Sunday, August 26, 2018

Dieciséis años (por Víctor Mozo)

Víctor Mozo recibe la visitas de sus padres.
Un domingo del año 1966.
Campamento Méjico, 
en la zona de Sola, Camagüey
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¿Qué son dieciséis años? Edad me digo en que quizás, como suele decirse, creemos o nos vemos ya hombres hechos y derechos. A fin de cuenta a esa edad en la que se nos llama adolescentes, seguimos siendo niños con mamá y papá a cuestas por mucho que lo neguemos. Dieciséis años acaba de cumplir mi nieto, en él pienso al escribir estas cuartillas acerca de un pasado que no fue el mejor pero que siempre dejó su enseñanza.

Así, siendo un niño de dieciséis años, comencé mi vida de esclavo, sí, de esclavo en pleno siglo XX. Y como yo hubo muchos, con la excepción debo añadir, de que había viejos que también comenzaban a ser esclavos al mismo tiempo que yo. A los dieciséis años, alguien con 30, 40 o más se mira como un viejo, ¿verdad?.

Eufemísticamente nos llamaban reclutas, pero éramos esclavos. Allá en el Camagüey que me había visto nacer, nacían también en 1965 barracones para los nuevos esclavos. Mano de obra barata para trabajar en labores agrícolas, como la limpia y el corte la caña de azúcar.

La idea nacía según dicen, allá en Bulgaria donde Raúl Castro luego de un viaje se había impregnado de la forma en que habría que domesticar a los recalcitrantes, o sea, creyentes en Dios, entre otros, bajo todas sus formas, ya que Cuba devenía sobre todo en los años 60 “sin César, ni burgués, ni Dios” como dice la estrofa de cierto himno proletario.

Añada pues Católicos, Adventistas, Episcopales, Testigos de Jehová. Pero no solo eran los creyentes quienes conformaban la dotación. También, homosexuales, a los cuales había que volver machos a toda costa, rateros que había que encarrilar por el buen camino, vagos de cuantos tipos puedan existir y, sobre todo, aquellos que no comulgaban con el régimen, aquellos que, de una forma u otra, ya fuera por su manera de vestir, su educación, su manera de hablar representaban el peligro de la contrarrevolución, o aquellos que una vez quisieron irse clandestinamente, buscando aires de libertad. En fin, aquella mano. de obra esclava estaba conformada por una suerte de mezcla digna de un profundo estudio sociológico.

Creado por la mal llamada revolución de 1959, el Servicio Militar Obligatorio, conocido por las siglas SMO, serviría de enlace para esta mano de obra esclava a partir de 1965, y para que no quedara dudas de la “buena intención” de la revolución se le pondría el nombre de Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Así todo quedaba como si fuera una simple sucursal del SMO, pero, variaba el uniforme, así como también variaba el objetivo. Camisa y gorra de mezclilla gris, pantalón azul de mezclilla también y botas de trabajo. Y para ponerle cierto tinte militar como si fuera el uniforme de gala, un pantalón verde oliva para las visitas y pases. Como armamento, la guataca o azadón y el machete. Marchar como militares y saludar como militares. Todo un sistema ideado para la mayor gloria de la revolución,  oprimiendo, esclavizando, vejando, destruyendo al ser humano sin distinción de edad, credo o raza. Para la revolución empezaba la epopeya de la creación del hombre nuevo, para mí, a los dieciséis años, empezaba la esclavitud.



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 Texte en français: Avoir 16 ans

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