Wednesday, March 4, 2026

Domitila Garcia de Coronado y sus “Consejos y Consuelos de Una Madre a su Hija”. (por Carlos A. Peón-Casas)


Revistamos hoy una creadora y una obra de singular importancia para las letras de la Isla cubensis.

Se trata de una intelectual camagüeyana, tan auténtica como las llanuras que distinguen aún en lontananza el siempre recordado Puerto Príncipe de siempre. Su labor precursora del saber la dotan de un siempre revelador pedigree, tristemente opacado y diluido en el tiempo literario de la literatura cubana.

Dejamos que ChatGPT nos auxilie en recordar sus datos biográficos:
Domitila García Doménico nació el 7 de mayo de 1847 en la ciudad de Camagüey, entonces llamada Puerto Príncipe, en la Cuba colonial española. Procedía de una familia estrechamente vinculada al mundo de la imprenta y el periodismo. Su padre, de origen español, era impresor y periodista, lo que permitió que Domitila creciera en un ambiente intelectual poco común para una mujer de su época. Desde niña tuvo acceso a libros, talleres tipográficos y discusiones políticas y culturales, lo que marcó decisivamente su formación. En el siglo XIX la educación formal femenina en Cuba era muy limitada. Domitila se formó en gran medida de manera autodidacta. Su ingreso al mundo del trabajo intelectual ocurrió cuando aún era adolescente. En una época en que el periodismo era casi exclusivamente masculino, ella redactaba artículos, corregía pruebas e incluso participaba en la impresión. Durante las guerras de independencia, se ha señalado que la imprenta familiar llegó a producir materiales vinculados a la causa patriótica, lo que implicaba riesgos frente a las autoridades coloniales. Domitila no se limitó a escribir. También Fundó escuelas y proyectos educativos, y promovió la alfabetización femenina En 1923 fue delegada honoraria al Congreso Nacional de Mujeres, reconocimiento a su trayectoria pionera.
La obra que hoy nos ocupa data de 1881, y varias reediciones posteriores.  Es en sí misma un compendio de excelsas enseñanzas que una madre hubiera siempre deseado transmitir como herencia a su prole. Domitila lo hizo desde su cercanía maternal a su hija. Hoy por hoy, tal cúmulo de sapiencia sería tan deseable como nunca, para paliar las ingentes y cada vez más desmesuradas desmemorias del buen saber.

Esta entrega fue muy bien acogida en su minuto. Muchas mentes, las mejores amuebladas de su época así lo testimoniaron: Luisa Pérez de Zambrana y Bachiller y Morales, tuvieron palabras de elogio.

El libro se compone de muchos Consejos esparcidos como capítulos de una escala del buen saber.

El lector tendrá a su mano un botón de muestra que nos regala esa parte tan juiciosa de la sabiduría, que la autora quiere obsequiar como resguardo de permanencias. Dejo pues de cierre, un capítulo de entre tales: el que dedica la autora a la Poesía con todas sus letras:


LA POESIA.

La poesía es la voz de la humanidad. Con frecuencia oirás calificar con desdén a los poetas, y con indiferencia a la poesía, como si fuese una cosa frívola insustancial.

Pero no estimes eso en nada, ni detenga el natural temor que inspira una crítica sangrienta, los vuelos de tu imaginación, si te favorece con sus dones la poesía: ella es y será siempre la voz de la humanidad, ya proclame libre y ufana sus triunfos, ya gima sus miserias oprimida.

¡Todo en el mundo tiene su propia y natural Poesía!

Se le da el primer puesto entre las artes de imitación, por su antiguo y remoto origen, por lo agradable de sus impresiones, por su dignidad e importancia en la historia, y por la universal extensión que abarca en su objeto.

No hay un ramo del saber e ilustración en que la poesía no desempeñe algún ministerio, y ejerza influjo poderoso y directo.Bajo el velo de la poesía es menos austera la verdad; menos áspera la voz del deber, encanta con su deliciosa rima a la infancia, y despierta emociones en la juventud naturaleza: luego las pasiones, modificar el espíritu.

El objeto primitivo de la poesia fué pintar la condición del hombre.

Las máximas vagas, las endechas sentidas, los romanos caballerescos, por insignificantes que nos parezcan a primera vista, siempre que llenen los preceptos del arte y expresen una idea, tienen mérito relativo, como lo tienen en su calidad de los cuadros complicados de la Eneida, y las narraciones patéticas de la Iliada.

Hay naciones privilegiadas para la poesía, y de la aurora del ensayo han corrido veloz al esplendor del claro día. Grecia produjo a Aquiles, y junto a sus hazañas gloriosas se vio brillar la inmortal figura de Homero, cantando con valeroso acento las virtudes del vencedor de Príamo.

Novecientos años después, bajo el reinado de Augusto, aparecieron Ovidio, Tíbulo y Horacio, como tres astros, y sus fulgores nos deslumbran todavía.

Eurípides, educado para las armas, trocó la espada por el arpa sonora de la musa épica, y esclareció su siglo creando la tragedia. Entre las heladas brumas de los picos del norte de Escocia, se escucha un acento penetrante y dulce, como la luz de una estrella vespertina; así diviniza nuestra fantasía el genio triste de Ossiam, el apasionado cantor de Oscar y Malvina.

Milton, Byron y Shakespeare, dan honor y encanto a la nación británica. Racme, Lebrum y Moliere, abrieron luminosas sendas a la grandiosa fantasía del genio, trancés. A mediados del siglo XI apareció en Castilla el primer ensayo tragico en verso; llamase Poema del Cid, cuyo autor no se ha descubierto jamás. Grandes comentarios se han hecho sobre este asunto, y ni ellos ni los estudios históricos de hombres investigadores del origen de la literatura española han descubierto nada sobre el.

La poesía trasmitió a las nuevas generaciones el compendio de las proezas del insigne D. Rodrigo Diaz del Vivar, con más prestigio que las de algún otro héroe castellano, realzada la narración por la rima. Se resiente la obra de los defectos innatos al idioma incorrecto y confuso de aquella época pero Rioja, Cervantes y Mariana han cincelado la primitiva, y de ella nos legaron clásicos modelos. España ha sido próspera en ciencia y letras, y su esplendente pasado es casi una acusación a su decadencia presente. Fray Luis d e León, era digno émulo de Horacio.

Hasta la época de Garcilaso y Argensola, no se notó variación en la poesía castellana. Los reyes de Aragón, desde el siglo XV, atrajeron a su corte los cancioneros y trovadores, despertando así el entusiasmo por lo bello, y protegiendo el talento con manifiesta adhesión. En aquella época, Tolosa, a imitación de Italia, había establecido la celebración de Juegos Florales, y siempre había paladines vencedores en la justa literaria. En una de ellas se distinguieron los trovadores Santillana y Jorge Manrique, siendo los primeros poetas laureados que con mas empeño, propagaron en su país el deseo de celebrar certámenes públicos; pues si bien era verdad que no habia competidores, pensaban con justicia que una vez "creada la escuela acudirán discipulos"

Demos ahora una mirada rápida sobre nuestro país. Todos los hijos de la América son amantes de la poesía; principalmente en Cuba se manihesta mas que en ninguna otra parte una decidida vocación por ella: hay hombres rústicos, nacidos y criados en la soledad del campo, que no solo ignoran las reglas del arte poético, sino hasta el nombre de las letras del alfabeto, y sin embargo, bajo el calor de sentimiento entusiasta improvisan versos sentidos que halagaron con su cadencia e l oido, y llevan al ánimo la convicción porque expresan ideas. -

No puede citarse ese ejemplo como regla general, ni porque se tenga como poeta a todo el que hace versos, sino para reconocer las facultades que se revelan…

La Avellaneda, para quien todos los géneros de la poesía, ya arrogante, ya ligero, descriptivo objetivo, eran tan seductoramente amoldados asilestro, maravilla y extasía el pensamiento en la romántica cantinela, y embriaga, fascina en el himno.

Oigamos su voz siempre grata y querida en el inmortal canto a la poesía

A LA POESIA
 
¡Oh tú, del alto cielo
Precioso don al hombre concedido!
¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,
De mis placeres manantial querido!
¡Alma del orbe, ardiente poesía,
Dicta el acento de la lira mía!
 
Díctalo, sí, que enciende
Tu amor mi seno, y sin cesar ansío
La poderosa voz, que espacios hiende,
Para aclamar tu excelso poderío,
Y en la naturaleza augusta y bella
Buscar, seguir y señalar tu huella.
 
¡Mil veces desgraciado
Quien -al fulgor de tu hermosura ciego-
En su alma inerte y corazón helado
No abriga un rayo de tu dulce fuego;
Que es el mundo, sin ti, templo vacío,
Cielo sin claridad, cadáver frío!
 
Mas yo doquier te miro;
Doquier el alma, estremecida, siente
Tu influjo inspirador; el grave giro
De la pálida luna, el refulgente
Trono del sol, la tarde, la alborada...
Todo me habla de ti con voz callada.
 
En cuanto ama y admira,
Te halla mi mente. Si huracán violento
Zumba, y levanta el mar, bramando de ira;
Si con rumor responde soñoliento
Plácido arroyo al aura que suspira...
Tú alargas para mí cada sonido
Y me explicas su místico sentido.
 
Al férvido verano,
A la apacible y dulce primavera,
Al grave otoño y al invierno cano
Me embellece tu mano lisonjera;
¡Que alcanzan, si los pintan tus colores,
Calor el hielo, eternidad las flores!
 
¿Qué a tu dominio inmenso
No sujetó el Señor? En cuanto existe
Hallar tu ley y tus misterios pienso:
El universo tu ropaje viste,
Y en su conjunto armónico demuestra
Que tú guiaste la hacedora diestra.
 
¡Hablas! ¡Todo renace!
Tu creadora voz los yermos puebla;
Espacios no hay que tu poder no enlace;
Y rasgando del tiempo la tiniebla,
De lo pasado al descubrir ruinas,
Con tu mágica luz las iluminas.
 
Por tu acento apremiados,
Levántanse del fondo del olvido,
Ante tu tribunal, siglos pasados;
Y el fallo que pronuncias -trasmitido
Por una y otra edad en rasgos de oro-
Eterniza su gloria o su desdoro.
 
Tu genio, independiente
Rompe las sombras del error grosero;
La verdad preconiza; de su frente
Vela con flores el rigor severo,
Dándole al pueblo, en bellas creaciones,
De saber y virtud santas lecciones.
 
Tu espíritu sublime
Ennoblece la lid; tu épica trompa
Brillo eternal en el laurel imprime;
Al triunfo presta inusitada pompa;
Y los ilustres hechos que proclama
Fatiga son del eco de la fama.
 
Mas, si entre gayas flores,
A la beldad consagras tus acentos;
Si retratas los tímidos amores;
Si enalteces sus rápidos contentos;
A despecho del tiempo, en tus anales,
Beldad, placer y amor son inmortales.
 
Así en el mundo suenan
Del amante Petrarca los gemidos;
Los siglos con sus cantos se enajenan;
Y unos tras otros -de su amor movidos-
Van de Valclusa a demandar al aura
El dulce nombre de la dulce Laura.
 
¡Oh! No orgullosa aspiro
A conquistar el lauro refulgente,
Que humilde acato y entusiasta admiro,
De tan gran vate en la inspirada frente;
Ni ambicionan mis labios juveniles
El clarín sacro del cantor de Aquiles.
 
No tan ilustres huellas
Seguir es dado a mi insegura planta...
Mas, abrasada al fuego que destellas,
¡Oh, genio bienhechor!, a tu ara santa
Mi pobre ofrenda estremecida elevo,
Y una sonrisa a demandar me atrevo.
 
Cuando las frescas galas
De mi lozana juventud se lleve
El veloz tiempo en sus potentes alas,
Y huyan mis dichas como el humo leve,
Serás aún mi sueño lisonjero,
Y veré hermoso tu favor primero.
 
Dame que puedas entonces,
¡Virgen de paz, sublime poesía!,
No transmitir en mármoles ni en bronces
Con rasgos tuyos la memoria mía;
Sólo arrullar, cantando, mis pesares,
A la sombra feliz de tus altares.


Alentada por tan consoladores conceptos, si poseyendo tan bello dón no se escuchan tus cantos con ternura ni entusiasmo, recuerda que para Miguel de Cervantes Saavedra, el modelador de la sonora lengua d e Castilla, y autor de la hermosa leyenda de la Edad de Oro, el Quijote, no hubo más premio que una prisión: para Milton y Camoens, no hubo más gloria que la del apoteosis, y icanta siempre, hija.”




* Obra laureada en el Certamen Literario de Matanzas en 1881. Premiada con medalla de plata en la Feria Exposición de Santa Clara en 1889, y con Diploma de Honor a su autora por la Sociedad Artística y Literaria "El Progreso" de Sancti-Spiritu en los Juegos Florales celebrados en 1890. Declarada de texto para lectura en los colegios de Cuba y Puerto-Rico, por Real Orden del 24 de febrero de 1882"

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