Tuesday, July 30, 2019

El Lugareño: periodismo y cultura (por María Antonia Borroto Trujillo)



Cuando leo a El Lugareño no puedo menos que recordar algo que suele repetir un tío mío: hay dos formas de ayudar a una persona en apuros económicos: darle de comer o propiciarle los avíos y las formas de buscar su sustento. La primera solo generaría una solución momentánea, germen, a la postre, de una nefasta dependencia respecto a la mano benefactora, mientras la segunda permitiría el crecimiento personal y la siempre ansiada independencia. Tal es la dialéctica de las Escenas cotidianas, ese impresionante manojo de textos, forma de participación social para su autor y, al mismo tiempo, regocijo para su pluma.

La consideración de estos escritos como periodísticos exige algunas acotaciones. A veces se piensa que para merecer tal calificativo basta haber incluido el texto en una publicación periódica. Invirtamos el orden del enunciado: ciertos textos pueden ser tenidos en cuenta para publicaciones periódicas porque han nacido con una dinámica, en buena medida, periodística. En el caso de El Lugareño sorprende esta suerte de disciplina mental, la cual da continuidad y sentido a las Escenas, posible por su certeza de la importancia de la prensa para el mejoramiento social.

Curioso esto de la disciplina mental: allí ubica el teórico español José Luis Martínez Albertos una de las peculiaridades del trabajo periodístico, peculiaridad que permite calificar a unos determinados textos como periodísticos y a ciertos autores como periodistas. En El Lugareño el asunto ha de ser examinado en un radio aún mayor, cercano al mejor costumbrismo cubano. Mas no nos dejemos confundir por el apelativo de la colección publicada en la Gaceta de Puerto Príncipe, en sus números correspondientes desde el 16 de junio de 1838, cuando vio la luz pública el primero de ellos, hasta el número 26, aparecido el 2 de junio de 1840. Hay mucho de costumbrismo, es cierto, aunque no todo es costumbrismo. Vayamos por partes.

Ya en el siglo XIX la prensa motivaba reflexiones en torno a su utilidad y a su influencia. Para algunos, dígase Alexis de Tocqueville, la prensa es útil por los males que evita; para otros, entre ellos Domingo F. Sarmiento, es lo que el foro en la antigüedad. En su opinión, gracias al diarismo, el genio “tiene por patria al mundo” y sus testigos son la “humanidad civilizada”; Manuel González Prada, a su vez, vio lo paradójico de su misión: única nutrición cerebral “para la multitud que no puede o que no quiere alimentarse con el libro”, pues “donde no logra penetrar el volumen se desliza suavemente la hoja”(1), Otras muchas opiniones podrían ser traídas a colación, las cuales, con nuevas vestiduras, continúan en buena parte de los debates actuales a propósito de los medios de comunicación.

J. Herbert Altschull, en De Milton a Mc Luhan. Las ideas detrás del periodismo estadounidense, un libro iluminador, examina la cercanía de muchas ideologías profesionales de la naciente ocupación con los postulados de los grandes pensadores de la modernidad. Sucede que el periodismo se nos desdibuja y pierde su fisonomía, audaz y controvertida, si es desligado de la modernidad, de las posibilidades brindadas por la celeridad de las transformaciones económicas y sociales gestadas por los nuevos tiempos, dígase la invención de la imprenta, suerte de parteaguas donde muchos sitúan el inicio de la modernidad, el abaratamiento en la producción del papel, el surgimiento del ferrocarril y, andando el siglo, el surgimiento de una red cablegráfica mundial, germen de la siempre expectante sensación de ubicuidad. Pero, al mismo tiempo, la prensa deviene poderoso motor impulsor de la modernización.

El uso del término periodista aplicado a El Lugareño puede despertar ciertas sospechas: no ha de ser asociado su nombre con el surgimiento del periodismo-empresa, momento, por ejemplo, vivido por José Martí en Nueva York, y por Julián del Casal en La Habana. Los procesos percibidos por ambos son la génesis de las asombrosas transformaciones contemporáneas en la escena mediática, dígase las coberturas en tiempo real, la escenificación de los conflictos, las bitácoras personales, la llamada blogosfera y las posibilidades para la interacción entre autores y lectores, por solo citar algunas. Varias páginas suyas, referidas a las problemáticas de la prensa, resultan, por tanto, una suerte de oráculo del cada vez más ambiguo estatus del escritor en la modernidad, del controvertido devenir de una profesión muy moderna -impensable fuera de tal ámbito- e, incluso, de su crisis. Hoy, por ejemplo, se reconoce la existencia de un cambio de era, asentado, querámoslo o no, en las transformaciones de los paradigmas y rutinas profesionales de los periodistas.

Paradigmas y rutinas de la profesión, obviamente, distantes aún de ser norma corriente en la época de El Lugareño; aunque, en aras de retomar la noción misma de la disciplina mental, debemos reconocer en don Gaspar una acendrada vocación estilística, y, sobre todo, una tempranísima comprensión de las demandas y peculiaridades de la escritura para la prensa periódica, lo cual, me atrevo a asegurar, hace sus Escenas… vitales y actuantes aun hoy. El civismo es, acaso, su primera virtud. Estos textos son una suerte de extensión de la labor de mejoramiento social emprendida por su autor: tal parece que, desde su perspectiva, aquella está incompleta sin este sacudimiento llegado desde las páginas de la Gaceta.

La elección del seudónimo establece un vínculo entrañable con la comunidad de lectores. No puedo detenerme en las tremendas implicaciones de ese gesto, aparentemente coqueto, del escritor que, al nombrarse a sí mismo, oculta su apelativo real, ardid siempre lleno de resonancias. Betancourt Cisneros lo sabía, por eso aclara su más ferviente anhelo: “[…] Quiero que al leer El Lugareño entiendan que habla un lugareño.”(2)  Acto seguido vuelve a ser enfático: “[…] he tomado el nombre, el aire y apostura de El Lugareño para que en mí se os antoje el tímido lugareño, el inocente lugareño, que bien podré serlo; pero si acechare la hermosa flor del Camagüey, y sorbiere en su cáliz la rica almíbar, y fabricare un panal, ¿qué daño hay en esto? Coméos [sic.] el panal, buen provecho os haga”(3).

Es frecuente, por tanto, la interpelación al lector, forma de simular esa silente conversación que debe obrar cual sacudida electrizante:
En efecto, lectores míos, la cosa se está poniendo en este mundo tan positiva, que de nada se hará caso como no valga o traiga dinero. Abrid bien los ojos y los oídos, para que mi ESCENA positiva no sea como otras muchas, sermón en desierto, y mi habladora lengua no se lamente de haber hablado con los que tenían ojos y no vieron, oídos y no oyeron. Yo sé que mejor me oiríais si os regalase el oído con el sonoro tintín de los doblones. […](4)
Pero os regalaré con ideas en plata y plata en ideas, que valen más que otras locuras de que solemos atestaros las Gacetas.


Todo ello como preludio para una disertación sobre economía política, pues este articulista sabía muy bien cuanto se traía entre manos:
El pueblo no lee las obras de los economistas ni concurre a las cátedras. La Economía Política es la ciencia que trata de las riquezas de los pueblos: el pueblo debe iniciarse a lo menos en los principios que le sirven de base. El público asiste a las cátedras y aprende en los libros; el pueblo asiste a los talleres y aprende en las Gacetas. El catedrático siembra en un jardín abonado; el escritor de costumbres, en campo virgen, cual oficioso montero que riega semillas útiles en los saos y sabanas para que mejoren los pastos. El profesor aclimatará la canela y el añil; yo multiplicaré la zúrbana y el cañamazo. Aquél sobre las alas de la ciencia derramará su luz sobre la sociedad; yo, mano a mano con las costumbres ciegas, le pondré el pueblo en camino. El uno hablando el idioma de los sabios y yo el del pueblo, nos encontraremos en el punto convenido, la utilidad general a donde deben dirigirse las grandes masas de la sociedad; porque sea dicho sin embozo: sin público ilustrado no hay pueblo feliz, y sin un pueblo sensato no hay público tranquilo.
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¿Qué cosa es moneda? ¡Anjá! ¡Vaya una pregunta tonta!, dirá el muchachito que salía para la plaza, cuando le dieron la Gaceta, a comprar una vela de maíz pelado y un huevo de calabaza. […](5)
He citado el fragmento en toda su extensión, pues introduce dos asuntos fascinantes. El primero, la distinción entre pueblo y público, atribuyendo al segundo no ya una determinada instrucción: se trata más bien de una vocación: gracias a la labor de la prensa, importante elemento entre otros tendentes al progreso cultural, el pueblo devendría, también, público. Maravilla tan temprana noción sobre el asunto: el interés por la educación se extiende a la imprenta, pues ambas forman parte de un coherente deseo de mejoramiento. Mas el asunto era bien complejo: está en juego, además, la supervivencia de las publicaciones.
[…]. La imprenta a duras penas puede sostener dos Gacetas a la semana; los billares prosperan en todos los días del año, patrocinados por el público, […] cualquier hombre ilustrado puede pedirle la Gaceta a su zapatero, y satisface su conciencia con devolvérsela. Los ricos se cuidan poco de los negocios locales, nacionales o extranjeros; los de mediana fortuna harto hacen con juntar dinero para pasar a ricos; los pobres, o no saben leer, o no se llenan la barriga con letras o pensamientos”(6).
Otro aspecto hace suponer una genuina estrategia autoral -¿periodística acaso?-: la elección del léxico. Hablar el idioma del pueblo: una y otra vez el autor nos sorprende con palabras muy propias de esta región, con sabrosos giros y modismos picantes. De zumbón se ha calificado su estilo, esa prosa irreverente y fresca, aunque muy bien pensada y adecuada al fin último de las Escenas. Abramos un nuevo paréntesis: el lenguaje sigue siendo aspecto filoso en los debates en torno a la redacción periodística: quienes lo hemos ejercido podemos dar testimonio de fervientes discusiones entre los defensores a ultranza del congelado molde que es siempre un diccionario y los favorecedores de la utilización de un registro más vivo, que sin ser vulgarizador acerque el texto a la lengua viva. No creo necesario aclarar entre quienes me encuentro.

La imagen de la mujer bien merecería un texto aparte, y tanto como sus ideas sobre la educación del bello sexo, la coquetería de ciertos textos dedicados a este sector del público, y la equiparación de la musa con una mujer voluble y esquiva. Esa queja frecuente en quienes, por obligación -demandas del oficio, según Casal- debemos llenar cuartillas -queja de elevadas cotas en Martí(7)-, ya estaba presente en este hombre, quien había contraído consigo mismo el compromiso de la puntual entrega de sus textos a la prensa:
Hace media hora que te he invocado, Crítica inocente, para que me des el tema de esta ESCENA. ¡Mujer al fin, voluble e ingrata! Tal vez entretenida en el gabinete de algún grave literato, le inspiras el juicio crítico de algún sistema de los muchos que aborta el entendimiento humano en esta época venturosa de emancipación mental; y a mí me dejas, cual montero descarriado en tenebrosa noche sin poder columbrar la vereda que pudiera sacarle a camino conocido(8)
El texto es a propósito de lo no escrito. Juego sutil, en el cual se dice sin decir, acaso uno de los más atrevidos desde el punto de vista formal y también de los más cáusticos respecto a ciertos espacios urbanos y los comportamientos asociados a ellos: un billar, una escribanía, una taberna, el “estrecho y fementido callejón de…”, una mesa de juego, una gallería… Ni siquiera el San Juan puede ser asunto de esta crónica fechada el 23 de junio de 1838: “[...]. Aguardaré que pase toda la feria para decidir si han retrogradado a los tiempos bárbaros, o permanecen fieles a la comunidad de los hijos del siglo, alistados bajo las banderas del progreso. El triunfo de la opinión es el más glorioso de los triunfos y no puede escribirse sin inspiración olímpica”(9). Poner en escena, expresión repetida en varias ocasiones, significa, amén del mero hecho de escribir sobre algo, la certeza de la alta referencialidad de lo expuesto respeto a la realidad. Solo así siente el autor protegida la verdad, su pretensión más alta:
La verdad es una, es universal, es hija de Dios, como Él es espiritual, eterna, indestructible. No puede ocultarse; más fácil sería echarle un techo a la tierra para evitar que la fecundasen los rayos del sol. La verdad ha de resplandecer, ha de triunfar, ha de producir la justicia, la utilidad, la razón universal. […]. Ocultar la verdad es obstruir los medios de Dios para perfeccionar la inteligencia humana. Esto es impío a la par que insensato, porque la verdad ha de aparecer en despecho del hombre. Estoy resuelto: diré la verdad; sostendré los principios; atacaré las costumbres y respetaré a los hombres. [...].(10).
Esta profesión de fe lo acerca a una de las primeras consideraciones esgrimidas, fundamentalmente en Estados Unidos, a propósito de la labor periodística y su defensa de la verdad, supuesto que andando el tiempo conduciría al mito de la objetividad periodística y a la hipotética anulación de la distancia entre la noticia y el hecho referido, seguridad, para los lectores, de que no se les ha pasado gato por liebre.

En otro texto vuelve El Lugareño a decir sin decir. La lógica impaciencia por obras de lento avance marca un párrafo entrecortado, donde pueden ser supuestos los gestos del dicharachero autor, y algo aún más trascendental, la complicidad con sus destinatarios: “[...]. Otro proyecto adelanta mucho, la Plaza de Recreo. Ya se están cavando los cimientos, parte de los materiales están acopiados, las verjas listas; pero… pero…. ¡eh!... ¡ah!... ¡oh!... pues… se me atora… el patriotismo… Sí… la civilización… ya… nada… atorado se queda y no me lo sacan ni con garabato”(11). Este párrafo participa, probablemente, de un inteligente juego, sino con la censura, al menos con las conveniencias, las cuales, consensuadas y asumidas, a veces como una suerte de segunda piel, hacen factible -o no- la elección de ciertos tópicos. La censura y sus mecanismos, digamos de pasada, no bastan para la comprensión de un tema tan álgido como la agenda de los medios, término actual, aparente despropósito referido a la prensa del siglo XIX. Alejémonos, sin embargo, de la ingenuidad de creer que aunque no fuera enfocado así el asunto, los periódicos no tenían bien claras sus agendas. El texto de El Lugareño -he ahí su ganancia mayor- subvierte y usa a su favor cualquier restricción, estrategia empleada una y otra vez por muchos de nuestros articulistas frente a los una y otra vez adormilados censores.

Las Escenas… deben obrar en el cuerpo social cual los cáusticos en el humano. Así se refiere a ellas su autor, quien de rato en rato pasa revista a lo escrito no con el ánimo de solazarse con sus hallazgos formales: busca la comprobación de lo hecho en la ciudad como resultado de la labor aleccionadora de la prensa, pues “[…]. Si un pueblo abusa de la imprenta es loco; si no usa de ella, el médico dirá lo que es”(12).

Esta última oración, junto a otras expresiones ya vistas y la concepción misma de las Escenas…, permite apreciar en Gaspar Betancourt Cisneros un pensamiento profundo a propósito de la prensa, vista hasta ahora como aliada. Mas no nos engañemos: este precavido ciudadano supo lo nefasto del exceso. ¿Qué sería abusar de la imprenta? Tal vez la clave radique en algo de lo ya visto, en esa profesión de fe, esa combinación ejemplar nacida de decir la verdad, sostener los principios, atacar las costumbres y, sobre todo, respetar a los hombres; combinación todavía deseable y posible para el periodismo contemporáneo, tan desquiciado en sus paradigmas éticos y estéticos.







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  1. “Nuestro periodismo”, en Horas de lucha. Callao. Tip. Lux, 1924, p.133 apud. Julio Ramos: Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX. Caracas. Fundación Editorial El perro y la rana, 2009, p.193.
  2. Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño: Escenas cotidianas, La Habana. Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, 1950, p.225.
  3. Ibíd., p. 226.
  4. Ibíd., p. 119.
  5. Ibíd., pp. 120-121.
  6. Ibíd., pp. 89-90.
  7. “El escritor diario no puede pretender ser sublime. [...] Para el que no es dueño de sí, y no puede esperar la hora, ha de aprovecharla, si le sorprende, pero no ha de forzarla. - Que la inspiración es dama, que huye de quien la busca; el escritor diario, que puede ser sublime a las veces, ha de contentarse con ser agradable” José Martí Pérez: “Cuadernos de apuntes 9” en Obras completas, La Habana. Editorial de Ciencias Sociales, 1975, vol.21, p.254.
  8. Ibíd., p. 39.
  9. Ibíd., p.41.
  10. Ibíd., p. 111.
  11. Ibíd., 111. El proyecto en ejecución contenía elementos de una propuesta presentada por el Lugareño ( V. Marcos Tamames en De la Plaza de Armas al parque Agramonte. Iconografía, símbolos y significados, Camagüey, Ed. Ácana, 2003). Nótese, en el párrafo citado, la distancia respecto a este particular que establece el autor. Si bien el proyecto no es exactamente el suyo, prima en su forma de asumir el asunto el deseo de examinar las transformaciones en la ciudad en virtud de su utilidad y no por las implicaciones personales en su ejecución, suerte de desdoblamiento que entraña, según me aventuro a asegurar, una particular vocación ya, en buena medida, periodística.
  12. Ibíd., p. 109.



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María Antonia Borroto Trujillo: Periodista. Dra. en Ciencias de la Comunicación. Autora de los libros La novia de MartíLectura en dos orillasImagen múltiple de la ciudad: tres cronistas miran La HabanaPalpitación de lo diario: un costumbrista llamado José Martí, Páginas volanderas, El escritor y la bibliotecaria y Julián del Casal: modernidad y periodismo (Mención Casa de las Américas en 2014.  Editorial Oriente, 2016).
Actualmente se desempeña como profesora en la Universidad de las Artes, ISA, filial Camagüey.

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