Tuesday, January 7, 2014

Crónica: La dicha de ser abuelo (por Waldo González López)

En muchas ocasiones, lo había oído e, incluso, no pocos amigos me lo habían confirmado: la dicha de ser abuelo es intransferible, incambiable, infinita.

Sí, al margen del nivel educacional y cultural adquirido durante décadas de estudio y lectura, la alegría que embarga a los «humanos, demasiado humanos» cuando ya han transitado una larga jornada de la existencia y llegan a la ansiada etapa de «la abuelez», resulta incomparable, en fin, única.


A muchos conocidos los he visto experimentar lo que digo: cuando te hablan de sus recién llegados nietos a El mundo (que es) ancho y ajeno (parafraseando el título de la mejor novela del peruano Ciro Alegría, quien residiera en Cuba entre 1953 y 1960), esos segundos «locos bajitos» (tal nos dirá eternamente en su inolvidable canción Joan Manuel Serrat), son —siempre en superlativo absoluto y, por supuesto, en las voces de los nuevos abuelos—, los más inteligentes, los más bellos, los más grandes… 

De tal suerte y, en consonancia con tales adjetivos superlativos, los recién nacidos serán (quién lo duda) los futuros presidentes de este enorme país, para decirlo, en serio y en broma, con mi colegamigo y, asimismo, abuelo Valentín Álvarez-Campos, conocido actor y director escénico cubano.
Lo escrito hasta ahora acontece en la mayoría de los que viven el nuevo status abuelístico y/o abuelero, como bien sabe el lector de esta crónica de los martes… si ya ha pasado por la praxis de ser abuelo. 


Por mi parte, sin llegar a tales extremos desmesurados y sin pensar que mi primer nieto Rodrigo Damián (quien hoy martes cumple ocho días de nacido), reúne las mencionadas características de los aludidos abuelos, creo que, en verdad, nuestro niño es verdaderamente hermoso…, qué digo, bello y enorme, pues al nacer pesó ocho libras y cuatro onzas, y midió midió veinte y medio. 

Y, aunque aún no sé, ni quisiera que ocupara la silla presidencial de los Estados Unidos de Norteamérica, sí estoy seguro de una verdad, tan rotunda como la propia Vida: desde que nació el pasado lunes 30 de diciembre, es el Rey de mi feliz familia. 


Para que así conste, lo confirman sus padres: Raysa y Darío Damián, sus abuelos Lazarita, Mayra y este cronista, su tía Neisa (gemela con su mamá), así como sus tíos-abuelos Daysi y Osvaldo y primos Daniel y Mariana.

Quiero confesar las razones del nombre compuesto: el Rodrigo fue escogido por el padre, en honor a Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. Y el Damián fue seleccionado por mí, para seguir la tradición, y aceptado, de muy buena gana, por la linda mamá, Raysa. 

Mas, no conforme, tal hice cuando se aproximaba el nacimiento del ahora papá de mi nieto, casi treinta y seis años atrás, le escribí el haz de décimas: Libro de Darío Damián (con dos ediciones cubanas), en diciembre pasado, en vísperas del advenimiento de mi nieto, escribí el Libro de Rodrigo Damián, que continúa poéticamente la saga damianesca. 

Entonces, llegado a este punto, estimado ciberlector, qué más puedo pedir para este 2014, si mi recién nacido nieto ocupa los trabajos y los días de esta breve y amorosa comunidad familiar. 

Así, solo me resta desearles, queridos ciberlectores de mi columna en Gaspar, El Lugareño, tanta salud y dicha como la que gozamos nosotros con el nuevo ser que nos ilumina a todos.

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Waldo González López. Poeta, ensayista, critico teatral y literario, periodista cultural. Publica en varias páginas: Sobre teatro, en teatroenmiami.com, Sobre literatura, en Palabra Abierta y sobre temas culturales, en FotArTeatro, que lleva con la destacada fotógrafa puertorriqueña Zoraida V. Fonseca y, en el blog Gaspar, El Lugareño.  

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