Monday, August 26, 2019

Sahíly Aguilera, sin más orlas o colgaduras que el sentimiento (por Manuel Vázquez Portal)


Hay un tipo de verso que brota solo. Incontenible. Sin puja. Como una carcajada o una lágrima. Sin báculo. Sin ayuda. No se sabe de dónde mana, ni para qué. Pero salta y se instala en su justo estadio. Refinado, elegante, musical. Como dictado por Dios. Un verso ya compuesto. Cadencioso y expresivo. Sobre todo dotado de la sencillez con que se edifica la grandeza. Lleno de frescura y sugerencias. Más hijo de la emoción que de la razón. Y es esa clase de verso la que parece perdurar.

Un verso siempre más inteligente que el poeta. Hecho “de esa otra lluvia que en mis ojos lloras”. Un verso que se burla de academias y egos. “Deja el silencio una impresión de altura”: José Martí. “Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva” César Vallejo, “¡Tanto penar para morirse uno!”: Miguel Hernández. “Yo me iré y quedarán los pájaros cantando”: Juan Ramón Jiménez. “Que no hagan callos las cosas en el alma ni en el cuerpo: León Felipe. Por citar algunos ejemplos. Estos de poetas renombrados.

Y estos que siguen, de un guajiro de las lomas de Tamarindo, allá por la parte montañosa del antiguo Camagüey. Un hombre con apenas tercer grado de escolaridad: “Y como era mi destino/ andar descalzo y a pie/ algunas veces pensé/ echarme al hombro el camino”. Se llamaba Pablo Díaz. Y no perseguía a la poesía. Ella se le ofrecía virginal y en cueros.

Mientras labraba la tierra, una décima lo obligaba a abandonar el azadón y tenía que anotarla, presuroso, con su caligrafía de niño travieso que no atendió a la maestra, para que no se perdiera y fuera, por desgracia, a caer en manos de un versificador de oficio. Contaba que cuando él agenciaba la poesía sin el llamado de ella, le salía pálida y ripiosa como la hoja de tabaco carcomida por los insectos, y que, por tanto, solo escribía cuando ella, incitadora e inaplazable, lo invitaba al desafío.

Sahíly Aguilera padece de ese mismo bien. La poesía es su compinche de cúpulas y cópulas. Se le brinda desnuda. Y desnudas ambas danzan sin traicionarse. Un baile de gemelas que se aman y respetan. Se hurtan, quiebran, giran, y se confunden, y se intercambian, y no se sabe cuál es la una y cuál la otra. Juntas ofrecen el alma. Verso sencillo y hondo. Verso de manantial de montes altos. Fresco y arrullador. Promesa saciadora de la sed para la escalada que anuncia. “Tanto alumbra la llama donde muero”.

Verso como el de Pablo Díaz. Sin más orlas o colgaduras que el sentimiento puro. Sahíly va al latigazo de la emoción, a la altura de lo esencial inexplicable. Al latido imperioso de sus ardores y desasosiegos. A lo intraducible más que en esa forma en que nace, y en la que cualquier interpretación corre el riesgo de errar. Cada inspiración trae su lenguaje y su estructura. Trae su forma y sus decires. No hay que moldearla, encerrarla, recomponerla. Hay, eso sí, que perfilarla una vez atrapada para que no vaya desaliñada por el mundo. Pero siempre, en el poeta genuino, la inspiración es lo primero. Nada sin el soplo universal que llega, como la sinestesia más atrevida, a su visión antes que a sus oídos. Es la visitación de lo inextricable. Flores del cielo. La armonía de la música cósmica.

La poesía de Sahíly Aguilera es un estremecimiento constante. Parece no poder vivir sin vibrar, como la cuerda de un laúd en manos de un virtuoso, como una virgen nerviosa acariciada por un sátiro experto. Se derrama sin contenes, sin márgenes. Es un alud de hermosura deslizándose versos abajo. Transita de una forma a otra sin que su tono varíe, desafine o yerre. Las fórmulas antiguas le vienen a su voz a borbotones, como el agua a la fuente. Transita del soneto a la décima o al romance con fluidez y soltura, sin que el metro o la rima sean un escollo, sin que el acento estropee el ritmo, a veces, más sistólico que anapéstico; a veces, más orgásmico que trocaico. Para muestra este soneto:
La gota 
Al borde el alero, tributaria
del súbito aletear de las palomas.
A merced del bochorno y los axiomas
su contrariada vocación gregaria. 
Estrena nido al filo de la nada
cual retazo de lluvia que se inmola.
Minúsculo derrame que acrisola
el ansia de esta piel enamorada. 
Quédate en el silencio, detenida
desafiando el azar de las demoras.
Retrásame el pavor a la crecida

de esa otra lluvia que en mis ojos lloras
para no descubrir en la caída
que a pesar de mis ansias, te evaporas.
Un poema que más allá de la contemplación, hedónica, diríase, hace evidente la irremediable brevedad de cuanto nos rodea, nuestra impotencia para transformarlo, y la pequeñez que somos en el vasto universo. No se queda el verso en la simple descripción sino que punza allí donde el ser humano comprende que a pesar de las ansias, los afanes, las conquistas, todo se evapora, fluye, transcurre, escapa, deja de ser, para ser solo en la última visión y en la memoria porque: Todo pasa y todo queda.

Sahíly Aguilera comprendió temprano la volatilidad de toda existencia y posesiones. Sabe el exacto valor del instante. No malgasta la fluidez en manquedades. Bracea en lo proceloso y sonríe. Va sin miedos. Nada espera. Vive, ama y escribe. Si alguna nostalgia la acicatea y le provoca unos versos, los escribe sin otra pretensión que escribirlo. La posteridad para ella es el ahora mismo.
Me duele la madrugada
cuando lejos de mi tierra
el recuerdo desentierra
hambres de tierra mojada.
Merodea en la alborada
de la nostalgia el aroma
que al horizonte se asoma
entre sollozo y gemido
y el alma, con tanto ruido,
parece que se desploma.
Su tema principal es el amor carnal. Se pasa la vida enamorada y por eso se pasa la vida cantando. Da la impresión de ser feliz siempre. Ha fabricado, como carta credencial, o, quizás, como escudo, una sonrisa permanente con la que va por el mundo agradando, conquistando simpatías. Pero hay que caminarle el alma para saber que detrás de la seductora sonrisa se agazapa un universo de misterios y turbulencias, quejumbres y desamparos, soledades y asombros, muy propio de los espíritus independientes, creadores y rebeldes.

Cualquiera pensaría que desprecia sus poemas, que no los valora, que una vez escritos ya han cumplido su misión. Sin embargo, los mima y atesora. Los bruñe hasta donde puede, y los somete al juicio de aquellos amigos en que confía. Quizás su timidez le impide hacer galas de ellos u ostentarlos como preseas de su talento. O quizás sean “cosas que solo saben mujeres y poetas”.

Ella es de las poetisas que se preocupan más por escribir que por publicar. Aún, a pesar, de cientos de poemas conseguidos, y muy bien conseguidos, diría yo, no ha publicado el primer libro. Hecho que muchos le reprochamos. Pero ella, con su clásica sonrisa entre pueril y coqueta, promete que lo publicará, y, típico en ella, “mata dos pájaros de un tiro”: evita el tema, que, tal vez, le resulte tedioso a su espíritu dado a las fugacidades, y, vertiginosa, vuelve a la vida sin tomárselo muy en serio.

El rasgo prevaleciente en la poética de Sahíly Aguilera es la musicalidad. Su verso da la impresión de haber sido escrito para cantar, como era la poesía en sus orígenes. Lo cual provee a su obra de cierto aliento antiguo como si se tratara de un poeta de otra época. Mas, resulta que la belleza es eternidad, y lo eterno no tiene tiempo establecido. Bien lo sabía Francisco de Quevedo: Triunfará del olvido tu hermosura. Un friso de Fidias aún estremece por su belleza.

Para constatarlo, como siempre, aquí les dejo algunos poemas de Sahíly Aguilera que les explicarán mejor que yo sus esencias y sus virtudes.


Alba

Bendito canto emplumado
conque me saluda el día,
bendita su algarabía
alborozando el tejado
y el viejo sol, renovado,
que al horizonte se asoma
apurando la maroma
del rocío en cada brote
y el aire que, al papalote,
lo confunde con paloma.


Mulata

Soy el calor de la rumba,
y del danzón la elegancia;
del son sandunga, fragancia,
soy el batá que retumba.

Solar y clave si zumba
en el aire un guaguancó.

Llevo en mi sangre mendó
de caña, tabaco y güira.
Soy cubana. Soy guajira.
Soy guitarra. Soy Bongó.


Antiplegaria

Yo te escuchaba hablar de eterno amor,
de los milagros que la fe arrimaba
y de cuánto mi arcilla resemblaba
tu divino poder de creador.

Por abrir en mi alma el surtidor
que en tu nombre el temor amordazaba
hoy te culpo de todo cuanto ansiaba
y no tengo. ¡Perdóname, Señor!

Ya no abrazo más fe que los latidos
de ese fuego que mata y resucita.

Tanto alumbra la llama donde muero,
ebria de viscerales sinsentidos,
que no acalla tu voz esto que grita.

Ya no intentes salvarme. Ya no quiero.


Los geranios

Sentada ante esta tumba
veo crecer los geranios.

Cada corola que el aliento despeina
trae ese olor casto
de lluvia recién hecha
conque estrangulo el último suspiro,
por si revolotearan los recuerdos.

Hay muerto con los que aprendemos a vivir
y otros, que, asesinaríamos gustosos.


¡Ay, muertos!

Los geranios son seres frágiles
la mas leve ignorancia los marchita.

Los geranios insistieron tercos
y tejieron su aroma
para colorearte el rostro,
pero mueres
amén
del arcoíris.


Mara y el mar

Mara soñaba con el mar.
Azul
Inmenso.

Ella,
que había nacido
de las aguas de un río,
soñaba,
ávida de salitre,
el bramido infinito
del toro de las olas.

Saturada de limos y nenúfares
fabulaba
desde el susurro de las caracolas
oceánicos parajes donde abandonarse a las gaviotas.
Pero sus manos no tejieron algas
sino grava y masío.

Sus alas
las fueron lastrando los relojes.
Su frente
la surcaron los tantos aguaceros
y el miedo
fue un anclaje en medio de los charcos
por no arriesgar
tormentas y naufragios.

De madrugada,
luego de los quehaceres
los grillos
los cigarros
desandaba sus huella en la orilla
esparciendo su pena
lodo adentro.



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Sahíly Aguilera, Santa Clara, 1972. Estudió Licenciatura en Educación musical en el instituto superior Félix Varela, en Santa Clara. Vive en Estado Unidos desde 1995.

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