Wednesday, July 23, 2014

Una sabrosa anécdota principeña (por Carlos A. Peón-Casas)



La ciudad del Príncipe, proverbial en leyendas y anécdotas que a poco se van perdiendo, nos descubre de vez en cuando alguna que otra que como Paris, “bien valen una Misa”, y una muy puntual rememoración.

Esta que narro hoy la he “descubierto” en un libro de recetas culinarias, un verdadero “incunable”, a pesar de que viera la luz hace poco menos de seis décadas, en la Habana bien movidita y de tan buen gusto “gourmet”, con la sugerente interrogación y título a la vez de: Gusta Usted?(1). El libro de marras, verdadero prontuario de las recetas menos imaginadas hoy día, , contiene además sabrosísimas anécdotas relativas a ese grato placer del “buen yantar”, y de paso la buena mesa, bien servida como Dios manda, con mantelería de hilo y cubertería de plata, un recuerdo ya sólo memorial en la realidad del cubano de a pie, mal acostumbrado a comer “de prisa” mientras deambula por esas calles de Dios..

Justamente de esas anécdotas tan singulares revelo con gran deleite una, firmada por Aurelio Boza Masvidal, hijo de esta villa y crecido en el seno de una familia principal de la otrora comarca que tanto lustre diera luego en la persona de otro de sus descendientes: Monseñor Eduardo Boza Masvidal. La familia habitó desde mediados del siglo diecinueve una portentosa casona colonial en la calle San Juan, hoy Avellaneda, propiedad del bisabuelo del cronista: Don Pedro Nolasco Marín y Garay, médico de profesión, y casado con Doña Concha Loynaz y Caballero. Incluida en un gracioso aparte titulado “El hombre en la cocina”, el cronista ya citado titula su rememoración “Un regalo singular”, y alude en su contenido a un suceso en el que fueran protagonistas su tía Doña Concha Marín y Loynaz casada con Don Joaquín de Quesada.

El detalle de la anécdota pasa por un singularísimo “postre” que en ocasión de agasajar al médico de cabecera de la familia, nada menos que el Dr. Alonso Betancourt, hijo de nuestro Lugareño: Don Gaspar Betancourt, preparara la señora Concha. Se trataba de una apetitosa “naranja cubierta”, una variante precursora de nuestro afamado “dulce de toronja”, pero preparada aquella vez, con la singularidad de que las frutas, también conocidas como “cidras”, fueron conservadas tal cual, después que la habilidosa repostera las librara de las semillas contenidas en su centro por un hábil corte superior, y bañadas luego en un espeso almibar que “se cuaja de inmediato, dejándolas abrillantadas y apetitosas.”

El dato relevante no estaba en esa cubierta acaramelada, sino en lo que se guardaba celosamente en el interior de las frutas, porque el motivo de aquella preparación repostera era obsequiar al doctor que se negaba de continúo a cobrar sus honorarios, por la profunda amistad que lo unía a la familia, con nada menos que veinte onzas de oro españolas, hábilmente disimuladas dentro de las “cidras” o toronjas.

Conducido el postre a casa del médico en “fina dulcera de cristal y bandeja de plata” y decorado con “ grajeas y confites de colores”, en manos de la muy fiel ama de llaves de Doña Concha, la negra Reyes, quien desde los tiempos de la esclavitud sirvió a la familia, tuvo de inmediato una muy feliz acogida, al llegar allí justo a la hora en que habrían de servirse los postres de la cena de aquel día, y cuál no sería la sorpresa, al descubrir tan valioso presente hábilmente colocado al interior de tan refinado manjar. De la ocasión sobrevieron unos versos alusivos al hecho, compuestos por el agradecido doctor, y de los que el cronista sólo logra recordar los últimos: “En generosidad y repostería/Con Doña Concha no puede haber porfía”. 

La historia del suceso se convertiría luego en la propia voz de la negra Reyes, devenida nana de la larga familia, en una graciosa y deleitable narración que los más pequeños de la familia, incluyendo al cronista, no se cansarían de escucharle una y otra vez, y a la que la simpática “story teller” le pondría voz y sabor continúo, terminando cada vez sus legendarias historias con una sonora jerigoza: “y quiquiribú mandinga”.

Vale la pena salvar para toda posteridad el bello imaginario principeño, del que esta narración cuasi legendaria forma parte, como porción más sugerente de esa historia “intangible” que parece diluirse con el tiempo, pero que tanto bien hace rememorar cuando se trata de guardar intacta la memoria siempre salvadora que se empoza para bien en lo vivido.

¿Gusta Ud? Prontuario culinario. Impreso en Ucar y García S. A. el 14 de febrero de 1956. 826 pp.

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