Wednesday, August 1, 2012

(desde el estudio de Viera) Llegaron los comunistas

Foto/Blog Desde Cuba
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por Félix Luis Viera


Allá en El Condado, el barrio de mi infancia, en Santa Clara, arribaron, hace ya unos 55 años, unas personas mal vestidas con ropas de muchos colorines, pañuelos en la cabeza, arrastrando bártulos de diferentes tipos, prodigando una tremenda algazara. Se situaron al fondo del barrio, en un descampado; armaron carpas como si fueran a vivir ahí el resto de sus vidas. Dijeron los condadenses que los vieron de cerca que todos tenían los ojos claros. Yo, que los vi desde lejos, agrego que todos eran blancos y medio rubios.

“Son ´húngaros´”, me respondió mi mamá, quien, por más que le insistí, no supo darme más detalles del origen de aquellas personas. 

Fui a ver al Chino, el hombre más sapiente del barrio hasta donde yo sé. Él visitaba diariamente el centro espiritista de Sixta, frente a mi casa. Era delgado, mulato achinado de pasas duras, usaba lentes y entrecerraba los ojos cuando razonaba una respuesta. Siempre estaba vestido y calzado de blanco. Nos ayudaba a los chamacos para las tareas de la escuela y, en general, nos daba buenas charlas instructivas.

Me explicó el Chino por qué les decían “húngaros” —y “húngaras”– a aquellas personas que habían acampado en el fondo del barrio. Me relató sobre los “gitanos”, su origen, sus desplazamientos por tantas y diversas latitudes.

Eso repliqué al grupo de chamacos –seis o siete— que diariamente, al atardecer, nos reuníamos junto al poste de la cuatroesquinas: “Son húngaros o gitanos, que me lo dijo el Chino”. Digo repliqué porque uno ellos, y los demás lo apoyaron, al llegar yo a las cuatroesquinas me había dicho: “¿Ya te enteraste que llegaron los comunistas y están viviendo allá en la sabana?”.

Discutimos un poco. Pero al fin me callé luego de decirles: “Les voy demostrar que están equivocados”.

Al mediodía del día siguiente, cuando regresé de la escuela, fui a ver al Chino al centro espiritista de Sixta. Estaba en la sala, sentado en un sillón, leyendo una revista Bohemia. Como siempre, vestido de blanco. A él, reitero, le gustaba ayudar a los muchachos, así que enseguida que le pedí permiso para pasar descruzó la pierna, sonrió y me invitó a sentarme frente a él, en otro sillón.

—Pues Chino... ¿que se acuerda que usted me dijo ayer que esas personas que están en la sabana son húngaros o gitanos?

—Sí, hijo, ¿y qué pasa?

—Pues que anoche dicen mis colegas en el poste de la cuatroesquinas que esa gente son comunistas, no gitanos ni húngaros. Qué discusión tuvimos.

—¿Eso dijeron?

—Así mismo.

El Chino pareció reflexionar. Entrecerró los ojos, sacó la mirada por la puerta y la puso en la tierra de la calle. Se volvió hacia mí con aquella sonrisa que parecía costarle trabajo despuntar por entre sus labios gruesos. Y al fin, ampliando la sonrisa:

—Hijo, son la misma cosa.



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Félix Luis Viera (Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, EE UU, 2010, Ediciones Il Flogio, Italia, 2011); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002, Editorial L´ Ancora del Mediterraneo, Italia, 2005), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió varias distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en distintos periódicos con artículos de crítica literaria, de contenido cultural en general y de opinión social y política. Asimismo, ha impartido talleres literarios y conferencias, y se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones.

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