Thursday, January 15, 2026

"El beso de Susana Bustamante. Historia de la pandilla más temible del mundo." Capítulos 1 y 2. (por Sindo Pacheco)

Nota previa. Cada jueves estaré publicando en el blog, uno o dos capítulos de la novela "El beso de Susana Bustamante. Historia de la pandilla más temible del mundo.", en colaboración con  Sindo Pacheco, su autor. 


En un barrio de Cuba llamado Paraíso Obrero tuvo lugar la pandilla más temible del mundo. Apenas José de Santa Clara desembarcó en nuestras calles, reunió a sus valientes bajo el poste de la esquina, y salimos a librar nuestra primera escaramuza.

CAPÍTULO I
La primera escaramuza

José colocó el mensaje en la flecha, con la sentencia de muerte en grandes letras rojas, y tensó el arco. A través de la ventana del comedor vimos al bastardo de Niceto y a toda su familia alrededor de la mesa.

La flecha salió como una flecha, cruzó el cuadro de luz para chocar contra la loza. Alguno de los platos cayó al suelo estallando en pedazos; y un grito de mujer, seguido por una algarabía, salió del interior.
—¡Quién rayos anda ahí! —gritó el padre de Niceto, asomándose a la ventana.

—¡He aquí Los Halcones!

—¿Qué halcones?

—La pandilla más temible, y podemos cortarte la cabeza.

—¡Ah, carajo…! Ustedes van a ver.
Salimos disparados hacia la calle Masó. Doblamos en la cafetería, luego en Eduardo Chibás, y fuimos a parar cerca de la cañada.
—¡Bravo, mis valientes! —dijo José, que levantó la mano, y chocamos los cinco.
José es flaco y larguirucho y sabe un mundo de asaltos, emboscadas, de palabras extrañas y de cosas acerca del socialismo.
—¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó el Abuelo. Le dicen así pues parece un viejito con sus espejuelos montados al aire.

—Nada.

—¿Y si avisan a la policía?

—No importa. Nadie va a encontrar el cadáver.

—¿El cadáver?

—Claro, si no aparece el cadáver, no hay pruebas.

—¿Y qué vamos a hacer con el caláver? —preguntó Chencho.

—¡Cadáver, no caláver! Enterrarlo. Un cadáver nunca debe quedar a la intemperie, aunque pertenezca al bando enemigo. Hace falta un sitio para enterrar a Niceto. El patio de mi casa es de cemento.

—Y el mío es de lajas —dije yo, que no había hablado todavía.
José paseó la vista a su alrededor:
—¿En tu casa, Cuatrojos?

—No se puede. Mi mamá no trabaja.

—La velamos un día que salga a la bodega.

—Tampoco va a la bodega. Palabra de hombre. Mi mamá no sale de la casa.

José miró hacia el otro lado.

—¿Chencho?
Chencho había sacado un cigarro y trataba de acercarle el fósforo; pero cuando logró encenderlo, una tos salió disparada de su garganta.

José le arrebató el cigarro con aire de superioridad, lo llevó a sus labios y aspiró lentamente. Luego empezó a echar humo por la nariz.
—Los tipos duros, cuando tienen que decidir algún asunto importante, encienden sus cigarros. Pero hay que hacerlo sin mirar, con la vista y con la mente puestas en otra cosa, ¿entendieron?
Dijimos que sí con la cabeza mientras el cigarro pasaba de mano en mano, un momento antes que la tos.

José era de Santa Clara, pero a su padre, que combatió por la Revolución, le habían dado esa casa, que antes era una clínica de locos, para que fuera el jefe de este pueblo. Su barrio, llamado El Condado, era el más terrible de toda la ciudad, donde, según José, su pandilla mató a montones de enemigos.
—¿Y dónde los enterraban? —le pregunté.

—¿A quiénes?

—A sus enemigos de allá de Santa Clara.

—En los patios, dónde diablos iba a ser. En mi casa de El Condado hay cinco cadáveres.

—¿Y allá tú eras el jefe también? —preguntó Cuatrojos, lleno de asombro.

—No, yo era el segundo al mando, pero cuando muriera Canilla, en cualquier ataque o emboscada, yo me iba a quedar al frente.
El cabo de cigarro se había gastado y José cruzó los brazos.
—Vamos, pónganse de acuerdo. Los Halcones no pueden perder su tiempo con tantas cosas que faltan por hacer.
Nos miramos unos a otros. Nadie quería tener un muerto en el patio de la casa.
—¿Y por qué no lo enterramos en el cementerio? —dijo Rafa—. En los cementerios siempre hay huecos de más, por si ocurre un accidente, un choque de trenes, por ejemplo, y se muere más gente de la cuenta.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó José—. ¿Has ido alguna vez al cementerio?

—Entrar no, pero lo he visto de lejos.

—Entonces cállate, no hables lo que no sabes. Mañana iremos allá a estudiar bien los pormenores.

—¿Qué son los pormenores? —preguntó el Abuelo.

—Si tú vas a secuestrar a un enemigo, tienes que saber a qué hora sale de su casa, por qué calles suele transitar, cuál es la esquina mejor, la más oscura y tenebrosa; para sorprenderlo, atarlo y reducirlo. Esos son los pormenores.


CAPÍTULO II
Una visita tenebrosa.


Ya era casi de noche cuando nos reunimos en la esquina. Un viento misterioso movía las hojas de los árboles.
—¿A qué hora es la cosa? —preguntó el Abuelo.
José miró su reloj.
—Todavía es temprano.
Dimos una vuelta por el barrio en busca de enemigos: Camacho o los jimaguas, o de Carburo en persona, pero las calles estaban desiertas. Algunos borrachos cantaban junto al traganíquel de la cafetería de Graña, y un perro sin rabo bajó a toda velocidad por Masó en dirección a la cañada.

El cementerio queda por la carretera de Santa Lucía, por lo que hay que hacer un recorrido larguísimo, cruzando el centro del pueblo hasta llegar al otro lado.

El Centro son cuatro o cinco cuadras de tiendas de ropa, con vidrieras que brillaban como espejos; y con cafeterías y bares donde los hombres beben ron a cualquier hora del día o de la noche. Hay una heladería que huele a mango y a mamey y cuyo motor hace girar unas paletas y el helado va naciendo a la vista de todos. Además, hay un parque de sentarse los viejos, y otro parque infantil, un cine, y una terminal de ómnibus con guaguas para ir a Santa Clara, Sancti Spíritus y hasta a La Habana si uno quiere.

Pasamos junto a la heladería.
—¿Y por qué no nos comemos un helado? —le pregunté a José. Yo tengo treinta kilos. Cada vez que yo paso por la heladería me dan deseos de comer helados. Aquello allí huele a coco, a mangos, a naranja-piña y a mermelada de guayaba.
José tendió la mano.
—Dame acá esa plata.
Le entregué las monedas.
—¿Alguien más tiene dinero?
Chencho sacó seis quilos; Cuatrojos, un peso; y el Abuelo y Rafa, dos monedas de a veinte cada uno. José juntó todo y lo metió en su bolsillo.
—De ahora en adelante, la plata que tengamos no será de nadie. En una buena pandilla las cosas son de todos.
En el bar de Antonio, José compró una caja de cigarros y una de fósforos, y el resto del dinero lo desapareció en su bolsillo para formar un Fondo Colectivo de Emergencias.
—¿Qué es un Fondo Colectivo de Emergencias?
—Una plata que sirve para comprar armas, pólvora, municiones y todo lo que haga falta. Cuando asaltemos algún banco, ya no pondremos más dinero en el Fondo Colectivo.
Nos sentamos en el parque del Paradero. José prendió un cigarro y se lo fue pasando a los demás. Todavía yo no había dado mi fumada, ni tosido, cuando se puso de pie.
—Vamos, mis valientes —dijo alzando el puño derecho.
Sus valientes éramos nosotros, y lo seguimos a través de la calle, que más adelante se convertía en carretera antes de llegar al cementerio.

Cuando íbamos dejando atrás la parte más alumbrada, Cuatrojos se volvió y empezó a caminar de espaldas.
—¿Por qué no lo dejamos para otro día?
—El que tenga miedo que se quede.
—No es miedo, pero ya es bastante tarde.
José hizo un ademán y echó a correr.
Detrás de él iba Rafa y el Abuelo, y después Chencho, Cuatrojos y yo.
El cementerio tenía un alto muro en toda su parte de alante, con un portón grandísimo al centro. A través de la verja vimos la entrada principal, que se perdía en la oscuridad. Había muchas tumbas con cruces de cemento; y otras enormes, como casitas de verdad, a ambos lados de la calle principal. Más atrás se veían menos construcciones y luego una negrura casi total. Pero lo más impresionante era el silencio que allí había. Únicamente el viento hacía fiuuuuuuuu sobre las tumbas de los muertos.

Cuatrojos silbaba aquello de Marcelino pan y vino, todo pan y todo vino.
—Cállate, imbécil —le soltó José.
Cuatrojos se calló, pero el Abuelo empezó a toser bajito.
—La muerte es del carajo —dijo Chencho.
—¿Por qué?
—Porque sí. Esos muertos estaban vivos, y ya no. Ya no pueden hablar ni pensar ni nada.
—Ni sentir —dijo Rafa.
—Ni comerse un helado —dije yo, que seguía con las paletas girando en mi cabeza.
—¿Qué tú sabes, Chencho? —dijo el Abuelo—. José habla con los muertos.
José no le tiene miedo a nada. Pasó para quinto, y nosotros para cuarto; a no ser Chencho, que repitió tercero. Todas las noches salen locos muertos en su cuarto, y él como si nada. Apaga la luz, les suelta cuatro carajos y los tipos se asustan y se van. Yo no sé si cuando llegue a quinto podré dormir con un grupo de muertos en mi casa.

José encendió otro cigarro y soltó el humo por la nariz. Se quedó pensativo, mirando las volutas que subían, pero con la mente en otra parte, igual que en las películas.

De pronto dijo:
—Adelante.
Ya Rafa estaba trepando el muro cuando se asomó una figura en la puerta. Cuatrojos echó a correr de solo verla. Yo me quedé medio indeciso.
—¿Qué pasa? —dijo la figura.
—Queremos ver al enterrador.
—¿Para qué quieren verlo? El sepulturero no está aquí. ¿No ven que el cementerio está cerrado?
—Sí, pero nos hace falta…, es decir, ¿usted sabe si hay alguna fosa abierta? Necesitamos enterrar a un bastardo.
—¿Cuándo murió?
—No ha muerto todavía, pero mañana cantará el manisero de un flechazo.
El hombre se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.
—Mejor se largan ahora mismo. Los cementerios no son lugares para andar mataperreando.
—No nos vamos nada. El cementerio es del pueblo. En el socialismo todo es del pueblo —lo desafió José.
—Vamos, piérdanse ya, antes de que llame a la policía.
—Somos Los Halcones.
—¿Qué halcones?
—La pandilla más temible. Podemos cortarle la cabeza.
—¡Ah, carajo! —el viejo corrió hacia el interior, seguramente a buscar una escopeta.
Del cementerio hasta el barrio son como dos kilómetros. Llegamos jadeantes, con la lengua afuera, y nos reunimos bajo la luz del poste de la esquina.
—Al enterrador hay que verlo por el día. Hablaremos con él para que nos abra unas cuantas fosas; pero todavía nos falta el juramento si queremos ser la pandilla más temible del mundo. Luego que juremos, nadie estará a salvo de nosotros.

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