Wednesday, May 6, 2020

"Claudia". Fragmento de "Un mariachi viejo", novela de Félix Luis Viera, en proceso de creación

Nota: Cada miércoles un fragmento de Un mariachi viejo, novela de Félix Luis Viera, en proceso de creación.

Puedes leer todos sus textos, publicados en el blog, en este enlace.



Claudia

I

La primera mujer morena de mis bendiciones aquí. Entre clara y oscura —las gradaciones de la piel morena en esta ciudad son infinitas—, pero más encimándose a lo segundo.

[Acá suelen decirles Clau a las Claudia.
Mas yo siempre le dije Claudia. Completo].

Su voz tiene el sabor de la piña. Entre las mujeres abundan los timbres de voz primorosos.

En cuanto me sea posible indagaré si antes, cuándo, se han soltado en esta ciudad de un solo varillazo una primavera-verano-otoño-medioinvierno, metidos en tanto frío, llovizna, lluvia. Grises de no pocos tonos. Mis primeros nueve meses aquí. Desde entonces comenzó mi batalla con los paraguas.

Son las siete y quince minutos de la mañana, estará a punto de terminar los ciento y tantos metros que separan su puerta de la mía.

En una columna de prosa poética erótica que cubro en un periódico, publiqué un texto sobre sus pezones. Lo titulé "Cerezas negras".

Pasajes o pasillos o callejuelas. Les llaman andadores. El que pasa entre el fondo de mi apartamento y el edificio siguiente es el Cántaro.

En la medianoche me sacaba de la lectura un taconear que, por el Cántaro y llegando desde el rumbo de la avenida, se iba perdiendo en la dirección contraria. Un taconear sin dudas de mujer si consideraba sus intervalos, lo agudo del sonido. Y por si quedaran dudas, en dos o tres ocasiones su voz al toser.

Descorría las cortinas, pero las luces no eran suficientes como para determinar rasgos ostensibles de ella.

No te asustes, le pedí cerca de la una de la mañana —esa noche en que me había quedado esperando su taconear a la hora de costumbre— en el arranque del Cántaro desde la avenida. Tranquila, por favor —le dije hablando suave, intentando mostrarle una sonrisa que acaso no podría observar en la penumbra—, no soy un ladrón ni un violador.

Temblando de modo evidente, murmuró que por mi acento yo parecía cubano, ¿acaso lo era? (Aquella isla de mierda me sale por doquier). Asentí y dejó ir un suspiro que al parecer la devolvía a tierra.

Aún temblando, si bien menos, y después de un hilar interminable de reparos, consintió en que la acompañara unos doscientos metros; hasta el punto del Cántaro frente a la ventana posterior de mi cuarto —del cuarto si vamos a ver donde la conocí mediante sus pasos, su andar, sus tacones.

Hasta el mismo sitio estuvimos llegando como diez noches consecutivas, a la misma hora, cuando ella regresaba de sus recorridos de labor. Yo la esperaba en la avenida.

La noche antepenúltima o quizás penúltima, me brindó cobijarme bajo su paraguas. Yo me contenía para no temblar de frío delante de ella, junto a ella.

Su piel morena es fina y brillante.

II

“Nunca me habían hecho esto”, declaró la primera mañana que estuvimos en mi cama, más bien como si lo proclamara, en voz baja, ante el mundo. Se refería al sexo oral. La miré entonces y vi en sus ojos de intenso negror, vastos, algún velo de lágrimas. El corazón se me contrajo.

Ella solo puede venir en las mañanas, cuarenta, cincuenta minutos, antes de partir a romperse el ánima —vende a domicilio cosméticos para mujeres— en busca de la subsistencia en la interminable ciudad. A su regreso tiene el tiempo contado: desde dejarlos en la escuela hasta la medianoche, una vecina le cuida sus dos hijos de lunes a viernes “a precio económico”.

Está a punto de llegar, por última vez.

En el Cántaro, en la acera pueden escucharse, amanecido, quince o veinte pares de tacones, pero yo reconozco los de ella; por el sonido, y porque los huelo.

Por la ventana del frente, atisbo mediante la cortina levemente corrida. Ella viene envolviendo al frío; no lo contrario. La puerta se halla entreabierta al mínimo. Ella empuja. Viene con el temor acumulado por más de quinientos años de atavismos: sus grandes ojos negros parecen palpitar.

Su cabellera es negra, lisa, larga, pesada.

En la dicha columna de prosa poética erótica, publiqué un texto sobre sus senos; en él dice: “Sus senos debieron ser esculpidos por aquel que supo sembrar el néctar en la piedra”.

Se ha quitado el sobretodo, lo ha dejado sobre el sofá y ha ido hacia el cuarto. Según acordamos, hoy ha salido de su casa una hora antes; para nuestro último encuentro —una hora de plus.

La siento desvistiéndose allá en el cuarto. Me he sentado en el sofá, junto a su sobretodo.

La escucho sacarse los zapatos, el pantalón, las medias a la cintura, el suéter, el blúmer, el sostén, liberarse la cabellera negra que le encuadra la cara, le cubre hasta casi la mitad de la espalda.

No está a la vista, pero la estoy viendo. Se halla desnuda bocarriba en la cama; bajo la colcha (cobija) azul, densa. Hasta acá llega el vigoroso olor de su vagina.

Sus manos sobre los senos. La derecha para el izquierdo, la izquierda para el derecho.

¿Por qué demoro?, su voz —el sabor de la piña—, con un dejo de angustia, desde el cuarto.

Sentado en el borde de la cama me sacaré la ropa de dormir, gris, gruesa.

El exmarido la espera en una ciudad lejana, Tampico —adonde él se ha ido a vivir.

Desde entonces fui enterándome: en esta ciudad tantos hombres, aun separados, divorciados de la mujer, la siguen considerando su propiedad. Y una parte de ellas —¿memoria genética?—, actúa en consecuencia.

Ahora, antes de acostarme junto a ella, le aconsejaré: “Claudia, esto es más importante de lo que alguien podría suponer: pídele que con constancia abreve en tu vulva”.




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Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado, entre otros libros, siete poemarios, tres volúmenes de cuento y siete novelas.

Entre los premios que recibiera en su país natal, se cuentan el David de Poesía, en 1976; el Premio Nacional de Novela, en 1987, por Con tu vestido blanco, que recibiera al año siguiente el Premio de la Crítica, galardón que ya le había sido otorgado a este autor, en 1983, por su libro de cuento En el nombre del hijo.

En 2019 recibió el Premio Nacional de Literatura Independiente “Gastón Baquero”, otorgado por Neo Club Press, Vista Larga Foundation y otras instituciones culturales cubanas en el exilio.

Es ciudadano mexicano.

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