Thursday, August 22, 2013

La risa que no salva, pero alivia (por Reinaldo García Ramos)


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por Reinaldo García Ramos
Agosto 15 de 2013


Las tradiciones del sainete teatral y radial están entre las corrientes de continuidad más fuertes de la cultura popular cubana. Personajes como Pototo y Filomeno, Tres Patines, Mamacusa y otros muchos se han inscrito en nuestras vivencias colectivas, se han vuelto deidades de la simpatía nacional. Ya son entidades imperecederas, parte de un legado que a menudo nos ha permitido sobrellevar con buenas bromas los embates de la cruel historia y seguir adelante con una sonrisa en los labios. Esas tradiciones se han nutrido, desde luego, de la inagotable tendencia del cubano a generar chistes callejeros, caracterizados casi siempre por un rechazo instintivo de la solemnidad y un saludable uso de la transgresión lingüística (las “malas” palabras como defensa espontánea, especie de exorcismo, ante una realidad demasiado agresiva).

Desde luego, nada de eso empezó en 1959, ni mucho menos. Esas actitudes han estado presentes en el perfil social del criollo típico desde mucho antes: vienen desde la colonia, cuando el humor era un arma de protección espiritual contra la básica injusticia que imponía España (recordemos, por ejemplo, a Ramón Meza y sus novelas, en las cuales el acontecer de su época queda reflejado con certera intención satírica y los personajes se expresan con una causticidad que proviene en gran medida del gracejo popular). Años después, como se sabe, Jorge Mañach analizó esos aspectos del comportamiento del cubano en su conocido ensayo de 1928, Indagación del choteo.

Esas tendencias a “jugar” con los hechos, a no tomar la actualidad muy en serio, han ayudado casi siempre a suavizar los antagonismos más intensos en la isla y han frenado cierta propensión a la violencia, individual o colectiva, pero en ocasiones también han atenuado las pasiones políticas que estaban llamadas a generar acciones concretas. Los ingredientes relajantes que vienen contenidos en esos chistes y jaranas propician un consuelo mental indudable, pues al mismo tiempo reducen el dramatismo de los hechos.

Nadie puede asegurar a ciencia cierta que esa propensión del cubano a la broma haya tenido siempre efectos completamente beneficiosos o inconvenientes, pero es posible que esa capacidad tradicional de recurrir al sano humor y la visión satirizante como defensa o refugio ante un acontecer opresivo haya permeando recientemente toda la vida cotidiana de la Isla como nunca antes, se haya exacerbado y deformado y haya contribuido a erosionar de modo alarmante las normas usuales de trato social. En las últimas décadas, muchos han observado en Cuba un enorme deterioro de los modales, de la conducta pública y del lenguaje cotidiano, con la consiguiente proliferación de expresiones ofensivas, estridentes o que en general se consideran vulgares. Ese deterioro ha alcanzado dimensiones tan notables, que el diario The New York Times, tan poco inclinado desde siempre a criticar al gobierno de La Habana, admitió ese estado de cosas y lo describió con bastante detenimiento en un reciente reportaje (Victoria Burnett: “Harsh Self-Assessment as Cuba Looks Within”, publicado el 23 de julio de este año).

He estado repasando estas impresiones en los últimos días, a raíz del reciente fallecimiento de Guillermo Álvarez Guedes. Él se integró por completo, qué duda cabe, a las más genuinas y fructíferas tradiciones de la comicidad popular, y es tal vez el comediante cubano que con más amor y tenacidad intentó alejarnos de las peores amarguras durante estos años. Al mismo tiempo, comprendió que su arte era un milagro teatral, no un sistema de comportamiento; en su trato, según el testimonio de quienes lo conocieron personalmente, era todo un caballero, un hombre elegante, amable y sagaz, y conocía muy bien los principios de una conducta civilizada y respetuosa.

En mi opinión, eso es precisamente lo que lo distancia del fenómeno colectivo que ha estado ocurriendo en la Isla en cuanto al intercambio social. La comicidad de Álvarez Guedes era un alivio momentáneo, un estallido de gracia y de irreverencia, que comenzaba y terminaba, que no se sumaba al deterioro generalizado, ni lo estimulaba, sino que por el contrario permitía ver, de contragolpe, las dimensiones excesivas y alarmantes de ese desgaste. Sus más desternillantes chistes se exponían siempre en un espacio regido por las convenciones de la imaginación teatral, con personajes que aparecían, hablaban y se esfumaban, del mismo modo que un programa radial se circunscribe al horario previsto.

Detectó y aceptó los aspectos iconoclastas mencionados del modo de ser del cubano y los utilizó para definir su inconfundible estilo, pero supo muy bien circunscribir ese estilo a lo que era: una representación artística, una obra de genuina creatividad. Así, supo aprovechar las mejores corrientes del buen humor del país y regenerarlas con su peculiar talento escénico, no perjudicando, sino enriqueciendo la idiosincrasia nacional.

Por eso, a mi entender, atenuó los posibles aspectos nocivos o inconvenientes del tradicional choteo colectivo, invirtió su valor "moral" y los enmarcó con brillantez en un lenguaje de ficción sin barreras que alivia la conciencia colectiva y exorciza los demonios generados a diario por nuestra propia conducta. Todo eso lo hacía con el propósito incansable de divertirnos, quería que la tragedia nacional no nos arrebatase las ganas de reír. Fue un artista genuino y hábil, y desde luego merece toda nuestra admiración.


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REINALDO GARCÍA RAMOS (Cienfuegos, 1944) recibió en 2006 el Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza, en la Universidad de Murcia, con su poemario Obra del fugitivo, y participó en el XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos que se celebró en octubre de 2012 en la ciudad de Salamanca, España. Comenzó sus actividades literarias en 1962, cuando publicó su primer poemario, Acta, con las Ediciones El Puente. Terminó una Licenciatura en Letras en la Universidad de La Habana en 1978. Desde 1980 radica fuera de Cuba. Vivió 21 años en Nueva York, donde trabajó como traductor de español en la Secretaría de las Naciones Unidas. Actualmente reside en Miami Beach, Florida. Entre sus libros de poesía se destacan El buen peligro (Madrid, 1987), Caverna fiel (Madrid, 1993), En la llanura (Coral Gables, 2001) y El ánimo animal (Coral Gables, 2008). Es también autor de una novela testimonial, Cuerpos al borde de una isla; mi salida de Cuba por Mariel (Editorial Silueta, 2010). Recientemente ha publicado una compilación de su obra poética escrita entre 1969 y 2012: Rondas y presagios (Editorial Silueta).

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