Monday, September 14, 2026

“La oveja blanca”, la tragedia cubana sube oportunamente a las tablas de Miami. (por Wilfredo A. Ramos)


Hablar acerca del teatro cubano lamentablemente impone hacerlo desde dos miradas antagónicas, separadas ambas no solo por distancias geográficas, sino también por la visión política e ideológica que cada una de ellas proyecta. Para algunos de nosotros el teatro cubano será siempre uno solamente, sin importar el rincón del mundo desde donde haya sido concebido, ni el idioma en que se encuentre escrito, porque siempre será portador del sentido de la vida, la esencia y la visión que conforma la naturaleza del nacido en aquella isla; pero lamentablemente decisivas y profundas divergencias de carácter político que han implicado devastadores acontecimientos sociales, han hecho que dicho teatro haya sufrido también divisiones ideológicas las cuales han provocado lacerantes heridas costosas de ignorar.

Desde los tempranos años de la década del sesenta del pasado siglo, con la llegada al poder en Cuba de la supuesta revolución hecha para los obreros, los pobres y desposeídos, envuelta en un supuesto manto ‘verde como las palmas’, que prontamente se tiñera ‘rojo de sangre’, el ciudadano de la isla se vio obligado a buscar maneras de escapar hacia un exilio, que aunque en los primeros momentos se tomara como temporal, ha continuado su travesía a través del tiempo, acumulando ya c siete décadas de existencia. Dicha diáspora ha alcanzado las regiones más insospechadas del mundo, pero desde un inicio tuvo su punto principal de concentración en la ciudad de Miami, a solo 90 millas de la tierra dejada atrás, por lo que pronto este enclave -no sin dolores, tristezas, carencias y mucho esfuerzo- se fue convirtiendo en el nuevo hogar de cientos, de miles de cubanos que han buscado la seguridad y libertad que les fuera cercenada en su patria.

Entre la multitud de cubanos que arribaron a estas costas, médicos, ingenieros, amas de casa, empleados, maestros, enfermeros, dueños de negocios grandes y pequeños, hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, llegaron también artistas y como no podía ser de otra forma gente de teatro: directores, actores, dramaturgos, escenógrafos, diseñadores, técnicos, quienes a pesar de tener que comenzar desde cero buscándose los medios para comenzar una nueva vida, no dudaron en regresar a los escenarios con la doble intención de entretener al cada vez más abundante número de compatriotas que arribaban, mientras que fijaban su mirada en continuar su personal desarrollo artístico.

Numerosos espacios de representación teatral -no siempre los más idóneos- comenzaron a marcar el mapa de una ciudad que poco a poco iría creciendo y desarrollando una incipiente vida cultural en la lengua de Cervantes, permitiendo que subieran a escena obras del repertorio internacional y cubano, así como nuevas propuestas escritas por autores que desde el exilio deseaban dejar constancia de sus experiencias y deseos de recuperar un país por el que nunca se ha dejado de luchar.

Dramaturgos cubanos que fueron asentándose en estas tierras desde los primeros momentos, tales como Pedro Román, Matías Monte Huidobro, Julio Matas, Luis Baral, Pedro Monje Rafuls, Maricel Mayor Marsán, Luis Santeiro, José Abreu Felipe, Iván Acosta, Héctor Santiago, Raúl de Cárdenas, José Cid, José Corrales, Leopoldo M. Hernández, Marcos Miranda, Julie de Grandy, Nilo Cruz, entre muchos otros, y aquellos que han continuado arribando a través de los años, como Carmen Duarte, Eddy Díaz Souza, Ernesto García, Nitsy Grau, Antonio Orlando Rodríguez, Yoshvani Medina, Adyel Quintero, Cristina Rebull, Grethel Delgado, Yusniel Suárez, han continuado haciendo un teatro que aunque extra insular no ha dejado de ser cubano también, el cual se mira a sí mismo desde una visión no solamente de libertad conceptual, sino juzgando y colocando sobre las tablas la trayectoria errática que ha violentado a la nación cubana de las últimas casi siete décadas.

Hay quienes critican con cierto desdén la dramaturgia cubana del exilio por volver una y otra vez sobre la problemática política y social, sobre las consecuencias obvias que han afectado a su población y de los que incluso han logrado escapar físicamente, pero que aún continúan atrapados en ella de manera sentimental y psicológica. Muchos de esos que señalan y juzgan, olvidan que el teatro siempre ha sido utilizado también como instrumento de denuncia, como forma de llamar la atención sobre determinados acontecimientos que marcan el rumbo de la sociedad, pero huyendo del puro panfleto político, buscando hacerlo a través del nivel artístico requerido.

Desde tal perspectiva, sin duda alguna la dramaturgia cubana tanto la realizada dentro de la isla como la del exilio ha quedado marcada por ideas políticas, mientras una se ha convertido en denuncia, la otra se ha hecho partícipe y cómplice, ahí la gran diferencia entre ambas.

Para aquellos que nos reprochan nuestro teatro exiliado por sus bien definidas características ideológicas y políticas, al parecer olvidan que de igual manera existe una muy abundante dramaturgia acerca de las dictaduras argentinas, uruguayas, chilenas por solo citar algunas o que trata habitualmente sobre problemáticas dentro de las comunidades chicanas y afroamericanas en los Estados Unidos o aquella otra que no deja de denunciar en todo momento los horrores del holocausto y los terrores del nazismo, por lo que no existe razón alguna para que los cubanos no tengamos igual derecho a denunciar con toda vitalidad el genocidio sufrido por nuestra nación, también en manos de una despótica y sangrienta dictadura, que por cierto ha resultado ser la más longeva del continente.

Debido a lo explicado anteriormente, una obra como “La oveja blanca” - escrita por Rolando Tarajano- producción la cual acaba de ser estrenada y presentada en tan solo dos funciones -como lamentablemente resulta habitual- en el Sandrell Rivers Theater, los días 22 y 23 del pasado mes de agosto, debiera constituir un momento de reflexión dentro del actual teatro cubano en general. La obra que contó con dirección del propio autor, quien además la protagoniza junto a un elenco formado por Danielys Brito, Elizabet San Miguel, Daniel Panebianco y Roly Guardado, bajo la producción general de Niurka Noya, llega en momentos donde la desgarradora situación entorno a la realidad que se vive dentro de la isla de Cuba alcanza niveles que desbordan las más pesimistas proyecciones, convirtiéndose en un contundente grito de denuncia.

Con esta pieza, su autor ha abordado temas sensibles de ingente actualidad, colocando ante el espectador una reconocible realidad, no temiendo hacer para ello uso de variados recursos, desde el humor, el sarcasmo, hasta el desgarramiento del drama. Sobre el escenario, el argumento nos presenta a un matrimonio acompañado de una hija adolescente quienes hace dos años llegaron a este país después de un peligroso periplo a través de fronteras, selvas y enfrentamientos con la delincuencia que los mueve y acompaña, de la que también han tenido que protegerse. Estos personajes que ante nuestros ojos se nos muestran deseosos de encauzar sus vidas con nuevos proyectos, no obstante, pronto dejan ver una herida abierta que no les permite entregarse por completo a sus propósitos, ya que atrás, en la isla dentro de una cárcel como prisionero político, ha quedado el hijo varón, situación que para la madre constituye un sufrimiento imposible de contener. Dicha situación -que condicionará el desarrollo argumental de la obra- pone en riesgo el matrimonio, produciendo aparentes rupturas que provocan reproches por haber tomado la decisión de abandonar el país, dejando al hijo atrás a pesar de haber contado con su aprobación en tal proyecto.

Dicha trayectoria dramática va a construirse dejando correr la acción entre situaciones cotidianas de adaptación a la nueva vida, abriendo ciertas ventanas hacia el pasado, chocando con los avatares de la cotidianeidad, todo ello a medida que se va elevando paso a paso el tono dramático que conducirá al impactante desenlace hacia el que el autor expone al público con una frontal declaración de principios, la cual convierte el final de la obra en un llamado de atención hacia todos los cubanos que han tomado el camino del exilio, a repensarnos si con nuestra decisión no cargamos también con parte de la responsabilidad por la continuidad de la septuagenaria tiranía que ha asolado a nuestra nación. Sin duda alguna, el desenlace de la obra se siente como un violento bofetón sobre nuestras conciencias y un llamado a la reflexión.

Entre los varios temas tratados en este texto dramático hay dos que llaman la atención debido a que hacen referencia a como personas sin escrúpulos fuera de Cuba se aprovechan para explotar la necesidad material del cubano, tanto de aquel que permanece dentro de la isla como del recién llegado, con el objetivo de obtener ganancias económicas. Uno de esos temas tiene que ver con el interés por comprar las pinturas realizadas por el joven en la isla, que su familia con mucha dificultad ha podido traer consigo -situación que resulta un poco forzada teniendo en cuenta la manera en que realizaron la travesía hacia este país- por parte de un cierto marchante de arte también de origen cubano, que a la larga resulta ser una estafa.

El otro aspecto que no deja de vincularse al anterior es la propuesta de dicho interesado en las obras pictóricas -ante su supuesta inviabilidad económica- de convertir a la familia en socios dentro del lucrativo negocio de las agencia de viajes y envíos de paquetes hacia Cuba -para si poder pagarles las obras de arte- oferta que aunque para el padre representa una manera de poder prosperar, por parte de la madre es vista como una ofensa hacia el hijo preso en la isla. El momento de discusión que entre ambos padres con posiciones antagónicas produce dicha situación, resulta sin duda alguna el de mayor intensidad dramática de la puesta, en el que ambos actores -Tarajano y Brito- ofrecen una excelente muestra de sus facultades interpretativas. Tan solo por dicha escena, esta obra tendría que ser considerada como un parteaguas dentro de la dramaturgia cubana actual.

Aunque hayamos hecho referencia al desempeño de Rolando Tarajano y Dianelys Brito respecto a una escena en específico, debemos agregar que en general ambos asumen sus roles con una razonada lógica emanada de posibles experiencias conocidas -Stanislavsky estaría de pláceme- con lo que la credibilidad de los mismos queda fuera de toda duda. Tanto uno como otro actor aborda sus respectivos personajes mediante una diversidad de matices que enriquecen sus desenvolvimientos dramáticos, con la naturalidad y el sentido de verdad requeridos, convirtiendo su labor escénica en referencia de magnífico quehacer artístico.

En cuanto a Elizabet San Miguel como la hija, su labor se desenvuelve con naturalidad, frescura y buena proyección, apropiándose inteligentemente del rol de intermediaria dentro de la tragedia familiar, aportando con su presencia el discurso de racionalidad necesario. Respecto a Daniel Panebianco como el joven recién llegado desde la isla, su desempeño no logra salirse de cierta frialdad, mientras que Roly Guardado en el rol del hijo dejado atrás, a pesar de sus muy breves apariciones en escena, muestra una acertada interiorización de la esencia de tan importante personaje para el desarrollo de la historia.

Tres aspectos podríamos señalar a la puesta en escena. Primero, la innecesaria y excesiva utilización de palabras soeces caracterizando el comportamiento cotidiano del cubano. Si bien es cierto que actualmente dentro de la isla, producto de todos estos años de manipulación y desvalorización de la sociedad, tanto la moral, el lenguaje, como el comportamiento del ciudadano se ha degradado, vulgarizado, colindando con lo delincuencial, consideramos que sobre el escenario tal realidad debe ser manejada de otra manera, con respeto hacia un público que no tiene porque estar expuesto a tales groseras expresiones, sobre todo si pensamos en un espectador no cubano. Debemos saber distinguir entre lo ‘popular’ de lo que resulta ser grosero, mirando hacia atrás, hacia nuestro desaparecido teatro vernáculo. Al hacer uso de dicho vocabulario en escena, ayudamos a reafirmar una nada favorable opinión muy difundida a nivel mundial respecto a los cubanos, a la cual los artistas no podemos contribuir.

Otro punto a tener en cuenta se refiere a la misma concepción de la puesta, la cual va desarrollando cada escena de la obra a través de cuadros separados unos de otros, efecto logrado mediante la salida de los actores de escena y el bajar la intensidad de la luz, acción que se irá repitiendo constantemente a lo largo de todo el espectáculo, ejerciendo cierta monotonía al ritmo de la obra, así como la sensación de estar ante una propuesta con características más propias de un trabajo fílmico que teatral. Por último, señalar una vez más como venimos haciendo constantemente cada vez que se presenta dicha situación, en la innecesaria utilización de micrófonos corporales que provocan imprevistos y no deseados efectos sonoros, que acomodan a los intérpretes a no tener que esforzarse por trabajar su proyección de voz, quedándose atrapados detrás de un micrófono, con lo que se corre el peligro de acentuar el carácter televisivo de las actuaciones.

No obstante, estos apuntes que no empañan para nada el valor de esta propuesta teatral, consideramos que la misma debería tener un largo recorrido por diversos escenarios no solo de esta ciudad o país, sino que también debiera convertirse en embajadora sobre escenarios internacionales de la denuncia de un pueblo que sufre la ausencia de libertad para su país. Enhorabuena a Rolando Tarajano por adentrarse con su escritura en un tema de tanta vigencia, tratado con enorme sinceridad e igualmente a todo el equipo que creyó en él.



Wilfredo A. Ramos.
Miami, agosto 28, 2026.

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