Friday, March 13, 2020

¿Un sacerdote mambí? (por María del Carmen Muzio)


Aunque nunca disparó un arma, monseñor Guillermo González Arocha terminó la Guerra del ’95 con el grado de capitán del Ejército Libertador. La figura poco conocida de este sacerdote –como la de tantos otros que contribuyeron en las guerras independentistas– es bastante ignorada.

Nacido en Regla el 25 de junio de 1868, hijo de un sevillano y una criolla, fue bautizado como Guillermo Abad Eloy en la parroquia de su pueblo. Familia humilde, el padre oficiaba como barbero; y en 1877 radican en Guanajay donde se declara «pobre de solemnidad» para atender a las necesidades de su esposa e hijos menores.

El joven Guillermo estudia en instituciones públicas; y en ese mismo año su padre solicita una beca para él porque «de nueve años cumplidos tiene grandes deseos y decidida vocación al estado Eclesiástico» la cual se concede «en justificación de natales filiación legítima, buena vida y costumbres». Por sus notas de sobresaliente en 1879 se le concede beca de tiempo completo.

Sin embargo, durante sus estudios en el Seminario fue llevado al Consejo de Disciplina por leer y mostrarse de acuerdo con el texto de Fermín Valdés Domínguez 27 de Noviembre. Y en 1889 fungía como capellán en el Santo Cristo del Buen Viaje y vivía con su madre en la calle Amargura 54. En 1891 es diácono en el Santo Ángel Custodio y el 25 de febrero de ese mismo año es ordenado presbítero el inquieto reglano «en témporas de Cuaresma», a los 22 años por una dispensa especial del papa León XIII.

En 1895 es párroco de la iglesia de San Marcos Evangelista en Artemisa; y en cuanto comienzan los aires de la Invasión, la entrada triunfal de las tropas de Maceo por toda la provincia de Vuelta Abajo, el padre Arocha no duda en cooperar. Por algo, con mucha razón, monseñor Ramón Suárez Polcari en su imprescindible Historia de la Iglesia en Cuba lo titula de «sacerdote insurrecto».

Por sus ideales independentistas perteneció a una complicada red clandestina que operaba en la misma Artemisa con su anuencia, pues tanto medicinas como armamentos, periódicos y correspondencia se escondían en la parroquia, se trasladaban al cementerio donde el albañil del mismo los guardaba hasta que de noche bien cerrada llegaba algún mensajero mambí. Algunos de sus seudónimos en la correspondencia secreta fueron Virgilio y Favio Rey.

Uno de sus feligreses lo denunció al padre Manuel Méndez, este a su vez al general Juan Arolas Esplugas, jefe de la zona y, especialmente de la Trocha Mariel-Majana cuya denuncia la cursa ante el entonces capitán general de la Isla y asesino Valeriano Weyler. Detenido el párroco, procesado y enjuiciado por sus actividades conspirativas es condenado a fusilamiento. Entonces ocurre el misterio, o esas innegables gracias de Dios. Enterado el español arzobispo Santander, este intercede y es conmutada la pena por la expulsión del país. El insurrecto sacerdote rechaza categóricamente su destierro; pero acepta el ofrecimiento de quedar en el obispado encargado de trabajos burocráticos en una especie de prisión domiciliaria.

De nuevo lo inexplicable: en septiembre de 1896 ya el padre Arocha estaba de nuevo en su parroquia en su misma labor conspirativa y además ayudando a los Reconcentrados. Es posible que la cercanía del clarín mambí le hicieran olvidarse tanto a Weyler como al obispo Santander, del curita rebelde.

Se cuenta que, entre sus más preciados bienes, el padre Arocha atesoraba una porción de tierra anegada con la sangre del Titán, posible regalo de alguno de los fieles soldados del Ejército Libertador.

En 1901 fue representante a la Asamblea Constituyente y ya era párroco de la histórica iglesia del Santo Ángel Custodio. Se le otorgó el título de monseñor y fue rector del Seminario San Carlos y San Ambrosio donde falleció el 1 de abril de 1939.

Qué lástima que vida sacerdotal tan atrayente no sea llevada al cine, a la televisión ni a la literatura cuando hemos visto con molestia cómo en un filme sobre nuestra guerra independentista aparezca un sacerdote cubano a favor de los peninsulares, hecho muy raro, pues la lista de los sacerdotes patriotas es bastante extensa.

Por suerte, en el parque que rodea la parroquia de San Marcos Evangelista en Artemisa existe un busto que recuerda a este reglano, insurrecto y sacerdote. Quizás algún parroquiano, transeúnte, o de los tantos que se sientan en sus bancos a conectarse por wifi, un buen día se decida, y le deje una flor.



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María del Carmen Muzio Zarranz (La Habana, 1947). Tiene publicadas las novelas El camafeo negro (1989), Sonata para un espía (1990), La Cuarta Versión (2000) y Dios no te va a entender (2015), así como los ensayos Andrés Quimbisa (2001), María Luisa Milanés: el suicidio de una época (2005) y el libro de cuentos para niños Los perros van al cielo (2004). Ha merecido varios galardones y reconocimientos entre los que destacan su mención en el Concurso Internacional Relato Policial, Semana Negra, Gijón, España (2002) y la del centro “Juan Marinello” por su ensayo sociocultural sobre la figura de Andrés Petit. 

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