Tuesday, October 4, 2016

Gala de clausura del XXI Festival Internacional de Ballet de Miami (por Baltasar Santiago Martín)

 Fotos/Bernardo Diéguez
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El domingo 11 de septiembre de 2016, la Gala de Clausura del XXI Festival Internacional de Ballet de Miami, celebrada en el escenario del Centro Cultural de Miramar, se inició con la entrega del premio “Crítica y cultura del ballet” a Patricia Aulestia, reconocida crítico de ballet ecuatoriana, nacionalizada mexicana, quien con sentidas palabras agradeció el importante galardón recibido de manos del maestro Pedro Pablo Peña, fundador y director del festival.

El pas de deux Carmen, coreografiado por Marcia Haydée y con música de Georges Bizet, fue el ballet escogido por el Ballet de Santiago (Chile) para su participación en esta Gala de Clausura, en el que Natalia Berrios y José Manuel Ghiso brindaron una diferente mirada musical y coreográfica a la historia de la más famosa gitana de Sevilla y de toda España.

Sobre un fondo de color lila, Don José inició su sufrido cortejo a una estática Carmen, que, sentada primero en el piso, con una baraja en la mano y una rosa en el pelo, se levanta para corresponderle, sensual y agresiva, y lo palpa y recorre con sus manos, en un logrado juego lascivo de seducción que el ahora extasiado Don José ya sabemos que perderá.

Si bien la música escogida no va con el erotismo de la coreografía, ambos bailarines vencieron con creces esta dicotomía, pues vivieron de modo tan real sus personajes que casi sobraba la música de fondo.

En la misma cuerda de fino erotismo de Natalia y José Manuel, Marsha Rodríguez e Iker Murillo, de Uniqart Dance Company (España), trajeron a escena Dans Le Même Souffle, con coreografía de Vitali Safronkine –también su director artístico– y como música,el Concierto para piano No. 23 in A Major, de W.A. Mozart.

Marsha –quien es la directora de la compañía– demostró que el cargo no la ha disminuido como bailarina, e Iker, a su vez, realizó un gran trabajo como partenaire de su jefa, mostrando ambos en todo momento un gran acople como pareja, en un dueto muy bien resuelto plásticamente (¡ese juego de brazos de los dos!), incluso desde el mismo vestuario, en el que la fina malla de color negro dejaba traslucir la belleza de sus cuerpos.

Agustina Galizzi y Argenis Montalvo, de la Compañía Nacional de Danza de México, nos trasladaron a continuación al ambiente navideño inherente al ballet Cascanueces, con coreografía de Marius Petipa y música de Chaikovski, donde ambos estuvieron muy bien acoplados en el adagio y brillaron en sus respectivas variaciones, en un desempeño a la altura de su debut en la noche del sábado. Esa feliz lanzada hacia arriba de ella, girada en el aire –¡dos veces! – fue muy audaz y arriesgada, rematada luego con una muy hermosa coda.

María Muñoz y Álvaro Madrigal, de la Compañía Nacional de Danza de España –“con los trajes más interesantes y perturbadores de este festival”, como comenté en mi reseña de la noche anterior–, volvieron a presentarse con el pas de deux Scarlatti, con coreografía y diseño de luces de José Carlos Martínez, y música de dicho compositor italiano, que ya habían bailado la noche anterior.

Sin música al inicio, la pareja volvió a mostrar su gran coordinación en el adagio, y ya con música, se destacaron de nuevo en sus variaciones.

De Italia, Laura Massague, del Bay Area Houston Ballet & Theater, y Gian Carlo Pérez, del Washington Ballet, nos trasladaron al Medio Oriente, otra vez con el pas de deux del ballet El corsario (coreografía de Petipa y música de Drigo), donde, tras un adagio vibrante, se volvieron a lucir también en sus variaciones, “pues Laura no escatimó fouettés intercalados con varios pirouettes, una rauda diagonal de piqués, amén de balances y extensiones, mientras que Gian Carlo la secundó con un óvalo de saltos con extensiones a 180 grados y audaces volteretas en el aire, algunas casi horizontales –acrobáticas diría yo– y muy veloces giros con la pierna a 90 grados”, tal y como reseñé su actuación en la Gala de las Estrellas.

Tras un razonable intermedio, Marizé Fumero y Arionel Vargas, del Milwaukee Ballet, se volvieron a acoplar como en la noche del sábado 10 para interpretar el adagio del pas de deux del segundo acto del ballet El lago de los cisnes (Chaikosvki / Petipa), en ese mismo tempo lento que Alicia Alonso marcó para la historia, el cual bailaron como si fueran de verdad Sigfrido y Odette, y no existiera el público, en la mejor tradición de la “Escuela Cubana de Ballet”, reafirmada hasta en sus saludos en personaje.

Estheysis Menéndez y Javier Morales, del Bay Area Houston Ballet & Theater (Estados Unidos), repitieron el pas de deux de la boda de Kitri y Basilio del ballet Don Quijote, también con coreografía de Marius Petipa y música de Ludwig Minkus como La bayadera.

La pareja volvió a demostrar su buen acople en el adagio, “en el que Estheysis logró sostenidos balances e hizo gala de sus extensiones a 180 grados, mientras que Javier la secundó elegantemente con sus saltos, y la alzó y la dejó caer sin titubeos hasta barrer casi el piso en el riesgoso final de este adagio.

“Ya en su variación, Javier se lució aún más al complicar sus jettés con volteretas en el aire, y luego con sus raudos giros. Estheysis, por su lado, ejecutó su variación con musicalidad y precisión, con fouettés intercalados con pirouettes como remate, para concluir luego la coda en feliz comunión”, vuelvo a decir sobre su performance.

El Teatro de Miramar ofreció después gustosamente su escenario al bailarín Álvaro Madrigal, de la Compañía Nacional de Danza de España, para que repitiera su conversión en el cisne macho moribundo con que nos impactó en la noche del sábado, “gracias a su talento y a la coreografía de Ricardo Cué para El cisne de Camille Saint-Saëns, como escribí al respecto sobre su desempeño.

“Su viril port de bras ya de por sí hubiera bastado para el encantamiento, pero Álvaro fue mucho más allá y le otorgó a su danza el drama necesario para que su figura inquietante y sensual nos convenciera de que partía del plano terrenal” –¡me repito yo también!

Para darle continuidad a esta estelar gala de clausura, Luciana Barrirero, del Ballet Estable del Teatro Colón de Buenos Aires (Argentina), y Lucas Erni, del Ballet Nacional Sodre (Uruguay), salieron a escena para bailar el Pas d'sclave (Marius Petipa/ Riccardo Drigo), del ballet El corsario.

Tras un adagio correcto, Lucas realizó su variación con precisos saltos, volteretas y giros, mientras que Luciana escogió para la suya pasos poco elegantes, como caminando, sin elegancia, que me desconcertaron, a pesar de que luego retomó los ya consabidos, en los que cumplió sin ir más allá.

En la coda, Lucas la hizo girar centradamente, pero al final Luciana quedó de espaldas a él, como en una reverencia, lo cual me pareció absurdo.

Anna Chiara Amirante y Alessandro Staiano, del Corpo di Ballo del Teatro di San Carlo de Nápoles, les siguieron con el pas de deux Black Stone (La piedra negra), con coreografía de Gianluca Schiavoni y música de Max Richter.

En silencio al inicio, vestidos de color negro, sobre un fondo lila, ambos ejecutaron correctamente la coreografía, monótona como la música, sin hallazgos formales, rutinaria, cual círculo vicioso, y un final abrupto, a oscuras, con solo un seguidor sobre ellos; la mano de ella sobre el pecho de él, deteniéndolo.

Sena Hidaka y Shushei Yoshida, del Ballet de la Ópera Nacional de Bucarest (Rumanía), fueron los encargados de cerrar con su actuación esta Gala de Clausura del XXI Festival Internacional de Miami, como Diana y Acteón, en el pas de deux homónimo, coreografía de Agripina Vagánova y música de Cesare Pugni.

Aunque en este pas de deux se recrea el encuentro entre el vouyerista Acteón y la diosa griega Diana, “tras haberlo ella sorprendido escondido mirándola”, como reza la historia, a Sena y a Shushei les faltó drama, pues no bastó su sólida técnica para convencernos de que estábamos en presencia de dos bailarines de ballet y no de dos dotados gimnastas.

En la historia ella quiere flecharlo –y no precisamente con amorosas intenciones– y apenas en una ocasión Sena amagó como que le lanzaba una flecha a “Acteón”.

Ya en sus respectivas variaciones, sí, hubo bravura técnica, no lo niego, pero el ballet es mucho más que eso.

Shushei realizó un óvalo de saltos con volteretas casi horizontales, y Sena desplegó su innegable arsenal técnico de grand jettés y de fouettés en el lugar, para concluir con una salida de escena totalmente formal, tras lo cual todos los bailarines que actuaron en la gala regresaron a escena para una emotiva despedida de esta formidable fiesta de la danza. 

Gracias, maestros Pedro Pablo Peña y Eriberto Jiménez, por su entrega y su devoción por el ballet y el arte en general, porque la trascendencia de su misión ética y estética ha quedado más que reafirmada en esta vigésimo primera edición del prestigioso Festival Internacional de Ballet de Miami que ambos hacen posible.


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