Tuesday, August 23, 2016

Un anticipo del nuevo libro de Ernesto G.

Nota del blog: Agradezco a  Ernesto G.  que comparta con los lectores del blog, una selección de textos de su más reciente libro El transeúnte considerable y otros relatos (Editorial Silueta, Miami 2016).

La presentación en Miami será el viernes 2 de septiembre a las 7:30 pm, en el Centro Cultural Español de Miami (1490 Biscayne Boulevard, Miami, Florida, 33132).


Elefantes amarillos
                       
                            para Ena Columbié

Ella me preguntó si los había visto, si había visto los elefantes amarillos. Yo fijé la vista en los gigantescos robles del otro lado del río, acaricié su rostro, la besé y le dije: "Los he visto, los veo siempre que venimos aquí. Ahora mismo los estoy viendo. Son hermosos”. Ella sonrió, cerró los ojos y se quedó dormida. Yo fijé la vista en los árboles una vez más y me quedé observándolos hasta que finalmente desaparecieron.

Viaje

Hemos acordado guardar distancia. Es decir, no vamos a hacer el amor, sino que vamos a ir destruyéndolo poco a poco, fríamente, con precisión de cirujano. Vamos a ir separando las capas de la cebolla hasta que lleguemos al centro, es decir al vacío, a la nada. Entonces nos miraremos a los ojos y nos preguntaremos qué hacemos mirándonos a los ojos.

El estorbo

Por las tardes salíamos a tomar el sol. Nos echábamos en la hierba con gafas oscuras para proteger los ojos de la excesiva luz del verano. Era nuestro ritual. Nos quedábamos horas ahí tirados, como tortugas, sin decir una palabra, de cara al sol, inquilinos temporales de la luz. Cuando empezaba a anochecer, entrábamos a la casa, nos tomábamos un café y salíamos de nuevo a observar las estrellas. Tampoco hablábamos. En realidad, nunca lo hacíamos. No era necesario. El lenguaje era un estorbo en aquella realidad adormecida.

Una tarde oímos un grito, era más bien un alarido.

Corrimos hacia el lago. Una señora parecía estar ahogándose. Pero al acercarnos, notamos que la atacaba un cocodrilo. Yo atrapé un pato, le retorcí el pescuezo, le amarré una piedra al cuello y lo lancé al lago. El cocodrilo se distrajo con el ruido y la señora pudo escapar. Al acercarse a nosotros, empezó a hablar sin parar, nos contaba la historia de su vida, de cómo se había lanzado al lago en busca de la muerte, pero al verse frente a ella, tuvo mucho miedo.

Nosotros no dijimos nada. Empezamos a caminar rumbo a la casa y ella nos siguió. Le dimos un poco de comida. La señora seguía hablando. No nos agradecía. Nunca lo hizo. Solo hablaba de sí misma, de su existencia miserable, de cómo todos se habían confabulado contra ella. “El mundo conspira contra mí.”

La señora no parecía tener intenciones de irse de la casa. Ya no podíamos tomar el sol en las tardes ni observar las estrellas en la noche. No paraba de hablar.

Un día la llevamos al lago, le retorcimos el pescuezo, le amarramos una piedra al cuello y la tiramos al agua. No nos quedamos a ver lo que podría hacer el cocodrilo.

El buscador de patria

Había una vez un hombre que no podía localizar su patria en los mapas. Desde pequeño los maestros de geografía se habían encargado de enseñarle dónde estaba su país (¡qué posición geográfica tan privilegiada!, le decían), pero nadie se había tomado el tiempo de mostrarle dónde se hallaba la patria. Una vez escuchó a un político decir que la patria estaba dentro del corazón de los hombres, pero ese fue el mismo que había prometido libertad y prosperidad para todos y se había encargado de proporcionarles lo contrario, de modo que nada que dijera podía tomarse muy en serio. Un día el hombre se cansó de buscar a la patria en los libros y decidió salir a buscarla en otros sitios. La halló un día en una ciudad de otro país. No fue en un mapa precisamente sino en los ojos de su primera hija.

Vas a morirte

Vas a morirte, me dijo el médico una mañana de verano en la que parecía que nada malo podía ocurrir. Yo miré al doctor, que puso una cara de lástima hipócrita, y no se me ocurrió otra cosa que lanzarle un escupitajo. Llamaron al guardia de seguridad, un gordito medio afeminado, que me pidió de favor que me fuera del hospital antes de que llamaran a la policía del condado, y créeme, esos sí no creen en nadie. Son gordos maricones igual que tú, le dije, y le di un puñetazo tan fuerte en el rostro que empezó a sangrar. Y a llorar. A llorar, claro, porque la sangre es algo dramático, pero no tan dramático como tener los días contados y no tener ganas de contarlos. Salí del hospital sin mucha prisa. Ya a esas alturas me importaba lo mismo una cosa que otra. Entré a una gasolinera. Compré una caja de cigarros. Hacía tanto tiempo que no fumaba que al principio no supe qué hacer. Mientras caminaba por Bird Road rumbo oeste, pensé en toda la mierda que había comido en mi vida. Comido y digerido. Toda la mierda que me había alimentado. Porque la mierda puede llegar a ser nutritiva. O al menos eso cree uno. Hasta que un día un médico comemierda le dice a uno que se va a morir y uno duda y piensa: ¡qué comemierda he sido! Caminaba. El sol del verano quemaba mi espalda. Qué mierda de ciudad en la que una persona a punto de morir no puede ni siquiera caminar tranquilo por sus calles. La Habana. Ciudad de las columnas. Carpentier, otro comemierda. Miami es dura y es calurosa. De pronto, el ruido de los frenos. Un policía que grita algo en inglés. Yo que le digo: eres un gordo maricón. Y sigo caminando. Él, que ni es gordo ni maricón, sigue gritando. Yo agarro una piedra. Se la lanzo. Rompo un cristal. Agarro otra. Antes de lanzarla, siento un ruido, y después caigo. Empiezo a sangrar y lloro, claro, porque la sangre es algo dramático.



El transeúnte considerable y otros relatos (Editorial Silueta, Miami 2016)
Ilustración de cubierta: Los sueños de Maurice Sparks, de Joel Nunez
Diseño de portada y maquetación digital: Eva M. Vergara

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