Wednesday, July 29, 2020

De cartas anónimas al Lugareño y sus respuestas. Publicadas oportunamente en la Gaceta de Puerto Príncipe en 1839. (por Carlos A. Peón-Casas)




De cartas anónimas al Lugareño(1)  y sus respuestas.
Publicadas oportunamente en la Gaceta de Puerto Príncipe en 1839.



por Carlos A. Peón- Casas.



La consulta al invaluable tomo de Cartas del Lugareño, compiladas y prologadas por Federico de Córdova, y que viera la luz en las Publicaciones del Ministerio de Educación y su Dirección de Cultura, en La Habana de 1951, me permite compartir esta vez con los amables lectores, estos textos entresacados de aquella publicación, rara avis ya entre nosotros.

Se tratan de un par de cartas que contestan a las misivas que le dirigiera un anónimo lector de la Gaceta de Puerto Príncipe, editada por el Lugareño, y donde además aireaba sus ideas más renovadoras.

La primera de tales respuestas, va dirigida “Al Sr. Anónimo de la ciudad de…” de quien recibe el editor entusiasmado con la idea de promoción humana y mejoras sociales y culturales en aquel Puerto Príncipe, ideas contrapuestas a sus prédicas, como acaso aquella muy peregrina de que si con los jóvenes descarriados por el vicio: “no se emplea la fuerza (…), por grado, con pláticas y otros simples apósitos o tópicos, nada, nada se adelantará.”(3)

Los comentarios del Lugareño en respuesta son de una fuerza y claridad meridianas. Sus refutaciones dejan oír, al hombre sabio, al reformador impenitente que juzga al pecado, pero no hace trizas al pecador:
(…) ¿por qué hacerle cargos a la juventud? La juventud no es más que el barro en las manos del alfarero. Carguémosle las manos a esos ancianos peores que los niños, para quienes digo yo, predicar reformas es clamar en el desierto (…) ¿Son los pobres jóvenes los que sostienen el negro pendón de los tahúres? No; los jóvenes siempre generosos e incautos son solamente las tristes víctimas de ellos. (…) Yo he visto niños de ambos sexos que conocen las cuarenta cartas y no saben cuáles son las letras vocales ni los números dígitos. (…) No, por Dios, amigo mío; ni en chanza suelte usted la idea de que la juventud cubana, tan despejada y tan dócil necesita de la fuerza brutal del castigo para entrar por el sendero de la virtud.(3)
Su contrapropuesta al anónimo quejoso, va directamente “a poner remedio al daño”, y ante todo al “sistema que en mi concepto sería más conducente y más santo, para la reforma de la generación que se está levantando”(4).

Y apunta a careta quitada que:
En primer lugar: quisiera que los hombres como V. no se entretuviesen en escribir cartitas anónimas al Lugareño, sino que cada uno se echase al hombro la cruz de su pueblo, y sufriese la persecución, el escarnio y la mofa hasta merecer la corona del martirio y la palma del triunfo. Más honroso es sucumbir bajo el estandarte de la verdad, que triunfar entre aleves en el de la impostura y los vicios. Si me tocase en suerte el martirio, vengan derrotas: no envidio la palma de los vencedores.(5)
A renglón seguido estatuye otros principios tan válidos como el ya esbozado, y que siguen su línea de pensamiento:
(…) quisiera aquello de a Dios rogando y con el mazo dando; esto es, que al mismo tiempo que los hombres honrados escriban, lloren y regañen, se reúnan para negociar y establecer escuelas públicas gratuitas para los niños pobres de su comunidad, para que la educación se difunda entre todas las clases y todos lo hombres de un pueblo, lleguen a cultivar su inteligencia hasta aquel grado que basta para saber lo bueno y lo malo, y poder discernir la verdad de la mentira, lo útil de lo perjudicial, lo justo de lo injusto(…)y V no me negará que más hace a favor de la razón y la conciencia humana un maestro de escuela que diez verdugos; y más vicios se corrigen en una escuela, que en cien cárceles y presidios (6).
Esta contestación del Lugareño, que fue hecha pública por la Gaceta del 2 de octubre de aquel mismo año, llegó igualmente a manos del interesado y anónimo interlocutor, de quien igualmente, el editor, había publicado su primera misiva ya mentada.

En su siguiente respuesta al Lugareño, el airado comunicante, le prohibió terminantemente ventilar por tal vía sus pensamientos.

Gaspar Betancourt Cisneros, nuestro Lugareño, no se privó entonces del derecho de réplica y le manifestó en su siguiente contestación con fecha del 9 de noviembre:
¿Con que derecho me prohíbe V, publicar sus pensamientos? (…) Es necesario saber si yo reconoceré por propiedad de nadie pensamientos que no traen el título legal de propiedad, es decir, la personalidad y competente responsabilidad del escritor(7).
De paso, un muy agudo Lugareño, le dejaba muy claro sobre las verdaderas intenciones de la columna de correspondencias a su cargo:
Hay sujetos aquí que creen como en Jesús-Cristo, que yo mismo me fraguo estas correspondencias para tener de qué hablar o, como ellos dicen, de qué murmurar.(…) Como si la mina de las costumbres y cosazas del Camagüey pudieran agotarse con el mezquino capital y fuerzas que invierte en su explotación un pobre menguado Lugareño(…)(8).
Y pone con toda claridad en conocimiento del anónimo interlocutor, la equivocación en que incurre, al pensar con toda ingenuidad, que sus artículos produzcan por sí mismos, un efecto saludable en las reformas de las costumbres de la ciudad principeña:
Miserablemente se ha equivocado V (…) ¡Ay amigo! Las palabras de Jesucristo son terminantes, y en mi caso no han fallado: No hay profeta sin honra, sino en su patria y en su casa”(9)
La carta en su continuidad es un listado muy esclarecedor de las que fueron sus mejores aspiraciones, que al minuto de aquella comunicación, no pasaron de ser sueños tristemente irrealizados o como el mismo califica: “unos pocos ejemplos que ahora me ocurren bastarán para hacerle caer de su asno, y para humillar mi presunción”(10).

Cuatro eran a saber los temas esbozados por el célebre gacetillero: el tema de las fiestas religiosas y el mejor respeto a ellas debida(11); su afán por la caridad debida al camposanto de la ciudad principeña, tierra de nadie por entonces(12); la propensión viciosa al juego en la ciudad, en especial durante las famosas Ferias de la Caridad(13); y last but not least, el adecentamiento de los temas en la prensa periódica, y la necesidad de aumentar los suscriptores de su Gaceta, que por entonces no pasaban de doscientos(14).

En cada uno de tales frentes, el Lugareño se declaraba ciertamente impotente y ponía un ejemplo terminante a su anónimo inquisidor, que ahora reproducimos como cierre para el atento lector:
Bien pudiera prolongar la lista de los ejemplos en que se han pedido reformas sin mayor éxito que las ya citadas; pero estas bastarían para sacar a V. de su error. Al cabo, creo que tomar el partido que toman algunos médicos conociendo la insuficiencia de su arte, y al poca cuenta que trae asistir a enfermos camagüeyanos, y guardan el título y se y se incorporan entre los enfermos para desafiar a los médicos; a la manera de cierto glotón que cuando veía un pavo asado exclamaba: ¡ahora verás, pavito, lo que es hambre!(15).



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  1. Gaspar Betancourt Cisneros.
  2. Cartas del Lugareño. Gaspar Betancourt Cisneros. Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura. La Habana, 1951. p.250
  3. Ibíd.
  4. Ibíd. p.251
  5. Ibíd.
  6. Ibíd.
  7. Ibíd. p.254
  8. Ibíd.
  9. Ibíd.
  10. Ibíd.
  11. Su afán era el de reformar las costumbres y silenciar “el furor profano de fuegos artificiales, cañonazos, cohetes, toros y castillos, repiques desaforados y músicas de baile para divertir al populacho” entendiendo al final que, en lugar de amainarse, “(…) para el año que viene nos darán más cohetazos, más toros, más repiques, más música profana y más profanación” Ibíd., p.255
  12. “Rico fue el cargamento que embarqué en la Gaceta de la mina del camposanto. Pues señor: de entonces acá, nada se ha hecho respecto a la caridad, ya que nos veneración debida a los restos de nuestros prójimos. Ruedan dispersos aquí y allí, como en campo de caníbales las osamentas humanas; y si algo las encubre y salva de ser holladas por los pies de la soberbia y desamor en polvo ambulante, es la espesura de la manigua y matorrales, únicos adornos del venerable recinto” Ibíd. p.256
  13. “el juego es como el veneno que suele matar al mismo que lo maneja (…) públicamente tuve el valor de denunciar el desorden del juego y decir (…) que el juego es malo, que es un tráfico ilícito, prohibido por las leyes de todos los países cultos y detestado de todas las personas honradas. Ahora bien (…), de entonces a acá he observado que la afición al baraje cunde, y se propaga descaradamente (…) Y no decir que se juegan chinas, sino pesos acuñados (…)” Ibíd.
  14. “Parecióme que expeliendo de la prensa periódica un fastidioso surtido de charadas y acertijos, sapos y culebras, patrañas y mentiras de allende y aquende los mares, y embarcando en la pacotilla, gorristas y pancistas, la gaceta de Puerto Príncipe inspiraría más interés en esta comunidad, y difundiría más luces en mayor número de individuos.” Ibíd.
  15. Ibíd. p.257


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