y arrojo probadas hasta la saciedad; pero a la vez dotado de una sensibilidad que le desbordaba.

La comparto con el lector en plan de cierre a esta memorabilia tan entrañable con que Aurelia del Castillo rememorara y celebrara su amistad con Ignacio Agramonte:
(...) No puedo fijar el año, pero fue indudablemente entre los de 1866 y 1867…Tomaba yo a la sazón lecciones de francés. Hubo de decirme Ignacio un día que deseaba leer conmigo un libro francés para ver las impresiones que esa lectura me produjese y oír mis observaciones. Y efectivamente, pocas noches después se presentó en casa de mi hermana, donde yo recibía mis visitas, con el libro prometido… no pudimos leer aquella noche, ni Agramonte repitió su visita pero el libro quedó en mi poder. Su título era Le christianisme et le libre examen… el autor era deista. Su argumentación echaba por tierra todas la religiones positivas… Pero se quedaba con Dios, y yo que sabía esto porque el autor lo indicaba en los primeros capítulos… estaba grandemente intrigada…por saber de que manera podría… salvar lo esencial después de haber destruído todo lo accesorio... Y esta curiosidad, quién lo creyera, debo yo quizás el haber prolongado tanto mi existencia…

Monday, April 3, 2023

Prólogo del volumen "Poesías", de Nieves Xenes (por Aurelia Castillo de González)


Prólogo del volumen "Poesías", de Nieves Xenes, editado por la Academia Nacional de Artes y Letras, leído por el Académico señora Aurelia Castillo de González, en la sesión solemne celebrada en la Academia de Ciencias en memoria del Académico fallecido señorita Nieves Xenes, la noche del 29 de diciembre de 1915.

Temo que mi pluma, cansadísima ya y nunca experta en juicios literarios, sea insuficiente para hablar de Nieves Xenes con las palabras que debidas le son. Un deber académico es lo que me ha inmpuesto con insinuante ruego, haciéndome en ello grande honor, el digno Presidente de la Sección de Literatura, señor José ManuelCarbonell, y trataré de cumplirlo.

Si para dar cima a la delicada empresa únicamente fuese menester el sentimiento de acendrado afecto, ya estaría yo tranquila respecto a mi suficiencia, porque entre Nieves Xenes y yo, desde que en las amenas y muy provechosas Conversaciones literarias tenidas en casa del que fué entusiasta propulsor de las patrias letras, doctor José María de Céspedes, nos conocimos el año de 1885, hasta la muerte de la poetisa, ocurrida el día 8 de este mes de julio en que escribo, jamás una sombra, jamás un leve desvío puso tibieza en aquel afecto hondamente sentido por las dos almas. Nieves se retiró del mundo hace años —sin que el mundo se hubiese retirado de ella—; en todo ese tiempo nos habíamos visto pocas veces, pocas también nos habíamos escrito; no obstante, la amistad y el aprecio permanecían idénticos, segurísimos, confiados.

Pero no es el afecto lo que ha de guiar ahora mi pluma, sino la imparcialidad más estricta y lo que en mis facultades quede aprovechable.

Muchas veces, al tratar de personas ilustres, se hace necesario tender piadosos velos sobre la vida íntima, o declarar francamente los lunares, las faltas graves que la afearon. Cabe la satisfacción al hablar de Nieves —y esto es ya una ventaja— de poder mostrar su corta historia, transparente como cristal: nada es preciso disimular en ella.

En el hogar paterno ángel fué pronto a toda abnegación. Quizás los desvelos e incesantes afanes durante la prolongada y penosísima enfermedad última de su madre, a la que solamente ha sobrevivido siete meses, hayan contribuído en gran manera a quebrantar un organismo, sano y fuerte hasta entonces, dejándole indefenso contra la muerte, que tras brevísima lucha, lo aniquiló. Ella, Nieves, que en la vida había sentido el pánico del choque supremo, cuando la muerte se le acercó, miróla de frente sin espanto alguno, serena y dulce, como lo fué en todos sus actos. "Yo hubiese querido, decía, vivir aún unos cuatro años; pero ya vale más salir de esto", y, sin agonía, dirigiéndose a uno de sus familiares, dijóle: "¿No ves que me estoy muriendo?" y con leve contracción facial, expiró.

Su corazón estaba formado para amar con vehemencia; pero el destino fué cruel para con ella en este sentido. No le permitió los deliquios de la virgen prometida, no los púdicos arrobos de la esposa bien amada, no las ternuras sublimes de la madre. Esos afectos fraguados, se concentraron en su alma, adquiriendo enorme fuerza, y sus cantos de amor la hicieron émula de la inmortal poetisa griega.

¿Tuvo ese amor un objeto real? Ella me dijo más de una vez que esos cantos eran "ideas poéticas" y nada más. Lo decía con la sonrisa fugaz que la bondad hacía aparecer en sus labios, y que la íntima melancolía cortaba instantáneamente, como si se espantase de una profanación, como si ella no debiese sonreír jamás. El mundo piensa, tiene por seguro, que amó un imposible, un imposible para su virtud. Sus más hermosos versos dan la razón al mundo. Y a este propósito repito lo que antes dije: No hay que tender velos sobre la vida íntima de Nieves.

El ahogado sentimiento materno tuvo también magníficas válvulas para expansionarse del bello corazón al exterior. Fué madre de menesterosos. Las dádivas pasaban sigilosa y continuamente de las buenas manos a las manos temblorosas que la bendecían. Difundíanse los beneficios en torno suyo como delicadas violetas difunden la esencia que nos extasía, sin que la flor aparezca a nuestra vista.

Y estos sentimientos humanitarios no partían —bueno es consignarlo— de fuente artificial alguna; quiero decir, de creencias religiosas, porque ella no las abrigaba; sino que brotaban directamente, como linfa limpidísima, del fondo de su alma inmaculada.

Fué también madre de seres más íntimamente vinculados a ella. Los hijos de su hermana María tuvieron en Nieves segunda madre, quizás, debido a su exaltadísimo temperamento de artista, más vehemente que la otorgada por la naturaleza. La última vez que hablé con ella, cuando el duelo por su madre, decíame, refiriéndose a esos niños. "Sí, las otras tías los quieren también, pero no con el frenesí que yo". Esta frase, dicha con su habitual, perfecta tranquilidad, hízonie gracia y me quedógrabada en la memoria.

Jamás he conocido modestia igual a la modestia de Nieves. Sus recitaciones en la tertulia de Céspedes obtenían calurosos aplausos. De los más renombrados poetas y escritores nuestros, aun estando lejos de Cuba, como Santacilia, recibía constantes muestras de la admiración que excitaban sus versos. Obtuvo premio en bien nutrido certamen por hermosa composición, El Poeta, y se la obsequió con medalla de oro por el soneto Julio, de insuperable belleza, honor compartido con otra gran poetisa, la señora Borrero de Luján. Ella no se convencía: era la única que no sabía nada de su gran valer. Con la mayor indiferencia abandonaba por dondequiera y perdía muchas veces sus joyas literarias. De nada servían los ruegos de sus familiares para que las coleccionase e imprimiese. Por último, dejó de escribir. Pareció olvidarse de que en su alma había cuerdas que vibraban divinamente, sólo con que ella lo quisiese.

¿Entraba en esto algún desdén por los nuevos métodos poéticos, tan falseados por muchos jóvenes, que toman lo accesorio por lo esencial, que contorsionan la forma y en ella dejan el vacío más espantoso? ¿Era un delicado sentimiento de repulsión por el espectáculo, nuevo ante sus ojos, de miserias, de envidias, de pequeneces que lian entrado por desgracia, o se han desarrollado más en nuestro mundo literario? Nada de esto fué en mi concepto, sino fatiga del mundo, convencimiento de que la gloria es nubecilla dorada que presto se disipa, de que todo en la vida es nada, excepto el amor, que a ella le fué negado.

Nombrada académica desde que se fundó la Corporación que hoy edita sus obras, cortésmente dió ella las gracias; pero jamás tuvimos el gusto de verla entre nosotros. Su resolución de retiro absoluto era iumutable. La Academia supo respetar, deplorándola, esa resolución y dar una prueba a la poetisa del alto honor que era para aquélla tenerla en su seno. Por disposición reglamentaria cesan de ser académicos los que dejan de asistir a diez sesiones consecutivas. Tras mucha tolerancia, llegó la hora de acatar el reglamento, y varios fueron separados; pero ante el nombre de Nieves Xenes, los más reglamentaristas callaron: no se podía tocar a esa gloria de nuestra patria.

Gloria verdadera, y alta y pura. Cerebro y corazón de primer orden, carácter bien templado al fuego del dolor, si ante la poetisa no tiene restricciones nuestra admiración, ante la mujer que ella fué, no tienen restricciones nuestra veneración y nuestro amor.

II

Esas líneas escribí yo pocos días después de haber acaecido el fallecimiento de mi buena amiga. Más tarde se me han entre gado sus poesías para que las ordene en volumen y termine mi trabajo.

Cuando Cuba tenga su diccionario geográfico... Mas no; resultaría demasiado diminuto, ya que no es ella, ni lleva trazas de llegar a ser jamás, isla conquistadora, a usanza de las islas británicas, que de pobrísimo origen se han encumbrado a de tentadoras del mundo. Digamos, pues: cuando Cuba figure en algún diccionario geográfico americano con extensión no mezquina, será preciso que se haga espacio a un modestísimo pueblecillo de la provincia de la Habana: Quivicán, para consignarle alto honor en estas sencillas palabras expresado: Cuna de Nieves Xenes.

Ella nació en sus inmediaciones, en la finca rústica Santa Teresa, que en arrendamiento tenían sus padres, don José Xenes (1) y doña Asunción Duarte; y acaeció el fausto suceso el día 5 de agosto de 1859. Cuando contaba diez y nueve años, después de larga estancia en La Esperanza, otro fundo, propiedad éste de los esposos, sito en Aguacate, vino la familia a establecerse en la capital, de donde ningún miembro ha salido después. Nieves no conoció del mundo más que su patria, y amóla con ternura, exenta—no hay que decirlo —de los chillones alardes que después del triunfo se han introducido entre nosotros. Para ella no había más flores que las de Cuba, no había más beldades que sus compatriotas; no había más héroes que nuestros hombres; y cuando el canto vino a sus labios, espontáneo, casi sin influencias literarias externas, todo eso fué lo que cantó. Su culto apasionadísimo por la belleza, se complació en trazar retratos de mujeres, bellas como diosas, y uno varonil, en el que aparece su alma, extática ante el palpitante Apolo.

Cantaba, he dicho, casi sin influencias literarias externas. La única que a mi juicio puede señalarse es la de Campoamor, sentida entonces por todos los poetas de habla española, ya que nadie escapaba al encanto de sus Pequeños poemas. Esa influencia se advierte en los lindos serventesios, de pensamiento delicadísimo y de maravillosa intuición femenina, El primer beso; en Una carta, que recuerda la famosa de aquel autor en El tren expreso; se advierte también en El Sultán y el poeta, remembranza quizás de la dolora en que son protagonistas Diógenes y Alejandro; y en algunas otras. En su familia no había antecedentes poéticos apreciables. Sin herencia de ese género y sin disciplinas literarias, todo: inspiración, sentimiento, gusto depurado, elevación, oído poético exquisito, cuanto se necesita, en fin, para que una lira sea en las manos que la sostienen, no un bonito juguete, sino un brillante trofeo, todo tuvo que crearlo en Nieves la naturaleza. Pero ésta fué para ella pródiga, exuberante, verdadera naturaleza tropical. La favorecida correspondió al regio presente dedicando a aquélla himnos fervientes. Para saldar su deuda de gratitud hubiese bastado Julio, el gran soneto en que describe toda su magnificencia; pero hay más: hay Primaveral, de aproximada pujanza; hay los sáficos A la luna, de tan apropiada suavidad, y que nadie pensaría producto de los quince años y de campesina vida; las lindísimas espinelas A un rosal, Día de primavera, Marina, A un árbol... Y así, tal como hija legítima de la naturaleza, cantaba ella: como muchacha que vaga por los campos, con guirnalda de olorosas maravillas, por sus propias manos enhebradas; como un pájaro, como el mar, como los ríos, como las selvas. Márcase siempre la pausa al final de verso; no usa transposiciones, ni apenas metáforas, ni iteraciones, ni figura alguna retórica. La estructura de sus versos es siempre conocida; no la preocupan nuevas combinaciones métricas. Con la intuición de su fuerza ingenua y pura, desdeña, o simplemente olvida todas esas galas. Pero así y todo, aun más que a la naturaleza en sus aspectos plásticos, miraba a la naturaleza espiritual, miraba a las almas. Y era su mirada perspicaz y severa. Ni aun a la belleza se rendía si no estaba ennoblecida por el sentimiento, así Emma es para ella.
Hermosa estatua de marmóreo seno;
y la estulticia tras rostros hermosos érale completamente repulsiva. Por eso escribe en el álbum de Mercedes Matamoros —y es ésta una de sus más brillantes composiciones— como un desahogo largo tiempo contenido, estas palabras:
Un álbum. Canta, Musa, y no reprimas
tus notas de recóndita tristeza,
que ahora no vas a desgajar tus rimas
a los pies de una estúpida belleza.
Ni perdonaba tampoco al talento, del que se mostró tan entusiasta y tan exenta de mezquinas pasiones, así en esa composición como en otra, de excepcional belleza también, dedicada a Luisa Pérez de Zambrana, si el decoro personal no lo acompañaba. Véase Recordando a Oscar Wilde; su desprecio por el poeta envilecido es profundo.

Y es que en Nieves todo era nítido. Su nombre parece un adivinado símbolo, en cuanto a eso; que, por lo demás, quien la ha conocido y ha leído sus poesías, o las lea ahora, no extrañará que vengan a mi mente estos versos, de autor anónimo para mí:
¡Engañoso Mongibello!
nieve enseñas, fuego escondes...
pero allí me detengo en la aplicación, porque a ella, que era la lealtad misma, no conviene lo demás:
¿qué harán los humanos pechos,
si saben fingir los montes?
Su pecho, urna era donde se guardaban joyas. Y, más que todas reluciente, la joya amor. Por eso, recorriendo el conjunto de sus poesías, han dejado en mí esta extraña impresión. He visto muchas brillantísimas estrellas en aquel límpido cielo; pero apareció la estrella Sol, y todas las otras fueron apagadas. La estrella Sol es Una confesión. Nadie que la ha leído la olvida, nadie puede olvidar ese torrente de lava que corre impetuoso como un Niágara, y como un Niágara, bellísimo también. Parece escrita de un solo impulso, en pocos momentos: el impulso arrollador de la pasión, que llega a su término derribando cuanto se le opone.

Allí está Nieves toda entera: amante hasta la locura: ella misma lo dice:
Pero ¿no comprendéis que es un delirio
hablar de todo eso al que está loco?
Todo eso era: deber, religión, sociales convencionalismos, gloria futura celestial a cambio de conformidad... Ella respondía: 
Pero ¿habrá alguna dicha allá en el cielo
comparable siquiera a un beso suyo?
Y acentúa:
Os digo que prefiero, delirante,
de mi loca pasión en los anhelos,
la dicha de mirarlo un solo instante
a la eterna ventura de los cielos!
Toda entera he dicho: amante hasta la locura, y contenida, no obstante, hasta el sacrificio. Por eso termina diciendo:
¡Ay, Padre! en vuestra santa y dulce calma
rogad a Dios que evite mi caída,
porque este amor se extinguirá en mi alma
con el último aliento de mi vida!
Después de escribir versos así, después de escribir —mucho más tarde, en 1907—el soneto Julio, bien se puede romper la lira; pero romperla era gesto demasiado violento para la apasibilidad de Nieves; y ésta no hizo más que abandonarla, sin cuidarse apenas de mirar por algunos momentos los laureles que seguían cayendo sobre ella.

Porque aquellos contemporáneos suyos, los que la contemplaron en su época de brillantes fulgores, jamás la han olvidado, y son ellos los que van depositando a cada momento esos laureles. Son los ilustres contertulios de Céspedes: son, Enrique José Varona, que siempre, en el obligado discutir, decía la palabra definitiva; Manuel Sanguily, pródigo en brillantísimas disertaciones; José de Armas, muy joven, que prefería callar, reconcentrando para más tarde tesoros de saber; Juan Ignacio de Armas, delicioso poeta (permítase que nombre también a los que ya no existen); Luis Victoriano Betancourt, poeta también, que llevaba heridas de patria en el alma nobilísima; Aniceto Valdivia, poeta de gran numen, que, generoso, complacíase en recitar de manera portentosa ajenos versos; Francisco Calcagno, autor ya del Diccionario Biográfico Cubano, único que hasta la fecha tenemos; Pichardo y Catala, inteligentísimos directores de El Fígaro, que en ese año mismo había comenzado su hermosa carrera; Benjamín de Céspedes, fogosísimo batallador; Fornaris, poeta favorito durante mucho tiempo, y ya por entonces próximo a su terrible final de vida... Otros muchos, que no puedo recordar.

En aquel selecto areópago surgía Nieves, modesta, llena de naturalidad, y recitaba, como si nada dijese, versos que se bañaban allá, muy adentro, en lágrimas y en sangre. No he podido olvidar el último de estas estrofillas:
Ese luctuoso velo de tinieblas
el dia rasgará con sus albores,
cuando su faz el sol por el oriente
fúlgido asome.

No hay sol que las tinieblas de mi duelo
disipe, derramando sus fulgores;
en el triste desierto de mi alma
siempre es de noche.
Noche de tumba. El amado en la tumba es una obsesión, que, cuando deja de ser tempestuosa, persiste y se hace sentir en toda su obra como leve rumor de sauce, como gemido de tórtola, como ola mansa que vuelve incesantemente a depositar en la playa sus menudas espumas; como un leitmotif, que siempre, tristísimo, retorna.

El tiempo, con su acción sedante, la llevó a beatífica resignación. Ella, que con tanta frecuencia hablara del beso de amor, y que tan ardientes frases le dedicara, llegó a estampan estas melancólicas y dulces palabras:
Como a la altura del sueño
la realidad nunca está,
el mejor beso es el beso
que se anhela y no se da.
Rodeóse entonces de niños y de flores. La sonrisa demoró por más instantes en sus labios. Hízose amar de cuantos cerca de ella estaban, y cuando sus magníficos ojos, negros y dormidos, que abismos de pasión y de ensueños parecían, quedaron definitivamente cerrados, otra tumba, que muy anhelada había sido por quien tenía que ocuparla, abrióse por fin, y a ella fué a desintegrarse —no hablemos de irrisorios descansos —la egregia sombra—no otra cosa somos que sombras—de la martirizada, dulcísima criatura, de la gran poetisa cubana Nieves Xenes.



Aurelia Castillo de González.
Octubre 10 de 1915.










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(1) Era el Sr. Xenes, sobrino segundo del venerado don José de la Luz y Caballero.


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Texto tomado de:
Anales de la Academia Nacional de Artes y Letras. Tomo I (Enero - Marzo 1916). Imprenta de Aurelio Miranda. La Habana, 1916.

Saturday, January 28, 2023

José Martí (un poema de Aurelia Castillo de González)


Del mundo de Colón dos islas bellas Quedaban en el círculo de acero
Que en él trazara el pelotón guerrero 
De férreas almas é indelebles huellas. 

Mas, bajado de fúlgidas estrellas 
Y de la estirpe del insigne Homero, 
Un poeta se lanza y justiciero
¡Nos escribe una Ilíada con centellas! 

Dos nombres le esperaban en la Historia Para el grupo de grandes redentores 
Que han de ser enlazados por la Gloria: 

El que sembró en el Norte maravillas, 
El que en el Sur dejó sus resplandores 
Y el que hizo libres á las dos Antillas.

Thursday, October 20, 2022

Aurelia Castillo de González (por Raimundo Lazo)


La literatura cubana inició su existencia siendo romántica, y aún hoy conserva reflejos o supervivencias de aquella nota de origen. A mediados del siglo XIX, todo escritor venía a la vida literaria en un ambiente saturado de romanticismo: romanticismo ideológico y político lo mismo que propiamente literario. La pléyade de escritoras cubanas que enriquecieron nuestras letras por aquellos tiempos se caracterizaron por la emotividad romántica tanto por razones atribuibles a la personalidad femenina como por motivos de orden histórico. Un caso entre ellos fué el de Aurelia Castillo de González, poetisa y prosista de abundante y variada producción, de forma espontánea, fácil, a veces de transparencia clásica y de espíritu delicadamente romántico; pero su caso es también el de una acentuada y amable personalidad. A cien años de distancia, reconstruimos históricamente el círculo cerrado de la vida provinciana de Camagüey que sirvió de marco a la existencia juvenil de figuras eminentes o notables como Varona, el Lugareño, Borrero o Aurelia Castillo, y de tales evocaciones tiene que salir vigorizado el concepto exaltador de la personalidad humana. En circunstancias como aquellas, el individuo se sobrepone al medio, y en cierta medida, de una manera o de otra, lo domina, lo conquista, y lógicamente vale más que él. La vida y la obra de Aurelia Castillo es un reiterado esfuerzo de superación de las circunstancias, una lección ejemplar de autoformación espiritual, de progreso pausado y firme en la adquisición y dominio de un estilo artístico.

La autora emplea con igual facilidad la prosa o el verso. Realmente no prefiere una u otra forma de expresión artística, como que en ambas encontró apropiado cauce para la manifestación de su vida interior, que fué ula gran finalidad, el motivo a un tiempo íntimo y superficial de su actividad literaria. Ejemplo de artista a la vez temperamental y laborioso, cultivó el verso lírico y el descriptivo, la fábula y la leyenda, la crónica literaria, que es con frecuencia crítica inspirada en un impresionismo optimista y generoso, el libro de viajes, el periodismo y la biografía. Toda esta extensa producción está matizada por un suave y diluido espiritualismo, y animada por el amor a la tierra nativa y por el culto a las virtudes hogareñas.

Lo cotidiano y familiar se torna poético en los versos de Aurelia Castillo merced a la ingenuidad y espontánea sencillez de su canto. Por eso pudo ella convertir en materia artística recuerdos de su primer hogar, sucesos y personajes de la quieta vida principeña, tradiciones y cosas de la tierra querida, poetizar el agua de tinajón convirtiéndola en íntima emoción del terruño, en cosa cantable; fijar con arte y naturalidad, para satisfacción de otros, la impresión personal de viajes por Europa y América, y en fin, actualizar para la posteridad, a través del verso o del relato en prosa, escenas e impresiones pasajeras de la vida doméstica, sucesos de la vulgar existencia diaria.

Su obra ofrece un sencillo conjunto de líneas armoniosas, y debe ser juzgada en su realización integral, no en sus detalles o en aspectos aislados. Apreciada sin criterio histórico muy firme, pudiera parecer artísticamente muy lejana de nuestra época, en absoluta oposición cpn los gustos literarios de los últimos tiempos; pero de su producción abundante perduran, como elementos particularmente dignos del recuerdo, la simplicidad emotiva, la delicadeza, la nobleza de arte y de pensamiento, y una como suave fragancia, que es la poética concreción de su personalidad. Su poesía es poesía personal, llevada por un impulso romántico peculiar, propio, a través de escuelas o tendencias literarias, alejada de todas, hacia un ideal de perfeccionamiento de la forma y de refinamiento interior. Su prosa muestra los caracteres de una evolución pausada y firme. Después de persistente ejercicio, su pluma adquiere agilidad y destreza. La autora de las Leyendas Americanas, de la cálida biografía de Ignacio Agramonte y de tantas crónicas, cartas y relatos interesantes, describe animadamente sin esfuerzo, narra con amenidad, y es siempre la escritora que conoce su noble oficio literario y lo ejerce sin fatiga, asistida por un generoso entusiasmo que conserva hasta sus últimos años. Si su obra poética fué la base de su popularidad, su prosa, en conjunto, pre¬senta caracteres de una evolución artística superior, y le asegura más justificada perdurabilidad a su nombre.

Camagüey, que fué su gran emoción humana y su gran tema literario, al rendir homenaje a Aurelia Castillo de González, con motivo del centenario de su nacimiento, ha realizado un acto de justicia histórica al par que una loable afirmación de valores literarios que, sin perjuicio de su trascendencia, se destacan por su plácido y fervoroso regionalismo. Si la personalidad de la autora conmemorada no adquiere la magnitud artística ni el perfil extraordinario de pasional humanidad de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ni la trascendencia y el refinamiento de la de Varona, su obra, por la persistencia del noble esfuerzo que revela, por su dulce y no aprendido nativismo, por la armonía y suavidad de líneas del conjunto, y por una rara y feliz combinación de feminismo y de feminidad, es un preciado aporte de Camagüey a la historia literaria cubana, y por él, el nombre de Aurelia Castillo se incorpora, en honrosa asociación, a los de aquellos hijos ilustres que hicieron de su tierra, además de patria de heroísmos, tierra esclarecida por obras perdurables del pensamiento y del arte.


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Raimundo Lazo
Síntesis de la conferencia ofrecida en el Círculo de los Profesionales, en la celebración del centenario del nacimiento de Aurelia Castillo de González. Camagüey 1942.

Tuesday, October 18, 2022

(Camagüey, año 1942) En el centenario del nacimiento de Aurelia Castillo de González. Conferencia ofrecida por la Dra. Lilia E. Fuentes Aguilera de Fernández, en el Aula Magna del Instituto de Segunda Enseñanza.


Señores de la Presidencia, señoras y señores:

Firme frente a la vida, y, decidida, nunca formulé anhelo que no osare trocarlo en realidad, ni acredité promesa a que no diese digno cumplimiento. Mi actuación de hoy confirma de manera paladina esta inveterada práctica de la existencia mía, pues no obstante la alta responsabilidad que implica hablar a un público principeño de Aurelia Castillo de González, me doy regocijada a tal labor, en memoria del Venerable y nunca bien llorado Dr. Gonzalo Aróstegui, recia personalidad del mundo literario y científico cubano, que al verme partir de la capital de la República, rumbo a esta procer ciudad donde me aguardaba el honor de una Cátedra en el Instituto al que he consagrado mi más fervorosa simpatía, me pidió que alguna vez platicase a mis conciudadanos de aquella gran prosista, familiar suya y timbre preclaro de las letras patrias, y yo que en aquellos días por cierto, solícitamente me daba a la lectura de los hermosos dramas de la Avellaneda, accedí al gentil reclamo del peticionario distinguido, segura de que un día cercano o lejano, pero cierto, abriría los textos de nuestros críticos, leería con previedad las publicaciones de la prosadora relevante, pensaría con la amplitud mayor de que fuese susceptible mi psiquismo en lo que significó aquella conciencia de mujer en el campo narrativo donde su pluma fácil consignó para siempre la fecunda cosecha de su ideario, y en definitiva, vivo o muerto, cuerpo o alma, más acá del misterio infinito o más allá de los infinitos secretos misteriosos, fecha vendría en que dijera ufana: “Don Gonzalo, he puesto a la disposición de tu egregia ascendiente, los humildes veneros del cerebro mío. Cuanto en mí hay de ternura y de bondad, de visión y de sensibilidad, lo he proyectado al enfoque que me ha sido permitido por mis fuerzas, de la fuerza superior e invencible de un talento luminoso, un carácter íntegro y un corazón honrado. Hoy he cumplido mi misión y he aquí que en el primer centenario del natalicio de tu tía amantísima, te presento, como sacerdotisa antigua que elevase, en la majestad del templo su plegaria sagrada, la plegaria de amor que al referirse a la memoria de la benemérita cubana, que esta docta sociedad saluda con amor, alcanza a tu memoria, que fulge en los espacios siderales como un cirio radioso que señala el decoro y el progreso a la tras humante y triste caravana, que en el bélico mundo en que alentamos teje cruenta el gran drama de la vida”.

Calle Cristo esq. Callejón del Templador.
Camagüey
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Echemos la mente a volar un siglo atrás. En una de las venerables casonas de la ciudad antigua, a una familia de prosapia ilustre, le ha nacido una niña; va a ser adorable encanto de un hogar circunspecto; va a reir, a llorar, a empinarse entre el coro de halagos domésticos y admiración foránea a su exquisitez mental y hermosura física; va como señorita de casa acomodada a la usanza de entonces, a recibir adusta educación; va a florecer versos, va a esculpir prosa; va a sentir que el amor le entona barcarola blanda y tierna en lo más noble de su corazón apasionado; va a emprender ritornelos anímicos con un novio de preparación pulcra, que al poco será su esposo enamorado, va a sufrir por Cuba y va a salir de Cuba; en exilio de años andará melancólica por la bermeja y áurea tierra hidalga de España; volverá a Cuba, paseará por México, llegará a Chicago con motivo de la exposición universal; sentirá la tentación seductora de París curará su salud en Vichy, tendrá relaciones con lo más granado del mundo intelectual coetáneo, de ella; en bocetos garridos presentará la ejemplaridad digna de emulación de nuestros héroes, y presa de dolor aplastante, verá caer al esposo vencido por la muerte, legándole el recuerdo sempiterno que fué símbolo noble de su vida; luego, Cuba la aclamará y abrirá a su talento sus más conspicuos Diarios y notables Revistas; y aún, no obstante, no permanecerá, indefinidamente, aquí; de nuevo cruzará el mar, llegará a la Italia de Victoria Colonna y de Calduci, a traducir una obra de D’Annunzio, y a percibir el milenario perfume de la cultura clásica del Latió; y así, con el acerbo cultural que viajes y lecturas, tratos y observaciones propician a la mente flexible de movimiento ágil, volverá a Cuba, con el alma como la cabellera, nivea, mostrando el imponente aspecto de ese invierno vital que todo agosta, y en todo asoma un afilado rictus de melancolía; volverá triste pero en plan de servicio, y en aquella como ininterrumpida ofrenda de su numen de artista, a su nación heroica, se verá sorprendida por la muerte y alcanzará el epitafio de la crítica, que sin tibiezas, ni dubitativas reservas reticentes va a proclamarla con Luisa Pérez de Zambrana, en el nivel más alto de la prosa en Cuba. ¡Tal fué Aurelia Castillo de González, tan digna de pleitesía por su singular valor intelectual, como por su distinción y recato impoluto de mujer que levantando a plausibles cimas el tradicional concepto del honor, con el honor, por el honor y para el honor, empinó a soberanas cumbres bendecibles el lábaro de armiño que en la pureza de las costumbres patrias simboliza al legendario y heroico Camagüey!

Desde el 27 de Enero de 1842, hasta el 6 de Agosto de 1920, la eximia escritora describió en el proceso de nuestro espacio literario un vuelo ascendente, cuyo prestigio se constata y acredita por su estela.

La fertilidad de su labor la expresa la asáz fecundidad de su cosecha.

Reparad, siquiera sea somera e informalmente, su producción variada y ved la profusión de su legado que admoniza, en la fábula; recrea en sus paseos y crónicas de viajes; incita al más ferviente y puro patriotismo en sus “Trozos Guerreros”; ejemplariza, de suasoria manera, en sus relatos de armonías hogareñas y deleites domésticos; y, une el recuerdo del ayer lejano y la esperanza en el mañana próximo, en el canto inspirado de sus versos.

Entonces ¿qué valencia ostenta, Aurelia Castillo de González, en nuestro nutridísimo Parnaso? Fiel a la idea de que uno no es en la vida lo que uno cree de sí, ni lo que los demás creen de uno, sino, acaso, el promedio de ambas audaces presunciones, creo prudente recurrir a su autobiografía y al juicio autorizado de la crítica para de la anastomosis de entrambos aportes juzgadores, inferir, netamente, su rango literario.

Ella se nos presenta, en los trazos en que se ofrece, de su puño y letra, a la biográfica labor del pacienzudo y previsor Calcagno, desde los días en que recibe la primera enseñanza en el hogar paterno, bajo la preceptoral docencia de Fernando Calcagno, hermano del autor del conocido Diccionario, hasta el año 1851, en que asuntos políticos lo ausentaron de Cuba y se ve en el caso de recurrir a un nuevo profesor, que no llena las aspiraciones de sus celosos padres, y, en consecuencia, resulta despedido, lo que la constituye, a temprana edad, en rectora de sus propios esfuerzos, dado el temor paterno de instalarla en alguna de esas “escuelas de niñas de donde hartas veces suele salir marchita la flor de la inocencia”.

A la postre lamenta que su tesoro intelectual no fuese en aquella fecha vasto, pero destaca la satisfacción de que el código de moral que la rige y aprendió de sus mayores en el ara de la dignidad hogareña, pautara con eficacia y disciplina el desenvolvimiento cabal de su existencia.

Luego se nos revela en los idílicos instantes en que el novio la invita al progreso, y ya esposo resulta para ella compañero y maestro, pues es preciso recordar que la inteligente hija de Don Pedro Castillo y Betancourt y de Doña Ana María Castillo y Castillo, el 6 de Mayo de 1874 contrajo nupcias con el comandante de infantería Don Francisco González del Hoyo, que un año más tarde se veía compelido a abandonar a Cuba por servir al honor, que es bandera temida y mal mirada por los huraños hombres que llegan a la cima en época perversa de ignominia.

Ya por ese entonces había Aurelia escrito más de una comedia, y luego se ve inclinada a colaborar, en Cádiz, en la publicación de la Señora Biedma; sin embargo, estimo qué más bello y más útil que uno y que otro esfuerzo, fué la perseverante lectura que en el libro abierto de la naturaleza, realizó a la vera del Mar Mediterráneo, en aquellas palestras, augustas, donde al través de tres mil años la humanidad ha tejido, grávida de anhelos y macerada de quebrantos, el cíclico poema en que la Historia resalta los relieves de la vida.

A la comprensión del Capitán General Martínez Campos, debe el goce inefable de volver a Cuba y gozar del entusiasmo tierno de abrazar a su padre y a su hermana. 

No hemos de olvidar que a este viaje, suceden los viajes a que he aludido en el inicio de esta semblanza, modesta como mía, y mucho menos de prescindir de la importancia que tuvieron estas excursiones en las cuales libó las finas esencias pertinaces que prestigian sus leyendas americanas: Xicotencal, Doña Marina, Moctezuma y sns inolvidables “Cartas de París”, “Cartas de Italia”, “Cartas de Suiza”, su poema Pompeya, compilados, por cierto, en su obra “Un Paseo por Europa”, así como sus impresiones de la opulenta capital de México y de Chicago orlado por las galas de la Exposición de 1893, trabajos éstos que figuran en su conocida compilación “Un Paseo por América”.

Su pasión por Cuba, jamás disminuyó un ápice con sus prolongadas actividades en playas forasteras. Nada menguó este amor, y al efecto se solaza con toda ocasión en que pueda traducirlo y revelarlo. Dígalo con entera claridad la circunstancia de empeñarse en biografiar a la inmortal Gertrudis Gómez de Avellaneda, durante su estancia apacible en su retiro de Guanabacoa; y aún más, aquella otra en que obsequiada en albergue, genuinamente camagüeyano, por familia amiga con agua de tinajón, que le era tan querida, musita entusiasmada:
Agua santa de este suelo
Donde se meció mi cuna,
Agua grata cual ninguna,
Que bajas pura del cielo,
Al beberte con anhelo,
Casi con mística unción,
Pienso que tus gotas son,
De mi madre el tierno llanto,
Al ver que me quiere tanto
Camagüey, tu corazón!
Esta vehemencia con que alaba y que gusta lo vernáculo, es su blasón más noble y más característico. No aborrece lo extranjero, pero dignifica y proclama los valores genuinos, y en qué modo, y con qué gallarda bizarría. Donde ella se alza, se alza el decoro patrio, y hay mástil empinado para la bandera mambisa que lleva en el alma, y hay versos para el Lugareño y epinicio triunfal para Agramonte.

Intuyese de lo expresado, que nunca se desvinculó de Cuba, ni de sus deberes de espíritu exquisito para con la Patria en lucha por la redención. La muerte de González con haber sumido, su persona, en dolor cruento, no llegó a desviarla de su ingente tarea copiosa, distinguida, edificante. Lo mismo cuando la angustia la abate, que cuando la esperanza la estimula, Cuba va en ella en relicario de amor sacro y eterno. En concordancia, en 1898 cuando llora delante de su casa de Guanabacoa, que la halla destrozada y que le inspira “Ruinas”, que luego de la aventura que la obliga a salir de aquella villa y se traduce en “Expulsada”, que en 1902 cuando al instaurarse la República escribe “Trozos Guerreros” y “Apoteosis”, mueve su ánimo la fibra venturosa que sensibilizando de manera notoria su ser, la lleva a exclamar en tono altivo:
La Bandera en el Morro ¿no es un sueño?
La bandera en palacio ¿no es delirio?
¿Cesó del corazón el cruel martirio?
¿Realizóse por fin el arduo empeño?
Muestra tu rostro juvenil, risueño,
Enciende ¡oh Cuba! de tu Pascua el cirio,
¡Qué surja tu bandera como un lirio
Unico en los colores y el diseño!
¡Sus anchos pliegues al espacio libran
Los mástiles que altivos la levantan!
Los niños la conocen y la adoran.
¡Y sólo al verla nuestros cuerpos vibran!
¡Y sólo al verla nuestros labios cantan!
¡Y sólo al verla nuestros hijos lloran!
La dama del “Adiós a Víctor Hugo” y la Figlia de loro de D’Annunzio,es la sacerdotisa de sentimientos venerables que se estiman, de modo indubitado, en su reseña de Máximo Gómez:

Alto y enjuto y de ademán severo
Del enemigo estuvo cara a cara
Con la enseña de Cárdenas y Yara
De los Diez Años en el lapso entero.

¡Voy a partir, exclama, mas... espero!
Y de Baire a la bélica algazara
Como saeta a la Invasión dispara
Y la Invasión escribe con su acero.

De libertad al delirante grito:
¡Salve, prorrumpe el pueblo al Presidente!
¡Con flores deja que tu suelo alfombre!
Mas, él, formado de inmortal granito,
Dice, indicando al solitario ausente
Con suprema grandeza: “Este es el hombre”.

Sobre esa realidad, que hable la crítica, y diga lo que deba de decir alto y enfático con la autoridad de los criterios de Vidal Morales y del afable poeta mexicano Peza. El primero de ellos, admirado de su labor concatenada y digna, que integra seis libros y le ha valido el respetuoso recuerdo de la posteridad, llega a creer que, entre nosotros, no tiene rival como prosista, y luego de celebraciones, justificadas, sin duda, por su maravillosa carta: “Noli me Tangere”, sobre la inmortal novela de José Rizal, afirma textualmente: “después de aspirar la exquisita frangancia de las flores que ostenta el artístico búcaro de los “Trozos Guerreros”, es preciso convenir, amiga mía, en que el astro poético de usted, es el que ha.hecho vibrar, con más exaltación patriótica, en estos tiempos, las fibras de nuestros corazones”. A mayor abundamiento, Juan de Dios Peza, calificando con encomio a “Trozos Guerreros” y “Apoteosis”, en carta dirigida a la inspirada autora reza: “La felicito de todo corazón por su meritorio trabajo. ¡Qué bien pintados están los héroes! ¡Cuánta justicia y cuánta veneración rebosan en los versos que les consagra! ¡Qué interesantes son las notas! ¡Gracias por la dedicatoria y reciba con mis aplausos mi admiración y mi cariño invariable!”

Se colige de estas someras consideraciones que la señora Castillo de González, logró demostrar en modo resoluto, y en una época en que la mujer nada podía, que en esta tierra de sonrisas y lágrimas, todo lo puede la mujer.

Es admirable observar que su obra, y conste que doy a la frase contenido más amplio que sus publicaciones, pues con éstas también considero el sentido y el valor artístico de su conversación, la filosofía de sus consejos, la docencia acrisolada de su opima labor, su cariñoso apostolado de orientación por la sincera emulación para la mujer entonces limitada y presa de complejos, empresa es, que no se ofrece a la pesquisa del intelectual descoyuntada, sino, coordinada, metódica y enriquecida por un certero plan.

Aquella sentencia: “Educar es Redimir” que un día pasado iluminara los labios de un filósofo antiguo, acaso fuese el ínsito y unitario sentido de su obra formidable.

Ella supo que vivir no es pasar, sino, cobrar en el paso una trascendencia inmarcesible que perdura en la huella.

Por eso cuanto ella dijo para ayer, está en presente hoy, y fresco y sano llegará a mañana.

Con menor o mayor emoción en uno que en otro verso; con más perspicaz penetración en una que en otra aseveración de tanta y buena que formula sobre el mundo y los hombres y la vida ¿quién va a regatear que fué gloriosa?, ¿quién que venció a los infortunios, a las aleatorias ventiscas del Destino y a la torva vorágine del tiempo?, ¿y quién que sembró en los corazones de sus contemporáneos una simiente espléndida, cuya germinación invita al brazo a defender el suelo y a la conciencia, en oración bendita a penetrar en aras de plegaria la excelsitud infinita de los cielos?

Eso es, no más, ló que el planeta debe de exigir a los seres que, en mérito a su capacidad o jerarquía, se constituyen en dignidad social, con cura de almas o tutoría de espíritus. Llegue pues, a los lampos sublimes.donde las almas moran, la sincera ovación que, en su pueblo nativo, le tributan, leales, conmemorando el primer centenario de su natalicio las almas con conciencia de su fama; y yo previa constancia de mi gratitud, que dejo consignada para mi amable compañera la Srta. Pérez Lama, por la renunciación que hiciera, en mi favor, de este turno, que asumo consciente del deber que me asiste de rendir devota este tributo, evoque su fulgor, bata palmas en loa de sus ternezas y diga comprensiva y enardecida:

Aurelia del Castillo, esta reseña
de tus nobles y anímicos primores,
es mi ofrenda, tejida con las flores
más fragantes del alma princlpeña.



Lilia E. Fuentes Aguilera de Fernández.
Camagüey, 1942.

Friday, October 14, 2022

Rondó para flautas. Glosa Lírica. (por el P. Angel Gaztelu)


1. DEJA A LA ABEJA GOLOSA 
2. QUE LIBE EN LA DULCE FLOR 
3. Y GOZA DEL RUISEÑOR 
4. LA FINA Y ARDIENTE GLOSA: 
5. GLOSA PENSADA EN LA ROSA 
6. QUE ES LO MISMO AROMA O MIEL 
7. A MIS SUEÑOS DE LAUREL 
8. FUGADA SOMBRA DE AROMAS
9. DE ESTE JARDIN DE PALOMAS
10. QUE ENMURA EN FUEGO UN CLAVEL


Dulce música de estío,
coros de aromadas flautas
llenan de armónicas pautas
árbol, rosa, espacio y río.
Cigarras en desvarío
con persistencia ardorosa,
cantan la enjundia gloriosa
del sol. En lo verde ardor...
Y en su dulce gozo en flor
1. “DEJA A LA ABEJA GOLOSA’’

Brisas rubias hacen vuelos
de sus violines sonoros,
y los espacios son coros;
música en triunfo de cielos;
ay! que altos son los consuelos.
Dadme manzanas de olor;
delicia para el sabor
y fortaleza en el viaje.
Y deja al alma el paisaje
2. “QUE LIBE EN LA DULCE FLOR”

Flor que será en el jardín
perennal amanecida
que con su esencia sencilla
envuelva todo el confín.
Otra dulzura sin fin
nos enarbole el amor:
canto enmielado de flor,
profesor de los suspiros,
que lleve a amar los retiros.
3. "Y GOZA DEL RUISEÑOR”

Que la vida fluya así,
como el caudal de la fuente,
que entre las flores fluyente
copia sombras de rubí.
O que vuele el Colibrí,
alta envidia de la rosa,
en matización gloriosa,
relámpagos de colores
que pinta en los resplandores
4. "SU FINA Y ARDIENTE GLOSA”

Bañe el jardín surtidor
con su chorro musical
clara escala de cristal
que se eleva en esplendor
y cae en gracia de flor.
Así esta ansia luminosa
que en vertical flecha airosa,
—lanza en conquista del cielo— .
se queda por tanto anhelo
5. "GLOSA PENSADA EN LA ROSA”

Cánticos claros perfilen
en lo verde ruiseñores,
y que pañuelos de flores
los céfiros febles hilen
Que cardelinas afilen,
en luminoso tropel
sus picos en el clavel,
que en gracia de la belleza
veré en fina sutileza,
6. "QUE ES LO MISMO AROMA O MIEL”

Sueñe coronas la frente
o guirnaldas de azahar
para mejor oficiar
de tanta beldad presente.
Entonces diga esplendente
el pájaro su rondel
y la fuente en su bisel
con todas sus gracias sumas
teja música de espumas
7. "A MIS SUEÑOS DE LAUREL”

Flauta aprisa, a prisa a olvido
suéñame, arómame aprisa
de espaldas a la sonrisa,
vuelto en sedas tu sonido
resbálame sin sentido,
mientras en vilo me tomas
sobre puentes de palomas
en anhelos de otra altura,
viendo pasar su figura
8. "FUGADA SOMBRA DE AROMAS"

Rosas y sombras de rosas
guarden estos pensamientos:
Y digan plumados vientos
vanos sueños de las cosas
con sus palabras airosas...
Trasciendan sus suaves gomas
las terebínticas lomas;
mientras prendan su incensario
las flores, fuego plenario
9. "DE ESTE JARDIN DE PALOMAS”

Dulce y ardiente jardín
aromado de colmenas,
con guirnaldas de azucenas
y glorietas de jazmín
al alma borde un cojín
a olvido y música fiel.
Siempre en vigilia un lebrel
hará la guarda segura
de esta lírica clausura
10. "QUE ENMURA EN FUEGO UN CLAVEL”




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Texto que obtuvo el Tercer Premio en el concurso por el Centenario del Nacimiento de Aurelia Castillo de González. El jurado estuvo "integrado por Dr. Raimundo Lazo, Profesor de la Universidad Nacional y los Dres. Angela Pérez Lama y Antonio R. Martínez, profesores del Instituto de Segunda Enseñanza de Camagüey." 
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Gaspar, El Lugareño Headline Animator

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