Tuesday, July 30, 2019

La sonrisa del Cardenal (por María del Carmen Muzio)


A poquísimos días de su partida nos quedará para casi todos aquellos que lo tratamos o lo escuchamos en sus homilías, o tan solo vieron una foto, el recuerdo de aquella su sonrisa. Fue su mejor arma, con la que derribaba muros, convencía; con la que nos mostraba una futura imagen del Reino de los Cielos.

Esa memoria es la que deseo guardar. Por mi trabajo en la revista Palabra Nueva coincidía con él en las premiaciones a las que nunca faltaba. Luego, ya en el Centro Cultural «Padre Félix Varela», me lo encontraba en el elevador o en las calles aledañas.

Cuando supe que deseaba tener un ejemplar del recién salido Devocionario de la Avellaneda, reimpreso por ediciones Boloña después de más de un siglo sin publicarse, fui a llevarle uno.

Accedió a recibirme y sostuvimos una interesante conversación sobre la poetisa. Surgió entonces el misterio de la pérdida de la corona de oro de la Avellaneda, que le fuera impuesta en su última estancia en La Habana por otra poetisa cubana, Luisa Pérez de Zambrana. Dicha corona, donada por doña Gertrudis a la Virgen de Belén se atesoraba dentro de una vitrina en el antiguo colegio jesuita. Varias anécdotas misteriosas en torno a la pérdida de la corona me ofreció, lo que me hizo exclamar: « ¡Qué buena historia para una novela policiaca!»; me contestó, «No se me había ocurrido, se lo voy a decir a mi amigo Padura». De inmediato le riposté, «No, Eminencia, déjemela a mí que también escribo policiaco». Su sonrisa me confirmó que aprobaría mi proyecto.

La conversación derivó hacia otras joyas eclesiásticas: el pectoral de González Estrada –primer obispo cubano– que se atesora en la caja fuerte del Centro hasta que se logre el Museo –uno de sus sueños incumplidos aún– verdadera joya de filigranas, oro blanco y zafiros, donada por un cubano-americano.

Sobre las de su antecesor el cardenal Arteaga habló con dolor pues fueron subastadas en el extranjero, las que además de ser obras magistrales de orfebrería conservaban el sentido afectivo por pertenecer al primer cardenal que tuvimos.

El tiempo se agotó, tenía que dejarlo para dar clases, pero quedamos en una segunda entrevista para perfilar la novela. No le gustaba mucho la idea, -si era policiaca le argumenté– de que existiera el asesinato de un sacerdote por la búsqueda de la corona.

Después me lo encontré varias veces, siempre con su saludo sonriente de « ¡doctora!» a pesar de que le había aclarado que no lo era; siguió siempre llamándome así. No dejaba de recordarle nuestra entrevista pendiente; a la que me contestaba afirmativamente sin dejar de sonreír.

Inmersa en otras investigaciones, cuando tuve algo de tiempo, había marchado al extranjero. Su inseparable secretario Nelson me advirtió de la imposibilidad de esa segunda entrevista pospuesta por las razones que todos conocemos.

Ahora que descansa en la paz del Señor, me cuestiono si seré capaz de escribir aquella novela fraguada en común.




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María del Carmen Muzio Zarranz (La Habana, 1947). Tiene publicadas las novelas El camafeo negro (1989), Sonata para un espía (1990), La Cuarta Versión (2000) y Dios no te va a entender (2015), así como los ensayos Andrés Quimbisa (2001), María Luisa Milanés: el suicidio de una época (2005) y el libro de cuentos para niñosLos perros van al cielo (2004). Ha merecido varios galardones y reconocimientos entre los que destacan su mención en el Concurso Internacional Relato Policial, Semana Negra, Gijón, España (2002) y la del centro “Juan Marinello” por su ensayo sociocultural sobre la figura de Andrés Petit.

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