Sábado. Mayo 30, 2026, a las 2 p.m.
American Museum of the Cuban Diaspora.
1200 Coral Way.
Miami, Fl 33145.
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Ver Janisset Rivero en el blog.
—¡Quién rayos anda ahí! —gritó el padre de Niceto, asomándose a la ventana.—¡He aquí Los Halcones!—¿Qué halcones?—La pandilla más temible, y podemos cortarte la cabeza.—¡Ah, carajo…! Ustedes van a ver.
—¡Bravo, mis valientes! —dijo José, que levantó la mano, y chocamos los cinco.
—¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó el Abuelo. Le dicen así pues parece un viejito con sus espejuelos montados al aire.—Nada.—¿Y si avisan a la policía?—No importa. Nadie va a encontrar el cadáver.—¿El cadáver?—Claro, si no aparece el cadáver, no hay pruebas.—¿Y qué vamos a hacer con el caláver? —preguntó Chencho.—¡Cadáver, no caláver! Enterrarlo. Un cadáver nunca debe quedar a la intemperie, aunque pertenezca al bando enemigo. Hace falta un sitio para enterrar a Niceto. El patio de mi casa es de cemento.—Y el mío es de lajas —dije yo, que no había hablado todavía.
—¿En tu casa, Cuatrojos?—No se puede. Mi mamá no trabaja.—La velamos un día que salga a la bodega.—Tampoco va a la bodega. Palabra de hombre. Mi mamá no sale de la casa.José miró hacia el otro lado.—¿Chencho?
—Los tipos duros, cuando tienen que decidir algún asunto importante, encienden sus cigarros. Pero hay que hacerlo sin mirar, con la vista y con la mente puestas en otra cosa, ¿entendieron?
—¿Y dónde los enterraban? —le pregunté.—¿A quiénes?—A sus enemigos de allá de Santa Clara.—En los patios, dónde diablos iba a ser. En mi casa de El Condado hay cinco cadáveres.—¿Y allá tú eras el jefe también? —preguntó Cuatrojos, lleno de asombro.—No, yo era el segundo al mando, pero cuando muriera Canilla, en cualquier ataque o emboscada, yo me iba a quedar al frente.
—Vamos, pónganse de acuerdo. Los Halcones no pueden perder su tiempo con tantas cosas que faltan por hacer.
—¿Y por qué no lo enterramos en el cementerio? —dijo Rafa—. En los cementerios siempre hay huecos de más, por si ocurre un accidente, un choque de trenes, por ejemplo, y se muere más gente de la cuenta.—¿Cómo sabes eso? —preguntó José—. ¿Has ido alguna vez al cementerio?—Entrar no, pero lo he visto de lejos.—Entonces cállate, no hables lo que no sabes. Mañana iremos allá a estudiar bien los pormenores.—¿Qué son los pormenores? —preguntó el Abuelo.—Si tú vas a secuestrar a un enemigo, tienes que saber a qué hora sale de su casa, por qué calles suele transitar, cuál es la esquina mejor, la más oscura y tenebrosa; para sorprenderlo, atarlo y reducirlo. Esos son los pormenores.
—¿A qué hora es la cosa? —preguntó el Abuelo.José miró su reloj.—Todavía es temprano.
—¿Y por qué no nos comemos un helado? —le pregunté a José. Yo tengo treinta kilos. Cada vez que yo paso por la heladería me dan deseos de comer helados. Aquello allí huele a coco, a mangos, a naranja-piña y a mermelada de guayaba.
—Dame acá esa plata.Le entregué las monedas.—¿Alguien más tiene dinero?
—De ahora en adelante, la plata que tengamos no será de nadie. En una buena pandilla las cosas son de todos.
—¿Qué es un Fondo Colectivo de Emergencias?—Una plata que sirve para comprar armas, pólvora, municiones y todo lo que haga falta. Cuando asaltemos algún banco, ya no pondremos más dinero en el Fondo Colectivo.
—Vamos, mis valientes —dijo alzando el puño derecho.
—¿Por qué no lo dejamos para otro día?—El que tenga miedo que se quede.—No es miedo, pero ya es bastante tarde.José hizo un ademán y echó a correr.Detrás de él iba Rafa y el Abuelo, y después Chencho, Cuatrojos y yo.
—Cállate, imbécil —le soltó José.Cuatrojos se calló, pero el Abuelo empezó a toser bajito.—La muerte es del carajo —dijo Chencho.—¿Por qué?—Porque sí. Esos muertos estaban vivos, y ya no. Ya no pueden hablar ni pensar ni nada.—Ni sentir —dijo Rafa.—Ni comerse un helado —dije yo, que seguía con las paletas girando en mi cabeza.—¿Qué tú sabes, Chencho? —dijo el Abuelo—. José habla con los muertos.
—Adelante.
—¿Qué pasa? —dijo la figura.—Queremos ver al enterrador.—¿Para qué quieren verlo? El sepulturero no está aquí. ¿No ven que el cementerio está cerrado?—Sí, pero nos hace falta…, es decir, ¿usted sabe si hay alguna fosa abierta? Necesitamos enterrar a un bastardo.—¿Cuándo murió?—No ha muerto todavía, pero mañana cantará el manisero de un flechazo.
—Mejor se largan ahora mismo. Los cementerios no son lugares para andar mataperreando.—No nos vamos nada. El cementerio es del pueblo. En el socialismo todo es del pueblo —lo desafió José.—Vamos, piérdanse ya, antes de que llame a la policía.—Somos Los Halcones.—¿Qué halcones?—La pandilla más temible. Podemos cortarle la cabeza.—¡Ah, carajo! —el viejo corrió hacia el interior, seguramente a buscar una escopeta.Del cementerio hasta el barrio son como dos kilómetros. Llegamos jadeantes, con la lengua afuera, y nos reunimos bajo la luz del poste de la esquina.—Al enterrador hay que verlo por el día. Hablaremos con él para que nos abra unas cuantas fosas; pero todavía nos falta el juramento si queremos ser la pandilla más temible del mundo. Luego que juremos, nadie estará a salvo de nosotros.