Monday, July 29, 2019

María Eugenia Caseiro, alta hechura para altos asuntos (por Manuel Vázquez Portal)


María Eugenia Caseiro es una poetisa de poderosa voz y temas trascendentes. No hay en toda su obra un verso gratuito. La facturación es de impecable orfebrería. Lo objetos poéticos no se andan con nimiedades. Alta hechura para altos asuntos. Los más hondos dilemas humanos son abordados con espontaneidad y minuciosa magistralidad. El respaldo filosófico a sus indagaciones le llega desde una sedimentación cultural y humanística conseguida por la consagración al estudio.

Nada en ella es aleatorio. Hay una meditación serena en cada poema. No da espacio a improvisaciones baladíes. En ella se unen un delicado estro poético y una información literaria que viene desde los orígenes. De ahí su elevación y gracia. No se puede ser Mallarmé con manquedades filológicas, “Leí todos los libros y es, ¡ay!, la carne triste”, ella lo sabe. Por ello cada uno de sus textos está respaldado por siglos de sabiduría.

En la poesía cubana son escasas las voces de este tono mayor. Tono que se sustenta en el dominio de los problemas filosóficos aun sin respuesta pero que cada poeta auténtico ha tratado a través de su prisma personal por los siglos de los siglos. Desde la incertidumbre existencial, la prohibición al ojo humano para ver en lo inextricable, hasta el eterno retorno circulan por los versos de María Eugenia Caseiro con naturalidad. Se enrola ella en la tradición primigenia del poeta: indagar, profetizar, dejar constancia desde una visión muy individual “del justo tiempo humano”.

Si la poética cubana ha padecido en las últimas seis décadas de una abrumadora y voraz invasión de superficialidades e intrascendencias, salvo algunas voces que patentan lo contrario, María Eugenia Caseiro ha plantado su bandera precisamente en esa zona donde la poesía deja de ser cetrería de moda, ya política ya comercial, para convertirse en averiguación ontológica y herencia no solo estética sino ética. Su cosmología personal no se conforma con el provisionalísimo del éxito transitorio y banal sino que intenta seguir discurriendo más allá de la otra orilla –otra orilla (Hades) que ella misma niega- del tránsito humano.
Era en el preludio de lo desconocido
la bruma sediciosa en un fanal,
la torva encrucijada de los días,
insecto anónimo empujado al erial de la existencia.

No es la lámpara lo que busca María Eugenia Caseiro sino la luz. Conoce que la lámpara, como todo artificio, puede ser controlada, apagada o encendida caprichosamente para falsas lisonjas o malévolos castigos. La lámpara es lo falaz, la lentejuela, lo exterior, lo poseible, y la indagación de la poetisa sobrepasa esos lindes. Su viaje no es turístico sino vital. No va diseñando postales coloridas, sino pirograbando en carne propia las muescas del peregrinaje. La permutación de lo desértico por lo infértil y la sucesividad de ambos paisajes del transcurrir al que se ve como existir, es para ella lo poemisable. No edulcora pero tampoco aterra, simplemente traduce lo que le dicta el universo y aquellas voces que antes de ella fueron. De Dantes Alighieri a Thomas. S. Eliot, de Julián del Casal a Eliseo Diego le tienden un finísimo hilo conductor que la emparenta con la templanza para palpar y plasmar sin aspavientos ni asombros lo que es dado para vislumbrar más que para conocer.
 apaga el horizonte
antes de zarpar /
  escúrrete la sombra
sin que una sola gota
permanezca /
avista los aros y los cantos
crea en mí
como en ti creo
el fantasma /
Adentrarse en la poesía de María Eugenia Caseiro es arriesgarse a una travesía en que todos los trasgos de sus vivencias particulares pueden convertirse en fantasmas propios. La universalidad en ella es una condición intrínseca de su poética y lo que la afecta nos afecta a todos. Comprendió a cabalidad que la voz del poeta es una voz que si no se torna múltiple deja de ser universo compartible, y su hermenéutica inútil, porque los signos serían incomprensibles para los demás.

El signo verdadero, como hecho heurístico en sí, trae una acumulación del todo múltiple en función de lo particular –o lo que podría llamarse convención semántica al nombrar las cosas- y es por esa vía que la poetisa se comunica. La complicidad que se establece entre emisor y recipiente parte precisamente de la comunidad de sucesos vivenciales que los afecta a ambos y que es al poeta a quien corresponde componer.

El ser humano solo entiende bien aquello que le ha ocurrido alguna vez, y si el poeta lo trata con autenticidad se torna voz de todos. El factor que más común hace al ser humano es su creencia de que es excepcional, y es ello lo primero que descubre el poeta, que su excepcionalidad radica precisamente en abordar aquello que le es común a todos. Por eso el verso que nos conmueve, y parece una experiencia propia, única de nosotros mismo, es el verso que hace del poeta un ente cercano y querible.

María Eugenia Caseiro es de esa estirpe. Una poetisa que es su voz, y voz de todos. Lo que ella propone en sus versos es la existencia sin lujos pero también sin harapos. No es la apariencialidad lo que impulsa su discurso poético. Es la sustancialidad del irse y del devenir. Un juego que la transforma en historia y profecía a la vez.

Como un elemento puramente epistemológico los teóricos dan en dividir a los poetas en grupos con características similares, voces parecidas, elaboración semejante, cosmovisión paralela. Los encasillan o subdividen por coincidencias epocales o intereses mutuos. Por lo que María Eugenia Caseiro, nacida en La Habana, Cuba, 1954, debía pertenecer a algunos de los tantos grupos generacionales de su tiempo. Formar parte de algunos de los “ismos” con nombres de tertulias entre folclóricas y tendenciosas. Pero su poética traspone todas esas estrecheces y la sitúa entre los poetas de gran calado. Es una solitaria contumaz ubicada en el estrado particular de los que van “de su corazón a sus asuntos” sin presiones grupales que podrían haber desviado su sello personal.

El sosegado sesgo nihilista que palpita en la resonancia vivencial de María Eugenia Caseiro no resulta actitud pesimista sino equilibrio entre lo heredado y su experiencia personal. Entre la búsqueda y lo hallado, entre lo real y lo ideal. No es la crudeza de la supuesta verdad ni la hipocresía de la ensoñación lo que atrae en su poética. Sin relativismos absurdos ni apotegmas efectistas, va al detalle raigal. Es el balance que establece entre lo factual y las aspiraciones. Es su posición centrada y estable lo que la define.
   aunque de alguna forma
hemos tropezado
la ruta en un instante /
   aunque de alguna forma
nos hemos convidado
a trasponer /
   sin una vaga estancia
ni guarnecedor respiro
ni otro anhelo
mas que sabernos perdidos /
una franja del tiempo /
   viajemos pues
viajemos el solo de este canto
abandonados al vaivén
de la barca
Tiene conciencia de la levedad de la ruta y del ser. Invita al vaivén de la barca como se invita al goce del instante porque sabe que “el rio que ve, es y está dejando de ser simultáneamente”. Se reconoce, nos reconoce, como viajeros ciegos, sin otro destino que recorrer, sin más alternativas que fluir. Se ve, nos ve, como hijos de un tránsito que no sabemos explicar, pero que no nos cansamos de indagar.

Todo ello es la María Eugenia Caseiro desde la conceptualidad, desde su cosmovisión poética, porque desde el punto de vista formal, nos topamos con una poetisa sabedora de todos los artilugios del buen quehacer poético. Extraordinario sentido del ritmo. Dominio pleno del andamiaje metafórico en el que lo tropológico se pone en función del qué decir. Mesura sin igual para desgajar lo superfluo, lo cosmético, lo inconsistente. Contención luminosa para el matiz, el giro exacto, el significado preciso. Su lenguaje no es una acumulación de léxico rebuscado y ostentoso, semasiológicamente diríase lo contrario, es la búsqueda de lo sencillo pero sin licencia para la simplicidad. Es el mucho saber estacionado en el bruñido y magro vaso. No pretende deslumbrar por la prosapia sino por la síntesis. Es lo grandioso poetizado sin grandilocuencias.

Y como siempre, aquí los poemas de María Eugenia Caseiro para culparme o exonerarme por mis deslices y torpezas.


XIV
(Del libro Sin Caronte en la barca)


   érase una barca lunar
era la luna misma
impulsada por terribles invenciones
atravesando la espesura en una incógnita/
érase en tal barca
navegando al abandono /
la noche inacabable sin color
febril quebrantamiento de las vueltas
en curiosa voluntad/
   érase una barca
como la obstinación
entregándose al periplo del enigma
érase el espejo ante el que sigue
de largo la clemencia
como quien viste inequívoco desnudo
en el desierto
   y se resiste
a atravesar acápites dispersos
en nada tan total e irreversible/
   érase de sombras
como lo irremediable
estela de brazadas horadando la
         renunciación


(Del libro El rapto de Palissy)

"Vieja es la hora en que nadie
responde y todo se congela como gota de rosa.”
Lorenzo García Vega


Cuando conocí a Palissy, era su barba un leviatán sagrado al amparo del vapor, mi cuerpo lunar era de espacios, una calcomanía borrosa como el túnel callado de la espera que ha rebasado el humo. Palissy era un mago que bruñía las ajorcas de plata en las orejas de las tazas, mientras izaba el humo con sabia aplicación el trapo en la chalana del café. Abuela se trocaba en una esencia dócil que apostaba inflexible al culto de la siesta. Hermágoras oteaba el códice sagrado que del vapor brotaba en un soplo mesmérico agrupándose a ratos en escala de grises sobre el color mutable de las salamandras. Mi padre se esmeraba en abrillantar cucharas, luego esgrimía aquel lustre al sopesar la tarde derramándose en los cuadros, en la mirada fija de nuestros precursores sobre mi silueta niña que hilvanaba el pasillo hacia la mecedora. Sombra chinesca mi padre agigantándose, armaba en la pared su maqueta inasible como el sueño mismísimo encerrado en otro sueño que escapa del sopor de la ventana con rosetón dorado. Y el índice de Hermágoras también se maduraba; doblábase en el aire con su fórmula gris, transmutaba en silencio entre torres de signos, en cúpulas de tizne formando abecedarios, en las cósmicas lámparas de números torciéndose, salidos del delirio que exhalaba la maqueta de mi padre en la pared. Palissy bruñía sin que nadie lo viera, otra sombra sinuosa en pos del humo hilvanando mis pasos hacia la mecedora.


(Del libro Galeato por un suicida)

Ni la letra muerta de la carta
A Marta Vignier

“A la trágica intemperie de su muerte
no asiste ni ella misma.”
Eliseo Diego


Lograba subsistir
apresando esferas y andamiajes
en el agujero de la cábala
para armarse de nuevo
sin recuerdos ni olvidos.
Era la eternidad quien desahuciaba
fábulas y ahogaba paradigmas
en la furnia del Vedado
descosiéndose a instantes
aquel tajo que anunciaba el amuleto.
Merecía conservar
a la intemperie del derrumbe
un aderezo de esmeraldas,
pero no quedaron ni así añicos
agitando el polvo de la ciudad sin gloria
al mediodía abriéndose en tajadas.
Lo atado era capaz de desatar
el desplome al vacío enredándose en sus dedos.
Su única manera de existir
“Y no ser ni la sed ni la huida
ni el pétalo, ni la letra muerta de la carta”
ya no es ni el soplo maldito del destino
borrándola.


Viaje elemental
(Del libro Pentagonías)


"El viaje más largo
comienza con el primer paso"
Proverbio chino


Era en el preludio de lo desconocido
la bruma sediciosa en un fanal,
la torva encrucijada de los días,
insecto anónimo empujado al erial de la existencia.
Llenos estaban de aquel calor tranquilo
los estadios benignos de un caos indulgente,
parabólicas cuestas dotadas de silencio
cuya curva en el tiempo antecede al acaso,
pronostica los rumbos y nuclea pepitas
como panes cociéndose.

Transcurrían sin tiempo los días de mi pan,
ese pan almizclado de atemporalidad
sin indicios de adeudos
como eterna largura de la nada
que dejó en entrecruces el amor primitivo
peldaño que con pasión fabrica
un complejo engranaje con su carga.

Cuando salí rodando como avatar sin nombre
arrastrada en la corriente de sus vueltas,
ni pez, ni ave, ni cuadrúpedo herbívoro;
ni sombra del saber, ni límite en la nada.
Era la sorpresa un ente imaginario
en el ir y venir de la inconsciencia.

Luego fui en sus adentros la sangre con abrigo
de domésticas voces como una extraña música,
un puente sin atajos hasta el alumbramiento.
Y fue aquel primer encuentro con la vida
avezado juego a ciegas con la muerte,
la tibia pasarela de un fantasma
con sus ojos curiosos asestando el latido
en la tierna semilla de la suerte.

Como fruto del camino andado
no saberse asunto en los impulsos de la génesis,
la tierra, el mar, el fuego, el aire... todo
aquel torbellino de prolongaciones y apéndices.

Una sola ruta primaria e insondable
bastó para plantar el árbol con mi nombre,
los nombres además de los arcanos
que habrían de anticiparse a mi destierro.

Las nadas que siguieron, pavorosas y ciertas,
no partieron del caos con su curva insondable.
Soy parte del acaso historia de mí misma.





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María Eugenia Caseiro. La Habana, Cuba, 1954. Poeta y narradora. Graduada de la Facultad de Lenguas Extranjeras, idioma inglés, en su país natal con un postgrado en Conversación y Traducción. Es Miembro de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe, Unión Hispanoamericana de Escritores, Asociación Caribeña de de Estudios del Caribe, Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba-USA, Miembro Colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Integra la Muestra Permanente de Poesía Siglo XXI de la Asociación Prometeo y el Consejo Editorial de La Peregrina Magazín y de la revista Arjé. Colabora con la Asociación Canadiense de Hispanistas. Fundó en Miami a finales de los 90s, el grupo literario interactivo Los Búhos y Las Lechuzas, que dirigió hasta el 2005. Ha publicado una veintena de libros y además de integrar incontables antologías poéticas alrededor del mundo, sus textos han sido traducidos a diversas lenguas e idiomas, entre las que se encuentran, japonés, euskera, catalán, alemán y árabe.

Ha recibido los premios: “The Diamon Homer Trophy”, International Library of Poetry” (Hollywood, California, 1998); Premio “Publication La Porte des Poetes” (París, Francia, 2005); Primer Premio Narrativa Artesanías Literarias (Israel, 2007); Orden José María Heredia (California, USA, 2007); Editor’s Choice Award, 2005, 2007 y 2008, The International Library of Poetry (Hollywood, California); Primer Premio Poesía, Carta Lírica (Miami, 2011); Premio Publicación Poetas y Pintores de la Callecita de los Tilos (compartido), Linden Lane Press, 2012, entre otros.

Ha publicado, entre muchos: Pedazos de paisaje, versión original en español, La luna del perito, Alicante, España 2005 y, en versión bilingüe (español y rumano), Literra, Rumania 2005; No soy yo, Poemápolis, Bilbao, España 2008; Nueve cuentos para recrear el café, en versión bilingüe (español y francés), Editions Equi-Librio, Lyon, Francia 2009; ESCAPARATE, el caos ordenado del poeta, Editorial Glorieta, Miami, USA 2011; Arreciados por el éxodo, ICE, Miami, USA 2013; A Contraluz, ICE, Miami, USA, 2016; Antecedentes y Morfología de la Fobia, Editorial Exodus, Cataluña 2016; Arreciados por el éxodo, (edición especial), Imagine Clouds Edition, Miami, USA 2017.







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