Monday, February 2, 2026

Un soneto de Francisco González del Hoyo a su esposa Aurelia del Castillo en 1874. (por Carlos A. Peón-Casas)


Siempre hemos sabido por las tradiciones del inolvidable solar camagüeyanensis, de aquella relación matrimonial de la excelsa poetisa Aurelia del Castillo y del Castillo, su nombre de soltera, con un pudonoroso oficial español, de quien solo y de pasada se mentaba su apellido: González, añadido al nombre de la poetisa luego de sus nupcias.

En mis manos hoy gracias la generosa disposición de un amigo en aquella nuestra ciudad, tengo una antigua edición digitalizada de una compilación de escritos de Aurelia del Castillo, pero igual, del que fuera su esposo, que a no dudarlo era igualmente un hombre de letras y cultura singulares

Pero dejemos que sea la propia poetisa quien nos dé los motivos para la perdurabilidad de estos escritos suyos y de su esposo Francisco, compilados en 1913.
Para algo además puede prestar alguna utilidad. He vivido mucho y esa vida se ha desarrollado precisamente en las épocas revolucionria y constituyente de mi país. Tenía muy pocos años cuando lloré (porque veía llorar a mi madre) la muerte de Narciso López. Lo he presenciado todo; he sufrido no poco, y en mis escritos se ha de ver inevitablemente algún reflejo del inmenso incendio de las guerras y de las gloriosas luminarias de la victoria; y se han de encontrar a cada paso nombres históricos que traigan a la mente ya grandes, ya dulces recuerdos de héroes, de mártires, de proscriptos, de literatos, de científicos, de artistas, de políticos. Y a tanto honor he tenido siempre mis vínculos de amistad con esas personas, que, sin vacilar, he incluído aquí verdaderas futilezas, únicamente por conservar el grato y honroso recuerdo.

Conocido el carácter, íntimo en gran parte, de estas páginas, no sorprenderá que al frente de ellas haya puesto escritos que no son de mi pluma, escritos de mi marido. De esta manera he querido asociarlo a una obra que en no pequen̈a parte le pertenece. Nuestras ideas se habían identificado de tal modo, que bien puedo decir que se elaboraban en los dos que bien puedo decir que se elaboraban en los dos cerebros a la vez, y además, si él no me hubiese alentado constantemente a escribir; si no hubiese puesto en mis manos libros instructivos; si no me hubiese llevado a viajar por Europa y por América, sin lo que me transmitía de sus lecturas, es bien seguro que y o no habría osado jamás tomar la pluma para dirigirme al público. Si de esto se ha derivado algún bien, algún agrado, por lo menos, téngasele en cuenta; si únicamente hastío produce la lectura de mis escritos, perdónese a la ceguedad de su afecto la parte que en esto le cupo. Y conózcase su alma generosa y noble, su amor e interés profundos por Cuba, leyendo esos pocos escritos suyos que inserto.
Aurelia quiso que estos textos de su esposo no pasaran desapercibidos, muchos de ellos tienen un carácter reflexivo abordando desde la claridad de sus ideas, aproximaciones a la realidad que le tocó vivir en Cuba cuando con solo 17 años se sumará como joven cadete a la vida militar.

Así no los presenta en el exurdio de este interesante libro del que poco se ha podido mirar, y que ahora tengo el gusto de compartir:

Dos de ellos son artículos que se hallan en un “Breve tratado de algunas verdades científicas y morales destinado a instruir y moralizar las clases populares"; y no he intentado la publicación íntegra de ese librito, porque años después de haberle escrito, me decía él que si hubiese d e imprimirlo, tendría que escribirlo d e nuevo, por lo mucho que habían ido modificándose sus ideas, hasta haber cambiado algunas radicalmente.

Lo mismo que sucedió con las mías, y cuya evolución puede apreciarse fácilmente en estos escritos, y a que cada grupo d e ellos, o sea cada uno de los libros en que he dividido el conjunto, está ordenado cronológicamente.

Hay un soneto entre aquellos escritos de González. No era él poeta, como tampoco se tenía por escritor; pero en un instante dado vertió su alma entera en esos versos. Yo la recojo y la traigo aquí para que siga acompañando a la mía en su triste peregrinación por la vida. A mi alma, sí; porque ella está sin velo alguno.”

No le queda más a este escribidor que compartir con el amable lector este soneto que un amante dejará a su amada como prueba del afecto más tierno y solicito.

Aunque escrito sin mayores pretensiones como ya nos los avisará Aurelia. El verso inicial nos recuerda otro de la Avellaneda: “Feliz quién junto a ti por ti suspira…” de Oda a Safo (1842), que incluso si que fuera en tiempo glosa, nos muestra la cultura del Poeta que leyó sin dudas a esa nuestra otra musa raigal.


A la Srita. Da. Aurelia del Castillo y Castillo

¡Dichoso, Aurelia, quien por ti suspira,
quien te siente latir dentro del pecho,
quien, viviendo en ti, por ti respira,
en llanto y gozo el corazón deshecho!

¡Quien, sin miedo al dolor, con noble anhelo
del hado esquivo los rigores mira!
¡Quien con tu imagen se levanta al cielo,
y en intensa pasión por ti delira!

¡Quien desprecia por ti del mundo necio,
el oro y gloria y el poder y fama,
de mortales villanos digno precio,

y ardiendo en pura, inextinguible llama,
no le importa la vida ni l a muerte,
habiendo Eternidad para quererte.




(Escrito el 12 de abril de 1874 e n una finca nombrada «La Horqueta cerca de «Caridad de Arteaga» y «Los Peralejos», donde se detuvo un momento)

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