Wednesday, August 23, 2017

Los cines de entonces (por Eduardo F. Peláez)

Nota del blog: Segunda entrega, de tres historias del Camagüey de los 50s, que estoy publicando esta semana incluidas en el nuevo libro Nostalgias de Tinajón (Miami, 2017) de Eduardo F. Peláez.

La presentación del libro se realizará en el Koubek Cultural Center del Miami Dade College (2705 SW 3 St, Miami FL 33135) este domingo 27 de agosto de 2017, a las 6 00 p.m.
 

En el Camagüey de los años cincuenta existían varias salas de cine a un precio módico para la época y sobre todo para la cantidad de material de celuloide que nos facilitaban. El Teatro Principal, por ejemplo, ofrecía dos películas, un noticiero mundial y otro nacional, avances, cartones, cortometrajes de Chicharito y Sopeira o de Los Tres Chiflados, y un flamante show en la matiné del domingo. La entrada costaba desde cinco centavos en el Cine Apolo, teatro de dudosa moralidad, hasta cuarenta centavos en esas matinés de lujo.

No solamente se iba al cine a disfrutar de las películas y de las matinés. Conozco el caso del abuelo de un amigo mío que iba todos los mediodías al teatro Avellaneda a dormir la siesta con tranquilidad ya que en su casa no podía hacerlo por las constantes visitas. También muchas veces se utilizaba como santuario para citarse con una novia oculta o tener encuentros con una amante ocasional para furtivos devaneos amorosos.

El cine le ofrecía una oportunidad a críticos frustrados y comentadores anónimos que de otra manera no hubieran podido expresar sus agudas observaciones. Era muy común, en un momento romántico donde el galán besaba apasionadamente a su dama, escuchar exclamaciones alentadoras para que los actores avanzaran con sus desmanes corporales. En las películas musicales, siempre que la pareja iniciaba un canto, los "críticos de cine" se quejaban violentamente para que se cortara la escena y dejaban oír sus voces de protesta con exclamaciones como: "Otra vez, NO, ¡..ñó!". En las películas de misterio, casi siempre en el momento de mayor tensión, se oía un grito jocoso de los comentadores que recordaba al público que no estaba en presencia de la realidad, que podía relajarse y reírse de la situación macabra.

Existían juegos en que casi todos participábamos, como el de la botella de Coca Cola. Se dejaba correr la botella por todo el cine y cuando llegaba a la primera fila, un designado "terrorista" la hacía estallar con todas sus fuerzas.

Los grupos de muchachas, acompañadas por una chaperona vigilante, ocupaban a veces toda una fila de la sala. Nosotros nos sentábamos en la fila de atrás procurando coincidir en línea recta con la preferida de nuestros amores de ese verano, con el objeto de entablar prolongados susurros con la cabeza inclinada, facilitándonos el tenue roce de los cabellos, lo cual, gracias a la complicidad de la oscuridad, pasaba inadvertido a los ojos inquisidores de la chaperona.

Son muchas las anécdotas que me vienen a la mente, como la de mi amigo del Parque Agramonte, Ceferino, que gritó: "¡Fuegooo!" en el Teatro América, y el cine se vació en unos segundos. Cuando pregunté por qué lo había hecho, alguien me dijo: "Creo que no le gustaba la película". El acomodador del cine Casablanca, al cual apodábamos "El Enano", nos botaba de la sala todos los sábados aunque no hubiéramos hecho nada. Creo que fue un vivo ejemplo de la "policía del pensamiento" que popularizara George Orwell con su novela 1984. También hubo un valiosísimo actor, muy amigo de mi padre, que no pudo terminar su actuación estelar en una obra de teatro porque en una escena en la cual personificaba a un príncipe desdeñado por su princesa, tenía una línea en que sollozando se preguntaba: "¿Y por qué no me quiere la princesa?", y el comentador del "gallinero" le contestó rápidamente: "¡Porque eres mariquitaaa!".

Creo que podría seguir narrando muchísimas más anécdotas, como la de los silenciosos murciélagos que desafiaban el "aire renovado" del Teatro Principal y revoloteaban por la sala en el momento más emocionante de la película, o el comentador que había visto la película varias veces y, no pudiéndose aguantar, gritaba el nombre del asesino que nadie podía identificar…, pero le dejo al lector de mi época que busque en su memoria las que no han sido señaladas en esta crónica y me las deje saber para comentarlas quizás en otra ocasión.


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ver en el blog
La Esquina de Rancho Chico (por Eduardo F. Peláez)

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