Wednesday, February 12, 2020

Joaquín de Agüero da la libertad a sus esclavos. Según un relato de José Ramón Betancourt (por Carlos A. Peón-Casas)


El hecho existen numerosas referencias históricas, incluso Francisco Calcagno, en su aparte a la figura del patriota, en su Diccionario Biográfico Cubano (en su primera edición de 1878), nos data con toda propiedad la fecha en que el documento liberatorio fuera firmado por Agüero ante el correspondiente notario en la entonces ciudad principeña(1).

Sin embargo, no pasa igual con el relato que recrea el hecho desde la ficción, y que firma José Ramón Betancourt bajo el título Un abolicionista de 183…, una verdadera rara avis de la producción literaria de la Cuba del siglo XIX, y al que hemos podido asomarnos, en una ya centenaria edición de la Biblioteca Internacional de Obras Famosas, que atesora al decir de sus propios editores y colaboradores: “una colección de las producciones literarias más notables del mundo, en la que están representados los más grandes escritores de los tiempos antiguos, medioevales y modernos”(2).

Precisamente el Tomo XXVII de tan enjundioso repertorio, dedicado in extenso, a la literatura cubana hasta la primera década del siglo XX, hallamos este texto, que hoy nos sirve para ilustrar desde la ficción, lo que la historia ya ha dejado bien evidenciado.

José Ramón Betancourt, el conocido autor de Una Feria de la Caridad de 183… era siete años más joven que Agüero, nació en 1823, y el patriota en 1816, aunque ambos estudiaron la carrera de abogacía, y por consiguiente, se recibieron como tales en la entonces Audiencia de Puerto Príncipe como era costumbre.

Sus vidas inevitablemente se entrelazan en la otrora ciudad del Príncipe, aunque el escritor vivió de niño en México junto a su padre, luego fue enviado nuevamente al Príncipe bajo la tutela del Lugareño, y para los sucesos de 1851, que involucraron a Agüero y sus compañeros, fue llamado a juicio por Mariscal Lemery, aunque absuelto ese mismo año(3).

La narración del hecho, retrata el minuto en que un prominente comandante español de apellido Armona, a quien la voz de Agüero, el personaje, identifica como amigo de la infancia, visita los predios de su finca, a todas luces el mismo escenario donde acaecieron los sucesos que son centro del relato de Betancourt.

Pero resulta llamativo que Armona es igualmente un personaje de la novela Una Feria de la Caridad en 183…, otra vez presentado en aquella como amigo de uno de los personajes de la trama. Lo interesante entonces radica en que el propio personaje de Armona tiene muy visibles conexiones con la realidad, resultando un claro alter ego de Domingo Armona y Lisundia, habanero, e hijo del Mariscal de Campo Don Matías Armona.

Los detalles sobre la biografía de tan particular personaje, los seguimos de primera mano desde el propio Calcagno en su ya citado Diccionario, donde se nos aclara que dedicado a las lides militares, obtuvo los grados de coronel, y fue protagonista de sucesos muy controvertidos, cuando al frente de una famosa partida, bautizada con su propio apellido, se dedicó, con mucho énfasis a la persecución de los no pocos bandidos y hombres sin ley que asolaban con impunidad la región habanera ya en los tempranos años veinte del siglo XIX.

Pero igualmente su fama se extendió hasta el mismo Puerto Príncipe donde hubo de prestar servicios en el año de 1823, “donde fue su conducta tachada de arbitraria y despótica…”(4)

De tal suerte resultaría bastante probable el detalle de que este Armona, personaje de ambos relatos sea su inspiración, y no precisamente una licencia que el propio Betancourt se tomará para enmarcarlo en ambos sucesos, que parecen a todas luces casi contemporáneos.

Su presencia física en el sitio, sirve empero para proseguir con el relato de la liberación de aquella pequeña dotación de esclavos, no eran más que ocho, en la voz del propio Joaquín de Agüero, de quien el narrador toma de prestado el asunto narrado, un hecho a todas luces escandaloso para aquel minuto, y que a los efectos de la historiografía, fuera el primero de su tipo acaecido en Cuba.

El minuto en que Joaquín de Agüero oficializa la libertad de sus esclavos, está enmarcado en el relato dentro de la celebración de la Misa en un pequeño templo que el patriota ha hecho levantar en su finca. Oficia ese día un sacerdote amigo: Don Alvaro Montes de Oca.

La existencia real de este sacerdote cubano, de origen bayamés, quien residió y murió en Puerto Príncipe, según nos acota Pichardo, le agrega al relato más visos de cercanía con la realidad del hecho que venimos resaltando.

El Padre Montes de Oca, nos sigue apuntando Pichardo:
fue célebre orador sagrado que mereció el renombre de pico de oro, también por sus versos jocosos se le pudo titular el Quevedo de aquella comarca. Le tributa elogios Betancourt en su novela Una Feria de la Caridad(5).
El minuto culminante de aquel hecho, cuando los esclavos de Agüero fueron declarados libres, recogido puntualmente por la historia, e igualmente por el relato que nos ocupa, nos parece muy oportuno en este minuto. Así lo relata Betancourt:
La campana anunció la misa y los negros como presintiendo lo que iba a pasar acudieron más limpios y esmeradamente vestidos que otras veces, ostentando una flor en el ojal de la camisa que cubría su pecho. El sacerdote revestido de sus ornamentos, subió al altar y dio principio a la sagrada ceremonia, a la que también asistieron el amigo Hurtado y El Lugareño por expresa invitación mía. Todos nos arrodillamos cuando el ministro de Cristo tomó la hostia en sus manos para elevarla, y para mi parte puedo asegurar a usted que nunca hasta entonces había sentido la profundidad sublime de las palabras de la consagración (…) “Tomad, este es mi cuerpo”, dijo Jesús a sus discípulos. Tomad, esta es vuestra libertad y mi fortuna, iba yo a repetir a mis esclavos.” Terminada la ceremonia el padre Montes de Oca (…) empezó a llamarlos uno a uno por la lista que yo antes le entregué. A medida que iban acercándose, estrechaba sus manos, y yo les extendía con la mía su carta de libertad; algunos la entregaron a mi mujer; otros, besándola, la guardaban en su camisa y venían a arrojarse a mis pies; uno de ellos me la devolvió exclamando:-“Yo quiero vivir y morir al lado de mi amo.(6)
Relatado desde la misma ficción que Betancourt convierte con mucho oficio en literatura, el texto se nos reviste singularmente de autoridad histórica, para darnos pormenores que fueron o debieron parecer, los más apegados a la realidad.

Leído desde la ficción, si consideramos el género en que se define, nos sigue trasegando detalles de singularidad muy objetiva, y nos resulta entonces, un texto más apegado a lo testimonial, que a cualquier otro.

Si Betancourt fue o no un testigo presencial del hecho, lo que nos parece bastante probable, como acaso la presencia del mismísimo Lugareño, a quien pone en primera fila, no sería lo esencial para este punto, sino el detalle singularizado, de guardar para la historia de nuestra patria chica, el Camagüey de siempre, y para la historia de Cuba, un minuto de su inequívoca y raigal trascendencia.



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  1. “Realizó la escritura en Puerto Príncipe el 3 de febrero de 1843 en la escribanía de J.R. Castellanos…” en Diccionario Biográfico Cubano. Francisco Calcagno. New York, 1878. p.17
  2. Biblioteca Internacional de Obras Famosas. Sociedad Internacional, Madrid, México, Habana, Nueva York… (sin fecha) T. XXVII pp. 13585-13592
  3. Diccionario Biográfico Cubano. Opus Cit. p.113
  4. Ibíd. p.73
  5. Ibíd. p.433. Aquí hay otro detalle donde vuelve a discurrir el elemento de la ficción, pues el sacerdote citado en la novela lleva el nombre de padre Vreaidieu, aquí como otra posible licencia poética del autor.
  6. Un abolicionista de 183… en Biblioteca Internacional de Obras Famosas op cit. p.13590.


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