Sunday, April 26, 2020

De los temblores de Santiago de Cuba, 1851 (por San Antonio María Claret)

Santiago de Cuba. Dibujo 1849
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Santiago de Cuba, 1885
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Horroros(os) fueron los estragos que causaron en Cuba los temblores; las gentes se espantaron, y el Señor Provisor me llamó diciendo que fuera a Santiago, que convenía; dejé la Misión de Bayamo y fui a Santiago, y quede espantado al ver tantas ruinas; apenas se podía pasar por las calles de tantos escombros. La Catedral estaba completamente descompuesta, y para que se forme una idea de los vaivenes que sufriría aquel grande templo, sólo diré que en cada esquina del frontis de la Catedral hay dos torres iguales; en la una está el reloj y en la otra las campanas; las torres son de cuatro esquinas, y a lo último de cada esquina hay una maceta por ornato, y una de estas macetas en los sacudimientos se desprendió y entró por una de las ventanas de las campanas. Calcúlese ahora qué curva habría de describir aquella maceta para poder meterse dentro de la ventana. El Palacio quedó arruinado; lo mismo digo de las demás iglesias, más o menos; de modo que en las plazas se formaron capillas, y en ellas se celebraba la santa Misa y se administraban los Santos Sacramentos y se predicaba. Todas las casas se resintieron más o menos.

Quien no ha experimentado lo que son los temblores grandes, no se puede formar de ellos una idea, pues que no consisten únicamente en la oscilación u ondulación de la tierra y el ver cómo corren los trastos y muebles de la habitación de una a otra parte.

Si no fuera más que esto, los que han navegado podrían decir que en una mar gruesa lo han visto en un buque; pero no es esto sólo, hay algo más en un terremoto.

¡Ay!, uno ve que los caballos y demás cuadrúpedos, que son los primeros que los presienten, se ponen de cuatro pies firmes, como una mesa firme; ni con todos los latigazos ni espuelazos se pueden mover; después se ven las aves, v.gr., gallinas, pavos, palomas, pericos, catéis, loritos, etc., que [dan] gritos, graznidos, chillidos y aspavientos; y luego se oye un trueno subterráneo, y al cabo de poco se ve menear todo, y se oyen los crujidos de las maderas, puertas, paredes y se ven caer pedazos del edificio; pero lo que es más, la chispa eléctrica que anda con todo esto, y se ve en los gabinetes que el aparato del imán con el hierro, cuando da el temblor, se descompone completamente.

Y además cada uno lo siente en sí mismo, y se ve que todas las gentes, así como da el estallido, todas gritan con voz espantosa y despavorida: Misericordia, y por un instinto de propia conservación echan a correr en algún patio, plaza o calle, pues que nadie se tiene por seguro en su propia casa; luego que han corrido, se paran, se callan, se miran como lelos y se les asoma una lágrima a los ojos; es inexplicable lo que pasa; en medio de esa multitud de sustos, vimos en Santiago una cosa satisfactoria y sorprendente, y es que todos los enfermos de casas particulares y de los hospitales civiles y militares, todos envueltos con sus mantas, se levantaron y se salieron de los aposentos como los demás y dijeron que ya se hallaban sanos, que por nada volvían a sus camas.

Hubo muchas ruinas, pero apenas tuvimos que deplorar desgracias personales.

Muchísimos referían los prodigios de la misericordia de Dios, que, habiendo sufrido un derrumbe en sus casas, milagrosamente habían escapado sin lesión alguna. Las ruinas fueron muy grandes y de mucho costo el repararlas después; a mi, la Catedral me costo 24.000 duros el repararla; el Colegio o Seminario, 7.000 duros; el Palacio, 5.000 duros.


Texto tomado de su Autobiografía

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