Thursday, September 10, 2020

Comida en el Camagüey (por el P. Antonio Perpiñá, escolapio. 1889)



Al ocuparme de nuestra comida á lo cubano (hora de media tarde), debemos recordar, que fué abundante, opipara y espléndida. En vez de la divertida sopa á la Julién, hubo la olla propia del campo, hubo el ajiaco. Pero, isanto Dios! ¡qué ajiaco! En vez de hallarse en él los plátanos á medio pelar, más bien se encontraban piernas de guinea ó de capón. En vez de encontrarnos con el duro tasajo, con la yuca, el ñame y la malanga: más bien se pescaban grandes tajadas de ternera, pechugas de codorniz ó alones de rico pato.

Después que salió este ajiaco especial, vino lo que sirve de vanguardia en los almuerzos cubanos; vino el apetitoso arroz blanco acompañado del huevecito y de las tajaditas del exquisito y nunca bien ponderado plátano frito.

Luego de este predilecto plato, sirvióse el pescado frito acompañado con la ensalada propia del país, el sabroso aguacate. Los jaricos y jicoteas aparecieron con el exquisito quimbombó. Hubo pasteles de mata-hambre, y también de catibía compuestos de la pasta del casabe, huevo fresco, manteca y bija colorante.

Sin contar otros requisitos, no faltaron buenos rellenos, albondiguillas azucaradas y también coscorrones fritos.

Pero, si debemos profundizar sobre el convite, lo grande fué, que aparecieron guisados tan extraños, que no pudieron ser calificados ni como españoles, ni reconocidos como cubanos. Unos decían: esto es el budin de los ingleses; otros, esto es el bichof de los alemanes. No faltó quien sostuvo comer el waterzóo de los flamencos, y otros más adelantados afirmaron probar el koulbac de los rusos. Entre tanta divergencia de opiniones sobre materias gastronómicas, levantó uno la voz, y dijo: Señores, la paella valenciana! — Esa voz fué al punto ofuscada por la explosión general y espontánea de «¡Viva D. Gabriel!; ¡Viva el gran cocinero del Maraguán!»

Para hacer una pequeña pintura de aquel sabroso manjar, confeccionado por el inteligente propietario de la Industria, debemos decir; que reunía todas las ventajas recomendables, y era superior á toda clase de paellas, tortadas, tortillas y xapoipas de América. Era realmente un conjunto de exquisidades; era un compuesto bien combinado de pechugas de guinea, de guanaros y de codornices con la parte más blanca y preferible del fresco pescado. Toda ella iba acompañada de unos guisantes tiernos, un puñado de blandos espárragos y las hojitas más blancas de la col. Con esto, ¿quién podrá comprender el resultado magnifico de ese conjunto de requisitos, si agregamos el realce que le daban las especies aromáticas; los polvos de limón, la preciosa canela de Ceilán y el clavo de las Molucas?

Así finalizó aquella opípara comida entre la explosión que produce el espumoso champagne, la suavidad de los licores de Zara y de Flandes, y los mejores vinos de nuestra España.

Los densos humos del rico tabaco fueron precursores de la proximidad de una noche oscura, en la cual, todos los de aquel divertido congreso dormimos como un lirón.



"El Camagüey. Viajes pintorescos por el interior de Cuba y por sus costas". P. Antonio Perpiñá, escolapio. 1889.

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