Friday, October 20, 2017

El magisterio de Fernando Alonso (por Yolanda Ferrera Sosa)

Notal del blog: Agradezco a Baltasar Santiago Martín y a la periodista Yolanda Ferrera Sosa que compartan con los lectores, el presente texto  incluido en el número de octubre 2017 de la revista CARITATE, dedicado al 50 aniversario del Ballet de Camagüey y al cantante y compositor Lázaro Horta. La presentación será el próximo jueves 26 de octubre de 2017 a las 8:00 p.m. en el Centro Cultural Hispano de Miami (111 SW 5th Ave. Miami, Fl 33135)


Fue inscrito con el extenso nombre de Fernando Juan Evangelista Eugenio de Jesús Alonso Rayneri, pero bastó para inmortalizarle en el ámbito danzario mundial el sencillo de Fernando Alonso. Su apellido fue y sigue siendo sinónimo de virtuosismo en la manifestación balletística de todos los tiempos, y su legado, un ejemplo de magisterio útil, depositado en centenares de bailarines que disfrutaron de sus clases y de su capacidad como director de compañías y de Escuelas de Ballet.

El 2017 marca el aniversario 103 de su natalicio y el cuarto de su fallecimiento en el Hospital Cardiovascular de Ciudad de La Habana. Le sorprendió la muerte sorpresivamente, en la plenitud de sus facultades mentales y con una entereza física inusual a los 98 años en cualquier humano. Una caída, la necesaria operación posterior y aquel coágulo de sangre que viajó a través de su cuerpo hasta acabar con su vida, fueron determinantes. 


Disfruté de la amistad de Fernando durante su estancia en Camagüey. Allí –con muchos contratiempos– dirigió la compañía balletística local a partir de 1975, una vez concluidas sus responsabilidades como director del Ballet Nacional de Cuba, del cual fue uno de sus fundadores, junto a su hermano Alberto y su entonces esposa Alicia Martínez del Hoyo. Alicia tomó su apellido cuando contrajeron matrimonio en los Estados Unidos en 1937.

Fui depositaria de anécdotas aún inéditas, contadas con su excelente sentido del humor en su oficina, en los salones de ensayos de la compañía o en su hogar, en el Reparto “Montecarlo”, de la capital agramontina. Una de aquellas conversaciones –realizada en 1998, cuando tenía 84 años– giró en torno a la llegada de otro aniversario de la impartición de su primera clase, un día de marzo de 1949, acontecimiento que marcó tanto su vida personal como el derrotero de la enseñanza del Ballet a escala mundial, donde Fernando centró Cátedra. Resultó, más que otra entrevista, un testimonio de gran valor humano y académico:

¿En qué circunstancias ocurrió esa primera clase?

Cuando estudiábamos ballet en Cuba, en la Sociedad Pro-Arte Musical que dirigía mi madre, tanto Alicia como otros bailarines norteamericanos nos dábamos las correcciones a nosotros mismos, y eso fue creando en mí una forma de descubrir qué era lo que estaba mal y cómo podía salir mejor el paso. O sea, que antes de aquella primera clase oficial, vamos a llamarla así, ya había una preparación previa, aunque no dejó de ser una sorpresa para mí.

Como es sabido, fundamos el 28 de octubre de 1948 –con 40 integrantes– el Ballet que entonces se llamó “Alicia Alonso”, e hicimos una gira por varios países latinoamericanos, hasta Chile. Entonces teníamos un maestro nombrado León Fokín, quien ya nos había dado clases en Nueva York. Él era hijo de esa gran profesora llamada Alexandra Fedórova, cuñada del coreógrafo Mijaíl Fokín. León padecía de una úlcera estomacal y, ya en Chile, comenzó a sentirse mal y hubo que llevarlo al hospital en un estado muy delicado, pues tenía mucho dolor. Fue un momento de gran desconcierto ante la ausencia del maitre. Hubo varias proposiciones entre todo el elenco. Ninguno aceptó. Asumí la propuesta y esa responsabilidad, en mi carácter de director de la compañía. Di la clase y a todos les gustó.

¿Le amilanó ese reto?

Imagínate, todos eran profesionales. Al principio estaba un poco nervioso, pero a medida que seguí la experiencia me sentí más confiado y terminé verdaderamente sintiendo un gran placer al descubrir que podía dar las correcciones adecuadas, porque no todos saben por qué sale mal un paso o no es afortunada una pose. Y es que el movimiento corporal tiene sus secretos. En ello juegan las leyes físicas, las características anatómicas, la disciplina personal y la propia actitud sicológica del bailarín. De la manera en que el bailarin va a atacar un paso, ya uno se da cuenta si va a salir o no. Está hasta en sus ojos.

Esa experiencia fue decisiva en su labor posterior, porque usted finalizó su carrera escénica en 1950.

Así fue; a partir de entonces tuve más placer en dar clases que en bailar. Era para mí extraordinario ver cómo podía ir formando y desarrollando a las bailarinas. Siempre preferí dar clases a las muchachas. La inclinación por la docencia se acentuó cuando fundamos en 1950, en La Habana, la Academia de Ballet “Alicia Alonso”, una vez finalizada aquella gira. Fui maestro de un grupo de muchachas becadas que eran muy talentosas y las asesoré cuando empezaron a dar sus primeros pasos. Allí fue cuando descubrí mi verdadera vocación. Sentí cómo las iba modelando, cómo las iba “reconstruyendo”, porque a base del ejercicio se puede cambiar el fisico de las personas. De allí surgieron las primeras bailarinas de la compañía. Yo iba a las funciones, incluso bailaba con ellas y me daba cuenta de lo que faltaba en las clases. Era un dar biunívoco que me permitía mejorar las deficiencias. Iba aprendiendo yo con ellas. Fue un trabajo ambivalente.


¿Cuáles otros elementos contribuyen a que un maestro de ballet se desempeñe óptimamente?

Tener características muy especiales. Ser una magnífica bailarina o un excelente coreógrafo no determina ser buenos en la impartición de sus excelencias. Hay que poseer una verdadera pasión por el desarrollo de la gente, por volcar lo que uno conoce e introducirlo en la persona que uno está enseñando. Yo tuve la suerte de ser Radiólogo, formado en un breve curso durante mi estancia en Nueva York, especialidad que me permitió conocer mucho mejor la estructura ósea de los humanos. También, como hice mucho deporte, ya tenía los reflejos y el desarrollo físico preparado para el ejercicio del ballet. Todo ello pude aplicarlo en los bailarines para darles el adecuado tono muscular. Por otra parte, me dediqué a estudiar con siquiatras las caracteristicas de los personajes a representar, y fui adquiriendo los conocimientos de cómo tratar a los bailarines sicológicamente…; no a todos se les puede dar las correcciones de la misma manera para mejorarlos y perfeccionarlos. Otro elemento fue transmitirles leyes de la Física aplicadas al Ballet, como las fuerzas centrífuga y centrípeta en las vueltas, el equilibrio, la gravedad, la inercia; factores que no todos comprenden. Otro complemento es poseer hasta la exquisitez un ojo clínico, para poder detectar los errores individuales entre la veintena de bailarines en una clase. También, en mi caso, fue determinante el amor por la música que heredé de mi madre. Esta relación del ojo con el oído es vital en la enseñanza del Ballet.

¿Fue difícil para usted dejar de bailar, renunciar a la proyección escénica?

Algo así, aunque yo lo hice voluntariamente, porque llegó un nomento en que no podia hacerlo todo. Era imposible bailar, supervisar ensayos, atender la compleja dirección de una compañía de ballet y –además– formar a los bailarines. En este último apartado pude lograr la satisfacción plena en la enseñanza, más que bailar yo mismo.


¿Cómo contribuyó la Academia “Alicia Alonso”, fundada en 1950, a lo que se ha dado en llamar “la Escuela Cubana de Ballet”, una forma distinta y atractiva de asumir la danza?

Eso sucedió prácticamente –como pudieramos decir– consciente e inconscientemente, porque en la medida en que yo veía la respuesta de las bailarinas a los pasos que les dábamos, pues íbamos entendiendo cómo teníamos que ir transformando ese tipo de enseñanza para que ellas pudieran desarrollar el sentido de lo criollo, de la cubanidad. En los chicos fue igual. La herencia cultural y étnica que tenemos fue determinante. No podemos negar que el cubano posee un legado africano importante desde el punto de vista rítmico y de fuerza. Y las mujeres, una femineidad, una sensualidad…, una sexualidad muy evidente. Todo ello, unido a la vocación por la música y el baile de los españoles y nuestro clima, pusieron su aporte también en esa manera tan específica de asumir el baile, que surgió espontáneamente.


¿Otra cualidad indispensable en la enseñanza del Ballet?

La disciplina. Yo impartía hasta 5 clases al día; una tarea verdaderamente ardua que implicaba la puntualidad y la atención total por parte de quienes las recibían. No admitía a ninguno una vez iniciada la jornada, aunque llegara pasado un minuto. No aceptaba ninguna excusa.

¿Cómo encuentran estos días a Fernando Alonso, a sus 84 años?

Me siento que debo tener cuidado, porque aún creo que sigo siendo joven…, y ya no lo soy tanto. He tenido que rebajar la cantidad de ejercicios y sigo entusiasmado, admirando al mundo con la misma felicidad de antes. No declina mi entusiasmo por la Escuela Cubana de Ballet. Me hace muy feliz poder apreciar los concursos de esta especialidad y ver a las nuevas generaciones de bailarines que van surgiendo. Recuerdo, hace muchos años, la primera vez en que tres de nuestras muchachas incursionaron en un concurso internacional –fue en el de Varna–y obtuvieron 3 medallas. Fueron los inicios. Todo eso me hace feliz, pero tengo mis preocupaciones, porque este mundo nuestro se hace cada vez más chico y las influencias de los medios y el acortamiento de las distancias, posibilitan las influencias de otras escuelas. A veces se admira un paso determinado…, que no es tan aceptable. Es importante no perder las caracteristicas de la Escuela Cubana: la caballerosidad de los varones, la delicadeza, sensualidad y femineidad de las muchachas. Yo planteé mi retiro, despues de todo lo que he hecho en mi vida y el Ministro de Cultura no lo aceptó, porque mi aporte –me dijo– era imprescindible. Así que, a lo mejor, llego al nuevo milenio activo.

La vida, inexorable con el paso de los años, se le fue aquel 27 de julio de 2013. Por su pertinaz hacer, por su comprobado optimismo y por su amor por el arte de las puntas, pudo dejar su legado y su impronta en el talento de experimentados y de recién egresados bailarines. Fernando aunó objetivos, sumó voluntades, consolidó raigalmente la entrega creadora en cualquier responsabilidad que tuvo como protagonista, tanto en el Ballet Nacional de Cuba como en la compañía camagüeyana, así como en agrupaciones extranjeras o como Asesor de Danza del Ministerio de Cultura cubano.

Por todo lo anterior y por mucho más, no existe un adiós para este artífice de la docencia del Ballet. Sus enseñanzas permanecen en quienes formó en los salones, muchos de ellos actualmente integrantes de famosas instituciones, dentro o fuera de Cuba; en incontables maîtres o en virtuosos de talla internacional. En ellos se ejemplifica su reconocida vigencia como pedagogo. Sencillamente hay seres para los cuales resulta imposible la despedida. A esa categoría, repito, pertenece Fernando Alonso Rayneri.

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ver en el blog
 Vicentina de la Torre: voluntad con alas (por Yolanda Ferrera Sosa)

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