Wednesday, July 20, 2022

Camagüey en 1910… en la mirada de un cronista de paso (por Carlos A. Peón-Casas)


La crónica que detalla estos pormenores la firma un reportero que acompañaba al Presidente José Miguel Gómez en su primer viaje presidencial por la re-nacida República.

Lo pormenorizada memoria es un retrato ya centenario pero de indeleble valor documental, recogida en la revista Bohemia en un número ya añejo del 17 de Diciembre de 1910, con la firma del entonces corresponsal Antonio Miguel Atienzar


La narración del acucioso viajero es un pormenorizado retrato no sólo de los ambientes geográficos que va descubriendo desde la ventanilla del tren presidencial, sino que iguala en matices a los aspectos más sugerentes de la historia del camagüeyano lar, sus costumbres y mucho más.

Entresacamos para el lector los momentos más singulares de los prolegómenos esta interesante y reveladora crónica de viaje al corazón siempre fecundo nuestra bendita heredad camagueyanensis:
¡A Camagüey! Ya estamos en marcha, rumbo a la tierra legendaria, cuna de patriotas excelsos, de poetas iluminados, de literatos insignes… Algo hay que inclina mis simpatías hacia el viejo solar cubano, y ese algo que yo no sé explicarme a derechas, tengo para mí, que es su gesto de pueblo patriarcal. Ninguna otra ciudad de esta tierra es más cubana: es decir, más típicamente criolla (…)

Los vírgenes montes del Camagüey ocupando leguas y más leguas de extensión (…) me hacen explicable la resistencia del soldado mambí ante el empuje avasallador de las huestes disciplinadas y aguerridas de la dominación española. La naturaleza camagüeyana es enemiga del fuerte, es un valladar de defensa para el débil (…) ha sido siempre el baluarte inexpugnable de la libertad contra el vasallaje(…) También se dilatan a mi vista sabanas sin fin, que se hunden en el horizonte cubiertas de espartillos y salpicadas de puntos oscuros y movientes que no son otras tantas unidades de ganado vacuno (…)
Por fin cayendo la tarde, llegamos al vetusto y legendario Camagüey. Magnífica, soberbia, majestuosa es la estación del ferrocarril, y elegante es la hilera de edificaciones que limitan la acera del frente (…) Al doblar cualquier de las esquinas inmediatas a los contornos del paradero, Camagüey se nos presenta tal cual es, con todo su sello característico de antigüedad. Es una aldea española grande.
 
El cronista es consciente en lo que sigue diciendo de su relato de las circunstancias inigualables de aquella urbe camagüeyana de principios del siglo XX, y de lo que son sus especiales referentes y expectativas al desembarcar allí:
¿Pero es que acaso he aspirado a ver en Camagüey bellezas arquitectónicas, ni esperé encontrarme con el delineado de una ciudad modelo? Nada de eso. Lo que yo ansió contemplar de cerca aquí, en esta tierra simpática son esas hermosas y sugestivas camagüeyanas de que tanto habla la fama; quiero ver ese tipo criollo y legendario del solar de Agramonte; quiero tropezar a cada paso por sus tortuosas calles con un Lugareño en cada senil cabeza de varón; quiero recrear mis ojos con esos patios a la andaluza, con tientos de flores, de que oigo hablar a los que pierden el seso cuando tratan de su Camagüey; quiero beber el agua de esos famosos tinajones que hacen mofa de acueductos y aljibes; quiero probar ese queso camagüeyano que tan difícil se hace hallar en los mercados habaneros solo a costa de subido precio saborean algunos ricos sibaritas; quiero en fin, respirar el ambiente saturado de patriotismo de esta tierra de titanes, de mujeres portentosas y de ciudadanos de progreso (…)

En lo que sigue de sus pormenorizados apuntes sobre nuestra región, el visitante se recrea en los avatares de la modernidad inevitable que trajera, a la señorial y mediterránea comarca el ferrocarril central, obra del impetuoso Van Horne, conectando al Camagüey más raigal con otras realidades, desconocidas como bien apunta hasta la víspera de su llegada como símbolo de progreso:
Camagüey, dentro de su fealdad característica, es un pueblo linajudo, étnicamente considerado. El abolengo de las familias camagüeyanas se remonta a algunos siglos atrás por lo menos tres de los cuatro que entran en la cuenta histórica de este Nuevo Mundo. Van Horne el canadiense, abriendo luenga brecha por entre montes y sabanas, rompió la tradicional tranquilidad del solar camagüeyano, inundándolo de turistas de caras raras, de comerciantes de miradas escrutadoras, de agiotistas ávidos de negocios de toda clase y de gente nueva e improvisada que nadie vio por aquellas calles y callejuelas el día anterior. La virginidad de la vida camagüeyana quedó por siempre deshecha. Ayer, antes de ese ferrocarril civilizador, no había mujer burlada por galán audaz, porque el respeto era la ley patriarcal y la honra de la familia se lavaba en casa. Hoy, la invasión de las aves de paso ha traído vicios y gangrenas que toman cuerpo y es que han encontrado terreno virgen a propósito para florecer con exuberancia (…) esto que he conjeturado me lo refiere un camagüeyano observador de las bienaventuranzas y de los males que el ferrocarril ha traído a Camagüey. Aquí se vivía en familia: casi todos los camagüeyanos estábamos emparentados; el que pretendía una dama la llevaba ante el altar; ese era el paso previo para poseerla., hoy todo ha variado, amigo mío, la gente forastera ha caído como plaga egipcia, ha destruido los cimientos de la moral íntima que reinaba, y también ha quebrantado la armonía social, y el abolengo tradicional desaparece; estamos en constante alarma, al borde de un precipicio permanente.

El cronista se impresiona empero por el progreso que va imperando como señal de unos nuevos tiempos, aunque deja claro que algo de la ancestralidad de la otrora villa colonial, luchara antes de sentirse vencida, así lo sigue esbozando:
Pero si el Camagüey social se transforma, el Camagüey urbano conservará secularmente, a pesar de los progresos que se operen, su semblante de vetusta ciudad española. No otra cosa dicen sus calles irregulares y torcidas, sus fachadas antiguas con ventanas de balaustradas de madera (…) Sin embargo fuerza es confesar que la edificación moderna se está haciendo notar por muchos lados, aunque el gusto de los arquitectos es un tanto chabacano y amanerado. 
Aún sin encontrar aún en la ciudad otras muestras de significación arquitectónica, cultural o social:
Ni una sola construcción digna de admirarse, ni un monumento (…) Ni un teatro digno de su población cultura y categoría de ciudad capital. Ni una obra pública de esas que atraen la atención del viajero, ni una fábrica industrial digna de visitarse…

No dejaba de tener encomios para el casino Campestre cuando afirmaba:
verdadero parque que ya quisiera tener la Habana…

Igual quedaría impresionado por la profusión de nuestras iglesias, y aunque consideraría que las había en demasía, no dejaría de endosar el apelativo que mejor le cuadraba y le sigue cuadrando al Camagüey de honda raigambre católica:

“La ciudad de las iglesias …”

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Gaspar, El Lugareño Headline Animator

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