Monday, August 20, 2012

Fragmento de la novela "La sangre del tequila" (por Félix Luis Viera)

Nota del blog: Tercera entrega de cuatro fragmentos de "La sangre del tequila", novela en proceso de creación, de Félix Luis Viera. La selección de textos corresponden al plano Verónica.

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Lo malvado de este apartamento es que las ventanas y la puerta dan a un patio central, y que la gente pasa junto a ellas a un aliento de distancia de uno. Debo mantener la cortina de la ventana cerrada: antes parecía que estaba escribiendo en exhibición pública: los de los pisos de arriba, al pasar junto a la ventana, me escrutaban, creo que mecánicamente —bueno, es de humanos—, y así me hacían polvo la concentración. 

La administradora del edificio tiene su oficina en la planta baja, a la entrada, y es una de esas mujeres mexicanas blancas —“güeras”, les dicen aquí donde el racismo existe no precisamente bajo el telón, sino delante de este, aunque no esté en la letra de la Constitución de la República—, ya de edad casi alta pero de porte garboso, y canónica en su hacer. En ocasiones, cuando he ido a pagarle la renta o a verla para otra gestión, ha alabado mi puntualidad, mi proceder gentleman. 

Es difícil enfrentar a alguien que tiene esas opiniones de uno en una conversación tan erizada. Estoy seguro de que quienes le dieron la voz son dos señoras que viven una a la izquierda de mí y la otra en el apartamento de encima; dos señoras que habitan solas—o se habitan a sí mismas, como los solos—, y cada una tiene un perrito. Quién sabe por qué no se buscan o no han hallado un varón; todavía, con algo de buena voluntad, se las podría llevar a la Gloria. Así, como no pocas de las que he sabido en esta ciudad, palian su soledad con un perrito que llegan a amar más que al semejante. A estas dos aun las he escuchado mimar a sus animalitos como si estos fuesen más que personas; la de mi izquierda aun besa al suyo y dialoga con él, lo he escuchado al caminar por los pasillos.

–Señor, ni modo, con la pena y todo respeto: no hay de otra que entrarle a esta situación tan desafortunada —Me dice la administradora.

Yo le he pedido que se siente —en el único sofá que tengo— y lo ha hecho luego de mirar hacia afuera tres o cuatro veces, hacia el patio, las escaleras, después de empujar con el codo, como al desgaire, la hoja de la puerta, de modo que esta quede todavía un poco más abierta de lo que estaba. 

Huele a perfume de rango la administradora y en ningún momento de la conversación ha abandonado un aire de quien es capaz de sobrevivir a un naufragio en la noche cerrada de alta mar. Raro es ver en esta ciudad a una mujer con falda; en el no poco tiempo que llevo aquí me sobrarían los dedos de las manos para contar las que he visto vestidas con esta prenda. Ella trae una falda gris oscura, gruesa, y sobre la blusa menos gris, que apenas se le asoma, un abrigo de piel reluciente color gris acerado que, me atrevo a asegurar, compró en El Palacio de Hierro, tienda de tope cuya propaganda, que aparece en innumerables sitios, televisión, radio, periódicos, anuncios inmensos en lo alto de azoteas, casi todos dirigidos a las mujeres, tienen la salsa ideal para fomentar la ira consumista, la banalidad, el desguace, la envidia letal entre las hembras.

La administradora se ha asegurado de que su falda supere las rodillas lo más posible, halándosela dos o tres veces. Hemos hablado aproximadamente ocho o diez minutos, con esto ha bastado: debo irme del edificio, si bien no hay tanta prisa, me ha dicho ella, en un mes, digamos. Sucede que las quejas han ido en aumento: a veces se sienten ruidos muy fuertes en mi apartamento y gritos... espeluznantes se podría decir... como si una persona estuviera siendo lastimada...

—Señora —le digo cuando ella, con gestos mayestáticos, se ha levantado y da, de medio lado, el par de pasos que la separan de la puerta—, no se preocupe, cumpliré con el plazo que me ha dado… Pero todo esto no es más que envidia —y señalo, uno, dos, hacia los apartamentos de las vecinas de los perritos.


—Ahora se me va a salir, voy a estornudar.

—Tienes experiencia... Debes haber estornudado en esa posición un montonal de veces...

—Nomás las veces que la he tenido dentro y me han dado ganas de estornudar... No soy una virgencita... Ya se me fue el estornudo... ¿Qué me decías? Ay...

—... Que allá en mi barrio en Cuba... a las mujeres que tenían la cintura como la tuya, decía la gente que se la habían remarcado con alambre desde niña...

—¿Qué le habían remarcado qué? Ay... ay...

—La cintura...

—No me la vayas a sacar, espérame...

— No puedo... no puedo mantenerme así...

—Espérame... quiero venirme otra vez... espérame un poquitito... un poquitito...

—Pero no no no... con esas contracciones es peor...

—Que no dé de sí, que no dé de sí... ay ay qué encharcamiento... Dame un segundito...

—Sí, pero levanta... levanta las nalgas...

—Ni modo, si ya sabes que me gusta rozarte con el chiquito... Eso... que no se te ponga aguadita eh... Así así así... Ya te la estoy dando... te la estoy dan... Tápame la boca porfa... tápame la...


Yo ya estaba esperando la visita de la administradora: Verónica Illescas sin duda grita más que el común de las mujeres. Aunque yo detenga la brega y le pida que baje el volumen, ella ni responde; está en otro mundo; en el planeta de los gritos; se ha marchado de lo terrenal; “dame más”, grita. Su agudo final, “mááááássssss”, rebota contra las paredes, las traspasa mientras pienso en las dos señoras vecinas vagas a tiempo completo con sus perritos y más cuando antes he descorrido las cortinas y he visto que las de ellas están descorridas. Cálmate, Verónica, muérdete la lengua. Le repito deteniendo el ayuntamiento. Pero ella tiene la trompa de Eustaquio en sentido de letargo, solo siente y aúlla, y se cambia desde arriba o desde abajo según el caso “ahora vuelve a darme por el chiquito y riégamela ahí”.

Bitácora de los vencidos:

Doy gracias a aquellos españoles que en esta tierra no hicieron lo que en otras por ellos conquistadas, donde arrasaron con la indiada.

Coincido plenamente con este párrafo del sexo-biólogo mexicano Víctor Hugo Escalante en su libro Lava reciclada: “la fusión azteca, mixteca, maya, rarámuris, tolteca, zapoteca, etcétera, etcétera, etcétera, es la gracia que logra que tantas mujeres de nuestro país —como en ningún otro— padezcan de instintos sexuales que casi están a la par con el instinto sexual de los irracionales, con la atenuante de que nuestras mujeres demuestran un alto coeficiente intelectual cuando no están en conexión con el sexo”.

Agradezco estos versos que se me han quedado en la memoria del poeta mexicano Rogaciano Maravilla: “Una de nuestra mujeres basta/ para ser la tómbola de todos los sexos hembras/ puesta en la punta de/ un alfiler”.

Coincido además con esta sentencia —que lamentablemente leí un poco tarde en mi vida—del erudito peruano Celso Larramendi: “en cuanto al sexo, una mujer se nos hace imprescindible más por sus gritos que por sus haceres”. 

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Félix Luis Viera (Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, EE UU, 2010, Ediciones Il Flogio, Italia, 2011); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002, Editorial L´ Ancora del Mediterraneo, Italia, 2005), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió varias distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en distintos periódicos con artículos de crítica literaria, de contenido cultural en general y de opinión social y política. Asimismo, ha impartido talleres literarios y conferencias, y se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones.

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