Wednesday, August 8, 2018

El cuarto de al lado, donde el vibrador es el pretexto (por Baltasar Santiago Martín)



El domingo 5 de agosto de 2018, fresco aún el buen sabor de boca que me dejó En ningún lugar del mundo, la obra de teatro de Abel González Melo, dirigida por Mario Ernesto Sánchez, asistí al Miami Dade County Auditorium para ver El cuarto de al lado o una historia sobre el vibrador, original de Sarah Ruhl, con la mano maestra de Larry Villanueva en la dirección, para ARCA Images.

Confieso que fui un poco predispuesto a verla debido al tema “tan poco serio” –más bien “relajiento”, pensé–, y que cuando concluyó el primer acto, todavía seguía algo perplejo, pero, según fue desarrollándose el segundo, la pieza me empezó a cautivar. 


Primero, por lo bien construidos –y dirigidos– que están todos los personajes –cada quien dentro de su clase social y de su conflicto personal–, y porque entendí que el vibrador es solo el pretexto para abordar temas mucho más relevantes y profundos, que, aunque la obra se desarrolla a finales del siglo XIX, todavía siguen siendo asignaturas pendientes para muchas parejas y personas desparejadas, como por ejemplo, la autosatisfacción sexual – el onanismo– y la dicotomía amor/sexo.

En cuanto a la obra en sí, “gugulié” a la autora para entender mejor sus circunstancias personales y las motivaciones que la llevaron a llevar al teatro un tema tan poco convencional y “atrevido”, y encontré lo siguiente:
En esos escasos minutos de silencio en los que su hija de tres años y sus mellizos recién nacidos dormían la siesta, Sarah Ruhl escribió En el cuarto de al lado (In the Next Room, or the vibrator play), la pieza que fue nominada al Pulitzer, primero, y al Tony luego, como la mejor obra de 2010. Ruhl se inspiró en el libro La tecnología del orgasmo, sobre la observación que llevó a cabo un físico en el siglo XIX, quien aseguraba que tres cuartos de las mujeres que trataba podían curarse a través de la utilización del vibrador. Luego comenzó una extensa investigación y el resultado fue esta comedia que está recorriendo el mundo.
Especulo que Sarah, abrumada por su labor de madre de tres niños pequeños, tenía su vida sexual totalmente descuidada, tanto por ella misma como por su pareja, lo que la debe haber llevado a un autoanálisis, extensivo también a todas esas mujeres que, como ella, son madres y esposas a jornada completa, sin tiempo para el sexo, aunque su pareja las ame (sí, tal y como hay sexo sin amor, desgraciadamente también existe el amor sin sexo, por el estrés y el desgaste de la líbido por la costumbre y la vida rutinaria cotidiana).

Sigo con Google:
Ambientada en Connecticut, a finales del siglo XIX (1880), En el cuarto de al lado está anclada en una sociedad víctima de una gran represión, pero también en un momento de inmensos cambios, en los que la ciencia se arrodilla ante Thomas Alva Edison, el inventor de la electricidad (la corriente directa, para ser exactos, porque la alterna la inventó Nicolás Tesla). A partir de esta tecnología revolucionaria, la vida de sus contemporáneos cambió de modo radical. El vibrador fue inventado entonces, no como modo de lograr el placer femenino, sino como un dispositivo eficaz para tratar la histeria en las mujeres. Freud y sus teorías sacudían la medicina y nuevas palabras comenzaban a pronunciarse en la sociedad.

Un médico británico llamado Joseph Mortimer Granville, cansado de masajear a sus pacientes manualmente, patentó en 1870 el primer vibrador electro-mecánico con forma fálica. Su invento, aunque poco higiénico y de un tamaño evidentemente desproporcionado, fue todo un éxito ya que lograba “aliviar” a sus pacientes “enfermas” en menos de diez minutos. (fin del “guguleo”).
Como es de mal gusto contar el argumento de una obra todavia en cartelera, pasaré a comentar solamente la puesta de Arca Images, bajo la producción general de Alexa Kuve, y la rigurosa y muy cuidada dirección de Larry Villanueva.

Lo primero que salta a la vista es la exquisita escenografía y vestuario de Jorge Noa y Pedro Balmaseda (que cuando en Hollywood se enteren de su existencia, los perderemos para el teatro miamense); luego, mientras la obra transcurre sin aburrirnos, el diseño de luces del experimentado Carlos Repilado (no olvidemos que la luz eléctrica es casi un personaje de la obra), y los temas operáticos que conforman la bien escogida banda sonora, para acentuar algunos momentos claves de determinados personajes.

Y ya en el terreno de las actuaciones, comenzaré por la “Annie” de Ana Sobero, porque la de ella es un muy buen ejemplo de que no hay papeles pequeños cuando la actriz y el actor son grandes.

Ana logra tal apropiación del personaje, que hasta con sus silencios comunica el drama que vive debido a la seducción –correspondida, por cierto– de que es objeto (¿por parte de quién?: ¡vayan a ver la obra!). Precisa, sobria y segura, la “Annie” de Anna Sobero sigue impresa en mi retina tres días después de haber visto la obra.

Juan David Ferrer –“nuestro Liam Neeson cubano y miamense”– es otro excelente ejemplo de que no hay papel pequeño cuando hay talento de sobra. Como el señor Daldry, Juan David da una clase magistral de actuación pese a lo secundario de su papel, pues tal parece que una máquina del tiempo lo transportó al Connecticut de 1880, por su empaque, su aparente contención “victoriana”, y su intempestivo beso a… (¡a comprar el boleto!).

A su vez, Yani Martín, en la misma zaga de Anna y de Juan David, hace un personaje completamente diferente de los que le hemos visto anteriormente. Su “nodriza Elizabeth” marca distancia todo el tiempo de los señores de la casa, presa de las diferencias de clase imperantes en la época, y su tristeza y sequedad son las adecuadas para una madre que ha visto morir a su pequeño. Su parlamento sobre lo que piensa mientras amamanta a la niña fue a mi juicio uno de los momentos más emotivos de la pieza.

El “Leo” de Héctor Medina, además de ser un espectáculo sumamente agradable a la vista (¡qué tipo más bello, coño!), fue una bocanada de aire fresco en la enrarecida atmósfera de la consulta. Artista al fin, su personaje reivindica al hombre sensible, deprimido por la pérdida de un amor, que también puede experimentar otra variante de su sexualidad sin dejar de sentirse atraído por una mujer. Héctor lo bordó, lo atrapó, y lo poseyó.

Reina Ivis Canosa, como la señora Daldry –esa mujer histérica por excelencia para la que se inventó el vibrador–, transitó de un modo muy convincente del retraimiento y la sicosis, a la euforia y al atrevimiento; una evolución que tuvo su clímax en el autodescubrimiento de su atracción por… (la obra se repone cuatro días más; ver la cartelera teatral).

Como habrán podido darse cuenta, he ido de atrás para alante: de los personajes secundarios a los protagónicos.

La actriz Jennifer Rodríguez, como la señora Givings, tuvo bajo su piel al personaje que considero el alter ego de la autora de la obra, por su reciente maternidad y la imposibilidad de amamantar a su hija, que la hacen una especie de neurótica parlanchina e insatisfecha, que Jennifer interpretó con suma credibilidad (no me consta que Sarah tuviera que contratar a una nodriza, aunque los mellizos sí la deben haber vuelto loca).


Y por último, le tocó al multifacético actor Ariel Texidó encarnar al doctor Givings, “ese médico con ínfulas de científico loco que idea un armatoste eléctrico parecido al torno de un dentista, cuya extremidad vibratoria es aplicada en la entrepierna de sus pacientes para tratarlas contra un mal de la época: la histeria”; un personaje totalmente opuesto a la personalidad de Ariel, de ahí el gran reto de actuarlo, pues debe ser frío, distante y poco cariñoso; más bien distraído y ajeno a las necesidades afectivas y sexuales de su esposa. Y es que Catherine, su esposa, padece los mismos síntomas que sus pacientes, y él no lo ve o prefiere no verlo.

Ariel, no obstante, lo humaniza, y a mi modo de ver, lo universaliza y lo hace creíble hasta para nuestra época, en que tanto estrés y el ritmo vertiginoso de la vida atentan contra la necesaria comunicación y satisfacción de los amantes.

Alta comedia, bien actuada y mejor dirigida, arropada además por una escenografía, vestuario e iluminación de lujo, esta puesta miamense de En el cuarto de al lado no cae en la vulgaridad ni en el facilismo, sino que, ligera y profunda a la vez, enfoca sus reflectores sobre la vida conyugal y el placer sexual, que ahora, como antaño, hace mucha falta “para vivir” (si pensaron en la hermosa y genial canción de Pablo Milanés, yo también).


Hialeah, 7 de agosto de 2018


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