“To be or not to be, that is the question…”.
Hamlet, acto III, escena I.
Precisamente esta última semana del Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami subió a escena una obra que desde que tuviera la oportunidad de verla en alguno de los encuentros teatrales internacionales a los que con frecuencia asistiera el recientemente fallecido Mario Ernesto Sánchez, este se propuso que pudiera ser disfrutada por el público de nuestra ciudad. Nos referimos a “Hamlet”, propuesta peruana dirigida y adaptada libremente por Chela de Ferrari -Graciela Elvira Raquel Giraldez Castro- reconocida dramaturga y directora de escena en su país, quien en el año 2003 fundara la sala Teatro La Plaza -productora de esta propuesta- la cual dirige y donde ha llevado a escena textos de la dramaturgia peruana, así como obras del repertorio clásico internacional bajo una mirada contemporánea.
Ante el anuncio de esta obra, uno de los destacados títulos de la dramaturgia de William Shakespeare, sin duda alguna tendremos la certeza de que presenciaremos en escena la gran tragedia que nos enfrenta al desolador ambiente de profunda oscuridad, ambición y muerte que rodea la figura de aquel desgraciado príncipe de Dinamarca; pero contrariamente este otro Hamlet, partiendo de la diatriba filosófica del ‘ser o no ser’ ofrece otra mirada de manera vital, humana, con humor pero con profundidad, proponiendo un nuevo texto dramático cruzado entre el original shakesperiano y el creado a partir de las experiencias de vida de sus intérpretes, quienes en realidad son ocho jóvenes actores con Síndrome de Down.
Para adentrarnos en esta puesta en escena es necesario primero hablar de la labor que en Perú lleva a cabo Jonathan Oliveros, periodista, actor, director y profesor de teatro, fundador de LiberArte, institución que, a través de las experiencias con el teatro musical trabaja en potenciar las capacidades creativas de personas con padecimientos neuro divergentes, buscando su integración plena a su entorno social. Este importante proyecto tiene su sede en el teatro Auditorio de Miraflores, en Lima, lugar donde imparte conferencias, talleres y los cursos que preparan a dichos jóvenes para subir a las tablas y con ello cambiar tanto sus vidas como las de las personas que los rodean. Dentro de sus montajes se encuentran musicales tales como La Cenicienta, La otra historia de Pinocho, El mundo de Oz, Anita, la huerfanita, La sirenita, Shrek el musical, La Bella y la Bestia, Mamma Mia, Grease, Hairspray, Aladino, entre otros. Hay que destacar que, a pesar de tan importante, necesaria y humana labor, este proyecto no ha contado con el apoyo suficiente por parte de las autoridades gubernamentales, aunque sí han tenido el apoyo de diversas instituciones de carácter privado y sobre todo de financiación salida del propio bolsillo de Oliveros.
La historia de este montaje de “Hamlet” tiene un camino nada convencional, pues el mismo parte del encuentro de Jaime Cruz, joven con Síndrome de Down, que trabajaba como acomodador y repartidor de programas en el Teatro La Plaza y cuyo deseo era convertirse en actor, con Chela de Ferrari -la cual deseaba llevar a escena este clásico de Shakespeare- encuentro que hizo ver a la directora que dicho joven poseía la capacidad actoral y ambición para asumir el personaje protagónico de la obra. Con esta visión la Ferrari a sabiendas de la responsabilidad sobre el nuevo camino al que dirigía su trabajo, contactó inmediatamente con Jonathan Oliveros y su proyecto, para así iniciar un trabajo mancomunado, dirigido a lograr un elenco que estuviera integrado en su totalidad por actores neuro divergentes. El proceso de preparación que se extendió por un año, entre el 2018 y 2019, logró encontrar los intérpretes adecuados para enfrentar tal reto, el cual desde su inicio ha estado formado por Jaime Cruz, Octavio Bernaza, Lucas Domarchi, Manuel García, Diana Gutiérrez, Cristina León Barabdiarán, Ximena Rodríguez y Álvaro Toledo, quienes han subido a escenarios de todos los continentes, convirtiéndose en embajadores de las personas neuro divergentes a nivel mundial.
Al enfrentarnos a esta propuesta, debemos tener en cuenta que los actores que tienen sobre sus hombros tal responsabilidad no presentan enfermedad alguna, sino que forman parte de un grupo de personas que poseen una variante más de la diversidad neurológica humana, lo que implica tener una serie de habilidades únicas, las cuales van de la mano de ciertas dificultades para la interacción con el ambiente que los rodea. Dentro de este conjunto de personas, las encontraremos agrupadas bajo diferentes referencias -TDAH o Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, Autismo, Dislexia, Dispraxia- de acuerdo con características de sus respectivos comportamientos.
De lo anterior se desprende que lo que veremos sobre las tablas se encuentra concebido partiendo de las posibilidades y capacidades tanto físicas como expresivas de cada uno de estos jóvenes y que por tanto nos debe dar una idea del minucioso trabajo que desde la dirección realizaron tanto Chela de Ferrari como Jonathan Oliveros, como director asistente y especialista. Precisamente es aquí donde reside el gran éxito de este trabajo, al aceptar el reto de reconstruir el complejo mundo existencial de Hamlet sobre la base de los también difíciles problemas existenciales de los propios intérpretes. El argumento original va descubriéndose a través de la interacción directa entre los temores, anhelos y problemas con los que tienen que convivir a diario cada una de las personas ahora sobre las tablas.
Aunque Jaime Cruz -motivador de este proyecto- es el encargado principal de incorporar la personalidad del atribulado príncipe danés, la dirección de la obra de manera acertada rota la responsabilidad de asumir dicho personaje a todos en escena, ofreciendo así la oportunidad a que cada uno de ellos puedan expresar sus propios conflictos mediante la interacción con los de Hamlet. La tragedia de Shakespeare se entrecruza con humor, bailes y canciones, rompiendo constantemente la llamada cuarta pared, si temor por parte de los actores a mezclarse entre el público de la platea e incluso incorporando a espectadores para formar parte de la acción -escena en la que el Rey, padre de Hamlet, es asesinado por su propio hermano Claudio, quien le vierte veneno en el oído mientras este duerme- donde los intérpretes de manera ocurrente y simpática los ‘instruyen’ de cómo actuar, traslocando una escena dramática en una de comedia.
La puesta en escena -con traducción simultánea al inglés- se vale de numerosas y bien logradas proyecciones que sobre una gran pantalla proponen multiplicidad de escenarios desde donde los actores continúan con el desarrollo de la trama fuera de la vista del espectador, brindándole al espectáculo una plural propuesta visual. Interesantes momentos ocurren llegado el instante del famoso soliloquio de Hamlet, cuando sobre el escenario uno de los intérpretes por un lado asume la pose y dobla al actor británico Laurence Oliver, en la escena del filme de 1948 o cuando inmediatamente después, otro de los jóvenes incorporando también el propio personaje lo hace delante de la pantalla donde se proyectan numerosas imágenes de actores realizando dicho monólogo en diferentes idiomas.
El espectáculo ha sido construido dentro de un vertiginoso ritmo que no decae en ningún momento, con constantes entradas y salidas de los actores en escena, encargados ellos mismos de mover elementos de escenografía y utilería utilizados. A esta dinámica se suma el aporte hecho por los certeros materiales fílmicos proyectados que contribuyen a la movilidad y plasticidad de la acción.
De esta forma, el espectáculo durante su hora y treinta y cinco minutos de duración conduce al espectador por un camino donde ambas historias, la concebida por Shakespeare y la de cada uno de los integrantes del elenco se funden en un mismo propósito, en el cual la valoración de la existencia humana y sus conflictos, las inesperadas maneras de hacerse estos presentes, así como sus condicionamientos, la capacidad de enfrentarlos y las consecuencias derivadas de ello, definen la adaptación y el rumbo a tomar por el individuo.
Antes de terminar estas líneas se hace imprescindible reconocer el trabajo de todo el equipo de realización técnico-artístico que hace posible este milagro en escena, conformado por Alessandra Rodríguez como entrenadora vocal, Mirella Carbone coreógrafa, Lucho Soldevilla en los materiales visuales, Jesús Reyes diseñador de luces, Andre Nunton director de iluminación, Kevin Yupanqui técnico de video, Jhosimar Sullon en el sonido junto a la dirección asociada y la dramaturgia de Jonathan Oliveros, Claudia Tangoa y Luis Alberto León
Un señalamiento que es preciso hacer y ciertamente resulta imposible de ocultar es que, para el amante devoto de la obra del dramaturgo inglés esta no es la propuesta indicada, debido a que este nuevo “Hamlet”, tan distinto, atrevido, disruptivo y a la vez comprometido con la dignidad humana de aquellos a los que la sociedad ve como ‘diferentes’, lo que se propone es utilizar como pretexto la trágica historia del príncipe de Dinamarca para convertirse en un llamado global de concientización. El presente proyecto nos enfrenta a un trabajo de deconstrucción dramatúrgica de la tragedia original en aras de construir una celebración colectiva de vida, de donde no quedan excluidas posibles connotaciones políticas y sociales.
Que por fin la presentación en nuestros escenarios de este otro “Hamlet” haya sido posible, se convierte sin duda alguna en otro homenaje de recordación hacia Mario Ernesto Sánchez.
Wilfredo A. Ramos.
Miami, septiembre 25, 2026.






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