Saturday, March 14, 2020

Máximo Gómez narra su primer encuentro con José Martí, durante la organización de la guerra del 95, y el evento que decidió la incorporación del "Apóstol" al campo insurrecto


Hablaba yo [Fermin Valdés Domínguez] con Gómez del último abrazo que le di a mi Martí allá en el Cayo: en aquel abrazo tan largo y tan cariñoso en el que mis  lágrimas se unieron a sus lágrimas.

Emocionado y elocuente tomó la palabra el digno jefe de nuestra Revolución:

En los primeros empeños revolucionarios no estuvo Martí con nosotros, o mejor dicho con Maceo, y quedamos separados, yo viviendo en Santo Domingo de mi trabajo y él trabajando en Nueva York, y así pasó el tiempo hasta que surgió en Tampa y el Cayo el Partido Revolucionario, gracias a sus titánicos esfuerzos. No se atrevió él a dirigirse a mí y recibí una carta suscrita por los amigos del Cayo en la que me preguntaban mi opinión sobre la noble propaganda de Martí. Les contesté que estaba en mi puesto como revolucionario y que mi espada estaba —como siempre— al servicio de la lucha por la independencia de Cuba: me anunciaron la visita de Martí y yo me apuré en manifestar que sería muy bien recibido: mi familia estaba en Santiago de los Caballeros y yo en una finca a 19 leguas de la población en donde estaba solo con mis trabajadores. Encargué a mi familia que tan pronto como llegara Martí me mandarán un propio anunciándose su llegada, —porque no había telégrafo ni otra manera más rápida de comunicación—. Martí llegó y mi familia lo recibió con todo el afecto que él despertaba en todas las almas.

Cuando supo que yo no estaba allí y que iban a despachar un propio en busca mía, se opuso a ello, pidió caballo y un guía para ir a mi finca y emprendió el largo viaje sin detenerse a descansar. Cuando Martí hacía esto acababa de pasar una enfermedad grave y  aún estaba enfermo y débil; pero su voluntad era de acero. Ya era de noche y como todos los días había despedido a mis trabajadores y ya estaba acostado y siguiendo mi costumbre, había dejado baja, pero encendida mi lámpara de petróleo. No dormía todavía y sentí pasos de caballos que se fueron acercando hasta que llegaron al patio de mi casa: me sorprendí, pensé en alguna novedad en mi casa y me levanté para dar más luz a mi lámpara; pocos momentos después sentí que me tocaban en la ventana de mi cuarto y que alguien me saludaba desde afuera, corrí a abrir la puerta y recibí en mis brazos a mi amigo queridísimo. No sé de cuantas cosas hablamos, pero sé que nos entendimos al momento, y aquella noche quedó firmado el  pacto que selló para siempre —con sello de gloria— al caer como  héroe y como hombre en Dos Ríos. Le hice cenar en mi compañía: mandé a prepararle un bocado en la casa de una buena amiga mía de la vecindad y después nos acostamos en mi mismo cuarto; el ocupó la cama de mi esposa que estaba arreglada como ella la había dejado a ir a la ciudad y yo acerqué la mía a aquella, para poder continuar nuestra charla desde las camas: nos sorprendió el día sin haber podido dormir. Al día siguiente le propuse que se quedara unos días conmigo para que descansara de sus trabajos y repusiera su salud ya muy quebrantada, me dijo que no podía porque tenía necesidad de estar pronto en Nueva York. Debía él ir a la capital y un día después salió para allá con cartas mías y ya Ud. sabe como fue recibido y la duradera y buena impresión que hizo entre cubanos y dominicanos.

Desde entonces siempre hemos estado unidos y juntos hemos trabajado por preparar la revolución redentora.

(Fragmento de una carta de Fermín Valdés Dominguez a su amada, Asunción Castillo. Fechada en Mayarí,  Joturito, 24 Julio 1896.)

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En la noche en que Gómez me habló de Martí en los términos que ya he escrito, volvió a contarme como se había decidido Martí a venir a la guerra. Aunque ya en una de mis libretas te he recordado sus palabras en la noche inolvidable para mí en la que hicimos una marcha larguísima después de la batalla de Mal Tiempo, quiero apuntar sus palabras ahora, pues a más de ser el cuadro que ahora me hizo más acabado, y completo, temo que se haya perdido la libreta en que dejé mis apuntes de aquellos días: fué una de las que te he mandado.

Así me habló Gómez:

—Quiero contarle lo que pasó para que se decidiera Martí a venir conmigo. —Un día Paquito Borrero me dijo: General, pienso que debemos oponernos a que Martí vaya a la guerra; aquí en el extranjero es donde es útil, y Collazo, él y yo nos unimos para decidir a Martí a que se quedara, y —al cabo— después de mucho discutir lo conseguimos: ya tenía arreglada la maleta y esperaba la llegada de la embarcación que lo había de llevar a los Estados Unidos.

Esperando llegó, antes que el día de su partida, vapor de Nueva York y en él, correspondencia y periódicos para todos. Cada uno cogió un paquete y se fué a leer sus cartas y periódicos: junto al corredor de mi casa que era el lugar en donde nos encontrábamos en aquellos momentos, estaba el cuarto de mi Señora: me había llamado ella para hablar de algún asunto de familia y yo me había sentado en su cama conversando así con ella. Hablaba yo con mi esposa, cuando vimos a Martí que desde fuera me llamaba: entre Martí, le dije, y allí al lado de mi mujer que tanto lo quería y que sabía cuanto trabajo nos había costado convencerlo de que  no debía venir a Cuba, lo oyó cuando me hablaba mostrándome el número de Patria en que se publicaba un telegrama de Figueredo, de Tampa, en el que se afirmaba que él y yo estábamos ya en Cuba.- Después de esto, me dijo, mi deber me obliga a acompañarlo a Ud. En vano traté de convencerlo de que no debía ocuparse de esas cosas, y que, a pesar de ellas, no debía menearse de su puesto en Nueva York. -No puedo yo volver allí con prestigio alguno después del fracaso de Fernandina y de lo que ahora publica este periódico: iré con Ud. -Ni las frases cariñosas de mi esposa, ni las excitaciones de Paquito Borrero y de Collazo, pudieron hacerlo variar de juicio, y yo dejé de insistir porque conociendo su valor y su entereza y patriotismo, juzgué inútil todos mis ruegos y pobres mis más razonados argumentos en contra de su opinión. Y vino para acabar gloriosamente su campaña.

(Fragmento de una carta de Fermín Valdés Dominguez a su amada, Asunción Castillo. Fechada en Joturo Arriba, Julio 25.

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Textos tomados de 
Fermín Valdés Domínguez: Diario de soldado. Tomo 2. La Habana 1973.

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