Monday, August 5, 2019

María Elena Blanco, fluir sin elección (por Manuel Vázquez Portal)


María Elena Blanco es una poetisa de la contemplación y la indagación hondamente imbricadas. Sentidos y cerebro en la danza de la belleza. ¡Vaya estirpe grande de poetas! Hermes Trismegisto, padre del verdadero hermetismo, los códices, los símbolos; Homero, el ciego más visionario de la Antigua Grecia; Heráclito, El Persa, aunque le digan de Éfeso; Emerson, Baudelaire, Whitman, Martí, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Lezama Lima. Espiritualidad vuelta versos. Sabiduría lírica y ontológica. Cosmovisión a fondo.

Su matiz hedónico la lleva hacia la búsqueda del bien placentero, en su arista más espiritual que utilitaria. Para ella lo contemplativo tiene un sentido elevado del disfrute interior. Su Aleph (en su doble acepción de primera letra del alfabeto hebreo y metáfora de todo lo iniciático, y como Códice Sinaítico), su Toconoma (Orificio mítico por el cual José Lezama Lima se asomaba al universo de lo desconocido), su Piedra Filosofal la halla cuando mira hacia adentro, hacia su barbullar interior. Hasta la nostálgica remembranza de una Ítaca en la cual no aguardó ni tejió, sino de la que escapó para inventarse su odisea propia, es sometida a un ascético juego de oximorones que, aunque cálidos, distanciados por una actitud socrática, diríase peripatética. Una búsqueda de la verdad a fuerza de cuestionamientos.


Cierto que la belleza exterior la traslada hacia una introspección donde el efecto se torna más hermoso y lo poetizado más vibrátil y humano. El alma que pone a los objetos poéticos, ya una puesta de sol junto al mar, ya un viaje a La Habana, ya un aguafuerte de Roberto Matta, es el ánima que la guía a ella misma. No hay divorcio entre lo que recibe y lo que refleja, más bien, una sublimación de los entornos para una elevación del universo interno.

Lo bello y lo útil al unísono, pero, con un valor más emocional que pragmático. Sus artilugios poéticos parten de la sensorialidad y la inteligencia unidas. A lo que añade una postura crítica y averiguadora. Cuanto sus sentidos advierten o su ojo pineal descubre, es sometido a la racionalidad no solo filosófica sino a la más refinada tradición lírica, y afloran sus poemas de inusitada altura parabólica para un realce cognoscitivo que la ubica entre las voces más decantadas del panorama poético cubano.

No es sabia solo por sedimentación cultural (universidades le sobran) sino porque logra la contraposición de elementos iniciales (llámense aire, fuego, tierra, agua, ápeiron, conciencia o materia) que hacen, y deshacen, el todo a una vez. Diríase heracliteana por cepa y nietzscheana por época. Pero siempre dialéctica y siempre suspicaz. Todo fluye pero todo es susceptible de recelo. Y entonces, apasionada descarteana, somete la totalidad al foco del pensamiento, la inteligencia. No hay reposo para el eterno retorno, no hay tiempo para segundas oportunidades. Ella propone y alerta, nunca estropea el verso con explicaciones. El que tenga oídos que oiga, parecen rezumar sus versos. Este es tu instante, tu eternidad, tu tiempo, este el fluir sin elección.
Todo pasa y quién sabe
si esas ruinas que purgan taciturnas
la saña milenaria de guerras
y turistas
no sobrevivan más que el tiempo necesario
para dar testimonio
de su último esplendor
He aquí a la María Elena Blanco total trasmutada en poesía. Paracélsica retorta donde lo elemental, lo primigenio deviene verso áureo, única palingenesia otorgada al poeta: ¡Verso, levántate y anda! Egipto palpita y revive en su voz, en ella misma. La arena del desierto manando de su pecho. La frescura que aguarda al beduino tras el espejismo, relumbrando en la mirada de esta enigmática sacerdotisa. El viaje no es turístico ni la mirada necia. El viaje: el río heracliteano; la mirada: la eterna sospecha que convoca a la indagación. Su entramado metafórico, como el de los antiguos filósofos, va mucho más allá del significado del sema como tal. Signos que habrá que ir descodificando a lo largo de toda su poética, para, como Teseo seguir el hilo de Ariadna, y no perderse en el dédalo interior de una mujer que ve con el espíritu. Agudo hermeneuta requiere tan sutil reflejo del universo hecho poesía. Atrevimiento mío sumergirme en él.
Hora ecuánime de desasimiento
y sosegado goce
                               hora
de confiar al universo
la inigción futura
y las cenizas
del hoy
               mientras
al fin
           copulan los cuerpos
frente al mar
iluminando con su propia luz
el jónico templo
de la noche.
¡Excélsior! ¡Excélsior! Habría de exclamarse a medida que se avanza en la lectura de una poesía que no parece llegar nunca a la cúspide que busca. Intensidad y altura lidian en un frenesí sublimizado hasta el paroxismo. María Elena Blanco sabe que hay más, y que no hay nada. Trastea el cordaje de cada fibra humana y divina. Va hacia donde el ojo no alcanza, hacia donde la razón se pierde, hacia donde el cuerpo se transforma, hacia donde la identidad es flujo entre dos aguas| soplo| entre viento y llamarada y el fuego como alfa y omega nos permite, apenas, permanecer como hilillos de humo sin más destino que ascender ingrávido.

María Elena Blanco, nacida en La Habana, es otra de esas voces poderosas cubanas que no aparecen “en el parnaso socialista”. Sin embargo su poesía debía figurar en las antologías más exigentes que se hicieran dentro y fuera de la isla. Su pecado es ser una poetisa sin lazos con la patria de nacimiento. Ser una voz errante. Un día habrá que cotejar la historia de la lírica de estos tiempos en Cuba. Y el cotejo habrá de hacerse atendiendo a los valores estéticos, sin melindres patrioteros, extraliterarios ni políticos. Y en él, entonces, no podrá faltar esta voz cuyas posesiones, en su mayoría son, y han sido, por pérdidas. ¡Qué no vuelva a ocurrir que Gertrudis Gómez de Avellaneda sea española y José María Heredia (El de Los Trofeos, no el del Niágara) vuelva a ser francés!

Entre sus pérdidas, quizás de las primeras, hay que apuntar el desarraigo espacial, nunca sentimental, que sufrió al separarse de su isla amada y caribeña. Allí dejó a una niña y a una adolescente que jamás volverán, aunque ella vuelva mil veces a la isla, y, junte, uncida, civilización y barbarie en un mismo canto “y es que ella ya no es ella| ni su casa es ya su casa”. Ahora, “silenciosa y furtiva, en puntas de los pies| se aproxima al umbral” para presentársele al orisha, rey de los caminos (Eleggüá) y pedirle los permisos porque es una extraña en su propia tierra:
perpleja, la negrura se prende de sus ojos
y algo le dice que siempre estuvo allí, ignorada
hoy la ve en su criollísimo crisol
De sus tres libros de poesía que poseo, aunque ha publicado muchos más: Posesión por pérdida, Edición Barro, 1990; Mitologuías, ediciones Betania, 2001, y Alquímica memoria, ediciones Betania, 2001, se puede asegurar que es un ascenso ininterrumpido. En cada texto crece la madurez del pensamiento y de la factura. No estamos en presencia de alguien que “canta de oído” o “toca la flauta por casualidad”. Asistimos al ágape de una rapsoda que sabe muy bien de qué van los arpegios de la lira y de qué objetos poéticos (musas, dirían los antiguos) le viene la inspiración. No debe olvidarse que su dialéctica no es ingenua ni su intelecto primitivo. Su formación académica es de sólidas universidades y su poesía hija de diez mil años de lecturas. Su libro de ensayos filológicos Asedios al texto literario, así lo demuestra.

Y como acostumbro, siempre que me aproximo a una poesía en la que creo y me recreo, aquí les dejos los poemas de María Elena Blanco, para que perdonen mis yerros y callen mis aciertos.


Crucero
(Del libro Posesión por pérdida)


El bochinche callejero de El Cairo
no te impide pensar
en la paz de las falúas sobre el Nilo
y ese crucero que debes concertar
para no perder una oportunidad única
todo pasa y quién sabe

si esas ruinas que purgan taciturnas
la saña de milenarias guerras
y turistas
no sobrevivan más que el tiempo necesario
para dar testimonio
de un último esplendor.    Mientras tanto
otras ruinas lejanas aguardan
la vuelta del viajero.    Todo pasa
y quién sabe
si el olvido corroa su imagen o sucumban
aún ellas a un oscuro destino.
O Tal vez

como un sueño distante que hostiga el deseo
cobren brillo y calor
en la ausencia.


Mi-tología
(Del libro Mitologuías)


Acuden los caballos de Pérgamo
Dánae atrapada en su red
un toro de Guernica
las medusas (Gorgona y las de aguas)
Marte, dios de la guerra, y sus cuadrillas
la ballena con Jonás adentro
Próspero y Calibán
Quetzalcóatl
Diana cazadora
Circe y su corte de sirenas
Pegaso y Unicornio
Coros de ángeles
Bambi:
marchan por la anchurosa vía entre cielo y tierra
pavoneándose
                     en el espacio humano
cual modelos de pasarela:
tranquilizante
                 desinteresada compañía
siempre presta a servir
de inspiración
o ejemplo
               a contarnos
su cuento.


Eleggüá y Artemisa en el umbral


Al pie…-no tanto ya, del temor, grave
fía su intenso; y, tímida en la umbría
cama de campo y campo de batalla,
fingiendo sueño al cauto garzón halla.

El bulto vio, y, haciéndolo dormido
Librada en un pie toda sobre él pende
(urbana al sueño, bárbara al mentido
Retórico silencio que no entiende)…
Luis de Góngora.


déjeme entrar en tu recinto, rey de los caminos
vengo de lejos, bordeando las riberas

silenciosa, furtiva, en puntas de los pies
se aproxima al umbral, es él quien duerme ahora
un rayo de obsidiana en el cheslón

soy extraña en mi tierra y en todas las comarcas
y a la vez familiar, bárbaro dios de errantes

perpleja, la negrura se prende de sus ojos
y algo le dice que siempre estuvo allí, ignorada
hoy la ve en su criollísimo crisol.

como voz muda me has llamado al socorro
de una ciudad amada al filo del abismo

despliega tu túnica drapeada y deposita
sin despertar al pletórico durmiente
un verbo blanco y la varita áurea

me inclinaré, con golpes de tambor y espasmos
ante el rojo y el negro de tu rito

sin quitarle la vista se incorpora
y se funde su piel con su mirada
el encuentro de Eleggüá y Artemisa se ha fraguado

cuando abras tus pupilas, señor de los portales
y hagas tuya mi ofrenda, se habrá sobrevivido.


Habaneras
II
(Del libro Alquímica memoria)


el sillón, el luto eterno, la risa,
las uñas metidas en la tierra
o el fango
señora de traspatio y gallinas,
señora del jardín,
o en la alquimia de una gastronomía
acuosa (sopa de arroz, sopa de pescado)
pastosa (tamal en cazuela, harina de maíz)
untuosa (buñuelos, torrejas, quimbombó)
grasosa (frituritas de todo: bacalao o yuca)
o crujiente (merengues, mariquitas, chicharrones de viento)
o, pulcra, entre madejas e hilos
obra de tejido o bordado, canastilla o crochet,
y antes entre cuadernos
dedos aún deformes jugando con las letras
en el alba distante del siglo,
de unas vidas (Dominica, Ernestina y cuántas otras
cuyo nombre ya olvido),
de esta propia vida,
conformando las sílabas ajenas,
estas sílabas
que por siempre habrán nacido de ella
u otras, las del arrullo, las de la adivinanza,
las del canto a la antigua con voz de gallo:
Martí no debió de morir
entona una maestra joven que cabalga
las diez leguas a Alquízar por una guardarraya
a la luz de la aurora-
ubérrima Urania,
mariposa silvestre
cubana.



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María Elena Blanco nació en La Habana en 1947. Salió de Cuba en 1961 hacia Buenos Aires. Ha vivido en Nueva York, París, Londres, Valparaíso y Viña del Mar. Desde 1986 vive en Viena. Es licenciada en lengua y literatura por Universidades de Nueva York y París. Ha sido docente en varias Universidades, entre ellas la Universidad Católica de Valparaíso. Actualmente se desempeña como traductora de Naciones Unidas en Viena. Ha publicado más de una docena de libros entre los que se destacan Posesión por pérdida, Mitologuías, Alquímica memoria, y su libro de ensayos Asedio al texto literario.

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