Wednesday, January 13, 2021

"Mariposa Insular". Emilio Ballagas celebra a la Avellaneda en un texto poco recordado. (por Carlos A. Peón-Casas)



Las referencias a esta clase magistral del insigne poeta camagüeyano(1), fue ofrecida en la ciudad de Tula, justo a la puerta de la que fuera su residencia en la calle homónima de su ciudad, el Puerto Príncipe de entonces, el Camagüey de hoy.

El hecho sucedió en 1947, y aunque en su minuto lo hemos aludido en otro aparte, ocurría con motivo del IX Congreso Nacional de Maestras Católicas, al que en calidad de invitado, el poeta Ballagas fue invitado a pronunciar aquel sentido homenaje.

En atención a la curiosidad de muchos de los lectores de este aparte de miércoles, lo someto a su consideración casi en extenso, entendiendo además que se trata de una brillante pieza oratoria, amén de que pueda ser leído como un muy preciso y acucioso ensayo donde Ballagas, el poeta, sintiendo las hondas y pletóricas conmociones de una poetisa del calado de nuestra Avellaneda, le prodigara aquel inolvidable homenaje, leído íntegramente desde el estribo de un autobús escolar que lo había conducido a la ciudad.

A continuación, los fragmentos casi íntegros de aquel texto:
Debo a la generosa estimación de la Sra. Flora M. Mousset de Romañach, tan modesta como bien proyectada hacia las cosas de la cultura; tan celosa del prestigio de esta tierra; la invitación, la honrosa sugerencia para que yo viniera a mi ciudad natal, a decir unas palabras en la misma casa donde abrió los ojos a la vida nuestra inolvidable compatriota Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga. Ni la urgencia de mis modestas pero múltiples ocupaciones en la docencia y en la literatura, ni todo los que nos retiene amarrados a las complicadas actividades de la vida cotidiana, ha tenido bastante fuerza para hacerme declinar este honor, renunciar a este deber grato y responsable a la vez.

Este tramo de calle-parte de mi obligado trayecto diario, de mi casa al viejo instituto (donde hoy se laza gallardo y sobrio el obispado)-este tramo, amigos, es parte de mi vida. Mil veces con renovada emoción leyeron mis ojos la inscripción de la tarja: “Aquí nació y vivió Gertrudis Gómez de Avellaneda”. Es decir aquí se escribió “El Gigante de Cien Cabezas”; aquí hizo la egregia escritora sus primeros ensayos de teatro familiar; aquí plegábase con la oculta fuerza que guardan los cotiledones, la encina ramosa, el genio en potencia bajo la especie de una niña un tanto taciturna y solitaria. De este nido casi olvidado en el centro de la isla, se levantaron las alas de un singular y verdadero estro poético, de una gloria que no es la de Puerto Príncipe tan sólo sino de la América y del idioma que ella manejó con tan sabia pulcritud.

No, no he podido negarme a esta peregrinación, porque se trataba de un mandato; porque también a mi modo sencillo he querido servir al idioma y al espíritu que ojalá que hablara por mi lengua; porque precisamente en algunos de mis poemas evoco de paso a Camagüey, suelo para mi querido que baña un Tínima umbroso, cuyos cristales ella tuvo la dicha de escuchar sonoros.

En una isla, en el centro de esta isla donde vamos a evocarla, nace Gertrudis Gómez de Avellaneda, para que se cumpliese en ella, mejor que en los dos Heredia-el francés y el cubano-la ley de la nostalgia tórrida. (…)

La nostalgia insular, tanto en el sentido estético como en el más profundo de la inquietud vasta anda dispersa y presente en toda la obra de la insigne camagüeyana. Es criolla, hija de cubana, pero desde su juventud ha de sentirse como desterrada. Mira a su padre andaluz que se queja al morir de no dejar sus huesos en la tierra nativa y que ruega a la madre que “todo lo sacrifique por llevar los hijos a España”. Y ha de cantar en los versos movidos y luminosos de “La Pesca en el Mar”:

Yo a un marino le debo la vida/y por patria le debo al azar/una perla-en un golfo nacida-/al bramar/sin cesar /de la mar.

(…)

Hay que ser poeta y haber vivido en Camagüey , para sentir cabalmente la nostalgia que se siente tierra adentro, la impaciencia por acercarse al cinturón de espumas que rodea a la isla; para no olvidar que se sigue siempre este pedacito de tierra nativa, donde si no completamos toda nuestra cultura, sí cerramos el ciclo de las impresiones definitivas, con el perfume de la niñez junto a laos jazmines del arriete, cerca del tinajón que levanta su corola, su campánula roja desde el cáliz fresco del musgo verdinoso que abraza su base. (…)

Mucho soñaría Gertrudis Gómez de Avellaneda agitar sus alas brillantes de mariposa del trópico; atravesar la campiña y seguir por sobre el mar, como la mariposa discutible del drama de Don Jacinto. Cuando cierto día del año 1836, al caer la noche, cuyo trono guarda “un silencioso ejército de estrellas”, Tula observaba los movimientos de la tripulación izando las velas del navío en el puerto de Santiago de Cuba, la gran nostalgia, la terrana nostalgia del paisaje va a tomar cuerpo de soneto:

¡Adiós patria feliz, edén querido/Doquier que el hado en su furor me impela,/tu dulce nombre halagará mi oído!

Como un motivo dominante, el de la patria no sólo halagará su oído sino que habrá de acongojarla.(…)Pero la Avellaneda ha de ser ya la Peregrina, el ave de paso por la tierra que es posada y camino, pero que más es camino para la morada de paz. Cuando la tierra patria la retenía era como una desterrada de la patria de su padre; cuando abandona la isla querría volver a ella. No la ha ganado el mundo, pero Dios va a ganarla.

Esta gran mariposa embriagada de sol como la que ella cantara, no querría-mejor, no podría-posarse definitivamente en la corola de un amor terreno:

Hija del aire, nívea mariposa/que de luz y de perfumes te embriagas/y del jazmín al amaranto vagas/como del lirio a la encendida rosa/……….sigue feliz tu raudo vuelo/placer fugaz, no eterno, solicita,/que la dicha sin fin sólo es del cielo.

Esta linda mariposa de la femineidad y del talento, no ha de moverse solamente en el sentido espacial de la vasta tierra, en el vario acontecer del tiempo que le da esposos a quienes llorar y amadores a quienes escribir cartas apasionadas, sino que ha de volar también en la dimensión de la inteligencia: la subyuga el drama y llega a dominar tan difícil género; espíritu romántico por excelencia, rinde tributo a la leyenda; imaginativa prodigiosa, la novela cubana tiene en ella su primer cultivador. Y el cuento y la comedia. Y la traducción, para no olvidar que esta mariposa libaba también las mejores miles de la literatura universal. Mas su puro centro literario es la poesía. Y el centro invisible de su vida es Dios (…)

Y así la Avellaneda cumple el ciclo-yendo del amor humano, al amor del arte y del amor del arte-conducida por la mano del dolor-al amor divino. La mariposa brillante se torna parda mariposa crepuscular. Entonces canta en las estrofas “A la Poesía”:

¡Hablas! Todo renace/Tu creadora voz de los yermos puebla;/espacios no hay que tu poder no enlace/y rasgando del tiempo la tiniebla/de lo pasado, al descubrir ruinas/con tu mágica luz las iluminas.

Esta convicción de la fuerza plasmadora de la poesía, no podrá hacer que calle la nostalgia:

Es la hora melancólica, indecisa/en que pueblas los sueños los espacios, /y en los aires-con soplos de la brisa-levantan sus fanáticos palacios.

No, no es solo la nostalgia en el sentido horizontal, en el de la tierra, la que agita el atormentado corazón de la Avellaneda, sino la nostalgia en sentido vertical, la conciencia de nuestro destierro que yo he dado llamar “descielo”:

¡Y tu sin nombre en la terrestre vida,/bien ideal, objeto de mis votos,/que prometes el alma enardecida/goces divinos, para el mundo ignotos!//Me escuchas? Dónde estás? Por qué no puedo/libre de la materia que me oprime/a ti llegar y aletargada quedo/y opresa el alma en sus cadenas gime?

(…)

Con cuánta hermosura presiente el Cielo de los cristianos; con cuanta fe y certidumbre afirma que es nuestro fin:

Que el vulgo de los hombres asombrado/tiemble al alzar la eternidad su velo; /mas la patria del genio está en el cielo.//Allí el amor y la virtud proclaman/espíritus vestidos de luz pura/que cantan el Hosanna en arpas de oro.

Y con cuanta cristiana grandeza sabe mirar lo deleznable de las pasiones humanas con que su Señor dignó probarla. De todo el fuego de su erotismo no queda más que esta ceniza:

¡Ángel de las venganzas!/ya eres hombre…/Ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Las lágrimas ese don de Dios(…) son en la Avellaneda, sincera respetable contrición(…)La poetisa no desmiente a la penitente, pero la penitente no interfiere ni hace quedar mal a la poetisa:

Rompes mis lazos cual estambres leves;/cuanto encumbra mi amor tu mano aterra;/Tu haces, Señor, exhalaciones breves/las esperanzas que fundé en la tierra.

(…)

Pocos temperamentos han sabido tener la serenidad en medio de la tormenta, ese sentido de la justa comprensión del dolor propio y ese respeto a los ocultos designios de la Providencia. Nadie la aventaja en la dignidad con que inclina la cabeza laureada ante el caso adverso:

Permite, pues, que al religioso coro/ Hoy se asocie, aunque indigna, la voz mía:/cubierta de ciprés mi lira de oro,/para alabarte aún hallará armonía.

Y queda su lira enteramente dedicada a Dios:

Sea mi vida un acto reverente,/un éxtasis de amor mi alto destino/y cada aliento de mi pecho ardiente/un holocausto a tu poder divino.

(...)

Mal entienden al cristianismo y la catolicidad, los que ven la alegría que hay en hacerse uno con el que es todo, con el que es la Felicidad Suma, Dándose en el canto voluntariamente, haciendo oblación de su arte, la mariposa era rescatada de nuevo, esta vez para la luz definitiva. Y para la gloria de su ciudad natal, la que no ocupa en vano un lugar en el mapa del universo, porque Puerto Príncipe dio un santo en el Padre Valencia; un héroe en Agramonte; un maestro de civismo en Varona, un pensador cristiano en Aramburo. Y el poeta más notable de su tiempo en esta mujer, que si fue físicamente hermosa más se fue embelleciendo en lo moral.

Cada escala de la ascensión hacia el amor divino fue ganada por la Avellaneda no sólo por el ejercicio de la voluntad y “por deseo de la posesión de Dios”, sino por méritos del propio Señor, el cual por las vías difíciles del dolor, la atrajo hacia el amor unitivo. Y esta isla, esta ciudad donde ella nació son el pedestal desde donde se levanta el monumento imperecedero de su memoria a un cielo siempre azul y siempre brillante, a un cielo que es la metáfora mejor del otro cielo en que ella unida al coro de los Juan de la Cruz, de la Teresa, de los que ya en la misma tierra dedicaron por amor su lira de Dios.(2)




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1. En La Avellaneda: Intensidad y Vanguardia. Florinda Álzaga. Ediciones Universal, Miami, Florida, 1997.
2. Ibíd. pp. 371-382. APENDICE III




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