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Tuesday, June 16, 2026

La Arquidiócesis de Panamá envió 35,000 hostias a Cuba




La Arquidiócesis de Panamá envió 35,000 hostias a Cuba para apoyar a las comunidades católicas que enfrentan dificultades para garantizar este elemento esencial en la celebración de la Santa Eucaristía.

Las formas fueron elaboradas por las Hermanas del Monasterio de la Visitación de Panamá y trasladadas gracias al apoyo solidario de COPA Airlines.

Más que una ayuda material, este envío es un signo de comunión, esperanza y unidad entre Iglesias hermanas, recordándonos que la fe nos une más allá de cualquier distancia.

Oremos por el pueblo cubano y por todas las comunidades que perseveran en la fe en medio de las dificultades.


Texto e imágenes tomados de la página de FB de la Arqiodiócesis de Panamá.

Saturday, June 13, 2026

Descansa en Paz Mons. Silvano Pedroso Montalvo, Obispo de Guantánamo Baracoa.


En la madrugada de este sábado 13 de junio, monseñor Silvano Herminio Pedroso Montalvo partió a la casa del Padre eterno, en La Habana, a los 73 años de edad.

Mons. Silvano nació en Cárdenas, Matanzas, el 25 de abril de 1953, hijo de Silvano, médico católico, y Catalina, de confesión bautista. Su abuela materna, junto a sus padres, le inculcaron desde temprana edad el amor a Dios, una herencia que marcó su vida y ministerio. Recibió el bautismo en el año 1961.

Geógrafo de profesión por la Universidad de La Habana, Pedroso Montalvo trabajó en el Instituto de Planificación Física de Las Tunas entre 1979 y 1982. Fue en 1987, a los 34 años, cuando ingresó en el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, dando inicio a su vocación sacerdotal.

Recibió el diaconado el 9 de enero de 1995 y fue ordenado presbítero el 12 de junio de ese mismo año en la Catedral de La Habana por el cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, incardinándose en la Arquidiócesis de San Cristóbal de La Habana. Precisamente este día estaría celebrando su aniversario 31 de Ordenación Sacerdotal.

El 29 de marzo de 2018, la Santa Sede hizo público su nombramiento como Obispo de Guantánamo-Baracoa. Su ordenación episcopal tuvo lugar el 27 de mayo de 2018 en la Catedral de La Habana, nuevamente de manos del cardenal Ortega y Alamino.

El 9 de junio de 2018 tomó posesión de su diócesis en una ceremonia en la Catedral de Santa Catalina de Ricci, acompañado por el entonces nuncio apostólico en Cuba, monseñor Giorgio Lingua, y los arzobispos Juan de la Caridad García Rodríguez (La Habana) y Dionisio García Ibáñez (Santiago de Cuba).

Su lema episcopal, tomado del Evangelio según san Juan (13,34), fue: "Ámense como yo les he amado".

Monseñor Arturo González Amador, Obispo de Santa Clara y actual presidente de la Conferencia Episcopal Cubana le despide recordándolo como: "El hombre maduro, con criterios serenos y objetivos, de buena educación y amplia cultura, de modales correctos; aunque reservado y a veces un tanto retraído, era hombre de buen humor, capaz de compartir y reír con los amigos".

El amor a Cuba lo llevaba inscrito en su corazón y nada de su pueblo le era ajeno.

Con sana y arraigada espiritualidad cristiana, sentía orgullo de su fe y de su pertenencia a la Iglesia, a quien llamaba mi madre.

Vivía su condición de pastor del pueblo de Dios sin hacer ruidos, pero con entrega y sacrificio silenciosos, primero como sacerdote y después como obispo.

Le tocó ser obispo de una diócesis joven, mayoritariamente rural, en el extremo oriental de Cuba, con pocos templos y población dispersa, lejos de sus amigos y de su familia. Una diócesis con poco clero y mucha presencia de iglesias evangélicas, sin embargo nunca se quejaba, amó su Diócesis y por ella ofreció su propia vida.

Durante su enfermedad tuvimos la oportunidad de compartir por teléfono muchas veces. Cada momento de la penosa enfermedad lo vivía con esperanza y espíritu oblativo, desde la fe y la confianza en el Señor y en la Santísima Virgen.

Silvano, amigo, hermano, padre y pastor, descansa en la paz del Señor y reza por tu pueblo y tu Iglesia".

- Su funeral será celebrado este sábado 13 de junio a las 3:00 p.m. en la parroquia de Santa Catalina de Siena (25 y Paseo. Vedado. La Habana). A continuación será el cortejo fúnebre y cristiana sepultura en el Cementerio de Colón.

Desde nuestra Diócesis acompañamos en la oración el dolor de familiares, amigos y feligreses de este pastor cercano a su pueblo, de espíritu sencillo y entrega generosa a la misión evangelizadora en el extremo oriental de Cuba.


¡Descsa en paz, pastor bueno y fiel!



Oficina de Prensa del Obispado de Santa Clara.


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Nota mía: La Diócesis de Guantánamo-Baracoa fue creada por Juan Pablo II en enero de 2018. Hizo el anuncio en la misa de Santiago de Cuba el 24 de enero de 1998, durante su visita a Cuba.

Sus obipos han sido Mons. Carlos Baladrón Valdés +, Mons. Wilfredo Pino Estévez (actualmente Arzobispo de Camagüey) y 
Mons. Silvano Pedroso Montalvo +. (JEM)

Thursday, June 11, 2026

Mons. Silvano Pedroso, obispo de Guantánamo – Baracoa, "su estado de salud es muy delicado"

Nota Informativa de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. 

El pasado 3 de junio llegó a La Habana, procedente de Roma, Mons. Silvano Pedroso Montalvo, obispo de Guantánamo – Baracoa. Estando en Roma fue sometido a estudios médicos, que pusieron de manifiesto la presencia de una enfermedad oncológica. Fue atendido en el Hospital Gemelli y en la enfermería de la Compañía de Jesús.

A su llegada la Habana, se hospedó con las Religiosas Compasionistas. Posteriormente, fue trasladado a la enfermería de las Hijas de la Caridad, junto al Hospital Hermanos Ameijeiras, para que esté bajo estricto control médico.

En este momento, su estado de salud es muy delicado y las visitas lo agotan. Pedimos a todos lo tengan presente en sus oraciones. Que la gracia de Dios lo sostenga y fortalezca.

Muchas gracias.


SECRETARIADO DE LA CONFERENCIA DE OBISPOS CATÓLICOS DE CUBA.

La Habana, 11 de junio de 2026.


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Ver en el blog

Monday, June 8, 2026

León XIV: "Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural" (Discurso del Papa en el Congreso de los Diputados, España. Ver texto completo y video)


Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia «camina con la humanidad», comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar «por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy». Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce «la autonomía de las realidades terrenas» y «la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política»; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es unode los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, «la forma social de la dignidad humana» (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos. En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad «La Sapienza», 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. CONFERENCIA SOBRE LA SEGURIDAD Y LA COOPERACIÓN EN EUROPA, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. CORTE PENAL INTERNACIONAL, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

Sunday, June 7, 2026

Discurso de Antonio Banderas ante el Papa, en su visita a España: "No tememos equivocarnos al decir que la iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad." (Ver texto completo y video)


Santo Padre.

Autoridades.

Queridas amigas y amigos.


Hay encuentros que no se miden solo en el tiempo sino en su significado.

Su presencia hoy en Madrid, Santo Padre, no es solo una visita. Es un gesto. Un gesto de escucha, de cercanía, de diálogo con la sociedad civil, y esta sin duda se lo agradece.

Ese diálogo, a veces, conviene reforzarlo usando un lenguaje común. Ese lenguaje es, y lo ha sido en muchas ocasiones a lo largo de la historia, el arte.

La relación entre la Iglesia católica y el arte no ha sido solo fructífera: ha sido determinante. No tememos equivocarnos al decir que la iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad.

En el corazón de ese impulso creativo esta quien atraviesa los siglos, los estilos y las culturas, y que con total seguridad ha sido la figura mas representada en la historia del arte: se trata de Jesucristo. El gran protagonista de la película de la vida. En todas las artes Cristo como una presencia constante. No como una imagen repetida, sino como un icono de paz, de amor y de sacrificio, rodeado de un misterio inagotable.

Yo podría reducir mi intervención simplemente a enumerar los grandes artistas que con sus trabajos han engrandecido el mensaje proveniente de la palabra de Jesús.

También podría limitarme a dar una serie de datos que ilustren el camino recorrido entre iglesia, artistas, intelectuales, filósofos…pero hoy, Santo Padre, siento una cierta obligación a ofrecer una pequeña reflexión en voz alta sobre mi propia experiencia.

Para ello he de retroceder en el tiempo a las celebraciones de la Semana Santa en mi querida Málaga allá por los años 60 del siglo pasado. Esas manifestaciones populares que toman las calles desarrollando un ritual majestuoso de arte y fe, de raíces y devoción. Un poliedro multicolor de elegante belleza, de liturgia teatral que cada año transforma la ciudad en un espacio donde lo artístico y lo espiritual se funden.

Y fue ahi, Santo Padre, en ese marco de arte popular anónimo, cuando con tan solo 4 o 5 años de edad, nació en mi una pregunta que solo contenía una palabra: ¿Dios? Poco a poco fui encontrando respuestas, algunas tan simples como la que reconocí en los ojos de mi madre mientras esta le clavaba su mirada y su corazón devoto a la Virgen de La Esperanza que pasaba en su trono frente a nosotros en aquellos lejanos años. O a través de la voz que rompía el aire claro de primavera de los cantaores o cantaoras de saetas. O entre la gente humilde y buena de mi ciudad que cada año salían, y salen a la calle con su barrio a cuestas, portando sus imágenes que les ayudan a buscarse a si mismos mientras buscan a Dios. Y lo hacen dejando tras ellos el yo, para agarrarse al nosotros… del nosotros pasan al ellos, del ellos al todos, del todos al mundo, del mundo al universo, del universo a Dios, para después volver a tomar tierra intuyendo que Dios puede estar en cada partícula, en cada molécula de cada gota de agua, de cada mar, de cada pétalo de rosa, de cada palpito, de cada suspiro.

Pero el arte no es solo belleza.

El arte es pregunta.
Es reflexión.
Es contraste.
Es revolución.
Es tensión entre lo que sabemos y lo que intuimos.

El arte ha sido -y debe seguir siendo- el espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo herido. Es también la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor. Es la voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia.

El arte debe ser una alternativa a la violencia. Todas las violencias. Así como lo hizo el propio Cristo, el artista debe actuar con valentía y no abandonar el ser instancia critica a la sociedad, al propio arte, y a la propia religión.

Santo Padre… hemos de compartir una obligación. Estamos obligados a mirar, y a ver, y a tratar de entender las complejidades del alma humana.

Todos los seres humanos nos enfrentamos a los grandes interrogantes de nuestra existencia:

¿Quiénes somos?

¿Qué sentido tiene la vida, y el dolor?

¿Qué significa amar…de verdad…al prójimo…como a uno mismo?

¿Qué hay mas allá?

Y en ese ejercicio de búsqueda, todos nosotros nos acercamos, quizá sin saberlo, a lo trascendente.

Santo Padre.

En un mundo que corre, que se fragmenta, que a veces se simplifica en exceso, el arte nos ayuda a recuperar la profundidad y el alma que esta tratando de ser robada por inteligencias artificiales que deben estar al servicio del ser humano y no al revés.

Un alma que nos susurra que hay algo mas. El constante susurro de la esperanza de ese algo mas. Este encuentro entre la iglesia y la sociedad civil no es solo oportuno: es necesario.

Necesitamos seguir creando y compartiendo.

Seguir preguntando.

Seguir buscando belleza si… pero también verdad.

Porque allí donde nos atrevemos a preguntar en profundidad, siempre, siempre, comienza un camino, un camino que nos puede conducir hacia lo espiritual, que no es mas que la fraternidad que late en el corazón de todo ser humano y en el misterioso corazón de Dios.

«Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo». Decía San Agustin.

Santo Padre yo estoy aquí por Godspell. Godspell es una obra de teatro musical creada en su país de origen. La traducción de Godspell al español es «El Hechizo de Dios». Yo estoy hoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Dios.

Muchas gracias.



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Ver en el blog:

Primer discurso de León XIV en su visita a España. (6-12 de junio de 2026)


Encuentro con las Autoridades, con la Sociedad Civil y con el Cuerpo Diplomático.





Majestades,
Altezas Reales,
distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático,
Señoras y señores:


Doy gracias al Señor por este encuentro y expreso mi agradecimiento por la invitación a realizar este viaje apostólico a España: un itinerario en varias etapas, cada una de las cuales revelará algún aspecto de la riqueza multifacética de un gran país que, desde hace casi dos milenios, ha acogido la Palabra del Evangelio. La tradición siempre ha vinculado la primera evangelización de la Península ibérica a la predicación del apóstol Santiago el Mayor. Este vínculo reviste una importancia teológica considerable, porque expresa la conciencia de la Iglesia local de estar en continuidad con la misión apostólica nacida en Pentecostés. El vínculo antiquísimo entre la fe cristiana y esta tierra, si bien por un lado no agota la multiforme identidad de vuestro pueblo, por otro ha moldeado profundamente su cultura y representa una fuente de esperanza y de orientación entre los desafíos que hoy, como familia humana, debemos afrontar juntos. Pienso en las expresiones de la fe popular que, en cada ciudad y pueblo, representan una auténtica dramaturgia de la salvación al ritmo del año y en los diversos contextos de la vida. Junto con el patrimonio artístico y musical, con las múltiples cofradías y asociaciones de carácter caritativo, dan testimonio del fecundo encuentro entre Jesucristo y vuestro pueblo. ¡Es un pueblo lleno de pasión, que ama la vida y lo manifiesta!

Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación. De hecho, su propia historia sugiere que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad. El mensaje de paz que en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, existe, en efecto, «una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma» (Evangelii gaudium, 231). De hecho —concluía—, «la realidad es superior a la idea» (ibíd.). La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos sorprende y nos atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los que el diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve fundamental.

A este respecto, quisiera referirme a dos figuras de este país que, desde hace cinco siglos, nutren la vida de la Iglesia y la búsqueda espiritual de muchos, incluso más allá de sus fronteras visibles. Se trata de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, que se hicieron amigos en la pasión por el Misterio divino. La suya es una mística con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia, sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la realidad. En particular, al interpretar las transformaciones y soportar las tensiones que hacen tan oscura nuestra época, nos ayuda el tema de la noche, tan querido por san Juan de la Cruz, cuyo Año Jubilar estamos celebrando. En su sed de luz, paradójicamente, aprendió a apreciar la oscuridad —«noche dichosa» (Noche oscura, 3)— como el tiempo en que el alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer. También hoy lo que más nos asusta, lo que en muchos provoca la oscuridad de la razón y la violencia de las emociones, es lo desconocido, ante lo cual puede prevalecer la sensación de no tener ya mapas, la desorientación. Por eso se necesitan, también en la vida pública, hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz; en el fin, un posible comienzo, casi el irrumpir de una verdad como luz que aún ciega, pero que —si confiamos y encontramos paz— nos llevará delicadamente hacia sí misma: «¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!» (ibíd., 5).

Nuestra época, que en apariencia se ve sacudida por terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más profundo por la paz, por un nuevo conocimiento de la persona humana y de su dignidad inviolable, por la civilización del amor (cf. Magnifica humanitas, 186).

Santa Teresa describe este mismo itinerario con la imagen del castillo interior. Avanzando de habitación en habitación hacia el lugar más íntimo —es decir, cada uno hacia su propio corazón, santuario de la verdad—, el espacio se amplía, la mente se abre, las contradicciones se resuelven, las tensiones se disuelven, los demás encuentran su lugar, el universo se convierte en hogar. No se trata de una huida intimista, sino de una apertura radical al totus Alius et semper Novus, que se realiza cuando volvemos a nosotros mismos. Esta dimensión del ser humano es la razón por la que hay que proteger la libertad religiosa y de conciencia.

Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada. Por eso necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia. Y, sin embargo, desde estas noches oscuras, hombres y mujeres fieles a la verdad se han visto impulsados a avanzar de estancia en estancia hasta el punto en que, en la conciencia, la justicia y la paz se abrazan. Es de su libertad que aprendemos a ser libres.

La Iglesia católica está al servicio de esta sed del corazón humano. No de forma impositiva, sino con el testimonio evangélico respaldado por una multitud de mártires y santos, y hoy está dispuesta a ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz.

Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad. Veo aquí una vocación específica de Europa, de la que España es protagonista original y fundamental. Es el regalo que el Viejo Continente puede hacer al mundo si quiere permanecer joven, pues joven es quien siente que tiene un futuro y una misión que aún interpelan. Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos: he aquí la tarea de quien tiene una gran historia a sus espaldas. Las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial en el que nuestras opciones fundamentales se ponen a prueba: en su interior, los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses prepotentes siembran pulsiones de muerte. Por otra parte, el bien puede resistir y comunicarse.

Es necesario, sobre todo por parte de quienes tienen responsabilidades económicas, políticas e institucionales, dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación, a las comunidades locales y a la sociedad civil como semillero de participación y mediación cultural. La seguridad, que con demasiada frecuencia nos ilusionamos que provenga de las armas y los muros, madura más bien al aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos, codo con codo. Vuestra propia historia lo atestigua. La presencia del islam en la Península ibérica, por ejemplo, constituyó una realidad política, cultural y religiosa de larga duración. Durante ese periodo no sólo hubo confrontación, sino que se intentó crear un espacio de contacto, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos. En la escuela de traductores de Alfonso X el Sabio, expertos pertenecientes a las tres religiones colaboraron en la traducción del rico patrimonio árabe, griego y hebreo, contribuyendo a la difusión de textos como, entre otros, los de los filósofos Averroes (1126-1198) y Maimónides (1138-1204). En particular, ciudades como Córdoba y Toledo se convirtieron en lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes. Pero esta es la verdad que cuentan las ciudades europeas, su estratificación histórica, el tejido de solidaridad que a lo largo de los siglos ha conformado sus diferencias, transformando los inevitables conflictos en puntos de partida.

Como nos enseñó otro noble hijo de esta tierra, en las pruebas y los fracasos es posible replantearse todo: Ignacio de Loyola tuvo esta audacia, dando crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón, en un ejercicio de discernimiento e imaginación por el cual prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos. Comprendió que el bien al que se sentía atraído no era utópico, y entonces su crisis se transformó en gracia. Lo mismo puede suceder con las “novedades” que nos inquietan hoy y sobre las que nuestras sensibilidades están divididas. «Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz» (Magnifica humanitas, 14).

Majestades, Altezas Reales, señoras y señores, expreso mi agradecimiento a vuestro país por su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, que se traduce en un compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos. Al mismo tiempo, animo a cultivar también en su interior el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de unión europea, no en oposición a otras potencias, sino como un don para toda la familia humana.




¡Que Dios bendiga a España!

Palacio Real de Madrid.
Sábado, 6 de junio de 2026.


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Texto tomado del website de la Santa Sede

Friday, May 22, 2026

Mons. Arturo González, obispo de Santa Clara: “es el momento más difícil y más triste de la historia de mi pueblo"


 Texto tomado del website de Ayuda a la Iglesia Necesitada.


20 mayo 2026. ACN-. La Iglesia en Cuba continúa acompañando a una población marcada por el miedo, las necesidades en todos los sectores de la vida y la incertidumbre. Así lo ha expresado Monseñor Arturo González Amador, obispo de Santa Clara y presidente de la Conferencia Episcopal Cubana, en una conversación con la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), en la que describe la dramática situación que vive actualmente la isla.

“Cuba duele”, afirma el obispo. Además, ha explicado que “es el momento más difícil y más triste de la historia de mi pueblo del que tengo conciencia. Todo es una lucha por sobrevivir. El presente es inseguro, el futuro totalmente incierto”.

La crisis afecta a todos los ámbitos de la vida cotidiana. “Cada día que pasa sentimos que es más difícil vivir, sobre todo para los pobres, los ancianos que viven solos, los jubilados y las madres solteras”, explica Mons. González. En las parroquias, la desesperación se hace visible diariamente: “Hay personas que llegan diciendo que llevan días sin comer y que no saben a quién van a acudir. Los alimentos no se pueden conservar por falta de electricidad y últimamente ha habido desmayos frecuentes durante las celebraciones, porque mucha gente no ha comido”, relata.

Desesperanza y miedo entre los cubanos

La situación sanitaria es especialmente alarmante. Según cuenta el obispo, “en algunos hospitales importantes no se están realizando operaciones por falta de agua, nada digamos de los materiales quirúrgicos”. Muchas familias deben conseguir por su cuenta materiales médicos básicos para poder recibir atención.

“Conozco más de un caso en que alguna persona tuvo que buscar con familiares o amigos en el exterior todos los recursos para poder ser intervenido, incluso el hilo para sutura”, explica.

A las graves dificultades económicas se suma un clima de angustia social y psicológica. “En las conversaciones con la mayoría de las personas hay tristeza, desesperanza e incertidumbre… el miedo reina”, señala, refiriéndose al temor de un posible conflicto bélico con los Estados Unidos. “El miedo a la guerra es tremendo; forma parte de la preocupación cotidiana de muchas personas. Hay un discurso constante hablando de eso, lo cual crea angustia, sobre todo entre los niños y los ancianos”, afirma Mons. González. “En la calle se escucha: No podemos más con tanto dolor y no tenemos a quién acudir”. 

El obispo no quiere entrar en análisis o especulaciones, pero recuerda que “en el mundo moderno hay muchas maneras de implementar el miedo y una guerra entre naciones”.

Además, el presidente de la Conferencia Episcopal Cubana advierte del aumento de las depresiones, las adicciones y el impacto de la emigración masiva: “El que puede emigrar, lo está haciendo. Se queda un país cada vez más envejecido, solo con ancianos, sin recursos y con pensiones mínimas”.

«La labor de la Iglesia es dar esperanza»

Otro grave problema es el aumento de la inseguridad. “Han entrado a robar en muchas casas. Todo esto genera una sensación de enorme vulnerabilidad”. Esa falta de seguridad, junto a la terrible crisis eléctrica, que deja a muchas regiones del país con solo tres horas de electricidad al día, afecta a la práctica religiosa cotidiana: “Ya prácticamente no existe adoración nocturna”, señala y añade que, en algunos lugares de Cuba, la Vigilia Pascual tuvo que celebrarse de día debido a los apagones y a las dificultades de movilidad nocturna, a los asaltos y violencia callejera.

En medio de esta triste, dolorosa y desesperante situación, religiosas, sacerdotes y laicos colaboran continuamente para ayudar a quienes más sufren. “La labor de la Iglesia es mantener vivo el espíritu, dar esperanza donde no la hay, escuchar y acompañar”, subraya. 

Entre los fieles nacen “iniciativas para socorrer a los que viven en la miseria, a los más pobres y necesitados; entre ellas los pequeños comedores y comidas a domicilio para los impedidos físicos y enfermos postrados. Sacan comida y recursos de donde no hay…”, explica Mons. González. El obispo cuenta el caso de un comedor que atiende a más de 300 personas y que recientemente tuvo que improvisar porque no les llegaba lo que habían cocinado: “Las hermanas dijeron: Vamos a usar lo que nos quede. Mezclaron latas de frijoles negros y blancos para poder ofrecer más platos. La gente ve eso, ve que la Iglesia comparte, da lo que tiene”. 

La caridad mueve a la Iglesia en Cuba

“Es una prueba evidente de lo que es capaz de hacer la providencia de Dios y la caridad cristiana”. Para el obispo, esta caridad sencilla y silenciosa tiene un enorme valor evangelizador. “El día que una monja o un cura muera de hambre o por falta de un medicamento es que ya no queda nadie vivo, porque todos comparten lo poco que tienen”, afirma. “Es muy hermoso que esta ayuda, la caridad, se realice sin manipulación de partes, simplemente gracias a personas que quieren ayudar. Y también se ve la gratitud de quienes la reciben”.

Sin embargo, reconoce que la propia Iglesia vive bajo fuertes limitaciones. El incremento de los precios y la escasez de combustible han reducido enormemente la actividad pastoral. Estamos realizando una “pastoral de mantenimiento”. Los precios se han quintuplicado y muchas veces no podemos desplazarnos ni para celebrar la Eucaristía en los pueblos y caseríos campesinos, como antes. Mons. González menciona como ejemplo que, durante el entierro del obispo emérito Enrique Serpa Pérez, solo cuatro obispos pudieron estar presentes debido a la falta de combustible.

El aislamiento afecta especialmente a algunas zonas del país y a numerosas comunidades religiosas. “Existen lugares donde la gente está mucho más aislada y es más vulnerable. También las congregaciones religiosas son muy frágiles y muchas no tienen recursos suficientes para sostener su presencia en la isla”, explica. Aun así, destaca la fidelidad de aquellos que permanecen: “Aunque muchos se marchan de la isla, la Iglesia se queda; el pueblo reconoce y agradece esta elección”. 

ACN, junto a los cristianos de Cuba

Finalmente, Mons. Arturo González Amador pidió a los benefactores y amigos de ACN que no olviden a Cuba. “Creo profundamente en el poder de la oración”, afirma. También solicita apoyo para sostener la vida espiritual de religiosas, religiosos y sacerdotes, así como las obras de caridad, los materiales pastorales, la evangelización, la impresión de materiales y el transporte. “No se puede solucionar todo, pero cualquier ayuda cuenta. El pueblo de Cuba sufre y la Iglesia es parte de ese pueblo”, concluye

Monday, May 18, 2026

Mons. Dionisio García: "Cuba tiene que cambiar"


Homilía de Mons. Dionisio G. García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba. Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 17 de mayo de 2026.

Solemnidad de la Ascensión del Señor



“Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” Mateo 28, 20


Hermanos,

Esta es una celebración hermosa. Hermosa y hay veces que pasa como un poco desapercibida. Le damos importancia a la tiene el centro a la Navidad, que es el misterio de la encarnación, eso es lo que celebramos, el misterio que Dios siendo Dios, se hace hombre como criatura igual que una criatura que sale de sus manos, ¿para qué? Por amor para salvarlo. Y se hace hombre en el seno de la Virgen, pasando por por todo lo que puede pasar un ser humano en todo menos en el pecado. ¡Qué misterio más grande es ese!, Dios que se abaja. Muy bien.

Después tenemos otra fiesta grande que es la fiesta de Pascua, en la cual nosotros recordamos la Pasión, la muerte del Señor Jesús, su Pasión en la cruz, y cómo en ese árbol de la cruz, el Señor nos alcanza la salvación. Lo que para el mundo era un instrumento de tortura, de ahí del mal, Dios es capaz de sacar la vida y el bien. Ese es el misterio de la Redención. No solamente Dios se hace hombre como uno de nosotros, sino que también Él se entrega y sufre como un condenado, como un ladrón, como un asesino, como aquellos dos que estaban al lado de Él. ¿Y por qué? Por amor. Ese es el misterio de Dios, que es amor y que Él por amor nos ha creado para que vivamos en el amor.

Ustedes saben que el amor no se vive egoístamente uno solo. El amor necesita ser compartido. Es una necesidad del amor y Dios es amor. Y Dios quiere compartir esa dicha, esa felicidad con todos, por eso nos ha creado. Ese es el sentido de la vida. No es otra cosa, como que seamos una plantica de esas que ahora están verdes porque llovió y si no a lo mejor desaparece. No. Cada uno de nosotros, nuestros nombres están grabados, como dice la palabra de Dios, en el corazón de Dios.

Y el misterio de la Ascensión está metido ahí, forma parte, y lo tenemos como el día de la responsabilidad. Si podíamos dar un nombre así ese día, ¿qué día? Ustedes saben que celebra mucho, empezamos por las madres, las madres, los papás, los abuelos, los tíos, los derechos humanos, los que son minusválidos, los que son… entonces, todos los días hay algo diferente. Este día es el día de la grandeza de la iglesia, de los discípulos que oyen el mandato de Dios y se quedan expectantes. Es el día en que los discípulos descubren que el Señor Jesús vino y gastó su tiempo, fíjense, no lo malgastó, gastó su tiempo, empleó su tiempo para enseñarnos a vivir en paz junto a Él y alcanzar la salvación. Y es el día que nos dice, "Ahora les toca a ustedes. Todo aquello que yo les enseñé, ustedes tienen que ponerlo en práctica”.

Uno de los momentos más bonitos, ¿verdad que sí?, de las lecturas de la Biblia, del Nuevo Testamento, es esa imagen preciosa, cuando están los discípulos viendo que ya el Señor Jesús no está con ellos y que el escritor los narra con aquello de subió, ascendió. Y dice que los discípulos se quedaron como bobos contemplando. Se iba, se iba el Señor. Lo creyeron muerto y después volvió a la vida. Estaban pesimistas y tristes, lo habían matado en la cruz, pero volvió a la vida, pero ahora se va. Se va y ya estaban ellos así, medio lelos.

Y aquellos dos personajes que se acercan y les dice, "¿Y qué hacen ustedes ahí, galileos?" Siempre una palabra que, seguro que el ángel no la dijo, pero la digo yo. ¿Qué hacen como tontos mirando al cielo, como lelos, así, mirando al cielo? ¿Qué hacen? Váyanse. Empiecen a vivir todo lo que el Señor les ha enseñado. Lo último que les dijo, "Vayan por el mundo entero, bauticen, al que crea y enseñen lo que yo les he enseñado. No se queden así pasmados, no. Salgan”.

Es el día de la responsabilidad, es el día de la Iglesia, que junto con la venida del Espíritu Santo, cuando ellos cogen la sabiduría y la fuerza de Dios, porque el Señor les había dicho, "Él les va a enseñar y les va a a iluminar el camino para que ustedes con sabiduría y valentía, también le hagan presente”. Sí, hermano, es el día de nuestra responsabilidad. Y eso se puede interpretar de muchas maneras. ¿Todo se lo dejo a Dios y entonces yo me quedo con los brazos cruzados? En ese momento dos ángeles se nos pueden aparecer y decirnos, "¿Y qué haces tú con los brazos cruzados? ¿El Señor no te ha llamado para que tú vayas a anunciar lo que ustedes han visto y oído?”

Junto a este mensaje también ante los discípulos que se quedaban temerosos si Él partía. Y dijo él, "No se preocupen, porque yo estaré con ustedes hasta que este mundo pase. Hasta el final de los tiempos.” Como diciendo, “cojan, cojan esa seguridad que da la fe. Yo estaré con ustedes. Búsquenme. Yo estaré con ustedes. Yo quiero estar con ustedes. No me rechacen. Búsquenme." Entonces, vienen otras preguntas que cualquiera hubiéramos podido hacer, cualquiera de nosotros si hubiéramos estado allí. “Señor, tú dices que te vas ya, que ya no vas a estar con nosotros. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo será el fin de los tiempos? ¿Cuándo tú vendrás definitivamente para que tu reino ya no tenga fin?”

¿Y qué le dice el Señor? Les dice, "A ustedes no le corresponde esas cosas. A ustedes le corresponde el vivir con esa seguridad de que Dios está presente y que Dios sabe sacar cosas buenas aún de lo que evidentemente es malo”. La separación es mala, la muerte en la cruz es mala, la persecución, la maledicencia, la intriga, es malo. Pero el Señor, si está con nosotros, nos estará diciendo algo.

Hay cosas que a mí me maravilla de la fe del pueblo, de las personas, de esas personas que se sientan al lado de nosotros en la iglesia y que a lo mejor no leen porque le da pena, lo que sea. Pero, sin embargo, ante un acontecimiento duro difícil, son personas que, de lo profundo así, pero de manera natural te dicen, "Vamos a dejarlo en las manos de Dios, Él sabrá. Él sabrá por qué ocurrió esto”. Eso no quiere decir que nos hayamos cruzado, no, que va, ya el ángel nos había dicho, "Salgan, prediquen y vivan como cristianos”.

Pero esas grandes preguntas, ¿y por qué ¿Y por qué? ¿Y por qué? El mundo no tiene respuesta, ¿eh? A un ateo usted le pregunta y el mal por qué existe, no le sabrá decir. Jamás, aunque invente cosas. Aunque diga que las relaciones sociales que hacen que uno tenga más y menos, mentira. Porque se crean otras relaciones sociales que aplastan a la gente también. ¿No? Esa fe el Señor sabe. Él sabrá. Hermanos, es una fe sobre todo una fe firme y fuerte. Fíjense bien como este día nos define de muchas maneras.

Ya los discípulos habían experimentado que Cristo estaba vivo en medio de ellos ya. Ya ellos habían escuchado una serie de de mensajes, una serie de instrucciones, vamos a llamarle así, de pedidos, de mandatos. ¿Qué les había dicho? ¿Me siguen? Miren, vayan por el mundo entero, bauticen al que crea, en el nombre de del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... Quedan perdonados los pecados... Ámense unos a otros como yo les he amado... Es el mandato del amor. Yo he resucitado, el mal será vencido, la muerte ha sido vencida… Hermanos, eso son cosas fuertes que los discípulos fueron recibiendo y las tenían guardadas, no sabían, hacía falta el Espíritu Santo que lo vamos a celebrar el próximo domingo, para que les dé esa valentía y esa sabiduría.

Entonces, hermanos, es un día precioso. Y es un día para que como cristianos no nos quedemos con los brazos cruzados, pero no solamente para hacer las cosas, sino también para mi propia vida. Nosotros sabemos que tenemos que cambiar. Al principio de la misa dije que todos tenemos que cambiar y Cuba tiene que cambiar, y tienen que haber medidas que cambien la situación del país. Espiritualmente tenemos que cambiar para bien, porque hay veces que nosotros nuestra en propia vida espiritual hace que nos quedemos "Ay, Señor, qué pecador soy. Ay, Señor, es que las cosas. Ay, Señor, que no tengo”. No, hermanos, vivamos con esa seguridad firme de decir, "El Señor está conmigo. Él es mi refugio. Él es mi fortaleza. Lo que no entiendo lo entenderé, lo mío es seguirle, hacerle caso y lo demás se lo dejo a Él, Él sabrá. Y yo haré todo lo que tenga que hacer”. Siervos inútiles somos, hacemos lo que tenemos que hacer y lo demás en las manos de Dios.

Hermanos, ese es el día de la Ascensión. Imagínese los discípulos, si hubiéramos sido nosotros aquí en El Cobre, de momento mirando al cielo en medio de estas montañas bellas, el Señor ya no lo tenemos. Algo pasó tan grande que el que escritor dijo, “ascendió hacia los cielos”. Sabe Dios lo que en ese momento ellos vieron. Imagínense nosotros nos quedamos así, y aquellos hombres que nos tocan y nos dicen, "Oye, no te quedes pasmado”. Coge el arado y empieza a dar, para que la tierra de fruto. Escuchen al Espíritu Santo. Haz lo que debes de hacer con esa confianza de decir, el Señor sabrá. Él conoce los designios. A mí no me toca cuestionarlo. Él sabe. Y lo demostró con su amor que se entregó en la cruz por mí, que resucitó para enseñarnos el camino, y para indicar el camino.

Hermanos yo no le digo que va a haber… resucitaremos, porque yo he resucitado y estaré allí. Acuérdense lo que les dijo a los discípulos en este tiempo, en mi casa hay muchas moradas, ustedes tienen una allí, donde yo voy ahora no podrán ir, pero irán. Hermanos, ésa es la fe. Vamos a pedir al Señor que nos dé, esa fe firme a todos, para luchar en esta vida, pero saber que la VIDA, así con mayúscula y fuerte, la VIDA, no termina con la muerte, sino que la VIDA culmina, coge verdadero sentido junto a Dios.

Vivamos así, y que como cristianos sepamos ser testigos de Él dondequiera que estemos. Cuba necesita de testigos de Cristo, el mundo necesita de testigos de Cristo, de aquellos que quieran ser en medio de nuestros pecados y debilidades, proclamadores de su palabra y también aquellos que quieran dar testimonio con su vida de la Palabra del Señor.

Que Dios nos ayude a vivir así, y mantengámonos alegres, porque ellos cuando recibieron después el Espíritu Santo, se aquí tenían cierta reserva, cuando recibieron el Espíritu Santo, se llenaron de gozo y alegría. Que esa alegría y ese gozo, venga a nosotros.


Que el Señor nos acompañe.


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Texto y foto tomados del Facebook del Arzobispado de Santiago de Cuba.

Saturday, May 9, 2026

La máscara mortuoria de Mons. Adolfo Rodríguez (9 de abril de 1924 - 9 de mayo de 2003). Testimonio de Ileana Sánchez Hing.

Foto/Ileana Sánchez
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Aniversario del fallecimiento de Monseñor Adolfo Rodriguez Herrera, (Minas, Cuba, 9 de abril de 1924 - Camagüey, 9 de mayo de 2003). Obispo y luego Arzobispo de esta arquidiócesis. Camagüey, Cuba.

Joel Jover Llenderroso y yo, en la madrugada hicimos su mascarilla mortuoria, nos ayudó el Dr. Rojas especialista maxilofacial y el Dr. Ranfis Humberto Rodriguez Bueno, oncólogo.

Fue una noche difícil, no era solo la tristeza de su partida, el compromiso de no dañara su piel después de horas del fallecimiento, técnicamente este proceso se hace en las 4 o 6 horas después del deceso, pero hubo que esperar la madrugada para que fuera menos las personas que venían hasta la catedral a rezarle, a llorar, el dolor por su partida o infinidad de curiosos.

En un momento de la noche, estaba todo listo pero las opiniones estaban divididas en dos, unos decían que era bueno dejar la mascarilla de su rostro para después exponerla o hacer una escultura y otros no quería por la posibilidad de hacerle daño al rostro del cadaver, luego de conversaciones entre los los sacerdotes dijeron

"… Sí lo harán pero muy entrada la madrugada…"

Esperábamos en casa hasta que fuimos avisados que todo estaba listo para comenzar. La catedral de Camagüey cerrada totalmente, entramos por la puerta pequeña que está por la calle Independencia, los organizadores colocaron bancos que dividían el templo en dos y unos grandes reflectores que iluminaban su cuerpo, para poder trabajar.

Entramos los cuatro juntos con todos los materiales que utilizamos, el silencio era increíble, el colocar las bolsas con el yeso o el poner el agua en las palanganas era ruidoso, los sacerdotes, monjas, diáconos y personas muy cercanas al arzobispo nos miraban desde la distancia rezaban arrodillados o de pie en penumbras, dos monjas nos servían de ayudantes, descubrimos su cuello y la parte superior del busto, comenzamos a trabajar con la precisión de los mejores relojeros suizos, en poco tiempo ya teníamos en una pequeña caja el negativo de la mascarilla con la impresión del rostro de ese santo hombre, que para nosotros particularmente era más que el arzobispado, era alguien indescriptible con el cual se podía conversar, reír o llorar y el siempre tenía una solución.

Al terminar, comencé yo la limpieza de su rostro y ropa que se había resguardado para evitar manchas, en ese momento solos él y yo limpiando sus pequeñas y frágiles pestañas, cejas, con pinceles, pasando ligeramente el peine por su cabello, sacando todo resto de crema o yeso de las comisuras de sus labios, poniéndole polvos para colorear su rostro, con mucha honra de fallecer, en ese momento fue mi última conversación con él, tengo la suerte de haber sido la última persona que lo limpio, tocó.

Entre lágrimas me despedí de su lado.

Fotos/Ileana Sánchez
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A las 72 horas y luego del el entierro Joel Jover y yo, fuimos a entregar la mascarilla en el obispado.


El negativo, que tiene pequeños bellos de su rostro, las huellas de su piel, ese trozo de yeso partido, con los algodones, gasa con que se trabajó, en la misma cajita en que la transportamos, hoy es propiedad del Dr. Nicolás Peon y está en Santiago de Chile. Niky fue un joven católico muy cercano a monseñor. Se que fue una buena decisión porque estará siempre en su familia que lo cuidaran como la reliquia que es.

Descansa en Paz.



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Saturday, April 18, 2026

Ha fallecido Mons. Jorge Enrique Serpa Pérez, Obispo Emérito de la Diócesis de San Rosendo, Pinar del Río



Con profundo dolor, pero con viva esperanza en la Resurrección, anunciamos que en la noche de este 17 de abril de 2026, ha partido al encuentro con Dios nuestro querido Excmo. Mons. Jorge Enrique Serpa Pérez, Obispo Emérito de la Diócesis de San Rosendo, Pinar del Río (16 de marzo de 1942 - 17 de abril de 2026).

"He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe" (2 Tim 4,7) Con estas palabras del Apóstol Pablo, nos despedimos de un pastor incansable, cuya vida fue un combate por la verdad y una carrera de servicio a su pueblo.

Mons. Serpa fue para la Iglesia en Pinar del Río donde vivió y sirvió durante doce años, un custodio infatigable; no solo de templos y obras materiales, que supo promover con visión y tesón, sino, sobre todo, de la comunidad cristiana. Supo mantener la vida pastoral de la diócesis con el mismo amor con que la heredó de Monseñor José Siro, la cual atendió personalmente, cimentando la fe en el corazón de los fieles y animando las vocaciones. Sembró las semillas del Reino desde la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba a través de la Pastoral Penitenciaria y la Pastoral de la Salud, comisiones que presidió durante varios años.

Lo recordaremos como un hombre valiente y de palabra clara. No conoció el miedo a anunciar el Evangelio con libertad, a señalar la verdad con caridad firme y a tratar a todos —sin distinción— de frente, con la honestidad y la franqueza que brotaban de su amor por Cristo y por su Iglesia. Su trato directo y su forma de decir lo que pensaba, sin dobleces, lo llevaron a ganarse el respeto y el cariño de cuantos trataban directamente con él.

Nacido en Cienfuegos, realizó sus primeros estudios en el Seminario del Buen Pastor en La Habana.

A partir de 1961 estudió teología en Tournai, Bélgica, donde obtuvo la Licenciatura. En esta tierra fue ordenado sacerdote el 14 de julio de 1968, incardinándose en la Arquidiócesis de San Cristóbal de La Habana.

De 1968 a 1999 no le permitieron regresar a Cuba, por lo cual fue transferido a la Arquidiócesis de Bogotá (Colombia).

De 1968 a 1973 fue Vice Párroco en Bogotá y de 1973 a 1999, Párroco del Corazón Inmaculado de María; de 1985 a 1999, fue Director de un colegio católico en Bogotá.

Tras regresar a Cuba en 1999, fue nombrado miembro del Consejo Presbiteral de San Cristóbal de La Habana; de 2000 a 2003 fue Párroco y Vicario episcopal del sector este de la Arquidiócesis; de 2002 a 2003, Administrador del Seminario Mayor de San Cristóbal de La Habana. Posteriormente, de 2004 a 2005, Vicario episcopal del sector Habana Centro y desde el 2003 fue Rector del Seminario Mayor de San Cristóbal de La Habana, simultáneamente.

Fue nombrado Obispo de Pinar del Río por SS. Benedicto XVI el 13 de diciembre de 2006, ordenado el 13 de enero de 2007 en la Catedral de La Habana, y tomó posesión de la Diócesis el día siguiente.

Su partida deja un legado imperecedero de fe intrépida, laboriosidad evangélica y amor fiel a la Iglesia. Encomendamos su alma a la misericordia de Dios, seguros de que la Virgen María, a quien tanto amó, lo conduce al encuentro definitivo con el Señor, a quien sirvió con todas sus fuerzas.

Más adelante daremos información sobre la Eucaristía por el descanso de su alma, que se celebrará en la Catedral San Rosendo.

Invitamos a todas las comunidades, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos a unirse en oración por el eterno descanso de su alma y a dar gracias a Dios por el don de su vida y ministerio episcopal.

"Que los ángeles te conduzcan al Paraíso, y que los mártires te reciban a tu llegada y te lleven a la ciudad santa, Jerusalén. Que el coro de los ángeles te reciba, y con Lázaro, que fue pobre, tengas descanso eterno."

En Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote,

+ Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, sj.
Obispo de Pinar del Río.

Pinar del Río, 17 de abril de 2026.

Wednesday, April 8, 2026

El Reloj del Arzobispo. Otra memoria del Príncipe. (por Carlos A. Peón-Casas)


Tomemos esta interesante recreación como prueba indeleble de los innegables valores del raigal Puerto Príncipe.

Las noticias de este valioso adminiculo, enviado a la entonces muy crecida villa, regalo de un arzobispo santiaguero a principios del siglo XIX, debió haber sido un suceso de relevante modernidad.

El relato del suceso, es de esos asuntos de nuestra otrora ciudad del Príncipe que solo se puede leer en antiguas actas capitulares, o en alguna otra evidencia epocal, a veces tan explícitas en sucesos de nuestra historia, pero tan difíciles de localizar y acaso ya ilegibles o inexistentes en el oscuro marasmo de un par de siglos atrás.

Hoy tenemos la suerte de rescatar esta memoriosa recordación en una edición de la Revista Bimestre Cubana, donde se recopila en extenso esta y otras “leyendas” en la recreación que hiciera de ella el muy enterado investigador René Ibáñez Varona, en su inestimable y ya rara avis: “Tradiciones y Leyendas Camagueyanas.”

Disfrute pues el lector de esta poco conocida perla de nuestra ancestral memoria camagüeyana tan oportuna como reveladora de nuestros mejores alientos:
En los comienzos del Siglo XIX el ilustrísimo don Joaquín Osés Alzúa y Cooparicio, primer Arzobispo de Cuba, remitió un reloj a la villa de Santa María de Puerto Príncipe, con el único propósito de que se pusiera en la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, dado lo costoso que eran los relojes de bolsillos y de pared en aquel entonces. "Una villa tan religiosa —-decía él— merece algo muy significativo, que no posean otras villas y ciudades."

Hasta ahora, que sepamos nosotros, este reloj público es el primero que se instaló en la torre de una iglesia cristiana, al servicio de la comunidad en un pueblo cubano. El señor Arzobispo envió el reloj el día 27 de enero del año 1807. Sin embargo, permaneció sin instalarse varios años.

Pero si examinamos las Actas Capitulares correspondientes a los días 18 de febrero y 3 de marzo del año 1820, se verá que "estaba el reloj en disposición de colocarse". Dos años después aún permanecía en igual circunstancia, hasta que en el Acta correspondiente al día 21 de mayo del año 1822, comprobamos que la demora de su instalación obedecía a la escasez de fondos de propios exclusivamente. Sin embargo, alégase en la misma por acuerdo que "notándose la exclusiva falta que hace en esta populosa ciudad, asi para al gobierno de los tribunales, corporaciones y oficinas, como para el público en general; atendiéndose también a que únicamente pende la colocación del referido reloj, pues yase haya arreglado y expédito por el facultitivo encargado de su composición"; se acordó comisionar al Señor regidor don Julian de Miranda para que en asocio del ciudadano don Pedro Recio, procediesen a abrir una suscripción voluntaria entre los generosos vecinos de esta población, a fin de que con su producido se pusiese en corriente una obra tan útil y tan necesaria, У para la cual cree el Ayuntamiento, que cada uno contribuirá gustosamente o graciosamente cuando lo permitan sus facultades. Asimismo se acordó que en caso de hallarse impedido el citado don/ Pedro Recio de aceptar el encargo que se le confía por sus ocupaciones u otro motivo, se subroga al ciudadano Francisco Betancourt y Gutiérrez, a quien adornan los mismos sentimientos patrióticos. Ciertamente, parece que esta cuestación voluntaria fue muy bien acogida entre la vecindad, ya que hojeando Actas Capitulares posteriores, encontramos la correspondiente al día 17 de agosto del precitado año, se dice: "que estaba el reloj ya puesto en la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, y que se hacía visible desde la plazoleta de igual nombre, en donde solían estacionarse quitrines y otros carruajes de alquiler", Este reloj costó subirlo e instalarlo trescientos cuarenta y cuatro pesos y cuatro reales y medio. Además, de los cuatrocientos pesos que se le pagaron al relojero por su composición y regulación técnica. Tenía diez pesos mensuales asignados en el presupuesto municipal el relojero Señor JoséAntonio Rodríguez, para el servicio de darle cuerda y mantenerlo iluminado, que se hacía con una lámpara de aceite todas las noches.

El Cabildo del Ayuntamiento acordó sufragar sus gastos de sostenimiento y reparación a que fuere menester. A los pocos meses de estar el reloj sirviendo a la población, y siendo para más precisar el día 17 de diciembre del año 1822, se le aumentó cinco pesos más a la dote inicial con que el Ayuntamiento sufragaba los gastosde conservación, manutención y observación del mismo, a través de su fiel custodio el relojero. Este reloj fué una atracción pública, tanto para los principeños como para los extranjeros. Estuvo este reloj en servicio público continuadamente hasta el día 20 de mayo de 1825, que sufrió una interrupción que duró varios días.

Notándose siempre por los vecinos de otros barrios de la necesidad de trasladarlo a otra iglesia de torre más elevada. Un regidor haciéndose eco de este clamor público, llevó el asunto al Cabildo, consiguiendo que el Muy Ilustre Ayuntamiento acordara el día 10 de junio del año 1825, su traslado a un sitio más visible u observable a mayor distancia de todos los vecinos de esos contornos. Eligiéndose la iglesia de La Merced por estar situada casi en el centro de la periferia, y además por poseer la torre de más altitud o elevación de ese tiempo. 

Hizóse y se logró que los vecinos de toda la barriada de la Merced, sufragasen los gastos de traslación e instalación del reloj, y siguiéndose por cuenta del erario capitular el sostenimiento del mismo. Este reloj se hizo tan indispensable a los principeños o camagüeyanos, que cuando se apagaba su iluminación en el año 1869 —por motivo de la guerra— se producían grandes protestas públicas. Todos los vecinos o moradores veían en su iluminación una atalaya de luz, que rendía un excelente servicio a toda la comunidad principeña.

Tomado de: Revista Bimestre Cubana
VOL. LXIX 1952-1953-1954.
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Gaspar, El Lugareño Headline Animator

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