Wednesday, August 7, 2019

Roberto Bolaño (1953-2003): alusiones imprescindibles de un lector en su isla ( por Carlos A. Peón-Casas)


Conocí a Bolaño, por esas cosas del azar concurrente. Antes de 1997 hubiera sido bastante improbable, pero mi hermano se residenció aquel año en el austral Chile, esa otra ínsula peculiar entre los Andes majestuosos y el para nada dócil Océano Pacífico, la patria del poeta y narrador chilensis, y de inmediato se conectó con la obra de este impar escritor, y por ósmosis, y gracias al envío ciertamente hipertélico, de cuanto libro del chileno caía en sus manos, me hice igualmente adicto a su producción literaria.

De cualquier modo, no me justiprecio de ser un conocedor cabal de toda su obra, aunque entre nosotros, somos ciertamente pocos, los que hemos tenido la oportunidad de acercarnos a una parte de su vasto corpus creativo, un poco como afortunados iniciados en su literatura.

Hasta donde sepa, sólo se ha editado acá una muy bien referenciada y mejor recibida novela suya: Los detectives salvajes. Lo demás, es, inevitablemente, silencio.

Pero en lo particular, no puedo renegar de mi buena estrella, en esta otra ínsula, distinta por necesidad al Chile austral, y me puedo conceder el privilegio de haberlo leído en una edición distinta y primaria, a la cubana citada.

Por mis manos han pasado ya algunos de sus libros más puntuales, a saber y citando de memoria, su descomunal novela río: 2666, que lastimosamente le quedó póstuma, algo de su poesía, sus maravillosas entrevistas… y alguna pizca de lo más reciente de sus inéditos: su noveleta Sepulcros de vaqueros (2017), una obra tripartita, como tres secciones que se conforman como una sola y coherente historia, que es la misma y singular extensión de la del autor.

Obra, precisamente rescatada de su prolífico archivo remanente, y con notas del propio autor: los apuntes del propio Bolaño para el libro en cuestión. Allí, de su puño y letra se anotan datos imprescindibles: el perfil de los personajes, y las escenas a trabajar; todo ello salvado para esa posteridad que el mismo llamó:”el mayor absurdo imaginable…trabajos de amor perdidos como diría Shakespeare”(1), cuando ya pensábamos que lo habíamos leído todo, fueron salvadoramente dados a las prensas en este hic et nunc.

Y ciertamente abarcar todo lo que el genio de ese celebrado escritor chileno pudo ofrecer para la literatura de finales del siglo veinte y los comienzos del veintiuno, es tarea ardua.

Con Bolaño se cumplió a rajatabla aquello que afirmaban los latinos: Ars longa, vita brevis. Su corta vida, (falleció malogradamente a los cincuenta, la edad más vital para cualquier hijo de vecino), no fue óbice, empero, para hacer progresos inimaginables en todos los géneros de la literatura bien entendida: la poesía, la narrativa, y la no ficción, e incursionar, igualmente con valía singular en el mundo del periodismo cultural.

De tal coordenada entresacamos para el curioso lector, un texto suyo aparecido en El Mercurio de Chile en 2001, específicamente en una sección intitulada Entre Paréntesis, y donde Bolaño desgranaba anécdotas de un sabor exquisito, siempre signado por su sapiencia literaria.

La crónica de aquel día intitulada Un cuento perfecto, giraba alrededor de de una narración poco aireada del escritor británico: Max Beerbom, de la misma coordenada generacional del muy conocido narrador Saki (Hector Hugh Munro), pero de quien Bolaño acota que “es posiblemente el paradigma del escritor menor y del hombre feliz”(2).

El cuento de marras se intitula Enoch Soames, que Bolaño hubiera de descubrir alguna vez, según sus propias palabras, en una Antología de la literatura fantástica recogida por Silvina Ocampo, Borges y Byo.

De lo que va la historia dejamos que sea Bolaño quien nos lo narre con su peculiar estilo:
El cuento trata sobre un poeta mediocre y pedante que Beerbohm conoce en su juventud. El poeta, que sólo ha escrito dos libros, a cuál más malo, se hace amigo del novato Beerbohm, que a su vez se convierte en involuntario testigo de sus desgracias. El cuento se transforma de esta manera no sólo en un documento sobre la vida de tantos pobres diablos que en un momento de locura escogen la literatura, sino también en un documento sobre el Londres de finales del siglo XIX(3).
Como se puede colegir por simple inspección, Enoch, es por supuesto el poeta, y Beermon, el mismo autor-narrador. La relación entre ambas se afianza, a la par que el poeta se va percatando ineluctablemente de su mediocridad.

En un minuto cualquiera el narrador y el personaje se dan cita en un café, donde el segundo confiesa su desgracia, y su inminente decisión de quitarse la vida, pero antes, como caso en el ya anecdótico Doctor Faustus, saber, si se le recordará de algún modo en alguna posteridad.

Lo que sucede a continuación en la historia, hasta su inmediato desenlace, Bolaño mismo nos lo presenta en su crónica con su inconfundible estilo de narrador:
Entonces un vecino de mesa, un señor más bien con pinta de cafiche o macarra le pide permiso para sentarse junto a ellos. Se presenta como el Diablo y asegura que si Soames le vende su alma él lo hará viajar en el tiempo, digamos cien años, hasta 1997, hasta la sala de lecturas del Museo Británico, donde Soames suele trabajar, para que constate el mismo in situ, si su nombre se ha impuseto sobre el tiempo. Soames, pesea los ruegos de Beerbohm, acepta. Antes de partir se compromete a verse otra vez con Beerbhom en el restaurante.
Las horas siguientes están narradas como un sueño, como una pesadilla, como si Borges hubiera escrito el relato. Cuando por fin se produce el reencuentro Soames exhibe la palidez de un muerto. En efecto, ha viajado en el tiempo. No ha encontrado su nombre en ninguna enciclopedia, en ningún índice de literatura inglesa. Pero si ha encontrado el cuento de Beerbohm llamado “Enoch Soames”, en donde, entre otras cosas, se le ridiculiza. Luego llega el Diablo y se lo lleva al infierno pese a los intentos que hace Beerbohm en sentido contrario”(4).
Bolaño y Beerbhom, a no dudarlo, estarían siempre en las antípodas de toda perdurable literatura, pues salvando ante todo, la majestuosa distancia que los separa, - el primero no llegó siquiera a ser como lo dice el verso de Borges, “un poeta menor de la Antología”-, y Bolaño, es ya un clásico, en esta perennidad cada vez más vital de su obra, que se esparce vital más allá de su temprana partida.

Para el final del relato que recrea, el lector se queda con la sensación, a veces no necesariamente imaginada, que acaso Bolaño pudo haber sido el narrador de aquella historia, y no el desconocido y menos citado Beerbhom, que, cambiando los papeles, pudo haber sido en el relato que pudo haber imaginado el chileno, el pobre poeta al que al final el mismo Diablo barre al infierno y al olvido.


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  1. Antonio Lozano. Revista Que leer. Barcelona. Enero de 2001. En "Bolaño por sí mismo entrevistas escogidas". Universidad Diego Portales. Santiago de Chile. 2006. p.97
  2. "Un cuento perfecto". Roberto Bolaño. El Mercurio. 2/03/2001
  3. Ibíd.
  4. Ibíd.

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