El domingo 23 de agosto de 2026 acudí al Sandrell River Theater para ver la obra La oveja blanca, de la autoría de Rolando Tarajano, también su director y protagonista, y mientras transcurría la representación, pensé que en realidad nosotros los cubanos hemos sufrido, seguimos sufriendo –y parece que lo seguiremos haciendo– una interminable tragedia “cubanoamericana”, porque no termina cuando cruzamos el “charco” del Estrecho de la Florida, como le sucede a la familia de Alberto y a todo cubano con familia del otro lado –o presa, en el peor de los casos–; unido al dolor perenne por Cuba, aunque no se tenga a nadie; amén del desarraigo, la inadaptación y la inconformidad rampante que a juicio mío caracteriza a la Cubanidad, lo mismo antes de la rembambaramba de 1959 que ahora en este forzado exilio.
Dianelys Brito como Mabel;
Elizabet San Miguel como Dianela
y Rolando Tarajano como Alberto, con una obra
del artista plástico Reynier Llanez al fondo.
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Hacer de autor, director y protagonista a la vez equivale a montarse a un trapecio de circo sin malla de protección debajo, pero cuando se escribe el texto, sabes cada coma, lo que se nota en el ritmo, en cómo mastica los silencios. Es una actuación visceral, sin vanidad. Duele verlo porque no está actuando a Alberto: lo está exorcizando.
Tarajano se mete en Alberto, el padre, y lo carga de contradicciones: es el macho cubano que se quiebra, el exiliado que no sabe si ganó o perdió, porque el estrés, el trabajo en la cafetería y la presión de pagar las cuentas ha matado la líbido de la pareja, al punto de que extraña cuando iban a las posadas de La Habana con el morbo intacto de la juventud. Se nota que cada palabra le duele.
Dianelys Brito como Mabel;
Rolando Tarajano como Alberto
y Elizabet San Miguel como Dianela.
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Dianelys Brito, como Mabel, es la madre cubana que sostiene la casa mientras todo se estremece, pero sin llegar a derrumbarse. Brito nunca cae en el estereotipo de la madre sufrida; su Mabel calla, calcula, y cuando explota, arrastra y arrasa con todo. No hay nada cursi o exceso de drama –ni incluso victivismo– en su actuación, y mucho menos panfleto cuando manifiesta su irrevocable decisión, que sin ser como la de Sophie en el film “oscarizado” de la Streep, no por ello deja de ser muy difícil y extrema.
(Tarajano me pidió que no contara el final, para que la vayan a ver: ¿será que se divorcian o se van a vivir a Alaska para ganar más dinero, o cualquier otra decisión por el estilo? Si la reponen, no se la pierdan, y así podrán saber el desenlace)
Elizabet San Miguel como Dianela, la hija, representa a toda esa generación joven que en Miami logra superarse y crecer, sin dejar de sentir el duelo de sus padres, a los que ama y recrimina a la vez. Muy sólida, con perfecta dicción en sus parlamentos, pero sin que ello afecte su “frescura” como cubana.
Roly Guardado como Emilito, el hijo preso en Cuba, da la cuota exacta de desenfado y de irreverencia que identifica a nuestros jóvenes en la isla presa, con ese “aguaje” tan cubano que casi raya en el choteo y el relajo que nos han “suavizado” y hecha más tolerable nuestra “tragedia cubanoamericana”. Me gustó mucho cuando le dice “macha” a la hermana, en segura alusión a su pasado uso de calzoncillos.
Y a Daniel Panebianco como Alejandro, el amigo que conoció a Emilito en la cárcel, le tocó el difícil rol del ex-preso traumado que en el exilio se fascina con el edificio de oficinas de 55 pisos de Brickell Avenue, a la vez que sueña con hacerse millonario comprando acciones en la Bolsa de Valores, con gritos catárticos incluidos.
Que la obra incluya al artista plástico Reynier Llanez es un plus, un gran valor añadido. Aquí la plástica es otro personaje, con las pinturas de Llanez a cargo de la visualidad de la obra, con sus coloridas proyecciones como escenografía.
En esta tragedia sobre identidad y exilio, el arte plástico es un espejo. Si la obra te remueve, es culpa también de lo que ves, no solo de lo que oyes.
En el contexto del exilio, la familia y la identidad partida entre Cuba y Miami duelen. Tarajano, como escritor y director, mete el dedo en la llaga de lo que significa ser una familia cubana exiliada, con un elenco que viene del mismo dolor y del mismo “barrio”. Por eso no están actuando el exilio: lo están sangrando en escena. Y eso el público de Miami lo huele a kilómetros (a millas, porque estamos en esta orilla, de este lado del Estrecho de la Florida, que nos une (¿o nos separa?).
Niurka Noya es la encargada de esta producción orgullosamente independiente, a pulmón, con la honestidad brutal que solo da el no tener que rendirle cuentas a nadie. Ella apuesta por levantar esto sin respaldo institucional. Ese riesgo se siente en escena. Hay urgencia, hay verdad. El teatro independiente en Miami sobrevive así, y cuando funciona, convence y atrapa, como en este caso.
"Estoy muy contento por la respuesta del público", ha dicho Tarajano. Y tiene sentido. Estas historias le hablan directo al cubano de Miami, al que llegó en balsa, al que nació aquí y no sabe si es de allá o de acá.
Rolando Tarajano como Alberto
con Dianelys Brito como Mabel.
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Necesaria. Cruda. Nuestra. Escarba en la familia, el exilio y el costo de no encajar ni en Cuba ni en Miami, válida para cubanos, hijos de cubanos, exiliados de cualquier país, y cualquiera que entienda que a veces la familia es el campo de batalla más cruel.
Elizabet San Miguel como Dianela,
Rolando Tarajano como Alberto
y Dianelys Brito como Mabel.
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La oveja blanca es necesaria porque duele donde tiene que doler. Con ese elenco y con Tarajano al frente del texto y la escena, es de las obras que explican por qué el teatro cubano en Miami sigue vivo aunque lo maten cada 5 años.
El teatro lleno es la mejor crítica. Con reestreno anunciado para octubre, la obra claramente tocó esa fibra. El boca a boca en el teatro independiente es oro. Si volvieron a programarla, es porque gustó y la gente salió comentándola con fervor.
Hialeah, 29 de agosto de 2026.
Fotos: Cortesía de Rolando Tarajano,
@panebiandostudio.







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