Tuesday, August 22, 2017

La Esquina de Rancho Chico (por Eduardo F. Peláez)

Nota del blog: Este semana estaré publicando tres historias del Camagüey de los 50s, incluidas en el nuevo libro Nostalgias de Tinajón (Miami, 2017) de Eduardo F. Peláez. 

La presentación del libro se realizará en el Koubek Cultural Center del Miami Dade College (2705 SW 3 St, Miami FL 33135) este domingo 27 de agosto de 2017, a las 6 00 p.m.

 


La Esquina de Rancho Chico 
 

Nos reuníamos todas las noches en la esquina del restaurante Rancho Chico. No hace falta describir este centro cultural que se disfrazaba de alegre fonda para complacer a algunos entusiastas de la buena palomilla, el arroz congrí y los tostones.

Rancho Chico estaba situado en el corazón de Camagüey, en la esquina de la calle Martí y de la calle República, a un costado del colegio Salesiano, y permanecía abierto las veinticuatro horas del día para recoger a todo tipo de transeúnte, desde “el buen salvaje madrugador” hasta “el buen revolucionario noctámbulo”.

La esquina de este restaurante fue testigo de innumerables debates amenizados con regularidad por Domingo Pichardo, Cuchara, y por Justico Legido, el trinquete de la plaza de San Francisco, quienes fungían como orientadores de los desvelados parroquianos. Temas de Cine Club donde se analizaba la última película de Antonioni, el campeonato intramural de softball, los amores contrariados y el acontecer político, eran discutidos noche tras noche impregnados de nuestro apasionamiento y de fuertes lazos de amistad.

A Rancho Chico se iba a conversar principalmente, pero era difícil resistirse a una palomilla con congrí, tostones y café por 85 centavos y 15 centavos de propina. Recuerdo que El Negro, uno de los asiduos a ese lugar, llegó una noche algo pasado de tragos y al flaco descremado que despachaba le dijo con voz enredada: “Repite, 'palomilla pa’ to’ el mundo'”.

A veces nos daban las dos y las tres de la mañana discutiendo de pelota cuando llegaban los amigos hacendados a tomarse un café con leche porque se iban a un tranque de ganado. Los que no teníamos finca no podíamos evitar los ojos de admiración hacia los John Waynes camagüeyanos. Chimenea, un personaje pendenciero, garrotero de marca mayor y borracho consuetudinario aparecía en cualquier momento con el grito de “¿Quién le dijo yegua a mama?" y... a correr se ha dicho. Cuando Batista, los policías nos veían parados en esa esquina como parte del paisaje urbano y pasaban de largo porque interpretaban la reunión como señal inequívoca de normalidad.

Llegó la revolución y el tema de la política se convirtió en el único tópico de importancia. Noche tras noche nos reuníamos a discutir adónde iba la nación con la carrera desbocada de las leyes revolucionarias y el ataque a la libertad de expresión. Poco a poco apareció la frase: "Me llegó la waiver", y el grupo se fue reduciendo hasta que la implantación oficial del comunismo se encargó de dispersar a los amigos para siempre de aquella esquina.

Los colmillos del tiempo deben de haber dejado su horrible huella en aquel restaurante y dudo de que siga abierto las veinticuatro horas y mucho menos de que sirvan aquellas comidas deliciosas, pero si algún camagüeyano de nuestra generación, en una noche propicia, quizás cuando sople con fuerza el viento sur, fijase su atención a los matices del silencio, es posible que escuche los pasos de aquellos amigos acercándose a la esquina y alguna que otra risa confundida con el viento.

Desde esta ciudad de Miami, donde las luces de neón nos anuncian la ciudad mágica y el gran espectáculo de la soledad, donde los amigos ya no se reúnen en las esquinas porque el ritmo de la vida americana se lo impide, los pocos que quedamos de esas tertulias, ya todos abuelos, recordamos esa esquina como la gran plaza de nuestros corazones.

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