Wednesday, July 29, 2015

La Habana, y su Bar Sloppy Joe’s. Crónica de paso (por Carlos A. Peón-Casas)


 Carlos A. Peón-Casas y su hijo Francisco
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Créanme que lo he visitado por pura casualidad: las circunstancias tienen que ver con uno de esos cócteles de cortesía que acompañan a ciertos eventos de corte internacional, como el que dedicado a Hemingway, acaba de celebrar otra edición, en la ciudad de las columnas…

Allí, he concurrido casi como un parroquiano más, y por un rato, he creído merecer los refrigerados efluvios de ese inmortal bar, que me evocaba aquella antológica narración hemingwuayana ambientada en un bar madrileño: Un lugar limpio y bien iluminado

El bar habanero es sin dudas un destino netamente diseñado para turistas foráneos, aunque igual lo frecuentan nacionales con suficiente emolumentos para sus consumiciones, dolarizadas por necesidad, y la jet set del mundo artístico cubano, que deja testimonio de la visita en innumerables fotos que allí se muestran, junto a las antológicas de otros tiempos idos, cuando era sitio de obligada presencia para los turistas norteamericanos de paso por la entonces flamante Habana, a la que parecen volver en tropel por estos días…

El sitio es el émulo seguro del originario de Key West, pero que hoy día después de los esmerados retoques que le han propiciado, no tiene nada que envidiarle al que primeramente se montara en la famada Conch Republic, a noventa millas exactas de las playas cubensis, en el que Papa Hemingway degustaba sus tragos favoritos, y conociera a Martha Gelhorn, quien andando el tiempo sería su tercera esposa.

Las fotos que acompañan mi evocación, no me dejarán mentir. El sitio está excelentemente bien montado, invitante siempre para degustar allí los mejores y más espléndidos licores desde un Grand Marnier o un Fra Angelico hasta un espirituoso escocés, o un ron cubano Máximo extra añejo. 

Porque de todo hay en las bien provistas vitrinas del bar, un lujo para la nuestra vista, de visitantes de paso, que nos conformamos al final con el mojito de fantasía, que nos obsequiaron, léase sin costo, esa tarde… sin dejar de admirar los espléndidos cocteles que allí se preparan con todos los hierros, junto a las bien provistas “tapas” acompañantes con un despliegue inimaginado de exquisiteces sin cuento y precios, que el parroquiano tiene a la vista, y elige a su elección, según le vaya a su gusto, y su bolsillo….

Al salir, un poco en broma, o quizás con ese dejo de esperanza hacia adelante, con se viven acá ciertas inalcanzables experiencias, espeté a lo Mc Arthur: Ok, nos vamos, ¡pero volveremos….!

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