Wednesday, October 17, 2018

"Pasajeros”... un viaje sin destino (por Wilfredo A. Ramos)


Siempre que se anuncia la puesta en escena de la conocida obra del dramaturgo norteamericano Tennessee Williams, “Un tranvía llamado Deseo” (“A Streetcar Named Desire”), curiosidad y espectativas embargan a teatristas, críticos y públicos por igual. Recordemos que esta obra, por la cual su autor obtuvo un Premio Pulitzer en 1948, ha sido considerada como la obra de teatro más importante del siglo XX por la Asociación Estadounidense de Críticos de Teatro.

Williams escribió “Un tranvía...., en 1947 y no fue hasta que se estableció a vivir en la ciudad de Nueva Orleans, que le dió su título original, a partir del nombre de uno de esos medios de transporte que corrían por las calles de la ciudad. El propio año que obtiene el codiciado premio la obra, ésta ve su estreno en el escenario del newyorkino Teatro Shubert, bajo la dirección de Elia Kazan, con las actuaciones en los roles de Blanche DuBois y Stanley Kowaslski, de unos poco conocidos Jessica Tandy y Marlon Brandon, aunque no fueran ellos los primeros actores deseados para tal puesta, sino Margaret Sullivan y John Garfield. En este mismo 1948 sube en escena en París, Atenas, Ciudad de México y Cuba, teniendo en los siguientes años puestas en Londres, Madrid, Buenos Aires y Chile. Aquí en Miami tuvo su estreno en el Coconut Grove Playhouse, en donde no fue muy bien recibida por el público, teniendo que ser bajada de cartelera después de tan solo dieciséis representaciones.

Nos gustaría hacer una parada y dar alguna información sobre el “viaje” de este tranvía por los escenarios cubanos. Como ya dijimos, el propio año, a solo siete meses de su estreno mundial en New York, se vió su estreno habanero, de la mano del destacado director Modesto Centeno, con el Patronato del Teatro. La obra subió a las tablas del Teatro Auditorium, contando con escenografía de Luis Márquez, diseño de luces de Armando Soler y dirección musical de Raul Suárez. En cuanto a las actuaciones, estas corrieron a cargo de Marisabel Sáenz (Blanche), Violeta Casal (Stella), Sergio Doré (Stanley), Eduardo Egea (Harold), Ricardo Lima (Steve) y Carmen Varela (Eunice). Tenemos que destacar que al estreno asistió como invitado el propio Marlon Brandon, quien todavía no había realizado el filme ni había alcanzado aún la popularidad que este le ofreció. La obra fue todo un acontecimiento habanero de la época.

"Un Tranvía...." Liliam LLerena y Adela Escartín 
(Fotos cortesía de Lili y Mauricio Rentería)
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Otra de las puestas en escenas cubanas de esta obra, tuvo lugar durante la década del cincuenta por el propio Centeno, en la Sala Talía, con María Brenes (Blanche), Fela Jar (Stella) y Jorge Félix (Stanley), luego sustituido por Carlos Orihuela, en algunos de los roles protagónicos. En 1965 es llevada a la televisión por Roberto Garriga, con las actuaciones de Raquel Revuelta (Blanche) y Enrique Almirante (Stanley) y en ese mismo año, vuelve Modesto Centeno a llevarla a escena con el Conjunto Dramático Nacional, en esta oportunidad contando con las actuacciones de Adela Escartín, (Blanche), Eduardo Moure (Stanley) y Lilliam Llerena (Stella). No es hasta la década de los ochenta, que vuelve a subir a las tablas habaneras esta obra y es de la mano de Carlos Díaz Alfonso, quien la repondrá dentro de su famosa triología de teatro norteamericano en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional, teniendo en los roles de Blanche DuBois y Stanley Kowalsky a Mónica Gufantti y Roberto Perdomo respectivamente.

Aquí, en la ciudad de Miami, las más recientes puestas de la obra han sido la de Teatro Avante en 1987, bajo la dirección de Mario Ernesto Sánchez, que contó con las actuaciones del propio Mario Ernesto (Stanley), Teresa María Rojas (Blanche), Alina Interian (Stella) y Julio O’Farrill, (Harold), además de la versión de Ingenio Teatro con dramaturgia de Raquel Carrión y dirigida por Lilliam Vega, en el 2013, que tuvo a Diana Quijano, Gabriel Porras, Rosalinda Rodríguez y Jorge Alvarez, en la piel de DuBois, Kowalski, Stella y Harold y otra versión cubanizada, realizada por Rolando Moreno en el desaparecido Teatro en Miami Studio.

Como hemos podido ver, “Un tranvía llamado Deseo”, se ha convertido en una obra icónica en los escenarios mundiales, por ello ha llegado hasta la danza, cuando en el año 1953 fue llevada al ballet en Montreal, Canadá, y a la ópera en la temporada 1998-1999, cuando la Opera de San Francisco la subió a escena con la gran soprano Renee Fleming, en el rol de Blanche DuBois; pero no es sino con el estreno fílmico en 1951, bajo la dirección del propio Elia Kazan, quien la estrenara en las tablas, que la obra alcanza real dimensión internacional, en donde un Marlon Brandon, de nuevo en la piel de Stanley Kowalski, alcanza fama internacional, haciendo que un personaje negativo se convirtiera en todo un hito, lo que creó muchas controversias. A Brandon, lo acompañaron en el reparto del filme Vivian Leigh (Blanche), Kim Hunter (Stella), y Karl Malden (Mitch). El filme obtuvo varios premios Oscar, pero ninguno fue a parar a manos del excelente Marlon Brandon.


Todo el anterior recorrido sobre el camino que ha venido viviendo esta obra dramática, nos lleva a preguntarnos qué motivó al joven director teatral cubano Erom Jimmy Cuesta a volver sobre esta tan representada obra. ¿Qué nueva visión sobre dicho texto aporta el director?  ¿Qué nueva lectura le da al mismo? Las respuestas a estas preguntas están muy claras cuando nos enfrentamos a la puesta en escena de “Pasajeros”, título dado a la versión realizada por Cuesta y que ya lleva cuatro semanas en cartelera en el diminuto espacio del Black & White Box Performing Arts, espacio cultural alternativo de la Pequeña Habana, el cual es llevado por la también actriz Reina Ivis Canosa.

Erom Jimmy Cuesta es graduado del Instituto Superior de Arte de Cuba en la especialidad de Dirección, con un Diplomado en la misma especialidad del Centro de Estudios Escénicos de Andalucía, en España. Su trayectoria europea lo llevó a pasar seminarios en el Odín Teatro, que dirige Eugenio Barba, en la ciudad de Aolborg, en Dinamarca, así como a festivales y presentaciones en Portugal, Holanda y la propia España con su entonces compañía Teatro por las nubes. Desde hace algunos años radica en nuestra ciudad de Miami, en donde ha llevado a escena “La fierecilla Domada”, de William Shakespeare y “Las Criadas” de Jean Genet, en versiones muy particulares, producto de su marcado interés por la reelectura de los textos dramáticos ya establecidos.


Para este montaje, al cual podemos considerar minimalista en su concepción, el director a llamado a escena a cuatro actores, quienes se meten en la piel de los cuatro personajes protagónicos: los cubanos Lili y Mauricio Rentería, hermanos, quienes son integrantes de una familia dedicada a la escena, muy conocida y respetada en su país de origen; Lida Morales, joven actriz también de la isla caribeña, y el bien conocido de la escena local actor nicaraguense, Christian Ocón.


Como ya hice referencia, la puesta se mueve en un mínimo espacio de teatro arena, el cual obliga a que la obra tenga una lectura visual desde cualquiera de las cuatro posiciones desde donde se encuentran los espectadores. Lo anterior lleva a que el ambiente escénico se desenvuelva en un medio en donde el ahorro de recursos forme parte del lenguaje teatral y donde la utilización de los mismos sea realizada de manera precisa, otorgándole a cada objeto un “plurivalor”, lo cual nos permite efectuar una lectura diferente de los mismos en el trascurso de la trama. Aquí, nos vemos precisados a afirmar que la utilización de las maletas, como elemento del trabajo actoral, a la vez que escenográfico, las convierten sin duda alguna en el quinto personaje de este montaje. El director le impone un determinismo a este elemento, que va a marcar el sentido de su visión dramatúrgica (Pasajeros-maletas). La utilización inteligente y diverso de este objeto permite el que la acción transcurra y fluya sin que se vea entorpecida ante tanta austeridad. Los actores casi convierten a dichas maleta en un apéndice más de sus cuerpos, por lo que el reiterado movimiento de las mismas resulta orgánico e imprescindible para que la trama se mueva hacia adelante. Con todo este ambiente, el director más allá de contarnos la historia original, trata de hacernos llegar a otra lectura, la de la frustración por un dejar atrás un mundo y tener que enfrentar otro desconocido, el de ser siempre pasajeros en un eterno viaje de la vida y su avatares.

Algo que afecta en cierta medida a esta puesta es el pobre diseño de luces debido a la escasa cantidad de equipos que puedan ser efectivos en ese espacio escénico, que como mencionamos antes, por sus dimensiones requiere de una técnica que se apropie a las condiciones del mismo, no obstante, el director asume la dificultad realizando un trabajo en donde el juego con las sombras y sus contrastes con la luz, la creación por momentos de ambientes brutalmente oscuros y tenebrosos, la obtención de perfiles como si de un montaje fotográfico se tratara, ayudan a la puesta a mostrarnos ese ambiente de encierro, de frustración, de dolor, de miedo, que el director nos quiere ofrecer. El sonido, mínimo, preciso, ayuda a completar el ambiente de desasosiego que envuelve la obra.


En cuanto al trabajo actoral, tenemos que decir que se desenvuelve en un muy parejo nivel de ejecución, teniendo en cuenta el historial de cada uno de ellos sobre los escenarios. Lida Morales es una actriz con una corta carrera aún, graduada del Instituto Superior de Arte de Cuba, trabajó en la isla bajo la dirección de Carlos Díaz, Antonia Fernández y Carlos Celdrán y aquí en Miami es apenas su tercera aparición sobre las tablas. Lida encarna a Stella, la hermana que ha dejado atrás la vida familiar venida a menos y se ha unido sentimentalmente a un hombre que en nada representa los valores en los que fue criada, ella vive en carne propia la diferencia de estatus social, enfrentados en un mundo que clama por transformarse. Su personaje representa la adaptación, la asimilación, la cobardía, pero también la sensualidad y la pasión y la actriz asume todas estas condiciones perfectamente, pasando de un estado al otro con solo un gesto, una mirada, su personaje es asumido con honestidad, naturalidad, ofreciendo un registro marcado de emociones, que acompaña con apropiada gestualidad y una magnífica proyección de voz, cargada de matices. Su personaje se mueve entre el miedo y la ternura, pasando por momentos de pretendida agresividad, bien dibujados, lo que hace que el desempeño de esta actriz sea un plato fuerte en esta puesta.


Christian Ocón, es el encargado de asumir el difícil y controversial papel de Stanly Kowalski, personaje por el cual la obra sufrió el rechazo social en sus primeros momentos, ya que de éste emanaba no solamente la violencia, sino el maltrato hacia la mujer y sobre todo representaba a esa clase proletaria que se oponía a los valores tradicionalistas de un Sur marcado por la poderosa, pero ya decadente, clase latifundista. Ocón es un actor que comenzó su andar sobre las tablas en su Nicaragua natal y más tarde en Costa Rica. Una vez en Miami, se acoje al magisterio de Teresa María Rojas, en Prometeo y de Sandra y Ernesto García, en Teatro en Miami Studio, teniendo su primer desempeño sobre la escena de la mano del director español Marc Cellas, en el Centro Cultural Español, trabajando después con varios otros directores del mundo teatral miamense como Juan Roca, Alberto Sarraín Ernesto García y Rolando Moreno. Este actor enfrenta posiblemente con este trabajo, el mayor reto de su carrera, ya que a nuestro entender, aquí requiere buscar mecanismos de interpretación algo fuera de la tesitura de los acostumbrados trabajos en su anterior quehacer. Su Kowalski, humanamente real, consciente de su rol catártico dentro de la trama, resulta por momentos violento en exceso, haciendo que tal derroche de vitalidad nos lo aleje un poco al mismo tiempo del hombre de carácter rudo, pero parco, el cual disfruta ejerciendo el poder del macho también con el sarcasmo vulgar y la burla. Por momentos parece mas un chico majadero y caprichoso. Un poco de contención, matizaría su ejercicio actoral. De igual forma considero que el actor necesita de un mejor control de su respiración, lo que lo llevaría a su vez a un dominio más acertado en la proyección de las emociones. No obstante lo apuntado, considero que este Stanley será, un personaje recordado en nuestros escenarios por su fuerza dramática, su carga emotiva y su descarnada crudeza.


En cuanto a Mauricio y Lili Rentería, provenientes de una familia, en donde su madre, Lilian Llerena y su padre, Pedro Rentería, fueron actores que marcaron un espacio dentro del talento artístico cubano de su época, son dos actores con una ya extensa y exitosa carrera en teatro, cine y televisión. Ambos son graduados de la Escuela Nacional de Arte en la especialidad de actuación y trabajaron bajo la dirección de José González y José Antonio Rodríguez, en el caso de Mauricio, mientras que Lili lo hizo también bajo las órdenes del propio Gonzáles y de Roberto Blanco, todos importantes directores de la escena cubana. Más tarde ambos parten rumbo a Venezuela en donde trabajan principalmente para la televisión, aunque haciendo algo para las tablas en alguna que otra ocasión. En el caso de Mauricio, continúa su carrera en España, hasta que vuelven a reencontrarse en esta ciudad de Miami. Verlos a ambos compartiendo escenario nuevamente, nos remitió a los inicios de sus carreras formando parte del grupo teatral Pinos Nuevos, en donde como parte de su graduación trabajaron juntos en la obra “El compás de madera”, del dramaturgo cubano Francisco Fonseca, por lo que nos hizo abrir el libro de los recuerdos y nostalgias. Quiero destacar que las escenas en donde trabajan solos en el escenario ambos hermanos-actores nos brindan una cierta magia, dada seguramente, por la verdadera compenetración y complicidad de ambos.

Mauricio va al encuentro de Harold Mitchell o Mitch de una manera muy poco conservadora, su enfrentamiento con el personaje pudiera resultarnos algo sorprendente y hasta desconcertante. El actor nos muestra a un hombre amable, sensible, con una carga emocional llena de sutiles matices que van desde la ingenuidad hasta el dolor, pero entregándonoslo todo mediante una envoltura de humor, inexistente en el personaje original. Mauricio hace gala de cierto grado de improvisación, ligero, pero marcado, que nos deja ver a otro Mitch, más humano, más cercano a nosotros y algo alejado de ese ambiente “cuasi” siniestro en que se mueve la obra. Aquí vale una recomendación, cuidado con ambos factores, el del humor y la improvisación, ya que en demasía, si no se tiene control sobre ellos, puede llevar al personaje y por ende a la obra al abismo. La madurez alcanzada por este actor en cada una de sus entregas ha sido un hecho que se agradece y se valora altamente, teniendo en cuenta el poco andar por los escenarios a que obligan los avatares cotidianos. No quisiera dejar de señalar un aspecto que para algunos nos resultó interesante en el transcurso del trabajo de este actor, y es que por momentos la presencia de su padre se hace sentir fuertemente en la escena, son momentos sorprendentes, que se agradecen pero impresionan.


Para Lili Rentería, encarnar el tan deseado personaje de Blanche DuBois ha sido un reto del cual sale totalmente victoriosa, su Blanche entra y sale constantemente del personaje original casi sin darnos cuenta, algo que se logra con un cambio en la entonación de la voz, con un gesto, a través de una acción, haciendo que dicho personaje tenga matices más cercanos a nosotros, a nuestro aquí y ahora, alejándola un poco de ese otro tiempo y espacio en que el autor concibió dicho texto. La Rentería no está interesada en construir un personaje totalmente enajenado del mundo circundante, por el contrario, ella lo lleva por el difícil camino de la ambiguedad. Su personaje no esta diseñado de una sola pieza como en el original, sino que lo ha ido construyendo por partes y con partes diferentes de una conducta humana sometida a la frustración, pero también a la realidad que envuelve a la vida, su Blanche es rica en matices, pero es ante todo real y humana, repetimos. Tal vez, sin darse cuenta o tal vez teniéndolo en mente, este trabajo ha tenido presente no solamente la historia contada por Williams, sino también el dolor de cualquier ser humano que se ha visto en la necesidad de dejar atrás su mundo y enfrentar un destino incierto y diferente. Esta Blanche, es ausencia, pero a la vez recuerda que todos hemos tenido un pasado nuestro que hemos tenido que abandonar y que tal vez con ese abandono se nos ha ido un poco de nuestro yo más íntimo. Por ese camino ha sido el andar de esta actriz en la construcción de su personaje. La Rentería nos ofrece un personaje que sin dejar de mostrar su debilidad, también muestra una gran fuerza interior, si por momentos se nos muestra delicada, en otros se ve como fiera enjaulada, este hacer la humaniza. Finalmente podemos agregar que ver a esta actriz en un trabajo con una concepción tan abierta de lo que consideramos una puesta en escena, en donde la acción se convierte en casi un constante juego, llevando el movimiento escénico el peso de esa acción, tan alejado del tipo de trabajo en que antes la hemos visto, sin duda es una buena muestra de que nunca es tarde para el cambio, la experimentación, el riesgo.


Por último, solo nos queda destacar el interesante y bien adecuado trabajo de adaptación de la obra original, que contó con la asesoría dramatúrgica del también director, actor y escritor teatral cubano radicado en España, Raul Alfonso, que en manos del talentoso Erom Jimmy Cuesta se convirtió en este viaje hacia ningún destino de estos cuatro atormentados personajes y junto a ellos, de nosotros los espectadores, que abordamos este tranvía en un viaje inesperado hacia un incierto paradero. Llegaremos...?


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Ver textos anteriores de Wilfredo A. Ramos, en el blog


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