El pasado 18 de junio tuvo lugar el estreno mundial de la obra “Todo lo que no dije”, del dramaturgo norteamericano Harley Elias, estando su dirección a cargo de Michel Hausmann, quien preside la compañía Miami New Drama, la cual tiene su sede en el histórico Colony Theater situado en el conocido boulevard de Lincoln Road, en South Beach, escenario donde se ha mantenido dicha propuesta que continua su exitosa temporada hasta el próximo 2 de agosto.
La responsabilidad del trabajo sobre las tablas de este unipersonal ha recaído sobre los hombros del actor venezolano Christian McGaffney, actor y productor conocido internacionalmente por su interpretación del rol protagónico en la producción fílmica venezolana “Simón” del 2023, la cual se sumerge en la crisis política, represión estudiantil en su país y en las consecuencias éticas de asumir el camino del exilio. Dicho filme que fuera estrenado en el Florida Film Festival, de la ciudad de Orlando, habiendo sido premiado en el Festival de Cine Venezolano y en el Festival Internacional de Cine de Heartland, en Indianápolis, fue nominado también a la treinta y ocho edición de los Premios Goya en España. McGaffney además ha trabajado en otras producciones tanto para el cine hispano como para el norteamericano, así como para la televisión y el teatro.
Con esta nueva propuesta dramática, ya son cuatro los trabajos que han subido a escena de manera mancomunada el binomio Hausmann-Elias, siendo los anteriores “Lincoln Road Hustle”, “The Museum Plays” y “Bad Dog”, producciones todas que han contado con favorables críticas de público y crítica, por lo que la entusiasta acogida que ha recibido la presente puesta en escena no debe tomarnos por sorpresa.
El argumento de este nuevo texto dramático de Elias se levanta a partir de un elemento que desde su aparición en la vida del ser humano estuvo íntimamente relacionado con los sentimientos más personales e íntimos del mismo: las postales de envío personal. El surgimiento de dicha pequeña pieza rectangular de cartón ligero nos traslada hacia distintos países europeos -Bélgica, Inglaterra, Francia, Prusia- y diferentes fechas, todas ellas enmarcadas entre los años 1840 y 1870 bajo diferentes circunstancias, pero la verdad es que a partir de su establecimiento, la postal se convirtió en una efectiva forma de comunicación entre las personas, por medio de la que se hacía llegar alguna breve información, un saludo, una invitación, alguna felicitación u otro tipo de mensaje breve. Igualmente, su utilización estuvo muy condicionada a recordar lugares a los que se viajaba y desde donde se quería saludar a amigos y familias. Con el paso del tiempo y el surgimiento del internet y la aparición de las redes sociales, podemos decir que esa tan hermosa costumbre, lamentablemente, ha prácticamente desaparecido, al igual que muchas otras que engalanaban un poco más nuestras vidas.
Es a partir de dicho recurso que esta obra arma su estructura dramática, convirtiendo el texto en un íntimo espacio de reflexión, pérdidas, búsquedas, el cual convierte al trabajo en escena en una experiencia conmovedora, íntima, a la vez que divertida y provocadora. El hecho de haberse tropezado con una vieja postal en un mercado de pulgas, la cual contiene algunas breves líneas junto a unas iniciales tan solo como remitente y firma, harán que el joven protagonista se lance a la aventura de encontrar a un padre que ha estado ausente desde la niñez y del cual su imagen precisa ha sido borrada con el pasar del tiempo.
La puesta que ha sido concebida para teatro arena -no podría haber sido de otra forma- con público rodeando las cuatro partes de un pequeño rectángulo escénico donde el actor llevará a cabo su trabajo, convoca al espectador a dejar de serlo para convertirse en partícipe de la misma, a través de la lecturas de textos escritos al dorso de postales que el intérprete les irá entregando a medida que la acción vaya transcurriendo, dando lugar a situaciones que provocarán risas, meditación o recogimiento.
Photo by Ari Feldmiller
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La selección de Christian McGaffney para este papel, sin duda alguna ha resultado un acierto, debido a que la energía requerida por el personaje para conducir la historia hasta su final encuentra en el actor el vehículo idóneo. El intérprete maneja diversidad de emociones que casi se atropellan en la necesidad de dar rienda suelta a su urgencia de sentimientos, y para ello no teme dejar salir las palabras en veloz torrente como si su mente no pudiera contener las ideas que le asaltan en su obsesión filial. Su constante diálogo con el público, rompiendo la llamada ‘cuata pared’ y haciendo al espectador intervenir en la acción, hace que estemos en presencia de uno de los aspectos que conforman lo que ha sido llamado ‘metateatro’, recurso el cual es manejado a la perfección por el actor.
McGaffney, que posee una recia personalidad escénica la cual acompaña con una bien timbrada y poderosa voz, con clara dicción -a pesar de la velocidad que le imprime a varios parlamentos, en momentos que el personaje procura hacer intrincadas reflexiones- no necesita del micrófono personal para hacerse oír por parte del público, mucho menos en el reducido y cercano espacio de representación, recurso que innecesariamente altera el color de la voz y la intensidad de las emociones. El desafortunado y casi obligatorio uso que se está haciendo de dicho recurso tecnológico se vuelve contra el proceso mismo de trabajo de los actores, ya que los obliga a graduar las intenciones dramáticas y emocionales a niveles televisivos, alejadas de la realidad del escenario teatral y por ende haciendo que los intérpretes en algunos casos ‘descansen’ en dicha tecnología, no proyectándose de manera adecuada. Otro peligro del uso de estos micrófonos corporales por parte de los actores es que en ocasiones producto de algún movimiento brusco o por problemas técnicos propiamente, la voz deje de escucharse provocando con ello situaciones embarazosas al actor y desagradable al público.
En general la concepción de la puesta llevada a cabo por Hausmann -director- muestra un estrecho vínculo de trabajo con el texto, extrayendo del mismo todas las posibilidades de transferencia entre la dramaturgia de aquel con la del trabajo escénico, aprovechando la cercanía con el espectador y transformando el mínimo espacio de representación en un verdadero ‘tour de force’ para el actor, el cual se apropia del mismo con habilidad y enjundia propia de quien sabe tomar el control del escenario
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Al final el espectáculo, el público será convidado a escoger una postal en el vestíbulo del teatro para enviársela a la persona que desee -con franqueo pagado por el teatro- como una manera de comprometernos a no abandone tan íntima y bella tradición.
Un texto con las características presentes en “Todo lo que no dije” hace que el hecho teatral no deje de ser el encuentro con aquello que sin duda alguna debe constituir lo más importante para el ser humano, como son los sentimientos. A través de su hora y veinte minutos de duración -tiempo que pudiera ser considerado extenso para un unipersonal- dicho texto convoca al espectador no solo como observador sino como partícipe dentro de un proceso en el cual se convertirá en cómplice, con lo que lo concebido por el autor podría transformarse en catarsis sentimental colectiva ante el inesperado final.
Para finalizar, me gustaría invitar al público amante del teatro en esta ciudad de Miami, a que aprovechen las tres semanas de función que aún restan de esta magnífica propuesta teatral de Miami New drama en el Colony Theater de la playa, aunque su paseo por el otrora bullicioso y hermoso boulevard de Linconl Road deje mucho que desear.
Wilfredo A. Ramos.
Miami, julio 16, 2026.











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