Monday, September 14, 2020

La Cruz (un poema de Miguel de Unamuno)



Troquemos nuestras cruces;
de bruces sobre el suelo de mi pena,
llena el alma de duelo,
interrumpo mi vida de amargura,
dura y larga,
y te veo abatido,
rendido de tu cruz bajo la carga.
Troquemos nuestras cruces,
los pesares cambiemos.
No hay remedio mejor del dolor propio
—del dolor y del tedio—
que tomar el dolor de nuestro hermano.
Mi mano temblorosa,
tu temblor sosteniendo se hará fuerte;
la hermandad de la suerte dolorida
es de la vida el único consuelo.

Yo sufriré tu pena,
tú sufrirás la mía;
comunidad en el dolor, ¡hermano!
Para alzarme del suelo trae la mano.
A solas con mi duelo,
huyo de la verdad, no la resisto,
¡tú mi Cristo serás, yo seré el tuyo!
Hagamos una cruz de nuestras cruces,
una sola,
y la luz brotará de las tinieblas
sus nieblas desgarrando;
hagamos de ella yugo
y el jugo del amor del santo leño
destilará.
Y ese jugo será beleño místico,
dormidero de congoja.
Escoja cada cual su propia suerte,
o su dolor a solas, que es la muerte
del náufrago perdido entre las olas
o la hermandad del duelo,
el único consuelo que nos queda.

Es la cruz el dolor enajenado,
es el ojo hecho luz,
es el oído en música de fuera
convertido,
música de la esfera.
Ella hace sustancial nuestra desgracia
y así le quita el mal;
hace cosa de tomo y verdadera,
sustanciosa,
nuestro pesar.
Una cruz, una sola,
que en ola de piedad el mundo todo
bajo su sombra abrigue;
sólo así se consigue refrigerio;
cruz que de este valle de lágrimas
acalle a los oídos los clamores,
del luto los gemidos,
en rezo convirtiéndolos,
haciéndolos dar fruto.
Quien lleva solo su pesar se come,
cual reventada breva,
su propio corazón y lo devora;
no tiene hora de calma;
en el alma del hombre
el dolor solitario es huevo huero
de que brota el orgullo atrabiliario.

Cruz redentora,
sustentadora del pesar eterno,
dolor hecho madera,
que fuera por sí solo se sostiene,
dolor sustancia,
la comunión de los humanos tiene
su raíz en tu raigambre,
y el hambre loca,
la que no apoca el tiempo ni el espacio,
el hambre de ser siempre y serlo todo
brota de ti, dolor hecho madera.

Fundamos nuestras cruces
y de ellas todas una sola hagamos,
la única y verdadera,
la que redime y el dolor embarga,
la que no oprime por el propio peso,
con el exceso de su inútil carga.
Hagamos una cruz de nuestras cruces,
y luces le pidamos,
luz de calor de vida,
amor que irradia de la cabecera
de su santa madera de dolor.
Cruz redentora,
sustentadora del pesar eterno,
dolor hecho madera,
haznos uno a los hombres,
un Cristo solo, ungido de verdad,
¡cruz del dolor de la inmortalidad!


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