Wednesday, March 18, 2015

Te lo dije (por José Azel)

 Foto/Reuters
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“Te lo dije” es una torpe expresión infantil impropia de un ensayista. Discúlpenme, pero eso es lo que mi corazón gritó cuando leí las demandas del General Castro para la normalización de relaciones con Estados Unidos.

El General elevó la apuesta estableciendo precondiciones para Estados Unidos: devolver la Base Naval de Guantánamo, levantar todas las sanciones económicas, y compensar a su país por daños, de más de un billón (en español) de dólares. Todo esto antes que las dos naciones puedan reestablecer relaciones normales. Según el General, “si estos problemas no se resuelven, este acercamiento diplomático entre Cuba y EEUU no tendría sentido”.

El año pasado escribí un artículo titulado “QHC: ¿Qué haría Castro?” en el que observé que aquellos que abogaban por un cambio unilateral-incondicional en la política de EEUU hacia Cuba erraban al no preguntarse cómo respondería Cuba a tal apertura. Ahora sabemos la respuesta a esa pregunta.

También anticipé en ese artículo que Castro demandaría compensación. No fue una muestra de clarividencia particularmente deslumbrante, porque Cuba había presentado sus demandas anualmente ante Naciones Unidas durante décadas.

Destaqué que no preguntarse cómo respondería Castro era una extraña omisión, dado que la formulación de la política exterior de EEUU se compara a menudo con una partida de ajedrez, donde cada posible jugada es analizada y sopesada pensando cuál sería la respuesta del contrincante. Argumenté que era irresponsable abogar por un cambio de política sin estimar lo que haría la otra parte. Un cambio en política exterior busca reciprocidad.

No obstante, los defensores de un cambio incondicional de la política de EEUU hacia Cuba tuvieron éxito en su cruzada, como evidenció el anuncio del Presidente del 17 de diciembre de buscar la normalización, y en su mensaje sobre el Estado de la Unión urgiendo al Congreso a eliminar unilateralmente todas las sanciones económicas. Sin embargo, con ese éxito viene el deber de aceptar responsabilidad por los resultados de lo que apoyaron y recomendaron.

El argumento repetido a menudo era que la política de sanciones había fracasado y se necesitaba un nuevo enfoque, pero ninguna opinión fue expresada sobre lo que Cuba haría. Rehusando anticipar las contramedidas de Cuba, los responsables de este desastre político desplazaron el debate. Argumentaron que el fin unilateral de las sanciones económicas trabajaría para fortalecer el sector de los trabajadores por cuenta propia y así se fomentaría una sociedad civil más independiente del gobierno. Con el tiempo esta sociedad civil más autónoma funcionaría como agente de cambio para un gobierno democrático.

Ese argumento es plausible, pero débil. En un sistema totalitario incluso los que trabajan por su cuenta están comprometidos con el gobierno por la propia existencia de su negocio en innumerables caminos burocráticos. El éxito del autoempleo en un marco totalitario no confiere independencia del gobierno. Al contrario, hace que los nuevos emprendedores se sientan más dependientes del gobierno que les otorga permisos para operar. Así que el éxito no alimenta independencia del gobierno sino más dependencia, porque pocos están dispuestos a arriesgar su subsistencia enemistándose con sus todopoderosos patrocinadores.

Durante la protesta estudiantil en la Plaza Tiananmen, los comerciantes chinos no salieron en defensa de los estudiantes. Más recientemente fuimos testigos de una situación similar en Hong Kong. Desafortunadamente, esas comunidades de negociantes no estaban dispuestas a arriesgar sus posiciones y apoyar a los estudiantes que promovían el cambio democrático. ¿Por qué suponer que actuaría de manera diferente una comunidad cubana de negocios atada a un poderoso Estado para sobrevivir?

¿Qué debería suceder ahora que Castro ha descartado sumariamente las aperturas del Presidente, estableciendo precondiciones onerosas? Si estamos verdaderamente interesados en promover la democracia en Cuba, entonces La Casa Blanca, la Junta Editorial de The New York Times, y todos los que han abogado por concesiones unilaterales al régimen de Castro, deberían reconocer que leyeron erróneamente la naturaleza del régimen. Nobleza obliga: quien proclame ser noble tiene que actuar como noble.

Es más probable que la maquinaria propagandística trabaje tiempo extra para desarrollar toda clase de argumentos doctrinarios colindantes con el sofisma, sobre por qué deberíamos mantenernos en el nuevo rumbo, tales como: el General Castro solamente estableció una posición para comenzar a negociar; intentamos con sanciones económicas por medio siglo, ¿no deberíamos dar algún tiempo a esta política?

Incluso podríamos comenzar a ver argumentos sugiriendo que realmente Cuba tendría derecho a compensación, y que la Base Naval de Guantánamo es innecesaria, una costosa reliquia de la Guerra Fría.

Tal vez yo debí haber escrito un artículo diferente, titulado ¿Qué haría el Presidente cuando el General Castro ridiculizara su nueva política hacia Cuba?

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*José Azel es investigador asociado del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami. Es autor del reciente publicado libro, Mañana in Cuba.


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