Tuesday, August 27, 2013

Manuel Gayol Mecías (por Waldo González López)

Hoy quiero referirme a un colegamigo de años y sueños quien, eternamente joven, ha mantenido con quien escribe, el inextricable vínculo de la amistad, tan necesaria y no siempre bien (en)ten(d)ida en la literatura, y menos aún en la poesía.

Bien, pues recuerdo que conocí a Manuel Gayol Mecías en la Universidad de La Habana, durante los ’70, cuando, con mi esposa Mayra y otros colegamigos, hoy dispersos por el mundo en la enorme diáspora cubana, estudiábamos la carrera de Literatura Hispanoamericana. 

Entonces, «éramos tan jóvenes», para decirlo con el título de un recordado serial argentino de 1986, que disfrutamos en esa década, cuando nos marcara a muchos de nuestra generación, por su afinidad generacional con los lozanos muchachones que éramos en ese tiempo de grata memoria, porque nos esforzábamos por enriquecer nuestras respectivas profesiones en aquel medio, ay, ya desaparecido.

«Manolo», como les decían unos, o «Gayo», tal lo llamábamos otros, laboraba en la Casa de las Américas, de cuyo Centro de Investigaciones Literarias (CIL) —fundado por el narrador, ensayista y poeta Mario Benedetti años atrás, cuando residía en la Isla— era uno de los investigadores. 

Como integrábamos el «curso para trabajadores-estudiantes», recibíamos las clases en las noches y nos reuníamos para repasar en algunas que otras tardes, hoy memorables, pues aparte del «estudio en equipo», disfrutábamos, intercambiando criterios sobre nuevas lecturas de poemarios, novelas y ensayos (el cronista pasaba horas leyendo literatura argentina, uruguaya, colombiana, peruana y mexicana en la Biblioteca «José Antonio Echeverría» de la «Casa», como llamábamos a la institución).

Pero había más, mucho más, porque asimismo nos contábamos los últimos chistes acerca de lo divino y «lo humano, demasiado humano» —dixit el filósofo— y, en fin, nos divertíamos, con todo lo que nos alegrara ese tiempo de retorno a la enseñanza, sobrellevando el peso de las responsabilidades familiares, laborales, preocupaciones y deberes de ser «trabajadores intelectuales», como se nos definía, pues laborábamos en la literatura (Gayol y yo), el periodismo cultural (yo), el sector editorial (Mayra), como otros en el teatro (el ya fallecido dramaturgo y director escénico Héctor Quintero), la TV (el actor Oscar Llaguno, hoy también en Miami) y la radio, medio al que más tarde quien escribe se afiliaría en noticieros culturales y espacios de poesía y teatro de programas culturales en emisoras radiales nacionales (Progreso y Rebelde) y capitalinas (Metropolitana). 

Luego Mayra y yo supimos que Gayol, inesperadamente, en Casa de las Américas (donde era reconocido por su seria labor investigativa), había tenido «problemas» (como suele decirse en la Isla para referirse a disquisiciones con la dirección del centro laboral, en las que el sindicato, por lo general, no quiere involucrarse, so pena de buscarse otros «problemas») y debió trasladarse a la Casa de la Cultura de Plaza, donde fungiría como Especialista Literario, donde igualmente realizaría una valiosa labor de asesoramiento a los escritores incipientes.

Años más tarde, nos enteramos de que «Manolo» o «Gayo» había venido para Estados Unidos con su familia, acción que no luego no pocos de aquellos que antes éramos tan jóvenes, repetiríamos en busca de la necesaria reunificación con la familia dispersa, separada, dividida.

Y en esta Miami, por fortuna hoy más cultural y teatral que antes (según quienes viven aquí desde décadas atrás), nos reencontraríamos, en nuestro caso, por teléfono y por Internet. Así, comencé a colaborar con su valiosa web Palabra Abierta, eficaz medio divulgativo de la literatura cubana en el exilio, del que me siento parte, no sólo por la larga y honda amistad que me une a él, sino porque en este sitio colaboran otros colegamigos, como el narrador y poeta Félix Luis Viera y la poeta y escritora para niños Mercedes Eleine González, quien, como Mayra y yo, también fue condiscípula de Manuel Gayol Mecías («Gayo») en el inolvidable tiempo cuando éramos tan jóvenes, mas —a diferencia de García Márquez— tan documentados.



RE(VE)LACIONES DE MANUEL GAYOL MECÍAS

Conciencia Divina
Ensayo (fragmento)
por Manuel Gayol Mecías

Desde mi humilde perspectiva humana, solo puedo imaginarme a Dios y con ello todo a lo que la imaginación —mi propia imaginación— dé lugar: la especulación, la sugerencia, la proposición metafórica y la poesía, la ficción narrativa, las concepciones místicas, míticas y metafísicas; añadiría, incluso, algo así como una fenomenología teológica… Y tengo que decir que es bueno describir a Dios, porque cada quien lo tiene y lo ve de distinta manera.

Unos se quedan en la tontería de los símbolos vacíos o de la superstición. Otros lo ven a su conveniencia e intereses, porque piensan o “creen” en un dios mágico, un hacedor de deseos como el genio de la lámpara. Estos últimos —aladinos— siempre y únicamente se han preocupado de ver en Dios su propio “yo”, su ego irracional los conduce a una semiótica vacía, enrevesada, incluso a ritos satánicos que podrían disfrazar con una supuesta adoración a una divinidad religiosa de simple y tradicional liturgia. Otros más se presentan con un Dios conservador, de estructura politizada y hasta ideológica, de total proyección dogmática. Distintos serían entonces los que andan por los caminos del panteísmo, cuando solo ven en Dios la naturaleza fulgurante, sabia y viva de todas las potencialidades más allá del hombre. Pero los hay asimismo aquellos que ven en Dios la utopía definitiva, la inteligencia perfecta, la ciencia insólita de los conocimientos, de la tecnología, sin percatarse de que aún siguen en carencia de Dios, porque lo primero que Él hizo fue hacerse humano, como nosotros, para sentir y sufrir lo que era una creación de libre albedrío, de cuán imperfecto era lo humano ante lo divino, para sentir y sufrir el fracaso de las aspiraciones y, por el contrario, sentir y alegrarse de los triunfos del alma sobre la racionalidad.

Este último dios es el que he querido que me acompañe, guíe, proteja y me espere siempre, al final de los tiempos.

Todo esto lo podría resumir diciendo que mi deseo es hacerme presencia, como diría Eckhart Tolle, una forma más de relacionarme con Dios, o con el Dios que se ha creado en mi interior, que es como decir: relacionarme conmigo mismo, con mi ser, con el Dios que soy yo mismo, donde puede existir todo lo bueno conocido pero además donde cabe la posibilidad de cierto vacío, o de cierta penumbra desde un fondo muy oscuro de soledad. Mi Dios humano y mi Dios divino. Y es que el Dios que me he creado es la imagen y semejanza de algo muy múltiple, infinitamente diverso y complejo, muy invisible que solo se hace sentir. Un Dios que es la historia misma de todo lo natural de este mundo y el Universo de los universos, o sea, el Multiuniverso, así como la historia y energía de todo lo inmaterial, de lo imaginario, de lo inexplicable y que nada más nos da (me da) la posibilidad de imaginar.

De aquí que mi Dios esté muy ligado a la naturaleza y esencialidad de la literatura (de la ficción y la ensayística, de la fabulación y la crítica, de lo poético en cada una de sus relaciones con la metafísica, la filosofía y la fenomenología), pero fundamentalmente es un Dios de amor, de servicios, en mis posibilidades, por nuestra experiencia sufriente. Es un Dios que se ha ido de los controles de la mente, que recompone y trata de mantener el valor del presente. Y por eso también es Dios de luz; luz que la otorga porque la necesitamos, aun cuando somos su propia creación.

Mi Dios es la calidad de lo simbólico (cuando el símbolo está en correlación directa con la circunstancia de vida, con la existencia, con lo ancho y nada ajeno del prójimo y con la Historia); es la calidad además de la sugerencia y es el reflejo y la proyección del misterio como tal. De la ligazón propia de lo humano con lo espiritual; de la racionalidad con lo mágico, que sea la potencialidad de pensar dentro de lo imaginario; de pensar dentro de lo irreal. Mi Dios abandona el término de “irrealidad” para vernos y darnos (a todos los seres humanos y a las mismas cosas) una “Realidad” (con mayúscula), porque engloba lo imaginario y lo corpóreo, lo visible y lo invisible, lo objetivo y lo subjetivo, lo material y lo espiritual, entre otras categorías más que pudieran formar el gran conjunto de la Lógica y el Misterio pero para una metafísica del momento presente. El hecho de afirmar que la Realidad (con mayúscula, repito) es dúplex, bipolar, conformada por el tiempo y el espacio, volcada en un entramado de laberintos comunicantes, desmesurados, en ese dios Jano que se busca en la Luna, de cara abierta y cara oculta, y en su drama de ser un dios binario. Presencia y ausencia del Amor.

Dios, entonces, contiene la Realidad y la desborda. Es creador y poseedor del todo (¡es el Todo!), y en Él gravitan dos características de suma importancia que ahora quiero describir, porque van de lo humano a lo divino e inciden en nosotros constantemente: el juego y el sueño.


[Fragmento del libro inédito La penumbra de Dios (De la Creación y las Revelaciones). Intuiciones I, de Manuel Gayol Mecías].



La buena nueva de la literatura cubana
 (Crítica literaria)

por Ángel Velázquez Callejas


Marja en azul

Al estilo e impulso poético de un Robert Musil (El hombre sin atributos) y con el temperamento literario de un Hermann Broch (Los sonámbulos) llega por fin la “buena nueva” de la literatura cubana. Presidido por esa soberbia interpretación sobre la irrealidad del mundo, sobre la que Nietzsche afirmara que es probablemente “el hombre más independiente de Europa” y en la que creía haber sobrepasado y trascendido la embustera metafísica del mesianismo occidental, emerge ahora a la superficie de la ciudad letrada moderna la originalidad iconoclasta de Marja y el ojo del Hacedor (Neo Club Ediciones, 2013), la novela más soberana de la literatura cubana. Presentada en tres partes, 1) la imaginación, 2) la irrealidad de la imaginación y 3) la realidad, la novela constituye un presagio casi evangélico, sin ditirambos y más allá del discurso mítico de “la historia me absolverá”.

Lo que el autor de esta novela, Manuel Gayol Mecías, ha plasmado en más de 300 páginas, es toda una ruptura vertical con la historia de un discurso; ha interpuesto una desavenencia explícita contra la metafísica de cinco décadas de ideas revolucionarias en Cuba. Ha expresado magistralmente, de un modo sutil y metafórico, mediante la exquisitez del lenguaje literario, la caída de un sueño, la verdad de un estar dormido desde su propio peso onírico. Pero para que suceda esta caída, para que el velo de la fantasía revolucionaria o ideológica haya sido retirado de la mirada y el comportamiento del espectador, hacía falta por supuesto la presencia de un Hacedor, la inspiración de un creador de lo increado y el impulso poético de un ojo trasparente, sin nubes ni polvo, capaz de recrear la realidad oculta de la vida de Marja, de esa vida que aporta el ámbar de la fenomenología contraria al discurso mesiánico.

Desde luego, en la larga tradición literaria cubana siempre ha primado el hacedor sin libertad, el creador sin creatividad, el espectador. En este sentido, se trata de un supuesto hacedor que irá sufriendo en sí mismo las interpolaciones personales y colectivas de la cultura y las ideas en Cuba: es decir, algún que otro condicionamiento metafísico, ideológico o culterano se impondrá con rizoma entre el hacedor (que no es un hacedor, sino un interpretador de segunda mano) y la realidad histórica observada. Sin embargo, el Hacedor de las crónicas marjianas no necesitará interponer nada al respecto, sobre todo después de que el pensamiento y las propias crónicas se paralicen ante el flujo continuo de la observación pura, al menos después de entrar en la tercera parte de la novela. Es así como en “Otredad del ámbar”, uno de los capítulos más significativos del libro, el ojo del Hacedor queda sin ojo y la observación conceptual y fenoménica sin objeto. Entonces se llega al clímax, a la “buena nueva” de la literatura, como lo presagia la impactante declaración del Hacedor: “…pero los dioses imaginarios van quedando en el olvido; al menos, ya no me ocupan de pesares como antes. Ellos se van diluyendo en mi interior y me he liberado de sus influencias e imposiciones”.

Ni los “dioses imaginarios”, ni Marja, que es el personaje inspirador por el cual se desarrolla casi la totalidad de la novela, pueden interrumpir la libertad última del Hacedor. Porque de eso se trata a fin de cuentas, de una búsqueda de la libertad individual más allá incluso de los sueños personales sobre la libertad; de una ruptura no solo con Marja, sino con el propio Hacedor cuando cae el velo operativo de los dioses imaginarios. Ya no se accede más a una literatura en estado puro y esencial que se mantenga presa bajo una eucaristía del discurso ideológico y religioso de la patria, a nombre de esos “dioses imaginarios”, a partir del “Sempiterno” y el “ego de Falexdel”. Se trata de apagar un sueño individual y colectivo.
 
Por tal motivo, por no existir esa última separación entre el Hacedor y la Nada, es que se produce un “espectador” que elabora una tendencia literaria basada en la comunión de resentimientos y protestas, pero condicionada por ese discurso edificante que yace malintencionado y que Marja (bella y deseada) intuye (y asume) mejor que nadie desde el primer día en que el Hacedor la descubrió en el lobby del hotel. Un descubriendo que avivará la historia, la secuencia narrativa, por la cual se pasará a contar las experiencias cismáticas del Estudiante, Joel, Gladys, El Flautista, Hermelindo y el Sempiterno, todos personajes paradigmáticos que darán prueba y testimonio sobre la existencia metafórica de la “Empresa”, esa ardua y simbólica maquinaria productora de ideología de masas.

Ya “En el umbral de la nada”, capítulo 37 de la novela, vemos que el “ojo invisible del Hacedor” ha necesitado tomar distancia y deslindar los objetivos de la búsqueda, cuya exploración responderá finalmente a una enigmática pregunta por parte del mismo Hacedor: ¿quién es esa persona o entidad que recuerda durante el sueño? ¿Es el mismo Hacedor? ¿O es la nada observándolo todo? ¿Es que se impone una búsqueda interna a partir ya no del “ojo” sino del “otro”, de esa identidad que a ciencia cierta no sabemos si yace oculta al cuerpo y a la mente del Hacedor? No lo sé.

Lo interesante es que ahora ni Marja ni la Empresa ni Falexdel ni los dioses imaginarios forman una realidad auténtica para el fallecido ojo del Hacedor, sino un sueño creado por este. Al darse cuenta de que es un sueño, de que alguien ha recordado que el mundo que se representa en el interior es “maya”, surge el sentimiento de la “buena nueva”, de la independencia total, de que ya no hay más nada que contar al respecto. Entonces el espacio queda libre de obstáculos y el Hacedor se yergue, libre y soberano como un acróbata, para comenzar a ejercitar el Gran Salto hacia adelante.

PARA CONOCER MÁS A MANUEL GAYOL MECÍAS 


Destacado narrador, periodista y editor la web (www.palabrabierta.com), graduado de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana, 1979), integró el equipo de Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Posteriormente trabajó como especialista literario de la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, e integró el Consejo de Redacción de la revista Vivarium, auspiciado por el Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana.

Ha publicado trabajos críticos, cuentos y poemas en diversas publicaciones periódicas de su país y del extranjero, y ha merecido importantes lauros literarios, entre ellos: el Premio Nacional de Cuento del Concurso «Luis Felipe Rodríguez», de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC, 1992 [censurado por la institución castrista después que el autor viajó a España e hizo declaraciones a la prensa que molestaron al régimen cubano]. En 2004, obtuvo el Premio Internacional de Cuento «Enrique Labrador Ruiz», del Círculo de Cultura Panamericano, de Nueva York, por “El otro sueño de Sísifo”. Trabajó como editor en la revista Contacto, entre 1994 y 1995, en Burbank, California. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y coeditor en el diario californiano La Opinión, de Los Ángeles, del que actualmente es editor. Es miembro del Consejo Asesor de la Fundación Paella For The World. Reside en la ciudad de Eastvale, California. 

 

OBRAS PUBLICADAS: Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Editorial del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1990); Retorno de la duda (Poesía, Ediciones Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1995); La noche del Gran Godo (Cuentos, Neo Club Ediciones/ Alexandria Library, Miami, 2011) y Ojos de Godo rojo (Novela, Neo Club Ediciones/Alexandria Library, 2012) y Marja y el ojo del Hacedor (Novela, Neo Club Ediciones/ Alexandria Library, 2013). Próximamente aparecerá publicado su libro de ensayos Viaje inverso. Hacia el reino de Imago (Una mirada al centro de la fábula) por la misma editorial.



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Waldo González López. Poeta, ensayista, critico teatral y literario, periodista cultural. Publica en varias páginas: Sobre teatro, en teatroenmiami.com, Sobre literatura, en Palabra Abierta y sobre temas culturales, en FotArTeatro, que lleva con la destacada fotógrafa puertorriqueña Zoraida V. Fonseca y, a partir de ahora, en Gaspar, El Lugareño.

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