Saturday, January 12, 2019

Cabos, Sargentos y demás (por Víctor Mozo)


Días calurosos fueron los de aquel verano de 1966 que parecía nunca acabarse. Las invocaciones del 15 implorando el viento del ventilador de los pobres surtían poco efecto y si un día llovía era de paso una maldición. Por un lado refrescaba un poco, por el otro terminábamos regresando al campamento como pollos mojados, mientras que los sargentos y cabos tenían hules para protegerse. El fango rojo se pegaba a las botas y por mucho que tratábamos de limpiarlas se acumulaba poco a poco dentro de la barraca. Para más desgracia tuvimos en varias ocasiones que ponernos la misma ropa mojada después de intentar lavarnos un poco y al día siguiente ponérnosla de nuevo porque no había otra. Teníamos un aspecto miserable. No fueron pocas las veces que la bomba se rompía y no teníamos agua para bañarnos. Para la mayor parte de la oficialidad que no pudiéramos ni siquiera lavarnos un poco, formaba parte del plan para rebajarnos, vejarnos Era otra manera de quitarnos nuestra dignidad. El sargento Vicente era el primero en gritar que apestábamos cada vez que entraba en la barraca. Nosotros, ni el mal olor sentíamos.

Aparte del mencionado sargento sin grados Vicente Nodarse Pérez, e insisto en lo de sin grados porque nunca supimos de dónde habían salido. No eran reclutas, ni tampoco, por la corta edad, apenas mayores que yo, podían haber combatido en el ejército rebelde. Podrían haber salido de lo que en un tiempo se llamó la Asociación de Jóvenes Rebeldes, también conocida por AJR, que fueron los primeros jóvenes que se dejaron embarcar por la euforia de los primeros años y terminaron sirviendo para lo que fuera. En su gran mayoría iletrados o apenas alfabetizados, con tal de ganar unos pesos podían convertirse fácilmente en verdugos en nombre de una revolución que ni ellos mismos sabían qué era.

En el pelotón dos mandaba el sargento sin grados Rafael Martel. Alto, flaco, más bien desgarbado y de pocas palabras. Contrariamente a Nodarse, siempre vestía el uniforme verde oliva. Taimado, tenía la típica mirada del animal que acecha la presa.

El sargento Rodríguez, en el pelotón tres, era el más odiado por todos nosotros. Independientemente de hacernos marchar luego de regresar del trabajo muertos de cansancio y de sus interminables “patria o muere” con su “venceremos” como gran premio al final para ganarnos el derecho a dormir, tenía mala fama en su pelotón porque lo hacía trabajar entrada la noche. El sargento Rodríguez gozaba con hacernos levantar a la carrera a media madrugada para formarnos y ponernos a marchar pretextando que había que estar listos para hacerle frente al enemigo, al imperialismo, a los yanquis. El jueguito podía prolongarse varias veces por semana. Y nada, todos aguantábamos sin chistar, como si aquello fuera pan cotidiano.

Para apoyar el dicho de que no hay peor cuña que la del mismo palo, venían luego los cabos UMAP que eran salidos del primer llamado. Había de todo. A veces, mientras más instrucción tenían eran peores, como el cabo Delgado Deillá quien se las daba de Napoleón tropical con sus voces de mando, su actitud rígida y sus lecturas insípidas del código penal militar que nos sirvió durante varias noches. Había que oírlo, era verdaderamente patético. Un joven, católico incluso, que debía estar allí por la misma causa que muchos de nosotros, se prestaba al juego de los militares que nos maltrataban. Él no era el único, el cabo Braulio, de mi pelotón, era otro que trataba de amigarse contigo para luego chivatearte a la primera oportunidad. El cabo Roberto, del pelotón dos, era un infeliz del que todos los cabos se burlaban. Siempre me pregunté qué hacía allí un muchacho como él al que le faltaba prácticamente la visión de uno de sus ojos. Homo hominis lupus, el hombre es lobo para los hombres.

Al teniente jefe de compañía, Puro Ester Medina Cruz, lo único que le interesaba era su salario y darse sus paseos en un penco que le habían dado para sus inspecciones. Nunca venía a las barracas y solo lo vi salirse de las casillas con Muecke, el testigo de Jehová, a quien además de haberle dado un bofetón lo amenazó con su pistola disparando definitivamente al aire. En otra compañía, Muecke habría probablemente dejado el pellejo. Por suerte, la nuestra no era la peor. En otras se cometían horrores. Ya nos habían llegado comentarios de que en la compañía número cuatro un teniente había matado a un confinado. El segundo al mando, ya mencionado, se ocupaba de comer y de hacer ejercicios. El resto poco lo importaba.

Al mes de estar allí llegaron los llamados políticos, quienes supuestamente tenían la tarea de hacernos entrar en el redil revolucionario. Eran dos, uno flaco, con un águila tatuada en uno de sus brazos, con cara de delincuente, el otro, un negro de constitución fuerte salido de la Sierra Maestra llamado Segundo. Este último, excombatiente de la Sierra, fue una de las almas más nobles que me fue dada a conocer.


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