Wednesday, December 16, 2015

Los cubanos y el viaje más largo: Habana-Moscú-Bering-Alaska (por Carlos A. Peón-Casas)


Viajar es un atavismo

Max Frisch




Ya referí en otra mirada al tema de la impenitencia viajera de los cubanos, esa atávica condición que tiene para los que habitamos esta ínsula, caracterizada según lo dijo brillantemente el poeta, por “la insoportable circunstancia del agua por todas partes”. Ahora quizás reitero esa misma línea que está moviendo nuestras coordenadas vitales de esta cubanidad que parece llamada a la dispersión en este exacto minuto.

Es por ello que el título que me precede, puede dar la exacta perspectiva de lo que vengo discurriendo. Escuché del asunto a un tercero que lo comentaba como el más chic de los posibles periplos que un cubano puede afrontar en esta hora de desparramamientos inevitables.

Se trata, muy al final, del mismo argumento ya casi manido, el de alcanzar las costas del vecino del Norte, para acogerse a las bondades de la Ley de Ajuste Cubano, a como de lugar, pero esta vez, por la vía más larga y peligrosa, y también por la más cara a no dudarlo.

Solamente de la Habana a Moscú, un viajero recorrerá exactamente 9550 kms y desembolsará una crecidita cifra de cuatro dígitos en concepto de ticket de avión. De aquella ciudad de los antiguos zares al estrecho de Bering, la separación natural de Rusia y Alaska, cuentan muchos miles más, y las penurias de la inconmensurable estepa siberiana que aún es dura de transitar en pleno verano ruso, único minuto del año en que se puede acometer esa hiperbólica estampida.

Se habla de un viaje casi infinito en tren a lo largo del conocido ferrocarril transiberiano que arranca más allá de los Urales en la localidad de Novosibirsk, hasta alcanzar presumiblemente la localidad de Uelen, el punto más al norte posible en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico.

De allí, se hará un salto final en avioneta, para llegar a Alaska en condición de “pies secos”, y seguir viaje en trineos tirados por huskies hasta el punto habitable más cercano en medio de la nada del lado norteamericano. De allí a Anchorage, capital del estado discurren unas 400 millas. Y desde aquel punto al territorio de la Unión, más allá de de los territorios de Yukon, la Columbia Británica, hasta alcanzar Seatle en el estado de Washington, la distancia sigue siendo ciertamente inconmesurable para quienes habitamos esta ínsula larga y estrecha, que en toda su extensión no sobrepasa los 1500 kilometros.

Ciertamente, no creo nadie tuviera en su imaginario mental tamaño recorrido, a lo largo de estas casi seis décadas de estampidas más o menos controladas. Ni en los tiempos en que los cubanos viajaban a la URSS por razones de estudios, o de placer, que de todo hubo, a nadie se le hubiera ocurrido tamaña aventura.

Muchos de los que estaban por allí después del “derrumbe del socialismo real”, optaron por irse a Suecia, o a Finlandia o a Noruega, fronteras naturales más cercanas de la extinta nación de los soviets. Otros muchos se asilaron convenientemente en sus viajes de regreso a la isla en los aeropuertos de Shannon y Gander, en suelo irlandés y canadiense, respectivamente.

Nadie en sus cabales hubiera concebido una escapada de signo tan ciclópeo. Pero, “se verán horrores”, digo, “errores”, en este minuto en que la marea incontenible de los que se largan para siempre, lanza a los viajeros a tan imprevisibles y casi suicidas odiseas.

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