Monday, August 27, 2012

Fragmento de la novela "La sangre del tequila" (por Félix Luis Viera)

Nota del blog:  Entrega final de cuatro fragmentos de "La sangre del tequila", novela en proceso de creación, de Félix Luis Viera. La selección de textos corresponden al plano Verónica.

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Aun así, salida hace unas horas del quirófano, la voz de Verónica, si bien algo apagadiza, parece humear, abrasar el aire cuatro o seis centímetros más allá de sus labios, ahora dolidos —creo entender, según sus señas con la boca y con el brazo libre de agujas, junto al cual tiene el teléfono móvil—por el roce del tubo de oxígeno. Está con la bata blancuzca que muestra las siglas del hospital bordadas con hilo azuloso en lo alto de la pechera. Es increíble la diferencia que hay entre la persona que se desenvuelve en reto de vida y esa misma en una cama, inútil, dependiente de jeringas, médicos, enfermeras que, como ahora, ausentes de la tragedia por la que cobran sus salarios, están hablando de su familia o de fútbol o de telenovelas o de un cantante español que, decía una, se llama Miguel Bouse o algo así, “muy puto”, le aclaraba otra. 

Cuando saqué un billete de 50 pesos para ponérselo en la mesita de noche, Verónica, entreenseñando solo sus dientes marca Maya, sonrió con malicia. Porque ella y yo sabemos —bueno, ahora me doy cuenta: deben saberlo también aquellos que antes (y a la par de mí, sí, a la par de mí) la han gozado—que los billetes de banco la excitan si son expuestos por un hombre. A más denominación, más libido en alarma. De modo que uno de 50 pesos ahora debe tintinearle de manera relevante en el clítoris. ¿Será? Le pregunto con varios gestos perfectamente traducibles para ella. No, me responde con la cabeza, un tenue ademán de su mano libre en la que resaltan las uñas pintadas de verde brillante y un movimiento de su boca fluvial que, creo, indica amargura. “¿Qué se traen?”, pregunta Ximena. Nada, respondo, son cosas de cariños.

“Eres viejo”, me dijo Ximena cuando me conoció a la entrada del hospital. Ella había salido desde detrás de una de las torres como de extraer petróleo que hay allí a la entrada y fue directamente hacia mí. “Soy Ximena”, me dijo y a seguidas “Eres viejo”. Como la madre, su torso es un arco; por delante, desde los pechos hasta la pelvis; por detrás, desde la espalda alta hasta el término de las nalgas. La boca igual, de aguacero. La misma piel, pero naturalmente, la de la hija más brillante. Los senos quizás levemente más grandes, según deja ponderar el suéter negro, ajustado, que trae puesto.

Ella me tomó por un brazo y me presentó a sus dos hermanos: Emiliano y Jesús. Y al padre de Jesús: el Enmascarado Café. A este le hallé la misma expresión mansa que en aquellas fotos de él que me enseñara Verónica. Dudé en darle la mano; solo porque no sabía qué hacer. El Enmascarado sonrió. Resistió tres o cuatro segundos con su mano derecha en el aire. Al fin le extendí la mía. Su mano era de una delicadeza que yo no hubiera creído posible en un luchalibre. ¿Las manos de todos los que se dedicaban a ese deporte serían así? Dependía, los ejercicios de gimnasio se hacían con guantes, con guantes también muchos combatían. Me respondió el Enmascarado. Su voz tenía ese tono bajo, de sumisión o reverencia, acompañado por una sonrisa y un gesto de cabeza iguales. 

Había sido un tarde vaporosa —no calurosa, como dicen aquí— de julio, cuando el azogue parece quemarse debajo de la piel de uno y, dando unos pasos, hasta debajo de una sombra gruesa, la temperatura baja pero solo por unos momentos para después quemar igual. Finalmente llovió. Llegó la oscuridad nocturna anticipada. Se hizo una bruma caliente. Las calles se encharcaron. El tránsito se atragantó. El ruido de los cláxones lograría que cualquiera renegara de la vida. Los andenes del metro, los vagones, se hicieron una pelmaza de sudores, perfumes vencidos, humedades hirvientes donde destacaban rostros marchitos urgidos de llegar a alguna parte. Me había bajado en la estación Centro Médico y, aunque llevaba el plano para llegar al hospital, me extravié. Pregunté a dos o tres personas que, recelosas entre la lluvia y la oscuridad, me indicaron nortes dudosos. Mi paraguas era de 10 pesos, de los que venden en los puestos callejeros; se dobló, comenzó a chorrear. Me guiaba por las torres que según sabía se hallaban a la entrada del hospital. Pero por alguna carambola mental desemboqué en el edificio por un lateral, una cuadra angosta sin nadie en esos momentos más que una mujer que vendía en un puestecito iluminado por cuatro o seis focos incandescentes de unas 200 bujías. Me indicó luego de escuchar mi pregunta con la que respondí a su “¿qué va a querer güerito?”; tenía la barriga grande, el rostro requemado, la piel morena brillaba como engrasada debajo de los focos que parecían achicharrarla, la mirada hosca.

Coincidí con el Enmascarado Café en que nunca se sabría quién había sido. Solo se hubiera podido saber si Verónica le hubiera visto el rostro, lo que no ocurrió. Y aun viéndole el rostro ¿quién podría asegurar que no hubiese sido un desconocido(a) sin causa, un drogadicto(a) sin causa? Ella salía de la estación del metro Cerro de la Estrella cuando miró hacia la izquierda, dijo, hacia donde debían hallarse los microbuses, en el mismo momento en que sintió un tirón en el costillar derecho, se dobló y estuvo segura de que su sangre se escurría por debajo del abrigo. No supo más de sí hasta que se vio tirada —tirada, dijo— en una camilla de urgencias.

El Enmascarado Café me contestó que subiera yo, él lo haría luego, mañana tal vez a la hora de visita. Ximena pudo pasar porque la portera jamás dudó de que ella tuviera más de 16 años y la vería desenvolverse como una mujer que regresa de todas partes. Ximena es la niña ideal para los que regentean a prostitutas, para las que regentean burdeles y para quienes viven principescamente de la trata de mujeres: con las mieles de los 16 años, parecen tener más de 18. 

Cuando subía las escaleras con Ximena, aludió por tercera vez a mi barba y mi piel, señas imperdibles, dijo, que le había dado la madre para que me localizara a la entrada del hospital, pero lo hubiera reconocido nada más por la voz (ella me había llamado por teléfono para darme la noticia), comentó sin mirarme y agregó mirándome “estás viejito”. Llegando al primer descanso de la escalera me encontré con la segunda cucaracha de las grandes que hasta hoy he visto en esta ciudad; ni siquiera se movió cuando nos acercamos, parecía herida tal vez por algún líquido matainsectos. La primera la había visto en el hotel de paso Quinta las Delicias, allá en la colonia Alfonso XIII, la cual, según mi memoria, era más grande y se quedó, inmóvil, en el paso para el baño; me miraba con odio; siguió sin moverse, desafiante, como resuelta a pagar con su vida el desafío.

Ximena me acompañó hasta la salida de la sala (de ocho o diez camas, todas ocupadas y acaso a metro y medio una de la otra, adonde había podido entrar mediante 50 pesos que anularon mi condición de varón y sumaron que yo era familiar de la paciente, y que fueron ascendiendo desde la portería hasta las manos de una moza de limpieza) y desde su cama requintada contra una de las paredes del fondo, y ahora reclinada, Verónica intentaba decirme adiós con su mano libre. Cuando pasábamos junto al escritorio de las enfermeras, una se concentró en mirarme con sorna, de modo que tal vez no escuchó que la otra, de espaldas a mí, le respondía “... y el Ricky también es maricón, qué desperdicio”.

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Félix Luis Viera (Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, EE UU, 2010, Ediciones Il Flogio, Italia, 2011); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002, Editorial L´ Ancora del Mediterraneo, Italia, 2005), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió varias distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en distintos periódicos con artículos de crítica literaria, de contenido cultural en general y de opinión social y política. Asimismo, ha impartido talleres literarios y conferencias, y se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones.

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ver  Fragmentos de la novela "La sangre del tequila"  (I) (II) (III)

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