“Hay hombres que no suben después de caer”. Arthur Miller.
Algunos autores teatrales que devienen figuras imprescindibles dentro de la cultura de su país, pasando de ser referentes artísticos para convertirse en testigos y denunciantes de las condiciones tanto sociales como humanas del medio en que desarrollaron sus vidas, dejándolas reflejadas a través del argumento de sus obras, siendo un buen ejemplo de ello aquellos dramaturgos que integraron la corriente del llamado ‘teatro psicológico’.
Aunque los antecedentes de este teatro tendríamos que buscarlos en el siglo XIX dentro de la obra de autores como el sueco Henrik Ibsen y el ruso Anton Chejov, dichas características se afianzarán con la llegada del existencialismo y el psicoanálisis por medio del trabajo de escritores tales como el irlandés Samuel Beckett y el francés Jean Paul Sartre, hasta alcanzar a la dramaturgia norteamericana con la aparición de tres autores que inmediatamente se convertirían en la máxima representación de esa corriente teatral.
Los autores norteamericanos del pasado siglo XX que revolucionaron la escena de dicho país no son otros que Eugene O’Neill, Tennessee Williams y Arthur Miller, quienes sin ningún tipo de duda son sus tres grandes exponentes, convirtiéndose en figuras imprescindibles a valorar, estudiar y tener siempre presentes dentro de la escritura dramática de este país.
Dicha corriente teatral que ganara terreno dentro de los Estados Unidos, por supuesto emprendió viaje también fuera de dichas fronteras, provocando que en diversos países otros escritores incorporaran las características de tal corriente dramática a sus obras. Autores tales como los ingleses John Osborne y Harold Pinter, el francés Jean Anouilh, los mexicanos Emilio Carballido y Luisa Josefina Hernández, los argentinos Carlos Gorotiza y Roberto Cossa, el puertorriqueño Rene Marqués o el chileno Egon Wolff, así como el japonés Yukio Mishima, entre otros, tuvieron a bien sumergirse dentro de las coordenadas que tal propuesta dramática les ofrecía, por medio de la cual se abría la posibilidad de dejar plasmados los problemas de sus respectivos entornos sociales, colocando al ser humano en el centro de ellos.
Arthur Miller (Arthur Asher Miller, 1915-2005) una de las figuras más destacadas de la dramaturgia norteamericana e integrante de la corriente del teatro psicológico de dicho país, fue un acérrimo crítico de la sociedad de consumo y con ello del famoso ‘sueño americano’, por lo que desde sus inicios su teatro estuvo marcado por la crítica social, convirtiéndose rápidamente en una figura controvertida dentro de la escena de su país. Sus denuncias a los valores conservadores dentro de la sociedad de Estados Unidos lo condujeron, debido a la atmosfera anticomunista de entonces, a tener que declarar ante la Comisión de Actividades Antinorteamericanas, donde se negó a revelar nombre de persona alguna, por lo cual se le retiró su pasaporte impidiéndole viajar a Bruselas al estreno de una de sus obras, aunque finalmente no fue acusado y por tanto no fue enviado a prisión.
Igualmente, Miller se interesó dentro de su teatro por acercarse a temas relacionados con las consecuencias derivadas de problemáticas maneras de crianza por parte de los padres y lo que ello suponía en la distorsión del entorno familiar, pudiéndose ver acentuado por las situaciones del ambiente ciudadano. Para este autor la magnificencia de los conceptos sobre virtud y principios morales siempre estuvieron en disputa, siendo un mordaz denunciante del machismo imperante en la sociedad y las consecuencias que ello procuraba en la vida tanto sobre en el individuo como en la comunidad. Arremetió duramente contra la deshumanización de la vida estadounidense y aunque se acercó algo con sus posturas al marxismo, más tarde lo criticó con dureza.
Dentro de su dramaturgia encontramos títulos tales como “Un hombre de suerte” 1940, “Todos eran mis hijos” 1947, “La muerte de un viajante” 1949, “Las brujas de Salem” 1953, “Recuerdo de dos lunes” y “Panorama desde el puente” ambas en 1955, “Después de la caída” 1964, “El precio” 1968, “La creación del mundo” 1972, “Cristal roto” 1994 y “Terminando el dibujo”, siendo esta su última obra en el 2004. También escribió algunos guiones para cine y televisión. Dentro de los primeros se encuentra “Vidas rebeldes”, concebida en 1961 para Marilyn Monroe, su entonces esposa, contando con la dirección de John Huston. Como escritor fuera del teatro obtuvo su mayor éxito con su autobiografía ‘Vueltas al tiempo’. En el año 2002 Arthur Miller fue merecedor del prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Letras otorgado por el reino español.
Es precisamente de este autor, que Nilo Cruz, el también ganador de un Premio Pulitzer, ha decidido llevar a escena aquí en Miami, su obra “La Muerte de un viajante” en el marco de las celebraciones por los 250 años de la firma de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, la cual tuvo lugar entre los días 21 y 30 del pasado mes de agosto, en el Westchester Cultural Arts Center, contando con las actuaciones de Carlos Acosta Milián, Rosalinda Rodríguez, Caleb Casas, Guillermo Cabré, Nabilah Fernández y Charlie Sothers, mientras que la parte técnico-artística estuvo integrada por Carlos Pinto en el diseño de luces, Gema Valdés en del vestuario y Haydn Diaz en el del sonido, contando con la producción general de Alexa Kuve al frente de Arca Images.
“La muerte de un viajante”, escrita por Arthur Miller en 1949, por la que su autor recibió el Premio Pulitzer además del Tony y el de la Crítica de la ciudad de New York, ha sido considerada una de las obras destacadas del siglo XX, debido a su encarnada crítica al llamado “sueño americano” -pero que podría ser también considerado como todo sueño extremo de ambición humana en cualquier otra parte- así como por su revolucionaria redefinición con respecto al concepto de la tragedia moderna, sus causales, definiciones y condicionamientos, pero además por su profunda indagación en el ámbito psicológico y social que marcan el comportamiento de los seres humanos. Es por ello, que dicha obra ha devenido en un clásico de la dramaturgia norteamericana y una obra imprescindible en todos los escenarios.
El dramaturgo Nilo Cruz, quien junto a su trabajo de dirección escénica se ha convertido en una presencia habitual en los escenarios miamenses, asumió esta nueva propuesta teatral con una mirada alejada de las habituales concepciones naturalistas con que generalmente es representada dicha obra, otorgándole a la misma una imagen mucho más contemporánea. Para ello manejó su ambientación dentro de un amplio espacio con dos niveles, dentro del cual la utilización preponderante de baúles a modo de mobiliario, junto con apenas dos sillas, dan idea de manera sencilla del hogar familiar. Este concepto escenográfico se ve magnificado con la colocación sobre el fondo del segundo nivel del escenario de una enorme estantería llena de una gran variedad de maletas y maletines que atrapa la mirada del público debido a su majestuosidad, elemento el cual queda resaltado además por un interesante diseño de iluminación que sobre el mismo ha sido concebido. Incluso hacia el final de la obra dicho imponente elemento escenográfico adquiere la imagen de una gran pared repleta de nichos del cementerio donde descansan los restos del personaje protagónico. Como puede apreciarse el director utiliza dichos elementos -baúles y maletas- hiperbolizando el mensaje de la obra.
Cruz ha concebido su propuesta mediante una evidente estructuración racional del movimiento escénico, estableciendo el justo balance entre este y el espacio de representación, sacándole provecho a ambos planos del escenario -inferior y superior- para mostrar los diferentes espacios físicos y temporales dentro de los que se mueve la acción. Aunque el tiempo narrativo impuesto por el autor impone cierta lentitud en el ritmo de la obra, la propuesta de Cruz logra que la acción fluya dentro de la atmósfera que el texto impone.
Respecto a la labor de los actores, es necesario señalar el total compromiso de los mismos hacia las exigencias que tal texto dramático demanda para el desarrollo de sus respectivos personajes, mostrando unas incorporaciones sólidamente construidas por parte de cada uno de los implicados. Hay que señalar que en esta ocasión el director ha dejado fuera de escena algunos de aquellos personajes secundarios -Charley y su hijo Ben, vecinos de los Loman, Stanley, la Señorita Forsythe y Letta, personajes del bar- no imprescindibles y que con sus ausencias la trama no sufre alteración alguna, pero que si la aligera y recorta el tiempo de duración de la obra, el cual no obstante alcanza cerca de la hora cuarenta minutos, dividida en dos actos, donde al segundo se le une el ‘requiem’ o epílogo del texto original.
Acosta Milián en el exigente rol protagónico como Willy Loman ofrece un trabajo de interiorización no comúnmente apreciado sobre nuestras tablas. Desde su acertada búsqueda de una muy marcada modulación y proyección de la voz, hasta la asimilación de una apropiada y característica postura corporal, este actor dibujó su personaje de principio a fin en la que sin duda alguna sea la más destacada labor dentro de su trayectoria artística, constituyéndose en el esperado regalo que todo público espera disfrutar al asistir a una representación teatral.
El personaje del joven Biff Loman, el hijo idealista, inadaptado, ambicioso y frustrado, interpretado por el actor Caleb Casas, es trabajado con las adecuadas variaciones de intensidad que el mismo requiere, revelando la diversidad de sentimientos y emociones que dicho rol requiere a través del desarrollo de la trama, destacándose sobre todo labor en el segundo acto cuando la intensidad dramática alcanza su clímax. No obstante, un aspecto que enturbia parte de su desempeño tiene que ver cuando en escenas de cierta intimidad conversacional frente a su hermano durante el transcurso del primer acto, sus parlamentos resultan en ocasiones difíciles de comprender debido a una no adecuada pronunciación.
Por su parte Rosalinda Rodríguez realiza una delicada interpretación del personaje de Linda Loman, la comprensiva esposa y madre, quien dentro del hogar es la encargada de sobrellevar las situaciones provocadas por la convivencia diaria y las características personales de cada uno de los integrantes de dicho núcleo familiar. La actriz desenvuelve su personaje con extrema naturalidad, mostrando de manera convincente la contenida intensidad emocional con que el autor lo ha dotado, a la vez que llegado el momento, encauza el desborde de sus emociones con fuerza, pero sin innecesarias afectaciones.
En cuanto al desempeño de Guillermo Cabré como Happy Loman, el hijo mayor, su labor escénica está rodeada de la fuerza interpretativa y veracidad con que lleva a cabo todos sus trabajos. Este actor posee una portentosa voz y una excelente proyección con la que hace imposible que ninguno de sus personajes pueda pasar inadvertido sin importar el nivel que dentro de la trama posean. Como contraparte dentro de la acción, el actor busca en todo momento dejar marcada la diferencia de personalidades mediante un muy definido concepto de credibilidad interpretativa, provocando el necesario equilibrio ante las emociones y consecuencias de las acciones entre ambos hermanos.
Finalmente, tres personajes que por ser secundarios no dejan de ser importantes para el detonante de la trama son los de la mujer, el de Howard Wagner, y el tio Ben, todos relacionados estrechamente con Willy, el primero por ser su amante -causante del rencor que se establece entre este y su hijo Biff al descubrir tal relación- asumido por Nabilah Fernández; mientras que el segundo, Howard Wagner, actual jefe de Willy y el tercero Ben, su fallecido hermano -encarnación para él del éxito y la riqueza, presente sobre el escenario solo como una sombra- incorporados ambos por Charlie Sothers, encontraron en estos dos actores la contundente complicidad con unos roles que se convierten en detonantes importantes de los acontecimientos con los que se construye la acción.
A esta puesta en escena debemos agradecerle que su director no haya utilizado los tan molestos micrófonos corporales que cada vez resultan ser más utilizados en numerosas puestas teatrales con los inconvenientes que ello trae, desde el mal funcionamiento de los mismos hasta la pérdida del sentido de proyección de la voz, problema que se hace mucho más habitual sobre los escenarios de lo que se quisiera ver.
El público miamense debe estar satisfecho de que al fin se hayan dado las condiciones para la presentación de esta obra que desde el año 2023 estuviera entre los planes de Arca Images, la cual debido a diferentes situaciones no había podido ser llevada a las tablas. Si bien la actividad teatral de esta ciudad necesita un mayor y necesario encuentro con el teatro de autores hispanoamericanos, de igual forma requiere disfrutar de los excelentes textos de la dramaturgia norteamericana, ambos ausentes de nuestros escenarios. Gracias a Nilo Cruz por esta excelente propuesta y ofrecernos otra magnífica muestra de buen teatro, del que cada día podemos presumir en nuestra ciudad.
Wilfredo A. Ramos.
Miami, septiembre 4, 2026.
Fotos/ Alfredo Armas.









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