Wednesday, April 1, 2020

Fragmento de "Un mariachi viejo", novela de Félix Luis Viera, en proceso de creación

Nota: Cada miércoles un fragmento de Un mariachi viejo, novela de Félix Luis Viera, en proceso de creación.

Puedes leer todos sus textos, publicados en el blog, en este enlace.


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En mi clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social debí bajar y subir tres pisos para “oficializar” el Pase para un ortopedista, que me había entregado la doctora familiar. De rebote, de acuerdo con lo establecido, fui a dar nuevamente al consultorio de la doctora, quien debía firmar el OK y reenviar el documento a uno de los sitios por mí recorridos hacía unos minutos; el próximo miércoles yo lo procuraría en otra oficina allí, en la propia planta —la tercera— donde se hallaba el consultorio. El elevador estaba descompuesto y debí realizar el subibaja a pie. Hace tiempo he decidido no mirar de frente a la secretaria de la doctora: ella tampoco lo mira a uno de modo frontal, sino que deja su vista contra la pantalla de la computadora, como si su interlocutor estuviese allí, a la par que pregunta, contesta, comenta. La rutina es que ella entre, le entregue a su jefa el documento y me lo regrese firmado. Pero la secretaria de la vista perdida, al salir me avisó, mirando a la pantalla aun sin haberse sentado a su mesita, que por favor entrara al consultorio cuando saliera el paciente que se encontraba dentro; la doctora necesitaba decirme algo.

No me canso de fallar; como diría el maestro José Alfredo Jiménez: “Nada me han enseñado los años: / siempre caigo en los mismos errores”. La doctora, como otras morenas, se aplica toneladas de cremas clarificadoras en la cara y otros sitios visibles. En esta visita, como nunca antes, pude apreciar el contraste entre su piel verdadera —en una leve franja del pecho alto que al parecer olvidó lustrase—, con la cara y las manos; los brazos, como siempre, guardados bajo la manga larga de la bata o del suéter o de lo que fuere.

Ya a punto de terminar mi visita, cuando me entregaba la indicación para el Pase, dejé caer en su rostro una mirada suave, expositora de bondad —alejada, con todo propósito, de algún viso de consejero, de experto—, mientras le decía: “Si usted supiera, doctora, la piel morena, sobre todo en una mujer, es inigualablemente hermosa”. Esbozó el ademán de contestarme, pero sonó su celular y decidió responder la llamada. Pase en mano, le dije adiós con un gesto y la dejé en la intimidad de su conversación telefónica.

Ahora, me había invitado a que por segunda vez en la mañana ocupara la silla del paciente, del lado de acá de su escritorio.

Advertí que se había subido y cerrado completamente el cuello del suéter que llevaba bajo la bata médica.

Situó sus manos, de níveo dorso, sobre la superficie de madera. Y me dijo, por lo bajo, pero con expresión de pendencia:

—¿Sabes qué?... Me clarifico la piel porque se me hincha la gana.



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Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado, entre otros libros, siete poemarios, tres volúmenes de cuento y siete novelas.

Entre los premios que recibiera en su país natal, se cuentan el David de Poesía, en 1976; el Premio Nacional de Novela, en 1987, por Con tu vestido blanco, que recibiera al año siguiente el Premio de la Crítica, galardón que ya le había sido otorgado a este autor, en 1983, por su libro de cuento En el nombre del hijo.

En 2019 recibió el Premio Nacional de Literatura Independiente “Gastón Baquero”, otorgado por Neo Club Press, Vista Larga Foundation y otras instituciones culturales cubanas en el exilio.

Es ciudadano mexicano por naturalización. Reside en Miami.

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