Wednesday, April 1, 2020

Estepa del Silencio (por Delio Regueral)


Los corderos abandonaron por la metrópolis al pastor; cansados del perro, adoptaron hiena, pienso y corral, por campo y pasto.

Monsanto: monje perezoso, esquilando escrotos, llegó al Congreso por los excesos. Ahora son soldados las ovejas, casi repican cascabeles; los guías despiden las ondas sonoras de los metales que viven en un papel mojado de orina.

Está enojado el guerrero frío y sin techo, vuelve a ser honor viajado, estepa del silencio. Paren hijos capaces del terror.

El único filósofo tribal mella la herida para sanar el pus que se anula en el reflejo lunar acusador. Testigo del chivato, la amarra convaleciente pare un cólico, obstruye felicidad, hace pasado.

Común, el médico burlón inquisidor, registra cadáveres abandonados, mendiga cuerpos, anotaciones, invade a ciento cincuenta niños y solo tres son radicales ocultos en la química del después.

Y ya no amagan, no son mares los lagos ni se desbordan los ríos rojos por ser Caspios. Ningún mar verde le duele al Caribe, hijo bastardo del Atlántico que muere en el Cabo de Hornos, y en el amarizar del labrador, donde no hay pesca de hachas, crecen perros-guía de Java.

Los programadores del Alborán garantizan oasis; los mamíferos, al nadar, intimidan.

Tus caricias solo duelen cuando se hacen apuestas. Al tiempo le faltan pocos segundos para el encuentro.

Antiguas amantes de Coppelia mezclan otra vez la ensalada, toman control del antojo bobo, algunas son útiles cuando las muelas del juicio sobran.

Los dientes duelen al salir y luego ayudan a comer. Los errores calculados son ecuaciones del perdón.

Subida en la azotea del cofre vano, la huérfana vacila una última cuerda floja; es anuncio secreto para los perdidos en su penúltimo salto de miedo. Regresan sin él a cuestas y traen al Trópico de Cáncer, una vez jugador adicto en el paralelo Cero.

El deseo muerde áspero, en faces medianas; el veneno de los dardos que mutilan el bolsillo en veda, permanentes actúan de vicio y lejano. El alto llano de los paisajes esconde sus pilares abiertos a la caída inevitable de las tribus.

Ya nadie puede. Ellos nada pueden, a pesar del poder de las criaturas que se esconderán en los Febreros bisiestos, anhelando el veintinueve para no celebrar el triste festín de sus naufragios.

Wallace se hace héroe después de la pérdida. Empieza a esperar la hembra desde allí y sonríe sabiendo del trayecto en gramos del SOY,
coquetea con una caricia desde los “cintazos”, que sueñan de la falda su crecer inevitable.

El frío se rinde ante el perdón de los culpables. La ejecución fue pública. Por decreto. Más allá de la caída que sigue, la misa roba un gallo y apuesta su espolón. La intriga: mella de limalla, recoge imantada su conclusión heroica; el óxido… y entonces, sobra el deseo de su adiós.

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