Tuesday, July 22, 2014

Oswaldo Payá y Harold Cepero: Luz de Aurora



por Janisset Rivero
Secretaria Nacional Adjunta
Directorio Democrático Cubano



De nuevo ha llegado un día difícil para los que soñamos y trabajamos por la libertad de Cuba. Nos hiere cuando perdemos hermanos y hermanas valiosos a manos del odio, y cuando vemos, las campañas mentirosas del tirano de La Habana, abrirse paso en los titulares de la prensa internacional, mientras en nuestra Patria se amenaza, se golpea, se asesina a hombres y mujeres pacíficos. Estos son los días en los que debemos jurar que jamás olvidaremos. No por un deseo insano de venganza, sino por una afirmación de nuestro compromiso de jamás dejar de buscar la verdad, porque es nuestro derecho.

La fe nos da la fuerza para ver la vida con una profundidad necesaria, para entender lo que el humano corazón y la mente no pueden.

Owaldo Payá fue un hombre completo, en el sentido íntegro de la plenitud que se logra al vivir apegado a los valores cristianos de la caridad, la búsqueda del bien, y la lucha contra el mal. Lo hizo todo, fue fiel a Cristo, a su patria, a su familia, a sí mismo. Dentro del ostracismo del sistema comunista, cuando ser católico había llevado a muchos jóvenes al paredón de fusilamiento, y muchos otros se habían escondido por miedo, y habían dejado de visitar los templos, él aprendió en el seno de su familia, a enfrentar el miedo y ser honesto, y no claudicar a los principios de su fe. Esa lealtad le acompañaría toda su vida, y por ese compromiso con la verdad, y esa consagración al bien, siguió en Cuba, ideó vías para alentar al pueblo a demandar sus derechos, y en el camino tocó muchos corazones, y marcó muchas vidas. Por este esfuerzo gigante, que movilizó a miles de ciudadanos cubanos en el ejercicio de su libertad individual para demandar derechos conculcados por el comunismo, fue premiado internacionalmente. Por su perseverancia, su apego sin tacha a los valores democráticos, y su fe en Dios y en su pueblo, Oswaldo Payá, se realizó como hombre. Ese triste día 22 de julio de 2012, en ese auto viajaba un ser humano pleno, preparado a enfrentar frente a frente la muerte, y a vencer, de la mano del Hijo.

Harold Cepero, tenía un alma de ángel y la sencillez del hijo más humilde de su tierra. Esa humildad que se edifica en el amor, y que sólo la alcanzan los gigantes. Harold a su corta edad, había dedicado los últimos diez años de su existencia a trabajar por Cuba, desde disímiles espacios. El compromiso era el mismo que debió haber sellado algún día de esos en los que estudiaba en la Universidad de Camagüey y asistía a las charlas en la Iglesia, y que puso en práctica muy pronto cuando se vió asechado por las turbas del régimen y fue expulsado de su centro de estudios. Harold tenía la disposición del héroe sencillo que sabe que el camino lo guiará al cadalso, y va con alegría. A su corta edad ya había transformado corazones, y había hecho de la caridad su altar. Ese triste día 22 de julio de 2012, en ese auto viajaba un ángel, tan lleno de lo eterno, que la muerte con su mueca no pudo hacer mella en su sonrisa perenne.

Dijo Martí al referirse a Ignacio Agramonte que hay hombres que aún después de muertos dan luz de aurora. Hoy, desde el amanecer, he percibido esa luz. Levantándose leve en el horizonte, suave y violeta primero, y luego invadiendo las sombras de la noche, y colmando todos los espacios, esa luz de aurora, tiene grabada las almas de dos cubanos singulares, hermosos, y eternos. Oswaldo y Harold, viven, y vivirán, cada aurora de estos días de lucha, y por siempre en el cielo de su Patria, que es el corazón de todos sus hermanos.

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